Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 3,  Volumen XXII , 1985

 

El cuello de botella de Pepe


Pepe Botellas
Gustavo Álvarez Gardeazábal
Editorial Plaza y Janés. Bogotá, 1984

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Para nadie medianamente informado de la política colombiana son un secreto las relaciones del autor de Pepe Botellas y José Pardo Llada, por conducto del denominado "Movimiento Cívico" de Cali. Resulta, entonces, fácil descubrir la identidad, que no pretende ocultarse, del protagonista de la obra. Tampoco cabe duda sobre el lugar donde transcurre la trama de la novela y la sociedad a la que se refiere. Pero las alusiones a distintos autores encabezando los capítulos, transportan al lector a diversas épocas y lugares de relevancia histórica: la invasión napoleónica a España, vista a través de Un afrancesado, de Benito Pérez Galdós; el período prerrevolucionario cubano insinuado con fragmentos periodísticos, novelados o de crónica histórica; la revolución en la isla; la dictadura de Rojas Pinilla; la tenencia de la tierra en Colombia; el cura Camilo; párrafos de editoriales de periódicos colombianos, etc. Es de suponerse que un estudio más profundo de estos textos llevaría a encontrar una interesante relación entre ellos y el hilo conductor de la novela.
Para quien recibe la obra sin prejuicios ni inquietudes científicas, estos párrafos de consagrada literatura e historiografía parecen ocultar una carencia o, simplemente, camuflar una intención. Por más que se escarbe en las páginas de Pepe Botellas no se encuentra ni rastro de la cálida y genuina recreación histórica, mediatizada por vitales personajes, como en las obras de Alejo Carpentier; tampoco hay vestigio de esa dosis de sarcasmo elegante y violento con la que Pérez Galdós fustiga a su sociedad; mucho menos, aunque su personaje-relator lo pretende, se observa la cínica y hedonista despreocupación tropical de los personajes de Cabrera Infante. La seriedad científica e histórica está excluida por completo de Pepe Botellas. Y no es que Álvarez Gardeazábal hubiera debido retomar -si ello fuera posible- alguna de esas características para elevar la calidad de la obra, pero por voluntad del autor resulta inevitable establecer el contraste y la comparación. Entonces, y por ello, Pepe Botellas se empobrece. Porque lo más protuberante, obvio y llamativo de esta novela es su búsqueda de cierta eficacia práctica: cual manifiesto político encaminado a movilizar copartidarios, olvidando cualquier eufemismo o sutileza, sin adornos ni preámbulos, desde las primeras páginas arremete contra su enemigo para aniquilarlo. Incansable en su empeño, persigue acabar con cualquier asomo de dignidad u honor que pudiera quedarle al protagonista. Así como en el realismo socialista los requerimientos artísticos o estéticos se subordinan al imperativo ideológico, en esta forma de realismo personalista que utiliza Álvarez Gardeazábal, el lenguaje, la poética y demás atributos de la obra literaria quedan absolutamente sometidos a su necesidad de venganza: lo importante es demoler, despedazar, pisotear una figura. Cumple así el designio del derrotado, traído a cuento por el mismo autor: escribir una novela, no por el hecho de escribirla, sino por derrotado...
Hay entonces una primera evidencia: el motivo que tuvo Gustavo Álvarez para escribir el libro, no es otro que su desmesurada inquina hacia el personaje central, José María Valladares. Lo cierto es que de la mano de su "pasión", traspasa las fronteras del pudor e incluso del cinismo, ubicándose en el terreno del insulto. Falta elaboración, transposición poética. La herida no es objeto de lo que los psicólogos llamarían "sublimación". La hiel, ni siquiera añejada por el tiempo, se derrama en estado puro en las páginas de la novela. Sin sutileza ni gradualidad algunas, en una muestra de obviedad suprema, traspasado el umbral de las primeras páginas, el lector es arrojado al centro mismo de la disputa. El debate central del libro se reduce a una rencilla privada, con todo el sentido peyorativo que tiene el término: asunto en el que están en juego sólo intereses personales de los implicados, con toda la carga de mezquindad y enanismo que esto implica. Aceptamos que muchas páginas maestras de la literatura pueden haber tenido origen análogo; al fin y al cabo, el artista extrae su materia prima del mundo que lo circunda. Pero, y ahí está el problema, la forma literaria de la obra se va reduciendo a un estilo satírico en tono mayor, que termina por ser una caricatura de sí mismo. La prosa de Álvarez repiqueteo insistente línea tras línea, como un eco estéril del vacío. Inevitable, cuando se lee a Pepe Botellas, acude a la mente la frase del Che leída en el libro, porque todo parece "berridos de mujer arrecha ...... Con ellos va estructurando el esqueleto de la obra: suma, acumulación de anécdotas diferenciadas por capítulos (una por cada uno de ellos), que desembocan en la insípida y apresurada muerte del protagonista. Repitámoslo: falta elaboración, transposición poética que permita trascender lo circundante -tanto los hechos como las pasiones- para acceder a la creación literaria, pues lo otro es simple chismografía o libelo. José María Valladares o Pepe Botellas no es un personaje mal escogido. Representa un tipo de personas frecuente en nuestras latitudes. Eso sí, el oportunismo, el cínico arribismo de Pepe no puede circunscribirse al aspecto puramente político. Sus actitudes, algo histéricas e incoherentes, permiten entender mejor a los grandes políticos, siempre tentados por el autoritarismo. La búsqueda de notoriedad a cualquier precio es dominante en el temperamento de José María Valladares. Los espectáculos circenses que organiza culminan, como es su deseo, en la admiración de las capas sociales más influenciables por los mass media. Sus relaciones con los ricos oscilan entre la prodigalidad en el halago y la pelea impertinente contra la prepotencia del dinero. Cuando es despedido, humillado o desconocido por los poderosos, en lugar de arredrarse se "juega el pellejo" armando el escándalo, la batahola, el desorden. Se enfrenta a la soberbia con soberbia, pero sólo fugazmente, sin consecuencias. Para Pepe la vida no es otra cosa que un lugar en el cual se juega persiguiendo el inmediatismo, los resultados prontos y palpables. Tal vez por ello, las aparentes contradicciones de sus actos, que lo convertirían en un ser humano vital e interesante, acaban siendo tan lineales que difícilmente hunden un dedo en la superficie.
Pero la crítica indirecta que podría surgir del estereotipo fabricado por Álvarez Gardeazábal a una sociedad que permite que estos hombrecitos pululen, se desvanece al chocar con un simplismo agobiante en la percepción del medio social. El mensaje que trasmite, impregnado de intención seudomoralizante, podría resumiese así: el mundo latinoamericano está lleno de oportunistas del estilo de Pepe Botellas. La diferencia entre este y otros, por ejemplo Fidel Castro, consiste en que estos últimos, por su viveza, triunfan, y aquel, por su torpeza, acaba siendo derrotado. Los pueblos, las masas, las conciencias colectivas, las clases no existen. Por ello, las revoluciones, los cambios, son productos, básicamente, de las acciones de unos señores muy humanos cuyos únicos móviles son sus tendencias homosexuales, su avidez de poder, sus mezquindades hedonistas o, como en el caso de Memito Glostora, su estupidez o insignificancia.
Partiendo de semejante exioma, desarrolla Álvarez, con monotonía, la trama repetitivo y nihilista de su novela. Don Pepe es un genio del micrófono y del periodismo social. En cada nuevo capítulo, como un antihéroe de segunda categoría, apoyándose en su vocinglería ramplona y vulgar, logra aglutinar al grueso público y movilizarlo para el logro de algún "original y descabellado" propósito: construir una escuelita, darles gafas a los viejitos de Cali, organizar corridas de toros populares o peleas de boxeo entre personajes célebres, etc. Pero este público permanece en la oscuridad de su ser, pues apenas si se intuye como clase media, un poco cursi, dada a sentimentalismos y susceptible de ser explotada por los mass media, que es lo que tantas y tantas veces se ha dicho sobre la clase media urbana, subproducto de una maltrecho sociedad de consumo. Nada nuevo añade. Y aun cuando ese rasgo pudiera hacer pensar en una vocación universal de la novela, es tan insignificante el aporte de conocimiento sobre esa capa social, que queda sepultado bajo un atosigante provincianismo de nombres y apellidos. Habría que vivir en Cali, asistir a las diarias charlas de club o leer las páginas sociales de algún periódico local, para tener una imagen más precisa de los múltiples personajes que aparecen en la novela. Pero así como la sociedad se vislumbra sin fuerza, en la distancia, como la precaria frontera del mundo vacío de sus personajes, éstos están apenas insinuados, son sólo ancedóticos, sin existencia propia más allá de la materia del libro en el que se narran sus vicisitudes. No dan un sólo paso sin la estricta voluntad de su inventor-copiador. De nada sirven el método y la minucia si no hay fuerza creadora, poesía. Álvarez Gardeazábal juega con mecanismos de relojería que sumerge indistintamente en las artificiales circunstancias que alguna vez sucedieron. Al final, cuando muere Pepe Botellas, baja el telón engulléndose un mediocre escenario. Pero nada ha muerto, porque nada ha existido.

JUAN CARLOS PALOU