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El cuello de botella de Pepe
Pepe Botellas
Gustavo Álvarez Gardeazábal
Editorial Plaza y Janés. Bogotá, 1984
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Para nadie medianamente informado de la
política colombiana son un secreto las relaciones del autor de Pepe Botellas y
José Pardo Llada, por conducto del denominado "Movimiento Cívico" de Cali.
Resulta, entonces, fácil descubrir la identidad, que no pretende ocultarse, del
protagonista de la obra. Tampoco cabe duda sobre el lugar donde transcurre la trama de la
novela y la sociedad a la que se refiere. Pero las alusiones a distintos autores
encabezando los capítulos, transportan al lector a diversas épocas y lugares de
relevancia histórica: la invasión napoleónica a España, vista a través de Un
afrancesado, de Benito Pérez Galdós; el período prerrevolucionario cubano insinuado
con fragmentos periodísticos, novelados o de crónica histórica; la revolución en la
isla; la dictadura de Rojas Pinilla; la tenencia de la tierra en Colombia; el cura Camilo;
párrafos de editoriales de periódicos colombianos, etc. Es de suponerse que un estudio
más profundo de estos textos llevaría a encontrar una interesante relación entre ellos
y el hilo conductor de la novela.
Para quien recibe la obra sin prejuicios ni inquietudes científicas, estos párrafos de
consagrada literatura e historiografía parecen ocultar una carencia o, simplemente,
camuflar una intención. Por más que se escarbe en las páginas de Pepe Botellas no
se encuentra ni rastro de la cálida y genuina recreación histórica, mediatizada por
vitales personajes, como en las obras de Alejo Carpentier; tampoco hay vestigio de esa
dosis de sarcasmo elegante y violento con la que Pérez Galdós fustiga a su sociedad;
mucho menos, aunque su personaje-relator lo pretende, se observa la cínica y hedonista
despreocupación tropical de los personajes de Cabrera Infante. La seriedad científica e
histórica está excluida por completo de Pepe Botellas. Y no es que Álvarez
Gardeazábal hubiera debido retomar -si ello fuera posible- alguna de esas
características para elevar la calidad de la obra, pero por voluntad del autor resulta
inevitable establecer el contraste y la comparación. Entonces, y por ello, Pepe
Botellas se empobrece. Porque lo más protuberante, obvio y llamativo de esta novela
es su
búsqueda de cierta eficacia práctica: cual manifiesto político encaminado
a movilizar copartidarios, olvidando cualquier eufemismo o sutileza, sin adornos ni
preámbulos, desde las primeras páginas arremete contra su enemigo para aniquilarlo.
Incansable en su empeño, persigue acabar con cualquier asomo de dignidad u honor que
pudiera quedarle al protagonista. Así como en el realismo socialista los requerimientos
artísticos o estéticos se subordinan al imperativo ideológico, en esta forma de
realismo personalista que utiliza Álvarez Gardeazábal, el lenguaje, la poética y demás
atributos de la obra literaria quedan absolutamente sometidos a su necesidad de venganza:
lo importante es demoler, despedazar, pisotear una figura. Cumple así el designio del
derrotado, traído a cuento por el mismo autor: escribir una novela, no por el hecho de
escribirla, sino por derrotado...
Hay entonces una primera evidencia: el motivo que tuvo Gustavo Álvarez para escribir el
libro, no es otro que su desmesurada inquina hacia el personaje central, José María
Valladares. Lo cierto es que de la mano de su "pasión", traspasa las fronteras
del pudor e incluso del cinismo, ubicándose en el terreno del insulto. Falta
elaboración, transposición poética. La herida no es objeto de lo que los psicólogos
llamarían "sublimación". La hiel, ni siquiera añejada por el tiempo, se
derrama en estado puro en las páginas de la novela. Sin sutileza ni gradualidad algunas,
en una muestra de obviedad suprema, traspasado el umbral de las primeras páginas, el
lector es arrojado al centro mismo
de la disputa. El debate central del libro se
reduce a una rencilla privada, con todo el sentido peyorativo que tiene el término:
asunto en el que están en juego sólo intereses personales de los implicados, con toda la
carga de mezquindad y enanismo que esto implica. Aceptamos que muchas páginas maestras de
la literatura pueden haber tenido origen análogo; al fin y al cabo, el artista extrae su
materia prima del mundo que lo circunda. Pero, y ahí está el problema, la forma
literaria de la obra se va reduciendo a un estilo satírico en tono mayor, que termina por
ser una caricatura de sí mismo. La prosa de Álvarez repiqueteo insistente línea tras
línea, como un eco estéril del vacío. Inevitable, cuando se lee a Pepe Botellas, acude
a la mente la frase del Che leída en el libro, porque todo parece "berridos de mujer
arrecha ...... Con ellos va estructurando el esqueleto de la obra: suma, acumulación de
anécdotas diferenciadas por capítulos (una por cada uno de ellos), que desembocan en la
insípida y apresurada muerte del protagonista. Repitámoslo: falta elaboración,
transposición poética que permita trascender lo circundante -tanto los hechos como las
pasiones- para acceder a la creación literaria, pues lo otro es simple chismografía o
libelo. José María Valladares o Pepe Botellas no es un personaje mal escogido.
Representa un tipo de personas frecuente en nuestras latitudes. Eso sí, el oportunismo,
el cínico arribismo de Pepe no puede circunscribirse al aspecto puramente político. Sus
actitudes, algo histéricas e incoherentes, permiten entender mejor a los grandes
políticos, siempre tentados por el autoritarismo. La búsqueda de notoriedad a cualquier
precio es dominante en el temperamento de José María Valladares. Los espectáculos
circenses que organiza culminan, como es su deseo, en la admiración de las capas sociales
más influenciables por los mass media. Sus relaciones con los ricos oscilan entre
la prodigalidad en el halago y la pelea impertinente contra la prepotencia del dinero.
Cuando es despedido, humillado o desconocido por los poderosos, en lugar de arredrarse se
"juega el pellejo" armando el escándalo, la batahola, el desorden. Se enfrenta
a la soberbia con soberbia, pero sólo fugazmente, sin consecuencias. Para Pepe la vida no
es otra cosa que un lugar en el cual se juega persiguiendo el inmediatismo, los resultados
prontos y palpables. Tal vez por ello, las aparentes contradicciones de sus actos, que lo
convertirían en un ser humano vital e interesante, acaban siendo tan lineales que
difícilmente hunden un dedo en la superficie.
Pero la crítica indirecta que podría surgir del estereotipo fabricado por Álvarez
Gardeazábal a una sociedad que permite que estos hombrecitos pululen, se desvanece al
chocar con un simplismo agobiante en la percepción del medio social. El mensaje que
trasmite, impregnado de intención seudomoralizante, podría resumiese así: el mundo
latinoamericano está lleno de oportunistas del estilo de Pepe Botellas. La diferencia
entre este y otros, por ejemplo Fidel Castro, consiste en que estos últimos, por su
viveza, triunfan, y aquel, por su torpeza, acaba siendo derrotado. Los pueblos, las masas,
las conciencias colectivas, las clases no existen. Por ello, las revoluciones, los
cambios, son productos, básicamente, de las acciones de unos señores muy humanos cuyos
únicos móviles son sus tendencias homosexuales, su avidez de poder, sus mezquindades
hedonistas o, como en el caso de Memito Glostora, su estupidez o insignificancia.
Partiendo de semejante exioma, desarrolla Álvarez, con monotonía, la trama repetitivo y
nihilista de su novela. Don Pepe es un genio del micrófono y del periodismo social. En
cada nuevo capítulo, como un antihéroe de segunda categoría, apoyándose en su
vocinglería ramplona y vulgar, logra aglutinar al grueso público y movilizarlo para el
logro de algún "original y descabellado" propósito: construir una escuelita,
darles gafas a los viejitos de Cali, organizar corridas de toros populares o peleas de
boxeo entre personajes célebres, etc. Pero este público permanece en la oscuridad de su
ser, pues apenas si se intuye como clase media, un poco cursi, dada a sentimentalismos y
susceptible de ser explotada por los mass media, que es lo que tantas y tantas
veces se ha dicho sobre la clase media urbana, subproducto de una maltrecho sociedad de
consumo. Nada nuevo
añade. Y aun cuando ese rasgo pudiera hacer pensar en una
vocación universal de la novela, es tan insignificante el aporte de conocimiento sobre
esa capa social, que queda sepultado bajo un atosigante provincianismo de nombres y
apellidos. Habría que vivir en Cali, asistir a las diarias charlas de club o leer las
páginas sociales de algún periódico local, para tener una imagen más precisa de los
múltiples personajes que aparecen en la novela. Pero así como la sociedad se vislumbra
sin fuerza, en la distancia, como la precaria frontera del mundo vacío de sus personajes,
éstos están apenas insinuados, son sólo ancedóticos, sin existencia propia más allá
de la materia del libro en el que se narran sus vicisitudes. No dan un sólo paso sin la
estricta voluntad de su inventor-copiador. De nada sirven el método y la minucia si no
hay fuerza creadora, poesía. Álvarez Gardeazábal juega con mecanismos de relojería que
sumerge indistintamente en las artificiales circunstancias que alguna vez sucedieron. Al
final, cuando muere Pepe Botellas, baja el telón engulléndose un mediocre escenario.
Pero nada ha muerto, porque nada ha existido.
JUAN CARLOS PALOU
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