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Desigual
y con aciertos
Tocando tierra
Javier Hernández
Editorial Bolívar, 1984, 127 págs.
Un poeta sale de su casa a cumplir con su
destino cotidiano. Lleva consigo una cámara fotográfica. Su intención es registrar en
imágenes una realidad que por consabida se oculta en la obviedad y que presiente con
melancólica intuición. Quiere lograr todos los ángulos posibles: lleva lentes capaces
de ampliar las sensaciones, de hacer inventarias cotidianos, de detener instantes, de
reflejar las infinitas máscaras de la apariencia.
Esa, la primera impresión que nos deja una poesía que logra "obturar" la
palabra volviendo imagen lo que toca. Lejos de la retórica o el artificio, la sensación
fotográfica se logra con un lenguaje sintético en el que la palabra-imagen se superpone
en enumeraciones y descripciones que van creando imágenes más amplias, escenas en
movimiento:
Por eso al llegar al
parque,
es oficio deseable sentarse a reposar
Festivo territorio laboral,
reposada estación en movimiento,
remanso del itinerante
-un vendedor ambulante
no pasa dos veces por la misma calle-
panal de sedentarios,
interludio del cantante,
escondite abierto a figutivos,
gracia terrena de herejes,
minuto de descanso del fajador,
pausa mnemotécnica del examen semestral,
oficina de pensionados
que con sombrero de ala corta
y pluma de pavorreal
muerden almendras maduras
que dejó la madrigada en consignación.
(De Monumentos, pag. 30)
Aparentemente, Tocando tierra
está compuesto por varios libros. Sin embargo, al regresar una y varias veces,
intentando descifrar el universo poético creado, descubrimos los diferentes caminos por
los que el poeta se acerca a la contingencia: a través del vecino cercano, del
desconocido, de sí mismo, de la mujer compañera, de las mujeres de la tierra que en
voces se levantan del olvido. Pero todo confluye al mismo recinto profano: el mundo de lo
real cotidiano.
Para lograrlo registra, describe, enumera realidades, diseca los tumultos, inventa
geografías urbanas, hace inventarias de sensaciones y recuerdos. Sin embargo, no se trata
de cuadros realistas ni de transcripción de imágenes. Es la mirada de quien se detiene a
ver, por primera vez, lo ya visto. Es la sacudida a lo consabido, a lo obvio, para
descubrirle su lado oculto, para derrumbarle su apariencia. Es de allí de donde surge la
ironía que acompaña toda la obra. Hernández no se propone ser irónico. Es de la
obviedad evidenciada de donde surgen las contradicciones ocultas. Se hace necesario
entonces extrañar los lugares comunes para no perder el asombro, y menos la conciencia.
Se hace indispensable, también, salirse del autismo que producen la academia, los
rincones bibliográficos, las silleterías en serie, las definiciones vigentes, las
pizarras vacías, para adentrarse en el asombro cotidiano donde todo está por
descubrirse.
Es un acercamiento a lo real, un primer intento de romper las murallas personales para
comenzar a ser habitante partícipe de la tierra-tierra. Al conocimiento adquirido en los
libros o en la universidad, al idealismo de la academia, se va sobreponiendo el principio
de realidad a medida que el poeta va habitando los espacios más comunes.
En los primeros poemas protagoniza en primera persona muchos de los trayectos cotidianos
Trasciende su individualidad, siendo otro ciudadano más, obligado a cumplir el
irremediable destino del hombre que tiene que pagar arriendo, viajar en bus, confundirse
en el tumulto, cumplir con una rutina:
Sobre el cemento las
ruedas
sobre las ruedas, yo.
Ellos, conmigo, vamos en
conjunto
regodeados en nuestro tránsito
De Luxe,
para que sobre el concreto,
las ruedas, y nosotros sobre las
ruedas
accedamos sin sobresaltos
a nuestra jornada destinada
y laboral.
(De Sic transeunt, pág. 20)
Siempre lejos de la resignación o el
derrotismo. Inmerso, se distancia para narrarnos lo que pasa a su alrededor.
Otras veces, al interpelarse a sí mismo, reconstruye con mirada crítica su biografía
inconclusa, la del hombre de mar que llega a vivir en el laberinto encerrado de la ciudad
montañosa.
En poemas como Sobrevuelos, Apartamentos modelos, Suelo solida
rio, cobra
distancia para recuperar esa primera mirada de asombro de extranjero en la ciudad. Intenta
rescatar esas imágenes más cercanas del sentido primero, aquellas que fueron
desdibujándose con la costumbre, con el adormecimiento de los gestos repetidos.
Así, habitando realidades, el poeta termina por trascenderse, primero en la mujer-compañera
y finalmente en la palabra poética.
Poesía narrativa porque describe y cuenta. Sin embargo, es una prosa rítmica (más que
verso libre), musical, llena de juego de sonidos internos, juego con las sílabas en el
interior del verso, trabalenguas, ejercicio vocal.
Es un libro lleno de aciertos. Aunque a veces desigual, repetitivo en algunas imágenes,
alcanza a configurar una expresión poética sólida, un espacio entre la realidad y la
palabra en el que la apariencia, lo sabido, lo que se ha vaciado de significado por la
fuerza de la costumbre, se carga de sentido. Volver a mirar el mundo con asombro,
recuperarse como ser en otros trascender en las realidades más intrascendentes es la
forma como Javier Hernández, con la palabra-imagen como instrumento, se decide a tocar
tierra.
BEATRIZ HELENA ROBLEDO
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