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Las
novelas hispanoamericanas vistas como un todo
La novela hispanoamericana del siglo
XX
-una vista panorámica-
John J. Brushwood
Colección Tierra Firme, Fondo de Cultura
Económica. México, 1984
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Hacia 1960 el editor español Carlos
Barral vislumbró la posibilidad de una magnífica operación comercial, lanzando
ediciones de novelistas latinoamericanos. A Barral le funcionó el negocio de tal manera,
que la competencia, la masificación y las traducciones de un elenco de escritores
estrellas produjeron el fenómeno publicitario y editorial conocido como el boom de,
la narrativa latinoamericana. Evidentemente, había ahí algo qué vender, algo de una
calidad artística que trascendía el mero exotismo. Desde entonces, como lo dice el
profesor Brushwood, "mucha gente se encontró interesada en Hispanoamérica, como
resultado de leer su literatura, y no al revés". La novela se convirtió en la
expresión artística por excelencia de este continente.
El boom, sin embargo, no fue más que un fenómeno que centró la atención en una
novelística que venía contruyéndose, muy coherentemente, desde antes y que convirtió
en personajes de primera página de los periódicos a un grupo de escritores tan
semejantes en su notoriedad pública (nada más parecido, en cierto momento, a un concilio
de cardenales sin papa, Ħqué lejos los tiempos del papado de Rubén Darío, del reinado
de Neruda!), que siempre obliga(ba) a los críticos y a los periodistas a hacer su lista
en orden alfabético.
Lo que interesa resaltar aquí es que fueron pocos los nombres que alcanzaron ese grado de
notoriedad por fuera de sus países. La gran mayoría de novelas que tienen alguna
especial calidad literaria en América Latina, apenas son conocidas en el país de su
respectivo autor; y este aislamiento, esta ignorancia recíproca, induce a lectores y
críticos a usar referencias literarias y datos de la realidad para enriquecer su lectura,
que a la larga resultan tan locales y provincianos como la difusión misma de las novelas.
Todos hemos vivido el desconcierto que se siente al observar, desde un avión o desde una
montaña, un paisaje conocido. El lugar que nos era habitual desde dentro, pierde todo
aire familiar visto como si se mirara una maqueta; la primera persistente sensación es de
desubique, pero luego todo se va reordenando, con la perspectiva y la distancia. Algo
similar sucede con este panorama de la novela hispanoamericana escrito por Brushwood
-excepto el último capítulo, que se debe al traductor, Raymond Williams-: aquí la
visión del bosque es completa, panorámica, y el aspecto general del paisaje es, por
cierto, diferente del que observan sus habitantes, entretenidos, desde dentro, en ver los
árboles.
El método de Brushwood consiste en abordar la novela hispanoamericana como una totalidad,
eludiendo e, incluso, omitiendo en la exposición, la ordenación del material por autores
o por países, y atendiendo al desenvolvimiento cronológico del género, relacionando las
novelas con la situación histórica de cada momento -para lo cual se vale de la Historia
de Latinoamérica de Herring-, con los movimientos literarios y con las demás novelas
que se producían en los otros países en el respectivo momento. ,
Olvidando las referencias exclusivamente nacionales, el lector se ve inmerso en una
corriente más global y más totalizadora. La utopía política de unidad latinoamericana
adquiere en el plano de la novelística una sorprendente realidad que no se debe a unas
tesis preconcebidas, ni al sueño de un prócer, sino al pacienzudo examen inductivo de
541 novelas producidas por escritores hispanoarnericanos durante este siglo. Así,
comparando, por ejemplo, la novela de un peruano con la de un colombiano, Brushwood halla
similitudes en los temas, en los tratamientos, y encuentra hilos conductores que permiten
seguir el asunto como una totalidad. A este respecto, oigamos la conclusión final del
autor:
Con estas dos
excepciones (la novela de la Revolución Mexicana y la novela del peronismo), la línea de
desarrollo es bastante regular en Hispanoamérica en su totalidad. A principios del siglo,
la novela se caracteriza por una combinación de hiperesteticismo con el
realismo-naturalismo. Estas dos tendencias, aunque parezcan en oposición, funcionan
juntas. La primera tiende a desaparecer y la segunda se vuelve más fuerte, desempeñando
un papel particularmente útil en la expresión de rasgos únicos de Hispanoamérica, en
oposición a Europa. Durante los años veintes y treintas el cultivo de la novela de
vanguardia se adelanta algo (...). Se destaca la literatura de su época por estas
técnicas y por la creencia del autor en el derecho de inventar en vez de reflejar la
realidad. Durante la década de los años treintas casi se supera el vanguardismo (...) en
favor de la tradición realista que se vuelve hacia la protesta social. Es importante
notar la persistencia de la postura vanguardista y particularmente que algunas novelas de
protesta (...) también adoptan la actitud vanguardista ante la invención de la realidad
y la innovación técnica. Durante el mismo período hay una evolución hacia una novela
de ansiedad basada en el asunto de la identidad personal. Este tipo de novela
paulatinamente llega a ser dominante sobre la novela de protesta social y, al mismo
tiempo, tiende a reafirmar el derecho del autor para inventar su propio mundo.
Es importante entender que no se trata del comienzo de un fenómeno donde terminó otro,
sino de un proceso de cambios. Para fines de los años cuarentas, el papel del novelista
como creador de un mundo ficticio es ampliamente claro. Los años cincuentas vieron un
aumento general en la calidad de la novela -calidad basada en la conciencia del escritor
de su papel como artista creador y en el refinamiento de técnicas narrativas que
transforman la materia de anécdota en experiencia estética- El boom de las años
sesentas no se relaciona con un cambio en la naturaleza de la novela hispanoamericana;
marca un reconocimiento internacional de su cualidad. La novela continúa según las
líneas manifiestas en los años cincuentas (...). La innovación principal de los años
sesentas se relaciona con la insatisfacción del hombre con las señas, los símbolos y
las formas de la cultura que ha creado. Este ánimo ha producido la novela de la juventud
disidente y aparentemente una anarquía en la creación de la ficción.
Esta conclusión general se completa con
la observación de Raymond Williams, autor de la parte referente a los setenta, en el
sentido de que esta década "no tuvo un efecto tan dramático como la de los
sesentas. Lo que quizás sea sorprendente es la gran cantidad de novelas publicadas en
este decenio, ninguna década en lo que va del siglo ha visto la publicación de tantas
novelas".
Dentro de la complicada trama, desplegada en ochenta años de este siglo, que se entreteje
relacionando -por temas, trucos, tratamientos y tics- 541 novelas hispanoamericanas, se
incrustan 69 novelas colombianas, el 12,75% del total. Todas ellas aparecen en una muy
útil lista final, elaborada en orden cronológico. Esta ordenación permite ver que 44 de
las 69, casi las dos terceras partes, una abrumadora mayoría, fueron publicadas después
de 1960. Esto se debe no tanto a que la calidad haya mejorado en la misma proporción,
sino principalmente a dos hechos: primero, que el interés por García Márquez ha
generado interés por Colombia y, segundo, que el autor de los últimos capítulos,
Raymond Williams, es, precisamente, especialista en novela colombiana.
La ignorancia del panorama general -integrado por el respetable corpus de 541 novelas-
sólo permite modestas observaciones del habitante del bosque, del que sólo ve árboles:
con respecto a Colombia, habría que decir que la novela Cada voz lleva su angustia es
de Jaime Ibáñez y no de Jorge Ibáñez, como se persiste en decir tres veces. Y que si
es cierto, como decía Álvaro Cepeda Zamudio, que "todos venimos del viejo
Fuenmayor", por lo menos para efectos locales, no se debió olvidar al autor de Cosme.
Por lo demás, con respecto a nuestras novelas, lo novedoso del libro de Brushwood
consiste en las comparaciones que establece. Veamos algunas, que incrustan la novela
colombiana dentro del conjunto de nuestro continente.
Refiriéndose a La marquesa de Yolombó, de Tomás Carrasquilla, Brushwood dice que
"es dudoso que la novela difiera de manera fundamental en su técnica de las que
fueron escritas durante los mismos años por Carlos Loveira, Manuel Gálvez y Joaquín
Edwards Bello". Mancha de aceite, de César Uribe Piedrahíta, se inscribe
dentro de un conjunto de novelas de protesta producidas por el "descubrimiento del
petróleo en Latinoamérica". Años más tarde, "la angustia de la experiencia
de la alienación es particularmente fuerte en dos novelas publicadas en 1948: El túnel,
de Ernesto Sábato, y Yugo de niebla, de Clemente Airó". El año de
publicación es apenas la primera coincidencia que Brushwood encuentra entre En Chimá
nace un santo, de Zapata Olivella y Todas las sangres, de José María
Arguedas. Y años más tarde, los parentescos de Que viva la música de Andrés
Caicedo se hallan con las obras de los mexicanos Gustavo Saiz y José Agustín. En todo
caso, enteramente nuevas referencias, evidencia de que pertenecemos a una totalidad que
ignoramos y que, si conociéramos, sería otra forma de conocernos a nosotros mismos.
DARIO JARAMILLO AGUDELO
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