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Cocina
es..
Gran libro de la cocina colombian
Instituto Colombiano de Cultura
Círculo de Lectores. Bogotá, 1984
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En 1853 se publica en Bogotá el Manual
de artes, oficios, cocina y repostería, que en su portada interior reza Obra sacada de
los mejores autores y acomodada a las necesidades de los granadinos, así como a las
circunstancias de esta República. Para 1893 Timoteo González publica -igualmente en
Bogotá- El industrial de coadjutor, con el siguiente subtítulo Tesoro de recetas
sobre cocina española, cocina bogotana, confitería y repostería al uso español y
americano; licorería, medicina, higiene y economía doméstica.
Los dos ejemplos citados constituyen las primeras incursiones que sobre el tema se
efectuaron en el mercado editorial de nuestro país. y principios del presente siglo, lo
que acontece en dicho mercado llega a ser cuantitativamente más represertativo, debido al
ir y venir de solventes familias colombianas al viejo mundo. Se constituye para ellas e
requisito casi indispensable -a fin de acreditar su estancia en aquellas latitudes- la
publicación posterior de un recetario o manual de comportamiento y buenas costumbres,
dando como resultado una copiosa producción, entre los años veinte y cuarenta, de
impresos que hoy demoran en los anaqueles de bibliotecas y cocinas de ciudades como
Popayán, Cartagena, Medellín, Tunja, Bogotá y Bucaramanga. De allí a los setenta, los
libros de cocina de autores colombianos se multiplican, prevaleciendo la constante -igual
que en las época anteriormente mencionadas- de mezclar la llamada cocina internacional
con la colombiana. Es a partir de entonces cuando la industria editorial descubre en los
escritos culinarios un mercado de incalculables beneficios y es así como actualmente la
cocina ocupa lugar preferente en los medios informativos.
Apoyados en el orden de ideas anterior, se hace necesario observar algunos aspectos,
primero de forma luego de contenido, de lo último que apareció sobre el tema en nuestro
medio a finales de 1984: Gran libro de la cocina colombiana, con insospechado
éxito editorial.
Si existe algo en lo que no puede fallar un libro de cocina, es en su presentación. La
inquietud que siente el artista plástico o el poeta cuando su obra va a ver la luz
pública, es la misma que debe sentir el autor culinario. El Gran libro de la cocina
colombiana está bien presentado, pues resulta apetitoso a los ojos de cualquier
lector. Por primera vez en la bibliografía culinaria colombiana se logra una calidad
óptima en las ilustraciones gráficas. Aunque muchas de las fotografías puedan se
criticadas por los profesionales de ramo, el hecho es que se logra reivindicar visualmente
la configuración de numerosas preparaciones, que en
la descripción narrativa de
la casi totalidad de viajeros extranjeros por la Colombia del siglo XIX aparecían como
verdaderas aguamasas.
La buena presentación aludida es, el resultado de cumplir igualmente con requisitos
técnicos tales como buen papel y buen diseño tipográfico, que incluye la escogencia de
excelentes tipos de letra; requisitos que muchas veces se subestiman, afectando el
contenido de un libro, y sobre todo de un libro de cocina. Por otra parte, se logra en el Gran
libro de la cocina colombiana un trabajo nunca realizado: el inventario del recetario
colombiano (aproximada mente setecientas recetas) con una clara descripción de las
mismas, sin caer en la rigurosidad de pesos, medidas, tiempos y otras mañas culinarias,
que hubiesen hecho imposible su lectura. Ello se complementa con un glosario temático
eficiente: un recuadro de denominaciones de corte, y carnes, reducido a lo necesario unas
acertadas explicaciones técnicas útiles para el mejor uso del libro en la cocina; una
sugestiva introducción y, finalmente, un conjunto de
reseñas regionales apretadas
pero veraces.
Lo anterior es en parte el resultado de la fusión de trabajo entre una entidad cultural,
el Instituto Colombiano de Cultura (Colcultura), y una empresa particular, el Círculo de
Lectores, en donde, una vez finalizado el producto, la afectada por dicha fusión fue la
primera, con obvio beneficio para la última. Veamos: el Gran libro de la cocina colombiana
es un manual, un recetario más, antes que un libro sobre la cocina en Colombia. Para
los objetivos de la empresa particular, se logra el cometido; en cuanto a la entidad
cultural, la pobreza del aporte es manifiesta. La recopilación de un recetario con
mínimas alusiones históricas y culturales, es propia del folclor. La contribución del
folclor es importante en la investigación social de la cocina, pero necesita depurarse
para no asumir sus conceptos y categorías como simples, aunque válidas,
generalizaciones. Cocinar no es únicamente sazonar.
El análisis sociocultural presente en el texto es tímido y exiguo. Resulta inadmisible
que se omita una ubicación histórica que dé cuenta del origen y los procesos
socioeconómicos que acontecieron en el país, para lograr la introducción al actual
catálogo alimentario colombiano. Productos tales como plátano, arroz, rnango, limón,
naranjo, café y otros tantos que hoy se encuentran plenamente establecidos en el consumo
popular son considerados equivocadamente como aborígenes. Igualmente sucede con el cerdo,
el vacuno, y la caña de azúcar, de donde obtuvimos aquellos resultados culinarios
propios de la conquista y la colonia materializados actualmente en manteca, chicharrón,
leche, queso, mantequilla y panela. Todos ellos eran ajenos enteramente a la dieta de los
indígenas precolombinos, pero paradójicamente gozan hoy de mayor demanda -en ciertos
sectores de clase- que otros alimentos autóctonos, éstos sí, de arraigado aprecio en
aquellas primeras poblaciones. Hacemos referencia a la arracacha, a la mafafa, al
algarrobo, al chontaduro y a la ahuyama, muestra mínima de un gran inventario por
relacionar.
La cocina colombiana actual es la simbiosis de diferentes etnias y culturas; simbiosis
que, como todo proceso histórico, merece explicarse. La cocina no son sólo recetas.
Cocina son técnicas de cocción, conservación y cortes. Son, igualmente, utensilios y
recipientes (pertenecemos a la civilización de la guadua y la totuma), creencias y
supersticiones alrededor de los alimentos. Cocina son también horarios y representaciones
simbólicas; dietas médicas, religiosas y afrodisíacas. La cocina comienza en la huerta
campesina y termina en los comedores de todas las clases sociales, significando, con ello,
siembra, recolección, mercado; permitiendo así ser analizada por todas las disciplinas
sociales en aras de rescatar el lugar que se merece en la investigación de la identidad
sociocultural de un pueblo. De ahí el gran vacío de esta publicación, que pudo lograrse
con mayor acierto, dada la importancia de la entidad cultural que participó en su
elaboración.
Bien dice Xavier Domingo: "(...) la cocina es, en todo caso, asunto asaz grave como
para dejarlo en manos de cocineros o de los conocidos comentaristas gastronómicos, gente
simpática, por lo común, pero indolente, cansina y dada a repetir hasta la saciedad
cuatro lugares comunes u otras tantas, y más
o menos líricas, apreciaciones en
torno a tal o cual plato. La llamada gastronomía no es sino una parte, mínima,
cerrada y de escaso interés (un saber de casta, un tanto idiota y otro tanto más
apartado de la realidad), del vasto 'problema culinario', capítulo importante, éste sí,
de la sociología, de la etnología, de la historia y de otras grandes ramas del humanismo
moderno".
JULÍAN ESTRADA O.
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