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Experiencia
para el lego y el iniciado
Evaluación de la asesoría económica
a
los países en desarrollo. El caso colombiano
Lauchlin Currie
Fondo Editorial Cerec. Bogotá, 1984, 342
págs.
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La primera misión de estudio que el
Banco Mundial realizó tuvo como objeto a Colombia y fue dirigida en 1949 por el profesor
Currie, quien para entonces ya contaba con rica experiencia profesional. A partir de esa
oportunidad, el profesor Currie ha participado en innumerables labores de asesoría
económica y ha permanecido muy cerca de los escenarios de decisión de la política
económica en Colombia.
Este libro es una: evaluación de esas experiencias. No se trata, sin embargo, de una
autobiografía ni de un estudio técnico, aunque comparte el estilo fluido y decantado de
la primera y la rigurosidad del análisis del segundo. La evaluación gira alrededor de
los objetivos del desarrollo, a partir de los cuales se juzga el trabajo de los asesores
en diversos campos de la macroeconomía y en sectores y proyectos específicos. No
obstante, ni los casos ni su forma de análisis aparecen aislados, a pesar de tratarse de
materias que van de la política monetaria a proyectos industriales, y de la teoría
tributario a la del desarrollo.
El profesor Currie es, justamente, uno de esos "antiguos generalistas", como él
mismo los llama, que cuenta con la capacidad de analizar problemas desde una óptica
global con recurso a un cuerpo único e integrado de teoría. No existe una teoría
económica diferente para los países en desarrollo, si bien pueden ser otras las
circunstancias o los problemas, ni una teoría especializada para las cuestiones agrarias,
para citar sólo un ejemplo, que no sea consistente con el cuerpo restante de la teoría
económica. Muchos de los errores que cometen los asesores se deben a la falta de
consistencia entre as recomendaciones que harían en un país desarrollado y las que
suelen hacer en uno en desarrollo, muchas veces influidos por valores personales y por la
creencia de que las fuerzas económicas actúan de manera diferente en uno u otro caso.
Así, a menudo los asesores en materia de desarrollo abogan por políticas inmediatas de
redistribución de la propiedad o del ingreso o por medidas que atacan directamente la
pobreza que jamás considerarían aceptables en un país desarrollado.
La falta de claridad sobre los objetivos y las prioridades del desarrollo conduce así a
recomendaciones que tienden a debilitar las fuerzas del mercado y cuyo éxito depende
excesivamente de una posibilidad de ejecución y de administración que suele ser limitada
en un país en desarrollo que, como tal, tiene un control insuficiente sobre su medio. El
resultado es pues, a menudo, contraproducente, como quiera que se retarda el crecimiento y
se reduce la movilidad económica. Una política de control de arriendos, por ejemplo, que
busca reducir el costo de la vivienda y favorecer a los arrendatarios, si es efectiva,
termina por desestimular la construcción y por elevar la insuficiencia habitacional. De
igual forma, una estrategia que pretende detener la migración a las ciudades para impedir
que se eleven los salarios rurales y aumente el desempleo urbano, entorpece los aumentos
de productividad agrícola y perpetúa un estado de estrechez de demanda y de bajos
niveles de empleo.
Por consiguiente, debido a que las capacidades de control y el tiempo son limitados y a
que deben movilizarse, antes que inhibirse las fuerzas económicas, el autor plantea la
necesidad de que los esfuerzos de la política económica se concentren en un número
limitado de objetivos, concediendo prioridad entre ellos al crecimiento económico. Si
bien no puede asegurarse que el bienestar aumente con el crecimiento económico, su
ausencia produce "malestar", ya que la falta de crecimiento reduce las
oportunidades de cambio y la sensación de rumbo y actividad entre las personas. Una tasa
de crecimiento específica no es una meta en sí misma, sino más bien el resultado de las
políticas proyectadas para garantizar un uso más adecuado de los recursos y una mayor
movilidad.
Aunque su título puede sugerir lo contrario, esta es una obra igualmente accesible al
lego y al iniciado. No se respira allí el aire enrarecido de las revistas profesionales
ni la atmósfera de irrealidad de los libros de texto, pues al evaluarse la acción de los
asesores y las decisiones de política económica, se tiene siempre en cuenta que quienes
intervienen son "individuos comunes y corrientes", influidos por sus relaciones
interpersonales, sus motivaciones y sus valores. Es quizás de aquí de donde el libro
deriva un delicioso sabor de tertulia intelectual y de reflexión compartida, sin incurrir
en la práctica de la libre asociación que aqueja aún a los economistas más
"científicos".
La mayoría de los elementos teóricos que aparecen en este libro no le resultarán nuevos
al lector familiarizado con los abundantes escritos del profesor Currie. Sin embargo, las
discusiones teóricas y los análisis sobre sus aplicaciones mantienen toda su vitalidad y
su vigencia, ya que el autor logra, de una forma directa y lúcida, mostrar que detrás de
la coherencia lógica la argumentación se apoya en un conocimiento profundo de las
instituciones y del comportarniento de los individuos que toman las decisiones de
política.
EDUARDO LORA
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