Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 3,  Volumen XXII , 1985

 

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Cuando los muiscas diversificaron la agricultura y crearon el intercambio

CARL HENRIK LANGABAEK Antropólogo, trabaja en el Museo del Oro.
FOTOGRAFÍAS: MARIO RIVERA

TABLA DE CONTENIDO
VARIEDAD EN CLIMAS, DIVERSIDAD EN LA SIEMBRA
DEL AUTOABASTECIMIENTO AL EXEDENTE Y AL INTERCAMBIO
SE ORGANIZAN LOS MERCADOS
EL INTERCAMBIO DE LO NECESARIO
EL REINADO DE LOS ESPECIALISTAS
EL MERCADO DE LOS SUEÑOS
CUANDO EL ORO VALIA LEÑA

Al comienzo, del siglo XVI y de la conquista del centro de la actual Colombia, los españoles encontraron un grupo indígena, los muiscas, que habitaba en los valles interandinos fríos y en las tierras adyacentes de la cordillera Oriental. Su territorio abarcaba una amplia porción del ramal andino, desde los páramos de Sumapaz, al sur, hasta el valle transversal del Chicamocha, al norte, en los actuales departamentos de Cundinamarca y Boyacá.
Hablaban chibcha y estaban organizados en cacicazgos formados por pequeñas aldeas compuestas por bohíos y parcelas agrícolas y al mando de un cacique. Este patrón de organización social les permitió diversificar de manera sorprendente su agricultura, ajustándola a las variadas condiciones ambientales existentes, a la par que expandir su actividad de intercambio,

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Recipientes de cerámica como esta vasija muisca se intercambiaban en los diferentes mercados del terrotorio.

VARIEDAD EN CLIMAS, DIVERSIDAD EN LA SIEMBRA

La región se caracterizaba por la gran diversidad de nichos ambientales ubicados en un espacio relativamente limitado, lo cual fue aprovechado por los muiscas para obtener una variadísima producción agrícola. Esta multiplicidad se daba en el territorio de cada cacicazgo, que llegaba a tener labranzas en tierra templada o de páramo, a las cuales se desplazaban en temporadas de siembra y de cosecha, para regresar luego a las tierras frías donde tenían su habitación habitual.

En los páramos se intensificó el cultivo de tubérculos de altura, principalmente chuguas, hibias y cubios. En los valles interandinos se centralizó el cultivo de maíz y papa, en tanto en las zonas de clima templado había sembrados de maíz, yuca, batatas, ahuyamas y árboles frutales.
De acuerdo con datos de archivo, el maíz fue el producto alimenticio más popular, debido, sin duda, a sus cualidades nutritivas, al uso de sus grano tanto verdes como maduros, a su adaptabilidad a diferentes pisos térmicos y a su facilidad para el almacenamiento, siembra y cosecha. A pesar de se las tierras templadas las más aptas para su cultivo, pudiéndose recoger allí dos cosechas anuales, los muiscas prefirieron habitar los valles fríos, probablemente por facilidad en el almacenamiento del grano, pues las plagas que lo atacan abundan más en los climas templados y porque allí podían aprovechar las ricas fuentes de agua salada.

DEL AUTOABASTECIMIENTO AL EXCEDENTE Y AL INTERCAMBIO

La disponibilidad de parcelas en diferentes pisos térmicos les permitió también variar su dieta alimenticia y obtener cosechas durante todo el año escapando así a los inconvenientes de una agricultura sometida a las helada y granizadas. Cada cacicazgo contaba entonces con una producción agrícola variada y abundante que permitía autoabastecerse en las necesidades alimentarias básicas y producir excedentes de comida, disponibles para el intercambio: maíz, papa, ají, yuca, piña y cubios se intercambiaban por oro, sal, mantas, principalmente.
Pero los cacicazgos no eran solamente autosuficientes en productos agrícolas, sino también en proteínas provenientes de la pesca y la caza, actividades generalizadas en todo el territorio muisca
1 .
Igualmente, cada uno producía utensilios necesarios para el trabajo en los distintos campos.

SE ORGANIZAN LOS MERCADOS

Gracias al alto grado de especialización y diversificación, los cacicazgos pudieron superar sus límites territoriales expandiéndose mediante el trueque, realizado en las ferias y mercados. Los más concurridos eran los de los caciques de Tunja, Duitama y Sogamoso; de menor importancia eran las ferias de Chocontá, Fusagasugá, Pasca, Saboyá, Sorocotá y Tinjacá, así como las de los centros productores de sal y coca, entre otros. Eran ferias que no estaban abiertas a la participación indiscriminada de cualquier tribu. La participación se hallaba restringida a los grupos de lengua chibcha que habitaban la cordillera Oriental de Colombia. Guanes y laches procedentes del norte asistían a los mercados de Sorocotá y Pisba para realizar sus intercambios y, a la inversa, los muiscas iban a Oiba y Charalá, en territorio guane, y hacia Chiscas y Pamplona, en dominios de los laches y chitareros, respectivamente 2 . Las diferencias culturales obstaculizaron el desplazamiento, pues no hay datos de que individuos que no hablaran lengua chibcha como los panches y muzos, en el valle del Magdalena, o los grupos de los Llanos Orientales, entraran a los mercados del altiplano. Como quien dice los muiscas respetaban una territorialidad lingüística, cultural, más que geográfica o regional y esa variable cultural definía las características de 11 actividad de intercambio, variable económica.
Los intercambios entre muiscas y grupos de lengua no chibcha se realizaban en sitios fronterizos y en días específicos, ahorrando desplazamientos a tierras extrañas, con el consiguiente riesgo de conflictos interétnicos. A pesar de esto, los artículos del altiplano circulaban hasta regiones bastante apartadas por conducto de grupos intermediarios, los cuales, a su vez, hacían llegar a territorio muisca productos elaborados en tierras muy alejadas.

EL INTERCAMBIO DE LO NECESARIO

Respetando los patrones de trueque, los productos más solicitados fueron las mantas y el algodón, intercambiables por prácticamente cualquier artículo, especialmente sal, oro y alimentos excedentes. El algodón provenía en su mayor parte del húmeda piedemonte llanero, donde lo cultivaban algunas comunidades dependientes de Sogamoso y Tota, indígenas teguas y de otros grupos colindantes. Así mismo, el producto se podía conseguir en las partes bajas y templadas de los ríos Garagoa, y Negro, términos de Vélez, al noroeste del territorio, Subachoque, cuyos indígenas lo cultivaban en tierra templada, y por conducto de panches y muzos.
El intercambio de mantas muiscas por algodón de los Llanos Orientales parece haber sido común. Algunas poblaciones, como Cuítiva e Iza, conseguían la fibra en esa región y la llevaban al mercado de Sogamoso, donde la adquirían indígenas del interior de la cordillera. En algunos casos, incluso, los muiscas actuaron como intermediarios entre los Llanos y otras regiones; los miembros del "cacicazgo" de Pisba, por ejemplo, cambiaban loza en los Llanos, y con el algodón que les daban a cambio hacían trueque con los taches. Por otra parte, textiles del altiplano circulaban también por el territorio panche y muzo hasta el curso medio del río Magdalena, aunque su acarreo no parece haber estado a cargo de muiscas sino de indígenas de otras etnias.

Después del algodón y las mantas, los artículos más importantes en el trueque fueron el oro, la coca y la sal. El oro provenía casi exclusivamente de territorio panche, donde existían yacimientos auríferos de importancia, aunque también se adquiría mediante intercambios con los muzos y probablemente con los chitareros. Una vez en territorio muisca, los indígenas hacían llegar el oro a todo; los "cacicazgos", e incluso a los dominios de los teguas en el piedemonte y tierras de los sutagaos, quienes lo conseguían en los mercados de Fusagasugá y Pasca.
Para los muiscas, al igual que para muchos grupos indígenas que habitaban el país antes de la conquista, la coca tenía gran significado ritual, lo cual la convirtió en importante elemento de intercambio. Se cultivaba en las laderas templadas y secas del río Chicamocha, donde los "cacicazgos" de Soatá, Susacón y Chicamocha, sujetos a Duitama, intensificaron su producción, incluso mediante sistemas de riego. De esos lugares, la hoja llegaba a los mercados de Sogamoso, Tunja, Beteitiva, Paipa y Duitama, donde se la intercambiaba por oro y mantas. Algunas cantidades de coca, sin embargo, se producían en el bajo valle del río Garagoa, en el cual los indígenas de Somondoco y Súnuba tenían cultivos, así como en el piedemonte llanero, el valle bajo y templado del río Negro, territorio tegua y las parcelas que dominaba Subachoque en la vertiente de la cordillera. Por otra parte, los sutagaos, en el extremo sur del territorio, y los laches, al norte, también producían coca y la intercambiaban con los muiscas.

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Los muiscas cultivaban en diferentes pisos términcos; piña, auyama, y yuca dulce en tierra templadas, y tubérculos de clima frío como hibias, chuguas, cubios y ullucos.  La sal la evaporaban de corrientes que atravesaban mantos salinos solidificados como la muestra de la fografía

EL REINADO DE LOS ESPECIALISTAS

La sal también adquirió gran valor en términos de trueque, no sólo por su utilidad, sino por ser un recurso natural exclusivo de ciertas regiones, dándose así un monopolio natural. Era evaporada a partir de aguasal proveniente de fuentes situadas en Zipaquirá, Nemocón, Tausa, Gachetá y Vijua, principalmente, las tres primeras situadas en la sabana de Bogotá. Gachetá era un cacicazgo dependiente de Guatavita, como Vijua lo era de Tota. a explotación de la sal evidenciaba el nivel de especialización a que llegaron los muiscas en su trabajo. Los individuos de los cacicazgos que elaboraban la sal no se encargaban de su acarreo. Este recaía sobre las comunidades que no disponían de fuentes de aguasal, y su trabajo no se limitaba a transportarla hasta cacicazgos como los de Ubaté, Cajicá y Cerinza, que carecían de fuentes de aguasal, sino que la llevaban a lugares tan alejados como Pamplona, Vélez, Tunja o Fusagasugá.

Al igual que las mantas, la sal del altiplano llegaba hasta el valle del río Magdalena. Es probable que las fuentes de agua salada de Vijua abastecieran parte de las necesidades de los indígenas de los Llanos, aunque la información indica que éstos acostumbraban consumir sal extraída de ceniza vegetal y que existían fuentes en territorio de los laches y en Venezuela que producían excedentes, los cuales circulaban en esa región.

En otras ocasiones también intercambiaban la sal por recipientes de cerámica. La producción más importante se llevaba a cabo en Busbánzá, Pisba y Mona, tres "cacicazgos" dependientes del cacique de Sogamoso; en Tutasá, sujeta a Duitama, y en Ráquira, Tinjacá y Sutamarchán, al noroeste del territorio. En cercanías de Bogotá, se elaboraban vasijas en Soacha, Gachancipá, Tocancipá y Sesquilé. Parte sustancial de las ollas de los dos primeros sitios se llevaba a los centros productores de sal, pero también llegaba a los mercados de Tunja, Pacho,y Fusagasugá. En el norte del territorio, la loza se intercambiaba no sólo en Tunja sino, igualmente, en Duitama y Sogamoso. Además, las vasijas que fabricaban los muiscas podían llegar a territorio de las etnias de las tierras bajas; los indígenas de Pisba llevaban ollas a los Llanos para conseguir algodón, y los de Cajicá iban a territorio panche para realizar el mismo tipo de trueque.

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Vasija antropomorfa con decoración pintada típica muisca, de las utilizadas en todo el territorio Volantes de huso de piedra utilizados para hilar algodón.  La materia prima se conseguía en las tierras bajas de su propio terrotorio y en las etnias vecinas

EL MERCADO DE LOS SUEÑOS

Aparte de los artículos mencionados, los muiscas intercambiaban yopo (Anadenanthera peregrina), tabaco, leña, totumos, miel y cera de abeja, cal, aves de plumería, cuentas de collar, esmeraldas, figuras de oro y caracoles. Los totumos aprovechados como recipientes de tabaco o coca y como utensilios domésticos, provenían en su mayor parte de Támara y Tecasquirá -en el piedemonte llanero, donde era usual adquirirlos a cambio de mantas-. Miel y cera, por su parte, se conseguían en esta misma región, aun cuando los sutagaos también la producían y canjeaban con los muiscas.
En el oriente, algunas comunidades dedicaban parte de su tiempo a conseguir papagayos y guacamayos que daban a los indígenas del altiplano a cambio de textiles. Los muiscas destinaban las aves al sacrificio y usaban las plumas para decorar santuarios o como adorno personal. Muchas veces los españoles denominaron los templos indígenas "casas de plumerías" y, aún en 1595, los funcionarios de la corona encontraron que los habitantes del altiplano persistían en el uso ritual de las plumas provenientes de las tierras bajas.
El yopo, otro artículo asociado a prácticas rituales que a los españoles les interesaba extirpar, era producido en los Llanos orientales, donde su consumo parece haber sido generalizado. Su demanda era corriente especialmente en el norte del territorio, en donde, hasta bien entrado el siglo XVII, los españoles se quejaron de que los indígenas lo seguían utilizando
3 . El tabaco, en cambio, se cultivaba en los "cacicazgos" de Icaga, Oicatá y Samacá, situados en la región de clima frío y seco de los alrededores de Tunja.

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Martillo lítico utilizado para trabajar el oro hecho en piedra volcánica, que provenía de etnias del valles del río Magdalena

CUANDO EL ORO VALIA LEÑA

Actividad muy usual de los miembros de las comunidades residentes cerca de Tunja, era ir a esta población para conseguir oro a cambio de leña, pero no está claro si antes de la llegada de los conquistadores el intercambio de leña era necesario debido al agotamiento de las fuentes locales en ciertos lugares del altiplano o si más bien el proceso de erosión y escasez de árboles se inició en el siglo XVI, con la conquista.

La cal se utilizaba como reactivo alcalino en la masticación de hojas de coca. Según la información disponible, sólo los indígenas de Cucunubá, en el norte de Cundinamarca, la producían, aunque no se sabe con certeza de qué fuente extraían el mineral. Probablemente se trataba de rocas calcáreas, puesto que hoy en día abundan en la región correspondiente al municipio de Cucunubá.
El principal yacimiento de esmeraldas se hallaba situado a un día de camino de la sede del cacique de Somondoco, tal vez en el actual municipio de Chivor. Resulta plausible, sin embargo, que los muiscas conocieran y explotaran muchos de los afloramientos de esmeraldas comunes que existen en la cordillera Oriental. En el momento de la conquista, los miembros del "cacicazgo" de Somondoco conseguían mantas, oro y cuentas de collar a cambio del producto. Así mismo, las fuentes etnohistóricas indican que éste llegaba a territorio panche y que algunas comunidades muiscas adquirían esmeraldas provenientes de los dominios de los muzos.
Las figuras de oro, especialmente las elaboradas en Guatavita, son otro artículo cuyo intercambio está documentado, si bien otros lugares del territorio muisca, como Pasca, parecen haber sido centros productores. Es probable, además, que obras de la orfebrería del altiplano llegaran al valle del río Magdalena y al occidente del país y que, en sentido contrario, artículos de oro hechos por indígenas del litoral atlántico se consiguieran en el altiplano.

El hallazgo en la cordillera Central de cuentas de collar hechas de caracol o de concha marina indica que los muiscas adquirían productos de procedencia costeña. En 1572, los indígenas de Chuymite todavía afirmaban haber ofrendado cuentas de "Santa Marta de las amarillas" en tributo al cacique de Sogamoso. De acuerdo con la información disponible, las cuentas se intercambiaban por esmeraldas y mantas. Además de cuentas, los muiscas conseguían caracoles marinos completos, con el fin de utilizarlos como instrumentos musicales, ofrendas o para extraer cal para acompañar la masticación de hojas de coca.

En fin, cuando los españoles llegaron al altiplano cundiboyacense encontraron una sociedad con una organización que permitió una variada producción agrícola, la autosuficiencia alimentarla y un complejo y floreciente sistema de intercambio en ferias y mercados. Y fue precisamente esta sólida organización, la que, en la dialéctica de la conquista, les abonó el terreno a los españoles para lograr la rápida dominación y subyugación de los autosuficientes cacicazgos muiscas.  

1 Según datos de archivo, la caza era especialmente abundante en los páramos del sur del territorio y en dominios de los sutagaos, quienes llevaban carne de venado y curí a los mercados de Fusagasugá y Pasca. La pesca se practicaba en forma particularmente intensa en Bosa, Cajicá, Fontibón, Madrid, Sisativa y Tiba buyes, en la sabana de Bogotá, así como en los ríos Suárez y Chicamocha, en los lagos de Fúquene y Tota y en el pie de monte llanero. (regresar1)

2. Carl Henrik Langabaek, Mercados y circulación de productos en el altiplano cundiboyacense. Tesis de grado, Universidad de Los Andes.(regresar2)

3. Germán Colmenares, La provincia de Tunja en el Nuevo Reino de de Granada. Departamento de Historia, Facultad de Artes y Ciencias, Universidad de los Andes, Bogotá 1970. (regresar3)