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La
mirada de los otros: una visión norteamericana de los, años cuarenta colombianos
Colombia
Kathleen Romoli
Editorial Claridad. Buenos Aires, 1944, 326
págs.
"En vez de
elefantes hay tapires; en vez de leones, pumas; en vez de camellos, llamas; en vez de
tigres, jaguares y, en vez de canguros, zarigüeyas" (pág. 14).
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"País de los extremos y las
contradicciones" llama la autora a Colombia, y este libro, escrito en un lenguaje
expresivo por una norteamericana inteligente, no deja de ser un sugestivo panorama del
país en la década del 30 al 40. Contrasta allí sus lecturas de historia -los cronistas,
Henao y Arrubla- con su testimonio personal, fruto de innumerables viajes por todo el
territorio. El resultado es interesante.
Por más que nos hayamos acosturnbrado a repetir que "en Colombia nunca pasa
nada", repasando estas páginas podemos distinguir, por lo menos, algunos cambios
dentro de nuestra evolución social. Escribe Romoli: "Esa lasitud de la cual también
se dice que traba la energía colombiana, ha de achacarse en cierto modo a las
circunstancias de su historia, que hasta comienzos del siglo XX se dividió en dos
violentos períodos opuestos, ambos anormales. El primero fue un período de doscientos
sesenta años consecutivos de una paz casi absoluta, durante la cual la colonia vivió en
un aislamiento estático como bajo una campana de cristal
1
; el segundo fue un siglo repleto de lucha
sangrienta y despiadada, explosiva y agotadora. No puede, pues, sorprender que las
energías se hayan dilapidado" (pág.15).
Las guerras civiles, que recorrieron el
país hasta 1902, bien pueden considerarse los sacudones del parto, en pos del progreso y
la unificación nacional, pero otros factores, no menos contundentes, como serían las
montañas "insistentes y soberbias", repercutirían, como una constante, en la
economía, la historia y las costumbres de Colombia. Las tres cordilleras, a través de
las cuales los Andes van descendiendo hasta morir en las playas del Caribe, son las que
obligarán al país a inventar la primera línea aérea comercial del mundo: Scadta, en
1919, con pilotos alemanes. Empresa que de doce pasajeros y 800 kilos de carga, en 1920,
pasaría a 54.612 pasajeros y 500.000 kilos de carga diecinueve años después.
Del empirisrno a la abstracción, del
dato concreto a la teoría, a veces demasiado amplia, el valor del libro no reside en las
estadísticas que en ocasiones salpican sus páginas sino
en la visión individual
que varias de ellas ofrecen. Los dos capítulos, por ejemplo, dedicados a la explotación
petrolera en el Catatumbo son, en tal sentido, de primer orden. Con recursos de novelista
contemporáneo -esta es la historia de doscientos sesenta y tres millas de tubos de doce
pulgadas- ella logra transmitir las mismas sensaciones que experimenta cualquier lector de
La vorágine: "Tiene algo de fascinador y horible esta vegetación furiosa,
que lucha desenfrenadamente por vivir" (pág. 114), con las precisiones del nuevo
periodismo, objetivamente comprometido con la historia de las concesiones Mares y Barco:
la saga de la Tropical Oil Company y la Colombian Petroleum Company y sus pioneros,
colombianos y norteaniericanos, desmontando 160 kilómetros de selva, luchando contra los
indios motilones, tendiendo un oleoducto de 410 kilómetros. En el centro de este
recuento, en ocasiones del todo irracional, asoma el sempiterno debate, visto a través de
los ojos de una gringa alerta, sobre la soberanía nacional y la explotación de sus
recursos naturales, todo lo cual nos permite situarnos en el otro punto de vista, con
inusual franqueza.
Dice Romoli refiriéndose a América
Latina: "Hemos hecho una buena porción de cosas, es cierto, pero no, desde luego,
por un altruismo irracional, sin el móvil de una recompensa; pero sí con considerable
energía y eficacia. Hemos desarrollado recursos que ellos eran incapaces de explotar;
hemos gastado dinero que originó la prosperidad pública; hemos modernizado, construido y
organizado. En ciertos casos, hemos puesto firmemente sus casas en orden, para ellos. Les
hemos dado dinero al siete u ocho por ciento y ellos no lo han devuelto. Les hemos
expresado que todos son nuestros vecinos; incluso aquellos que están a unos ocho mil
kilómetros de nosotros: nuestros vecinos y los de nadie más. Les hemos dado la
bienvenida en la gloriosa comunión de las democracias, incluyendo a aquellos países que
gozan de una excesiva y conocida autocracia. Los hemos protegido cuando eran jóvenes,
inseguros, y no cabe duda de que continuaremos haciéndolo así" (págs. 287-288).
Ensordecidos por años de prédica
antiimperialista, nos hemos olvidado de que en muchos casos muchos de ellos siguen
pensando como la autora. No es cinismo: es, simplemente, la ignorancia irredimible que
produce el capitalismo triunfante. Obsesionados con dónde invertir sus dólares, los
norteamericanos de aquella época no parecían tener demasiado tiempo para consultar
libros de historia latinoamericana. Si ellos han olvidado a Panamá, Colombia al parecer
todavía recordaba, en los cuarenta, tan brutal trapisonda. Sólo que sus inversiones
directas eran, en 1938, de apenas 108 misiones de dólares y con ellas controlaban en
forma casi exclusiva el petróleo, los bananos (la United Fruit), las minas de oro
y, claro está, los servicios públicos, puertos, transportes (Avianca, por conducto de Pan
American), construcciones, fábricas, agencias (págs. 302-303). No lo digo yo: lo
afirma la autora. Entonces, ¿para qué recordar tan engorrosos incidentes?
Alguien demasiado apresurado, bien puede
pensar que esta prédica proyanqui, en vísperas de la segunda guerra, con todos sus
paranoicos temores acerca de una quinta columna nazi infiltrada en Colombia, es inválida,
de plano. No sobra advertir que todo el libro no es más que un constante, afirmativo y
razonado acto de amor hacia un país al cual la autora quiere y admira, de modo
entrañable. Un país, además, que ella conoce mejor que muchos de sus habitantes. Si
quedan dudas, prestemos atención a lo que viene:
"Sorprende ver cómo
en esta nación de formidables bebedores, sólo un veinticinco por ciento de la lista
total de homicidios y asaltos ha sido cometido bajo la influencia del alcohol,
particularmente desde que el número de los crímenes cometidos por causa de dinero o de
intereses materiales y que podrían ser premeditados, es extraordinariamente pequeño, un
escaso cinco por ciento. No estoy segura de definir lo que eso prueba; tal vez sólo la
deficiencia de la estadística" (pág. 39).
Un conocimiento tan cabal de nuestras
circunstancias es el que le permitirá luego desarrollar, a lo largo de varias páginas
(capítulos IV y V por ejemplo), descripciones muy ajustadas acerca de la índole de
nuestras gentes. Esta palabra, precisamente: "gente", es la que emplea para
rotular a las clases altas, cercanas a la raíz hispánica, mientras la otra, "pueblo",
la aplica a la inmensa masa desposeída, "el proletariado negroide o grandemente
mestizo" (pág. 30), que integra la mayor parte de la población y se halla
radicalmente distanciado de la primera. Analfabeta y supersticiosa, ella vence, gracias a
la chicha y el aguardiente, "la fatiga, la enfermedad y el infinito aburrimiento de
una vida sin horizontes" (pág. 36). Ella también, según la autora, es imposible de
delimitar dentro de una generalización tan tópica.
En todo caso, y ya terminando el libro, Romoli retorna el tema: "Mi convicción
personal es que si, por algún milagro, todo peón y campesino que habite entre el Caribe
y el Putumayo tiene la posibilidad mañana de hacer estudios superiores y de obtener una
visión moderna de la vida, el resultado será un enorme de sastre, pues el que tiene una
visión moderna de las cosas exige, y Colombia no está en condiciones de satisfacer esas
exigencias" (pág. 302). Parece un poco amargo darle toda la razón, pero por lo
menos reconozcamos que la autora tenía cierta perspicacia premonitorio
.
2
Alternando episodios conocidos - la
leyenda de Guatavita, la llegada de Jiménez de Quesada, los piratas de Cartagena, las
diferencias entre Bolívar y Santander, este último "el hombre que se refrenó
siempre a sí mismo" (pág. 82)- con impresiones muy vívidas de sus desplazamientos
-una frustrada visita a los arhuacos, en la Sierra Nevada; el viaje en hidroavión, por el
Magdalena, hacia la costa; la espera interminable de una lancha, en Puerto López; la
forma desprejuiciada como trataban el oro en la Casa de Moneda, en Medellín-, logra darle
a su recuento una flexibilidad rápida. Sabe, así que Colombia es un país de ciudades, y
por ello les dedica a casi todas breves monografías, que si no tienen el vuelo de las
prosas amartilladas de Armando Solano sobre el mismo tema, sí son bastante útiles y
concretas. Recrean, a cabalidad, atmósferas propias.
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Ella lo vio, estuvo allí, y tuvo el
suficiente entusiasmo, y la necesaria persistencia, para comunicarnos, con precisión, y
en ocasiones con irrefrenable lirismo, sus impresiones, algunas totalmente novedosas.
"Hay que ver a Tunja en verano, dorada y limpia, bajo su cielo de cobalto"
(pág. 86). Otras veces, en cambio, abandona la poesía por un refrescante sentido del
humor. Sobre la catedral de Manizales por ejemplo, dice que sus bóvedas vagamente
moriscas y sus campanarios ligeramente cubistas, sus rosetones modernistas y sus atrios
más o menos góticos tienen la inconfundible ventaja de poder ser vistos a larga
distancia.
Su decálogo para ser minero en las
prometidas tierras de Nariño resulta antológico: "Si se es fuerte y razonablemente
hábil, si se logra una reputación de persona correcta en los procedimientos y no se teme
vivir a dos o tres días de la ciudad más cercana, quizás a una altura que impide
cocinar cualquier alimento sin disponer de una marmita a presión; si se pueden realizar
trabajos desacostumbrados, a veces con el agua hasta la cintura, y si se puede dormir en
cualquier sitio y andar a lomo de mula dando tumbos arriba y abajo todo, el día, por
senderos perdidos en el fango; si se sabe eludir las amebas y combatir la malaria,
entonces sí, se puede muy bien trabajar como minero en Nariño" (pág. 198).
Finalmente, su descripción de los
ídolos agustinianos no deja de tener penetración y gracia. Confiesa Romoli: "No son
muy agradables esas divinidades rechonchas y horribles y esos animales sagrados en su macizo
misterio, pero constituyen un campo fascinador para toda especulación y aun los severos
hombres de ciencia han de reconocer un humor monstruoso en ellas. Algunas de estas figuras
antropomorfas aparecen equipadas con sombreros paleolíticos de jugadores de bolos, otros
llevan tocas eminentemente respetables, bien ceñidas a la frente, con un aire
irresistible de arrabalerismo petulante. Todas exhiben expresiones rnalhumoradas: las de
mejor aspecto parecen exponentes de uno de los siete pecados capitales: la gula; las otras
muestran gestos que van desde la malevolencia a una especie de superioridad
displicente" (pág. 209).
No sé que opinarían Eugenio Barney
Cabrera o Luis Duque Gómez de un texto como este. En todo caso, una vez transcrito el
párrafo, volví a mirar el libro de este último, titulado San Agustín (1982),
con fotos de Francisco Hidalgo, y me di cuenta de que Kathleen Romoli era una buena
escritora: convertía en palabras lo que vela y decía lo que pensaba. Y no contenta con
la validez de sus impresiones inmediatas, las compulsaba dentro de un marco de referencias
más objetivo, si se quiere. El libro de Preuss, en este caso. Sin embargo, y esto es lo
importante, volvía siempre a ese germen inicial, a ese afán de comprensión sincera que
impulsa sus páginas. Podemos entonces resumir su "método" con lo que dice en
este aparte:
"Cuidadosamente ordenado en largas
columnas, contaba con todo un archivo de estadísticas referentes al costo y a la
producción de agricultura, a la producción anual de los minerales, al desarrollo
industrial durante los últimos veinte años en el Valle, etc. Los he enterrado tranquila
y respetuosamente, pues ya no puedo ver a Cali a través de ese velo de cifras y
porcentajes, ni puede hacerlo nadie. La veo a la luz de mis amistades, por sucesos causales,
en escenas que se han vuelto claras y como repujadas en mis recuerdos, al olvidar los
detalles que las rodean, y este es probablemente el único camino viable para
conocerla" (pág. 172). No es que ella no dé las estadísticas; es que luego de
darlas, va más allá de ellas. Y, afortunadamente, tampoco incurrió en el vicio, tan
colombiano, de tapar un hueco mental con un adjetivo relampagueante.
Aunque es de lamentar que no cite el
telegrama antológico recibido por Pablo Neruda cuando se acercaba a Popayán:
"Maestro: sesenta mil poetas os saludan"
3,
sí tiene buenos y contundentes párrafos acerca
de ese "intelectualismo pesimista, más especulativo que creador", del bogotano;
de esa propensión suya al análisis y al mismo tiempo a la ironía que "ha sido a la
vez su bendición y su maldición", impidiéndole la cabal realización de las cosas.
"Cuando la gente tiene un agudo sentido del ridículo, y posee la inteligencia de
aplicarlo a sí mismo, se siente intelectualmente libre -y un tanto más divertida- que
las almas más sencillas, pero desperdiciaras exigencias más constructivas. La
ironía y las ilusiones no son buenas compañeras, y las ilusiones, particularmente si son
inconscientes, son fenómenos muy productivos cuando se las aplica a fines
prácticos" (pág. 206). Fines prácticos: esto suena bastante convincente en boca de
una norteamericana, con preocupaciones didácticas. "En los años 1938-1939, sólo
había cincuenta y cuatro estudiantes colombianos registrados en nuestros colegios [en
Estados Unidos], pero este número era ya mayor que el de cualquier otro país
sudamericano(...): "La influencia de este hecho es mucho más importante de lo que
las mencionadas cifras pueden indicar: un grupo muy pequeño puede ejercer una influencia
considerable en un país de sólo nueve millones de habitantes y en el que la clase
gobernante es limitada y el ochenta por ciento de la población es analfabeta" (pág.
294).
Lo repito: no se trata de un manual de la
CIA destinado a fomentar la fuga de cerebros sino de un libro agudo y bonachón -estas dos
categorías no son totalmente incompatibles- surcado de puerilidades, que no lo son tanto,
y de hechos, facts, facts, bastante contundentes. Basta compararlo con el de
Alcides Arguedas, La danza de las
sombras
4,
que abarca los años 20 y 30, para medir la
distancia entre la visión aristócrata-literaria de un destacado novelista sudamericano
con la óptica mucho más campechana, y quizás democrática, de esta norteamericana.
Aunque sus enfoques son totalmente diferentes, sus exposiciones se corroboran: hablan del
mismo país, aquel que de 1900 a 1930 duplicó su población, y que en los cuarenta tenía
sólo 35.000 extranjeros registrados corno residentes.
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Un país, entonces, en pleno crecimiento,
de contrastes tan pintorescos como atroces, gobernado por los niños de la guerra de los
Mil Días (1899-1902): la generación del centenario, y cuyas transformaciones las
percibimos mejor, no en la historia grande, de discursos en el congreso y elecciones
presidenciales, sino en la otra, la de incidentes nimios pero asaz reveladores. En ellos
es experta Romoli: "El ruido típico de Popayán es el que producen los pequeños
cascos sin herrar de los asnos y las mulas al pasar por las calles asfaltadas. Desearía
que el gangoseo de la radio no llegara nunca a turbar esta paz; pero las ventajas, por
otro lado, están en contra de mi esperanza. Por ahora el ruido característico de
Colombia son las rumbas tocadas insistentemente a todo lo que da el dial" (pág.
185).
¿Se necesita decir algo más? No lo
creo. Un libro como éste, escrito hace cuarenta años, y nunca reeditado, que yo sepa,
bien merece ingresar a la muy útil serie de viajeros extranjeros por Colombia, en buena
hora patrocinada por el Banco de la República. Como dice la autora, quizás por ser tan
corto, a los colombianos les gusta recordar su pasado, y éste, un pasado inmediato,
parece a la vez tan próximo y tan distante, que no sabemos muy bien qué actitud adoptar
ante él.
¿Acompañarla en su fe por los
beneficios económicos que depara la industria del turismo o solidarizarnos en su defensa
de las artesanías, en general, y del barniz de Pasto, en particular? No lo sé. Lo que
sí me gusta es su mezcla de irritación y afecto ante algo que le es tan próximo, y su
capacidad para, poniendo los pies en la tierra y elogiando los sabores de la curuba, la
granadina, la chirimoya y la pitahaya, darnos también algo del pulso histórico de
aquellos años, medido con ojos, si no desprejuiciados, sí, por lo menos, con prejuicios
diferentes de los nuestros.
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En Colombia -dice la autora- las
estadísticas tienen una imprecisión un poco desconcertante, ya que, al fin y al cabo,
¿qué importa medio millón entre amigos? No puedo, en consecuencia, evaluar los méritos
estadísticos de estas 326 páginas, ni tengo, tampoco, los conocimientos y la autoridad
para recomendar los méritos históricos, botánicos, zoológicos, psicológicos,
antropológicos y ecológicos de la obra comentada. Sin embargo, he visto en aquellas
páginas personajes que no me eran del todo desconocidos, ni ajenos a mi menester
literario: el solitario de La Tolda, en Honda, que vivió once años en una cueva buscando
un tesoro, o la Marquesa de Torres Hoyos, en Mompox, una viuda bella, "dueña de
dieciséis millones de hectáreas entre el Magdalena y el Cauca". No se trataba de
seres míticos robados a las páginas de Álvaro Mutis y García Márquez aún no
escritas. Eran, unos
años antes, la comprobación de que Kathleen Romoli tenía
buen olfato, para anotar lo que de verdad valía la pena destacarse. Pero éste no es,
evidentemente, la virtud central de este libro honesto y claro y, cómo no, parcial e
insuficientes como toda obra humana. Son muchos, y son variados. Vale la pena
leerlo,
recordándolos. Se trata de un buen ejercicio para mejorar la vista y fortalecer los ojos.
Siempre es útil mirarnos tal como nos ven los otros.
JUAN GUSTAVO COBO BORDA
1. La "paz casi
absoluta" del período colonial es cada día más cuestionada. María Teresa Cristina
dice, por ejemplo.- "La imagen que presenta El carnero de la sociedad santafereña
dista mucho de ser la convencional e idealizada,de una Santafé idílica, piadosa y
apacible. En ese desfile de funcionarios deshonestos e inclusive criminales, de mujeres y
hombres arrastrados por sus pasiones, de clérigos poco santos, de adulterios y
supersticiones, Rodríguez Freyle esboza el cuadro de una sociedad henchida de violencia y
turbulencia. Los primeros cien años de la dominación española corresponden a una época
de profundos conflictos políticos y sociales que el cronista no puede eludir".
"La literatura en la conquista y la colonia", en Manual de Historia de Colombia,
Bogotá, Colcultural 1982, segunda edición, vol. 1, pág. 532.
(regresar1)
2."La Colombia de
hoy no es la de hace treinta años. Elpaís se ha modernizado, urbanizado y socializado.
Ha avanzado enormemente en lo cultural y lo económico; cuenta con 300. 000 universitarios
y una opinión cada vez mejor informada. Lo que menos ha evolucionado son las
instituciones políticas, que aún consagran fórmulas tal vez sabias del pasado, pero que
en un presente lleno de nuevas fuerzas que reclaman participación y apertura, pueden
convertirse en una explosiva camisa de fuerza". Enrique Santos Calderón, "La
rebelión goda", columna Contraescape, El Tiempo, 22 de noviembre de 1984, pág. 4A.
(regresar2)
3. Germán Arciniegas,
Colombia, Washington, 1962, Unión Panamericana, pág. 43. (regresar3)
4 Alcides Arguedas, La
danza de las sombras, Barcelona, España, 1934. Reimpresión: Banco de la
República, Bogotá 1983. Las páginas de Arguedas y Romoli dedican a las
diferencias sociales, el alcoholismo y la índole bogotana son similares. (regresar4)
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