Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 3,  Volumen XXII , 1985
 

La demencia como fruto del rigor


Destinitos fatales
Andrés Caicedo
Editorial La Oveja Negra, Biblioteca de Literatura Colombiana.
Bogotá, 1984 326 págs.

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Este volumen reune quince cuentos de Andrés Caicedo, fechados entre 1966 y 1975, algunos conocidos, otros inéditos, y agrupados todos bajo el título de Calicalabozo, tres relatos largos, ya editados en Medellín, en 1977, con el mismo título con que ahora se presentan: Angelitos empantanados, y finalmente fragmentos de una novela inconclusa: Noche sin fortuna, título tomado de una canción de Los Panchos.
Tajante en su amor-odio a Cali -"odiar es querer y aprender a amar", como dice en el primer relato de este volumen (Infección, fechado en 1966)-, su mundo adolescente de calles y fiestas de quinceañeras, de cine y timidez enfermiza, de enclaustramiento y voyerismo -véase Por eso yo regreso a mi ciudad, de 1969- hay, sin embargo, otra dimensión más inquietante dentro de su esforzado trabajo como narrador. Una dimensión que pudiéramos llamar "gótica", de morbosa "nocturnidad".
Las calles caleñas, que hierven de gente y se vuelven casi irreales a fuerza de luz, son vistas desde penumbras autoimpuestas, detrás de rejas equívocas. Y la visión urbana se hace mucho más ambigua cuando la luna crece y acompaña, en su frialdad, el indeciso vagabundeo del joven solitario que sabe, en carne propia, cómo la luna llena "es la noche del peligro, mano" (Vacío, 1969). La noche del terror y del físico miedo. Pandillas juveniles que arrojan bombas molotov, casi por gusto, y peleas brutales, entre bandas enemigas, para delimitar un territorio propio: esta escenografía no es más que el set urbano dentro del cual Caicedo ubica a sus personajes. Ellos sí son visceralmente violentos.
Así, por ejemplo, el muchacho que patea al travestista (Besacalles, 1969), con un exultante sentimiento, tan equívoco como todo el relato. "No sé si estaba llorando o se estaba riendo a carcajadas", dice el vapuleado narrador. O Miriam-, la muchacha devoradora -un leitmotiv en Caicedo- que desnuda a Mauricio, en el antejardín de su casa, y luego de violarlo lo deja sin ropa, en la mañana caleña (De arriba abajo de izquierda derecha, 1969). Como si la pasividad, dolorosa pero complacidda, de ambos narradores-víctimas, necesitase de estas afrentas para luego recrearlas ante un interlocutor mudo.
Se destaca la dureza de sus personajes femeninos. Su asumida, y ejercida, crueldad: saben lo que quieren y cómo conseguirlo. También sus héroes tienen algo de eso, pero en menor escala. Es como si Caicedo quisiera conferirles a sus heroínas un sadismo implacable. La fuerza necesaria para convertirlas en criminales sonrientes. En estos cuentos, la verdad sea dicha, pocas veces lo logra. El resultado, por más farsesco que resulte, ya estaba previsto en la balbuceante aspereza de sus diálogos. En su monótona reiteración: ambos volverán a casa de sus padres; a ambos, niño y niña, muchacho y muchacha, sólo les quedará la noche para seguir soñando maldades.
La violencia y la marginalidad, tan importantes en la obra de Caicedo, harán que el crimen se convierta en uno de sus temas más asiduos, hasta el punto de terminar tratándolo como un juego. A los muchachos les gusta matarse. Felices amistades, de 1969, por ejemplo, comienza así: "A decir verdad yo nunca he matado gente, mi Graciela es la que se encarga de eso", y en ese mismo tono de comedia prosigue hasta el final. Deseos reprimidos de un narrador perverso convertidos, así, en leyendas en forma de nube de las tiras cómicas. La noche, el sueño, las actrices de cine, el cine: esa máquina del tiempo, ese pozo sin fondo de la polución nocturna y, sobre él, la luna llena, enfriando manos, y ánimos. Desde este ámbito es desde donde Caicedo nos habla, dotado de un insuperable oído, para registrar el idioma pegajoso con que los alumnos de los últimos años de primaria y primero de bachillerato intentan en vano comunicarse. Caicedo lo logra. No siempre, claro está, porque queriendo ser fieles a ellos busca convertir en algo mucho más truculento, e infinitamente más desaforado, las convencionales escenas de quien hace "porquerías" con su novia, en el sofá de la sala.
¿Lulita que no quiere abrir la puerta?, de 1969, tiene algo de esas escenas fijas -teatro masturbatorio del inconsciente- en que vemos lo que sucede, lo que el personaje masculino cree que puede suceder, lo que el personaje femenino piensa que puede ocurrir, y todo se superpone, acrecentándose así la estereotipada banalidad de novios de quince años que hablan como niños de cinco, chupándose el pelo mojado, mientras los padres, con lentitud cinematográfica, van bajando la escalera.
En realidad, todo el cuento puede verse como un exorcismo vengativo en contra de una situación incómoda. Y mucho de la narrativa de Caicedo, en estos primeros cuentos, puede considerarse apenas como descargas de rabia en contra de un entorno que lo fastidiaba. El cuento, sin embargo, permite también reconocer la voluntad técnica de Caicedo, su capacidad para estructurarlo en planos diversos y, sin embargo, superpuestos, y su intención de jugar con el lenguaje, flexibilizándolo al máximo.

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Pero todo ello queda atrás, de modo sorprendente, con la aparición de un relato como En las garras del crimen, fechado en 1975. Aquí un reproche a los compiladores: debieron haber respetado la secuencia cronológica y tanto Maternidad, de 1974, como En las garras del crimen estarían mucho mejor ubicados al final de Calicalabozo, cerrándolo. Leyéndolos ahora, como están dispuestos, producen la incómoda sensación de que Caicedo, de una página a la otra, se convierte de narrador estupendo en principiante naïf. Así, cuando dejamos atrás En las garras del crimen, 1975, y nos topamos con Calibanismo, fechado en 1971, tenemos que hacer una recomposición mental de lugar y decirnos: no, no se trata de un retroceso, lo que pasa es que en cuatro años Caicedo se convirtió en un narrador importante.
Volvamos mejor a En las garras del crimen: mezcla de thriller y novela negra, de reflexión sobre la propia literatura y broma entre iniciados, donde el cine, la literatura, el tema del doble y la suplantación de personalidades, le sirven para conjurar con el humor sus propios excesos, sus manías. La anécdota, archiconocida, es la siguiente: una mujer inválida, que tiene una hermana gemela le pide a un licenciado en literatura que le escriba un texto donde ésta aparezca, para así vengarse. Lo notable es cómo Caicedo, a partir de esta anécdota baladí, tomada de los clásicos del cine -Verónica Lake, The Big Heat-, se ríe de un narrador, que es una satirización de sí mismo, y se burla de todos sus tótemes: la seudocultura de trivialidad cinematográfica, "el fanfarrón y seudovanguardista Julio Cortázar" -tales son sus palabras.
Broma divertida, jugada al cuento mismo y a quien lo redacta, a la par que homenaje a sus dioses predilectos -de Ross MacDonald a Howard Lovecraft, de Fritz Lang a Henry James, de Edgar Poe a Dashiell Hammet- hecho todo con una gozosa y nada intimidante ligereza de espíritu. Corno si Caicedo pudiera liberarse de sí mismo, sin intentar herir al mundo que apenas si lo ha rasguñado. Se ríe de su propio fracaso y goza, horrores, con él. Éste ya no es un drama existencial, crispado de angustia. Es pura sabiduría literaria. Cuando sus personajes, las gemelas, se encuentran con el narrador, en la calle, caminando ambas muy ágiles, y le obligan, por insuficiente, a prescindir del manuscrito, Caicedo es ya un escritor hábil: ha logrado que sus fantasmas se desprendan de la página y le hablen. Le quedaban, entonces, dos años de vida. Los años en que escribió, pulió y corrigió ¡Que viva la música! (1977).
Los otros cinco cuentos, con excepción de Maternidad, son anticlimáticos. Aun así, vale la pena repasarlos: certifican las obsesiones básicas de Caicedo. El primero, fechado también en 1971, Patricialinda, es un texto lineal, en el cual el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y la subsiguiente violencia política entre liberales y conservadores es contemplada por un viejo conocido: un muchacho de diez años que estudia cuarto de primaria en el colegio San Juan Berchmans, de Cali, asmático y dejado por la novia.
Reaparece la interrelación entre una violencia social -barrios poblados de policías, guardaespaldas que asesinan sin mayores escrúpulos- y una violencia individual, ambas cinematográficas. El resultado no es demasiado compacto, no cuaja, no logra amarre. Igual le sucede en Calibanismo, de 1971, donde la historia truculenta -diversas formas de cortar y comer carne humana- supera a la otra historia, que la acompaña en forma paralela: la de la "pelada", para emplear términos caicedianos, que, con tal de entrar al cine, masturba muchachos en la oscuridad de la sala. Como se ve, una heroína digna de nuestro héroe.
Los dientes de Caperucita, de 1969, conoció, en su momento, cierta celebridad, al obtener el premio internacional otorgado por la revista Imagen, de Caracas, y mantiene, hoy en día, la oralidad contagiosa de la narración, con el interés y el suspenso, bien dosificados y con un registro impecable del tono con que hablan los jóvenes. El narrador, caudaloso y apabullante, le cuenta a su mejor amigo cómo la novia de éste también lo fue suya y, en una noche de diabólica demencia lunar, casi lo castra a mordiscos. Esta animalidad, de lobisones imprevistos, de dráculas de pacotilla, disuena dentro de la linealidad ortodoxa del cuento. Esto es lo que busca Caicedo: impactar a los tibios, pero el final no resulta sorpresivo, pues ya se hallaba insinuado, con varias gotas de sangre, en una escena anterior, durante la cual la hermosa y lacónica doncella, besándole, le había mordido el cuello. Quizás para que se callara y no hablara tanto. Todos estos relatos, pueriles en su afán de asustar, enternecedores en el desamparo adolescente que revelan a trasluz, que le permite a un amplio grupo de adolescentes caleños encontrar en Caicedo voz y expresión, quedan atrás, como brumosa prehistoria de un adicto al cine de terror y a la literatura de iniciación adolescente, ante la maestría de Maternidad (1974), aquel cuento que el propio Caicedo consideraba su obra maestra.

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Si El atravesado (1971) es la historia de un adolescente que era fascista sin saberlo, Maternidad constituye la más acertada descripción de cómo se engendra un hijo que luego, ¡qué remedio!, no podrá ser otra cosa que fascista.
En 1974 todo el mundo de la droga que cambiaría sociedad, costumbres y lenguaje en Colombia, era descubierto por Caicedo con el arrojo suicida que sólo la misma droga podía dar. Era un valiente aventurero internándose en territorios inexplorados. Pero la fuerza del cuento no reside en el desvarío de la alucinación sino en el peso reprimido de su contención. La demencia como fruto del rigor. Y de la aguzada conciencia con que Caicedo avizoraba los nuevos, y decadentes, tiempos que se avecinaban. Tiempos de los Rolling Stones. Cali convertido en el mayor estudio cinematográfico del mundo -Los mensajeros, 1969- y tres viñetas, también cinematográficas, que vuelven a proclamar su fe en el cine como ,ese viaje colectivo en búsqueda de recuerdos", cierran esta primera parte del volumen de Caicedo.

¿Qué pensar sobre estas cien páginas? Son inconfundibles. En sus tanteos, y en sus vacilaciones, en su candor y en su tremendismo, sólo pueden pertenecer a Andrés Caicedo. ¿De qué otro narrador joven colombiano podemos decir lo mismo? ¿De qué otro podemos afirmarlo, aún refiriéndonos a sus bocetos truncos y a sus tentativas inconclusas? De ninguno.

,JUAN GUSTAVO COBO BORDA