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Amores
y amores
El hombre que parecía un
fantasma
Manuel Mejía Vallejo
Biblioteca Pública Piloto, Medellín, 1984
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Encuentro imposible hablar sobre este
libro sin tener en cuenta Barba Jacob, el mensajero, de Fernando Vallejo, que leo y
reseño al mismo tiempo.
Manuel Mejía, como Fernando Vallejo, ama a Barba. Pero hay amores y amores. El de Manuel
Mejía, para quien Barba es, entre otras cosas, "una hermosa vergüenza
personal", es sentimental y por lo tanto superficial. El de Fernando Vallejo es
absorbente y apasionado, tanto que se le entrega en cuerpo y alma y logra darnos al
hombre, que para Manuel Mejía es un fantasma.
El libro de Manuel Mejía consiste en la reproducción de siete entrevistas a cuatro
escritores guatemaltecos publicadas en El Espectador entre el 52 y el 53. Es, pues, uno de
esos volúmenes, tan populares entre nuestros escritores, que reúnen notas, artículos,
reseñas, entrevistas o crónicas publicadas años antes y que tienen la ventaja de
convertirse en libro como por arte de magia, sin ningún trabajo, salvo el de justificar
la edición por medio de una introducción o un prólogo a manera de excusa o de
profesión de fe.
Es lo, que Manuel Mejía ha hecho y tiene derecho de utilizarlo como a bien tenga, pero si
posee un grano de autocrítica tendrá que pensar dos veces el hecho de publicar, sin
ninguna modificanción, lo que hizo a la ligera años atrás. Hay escritos que desgasta el
paso del tiempo y no es mala idea que permanezcan enterrados bajo la masa de pulpa que
llena la prensa diaria de todas las épocas. Y dar la idea de que esos apolillados textos
tienen algo de vigencia es por lo menos descortés con el lector, sobre todo cuando,, como
en este caso, llevan un título que promete mucho más de lo que nos brinda el contenido.
¿Por qué? Porque, como sucede en este caso particular, los escritos sólo tienen
interés por lo que nos revelan sobre el propio escritor y porque sólo contribuyen a
oscurecer el tema supuestamente tratado. Si no tuviéramos Barba Jacob, el mensajero, muchos
podrían pensar que Barba es, en efecto, un fantasma o más bien un mito surgido de una
leyenda, fruto de fantasías, mentiras, chismes, prejuicios y decires sobre el que nada
era averiguable. No quedaría más que recitar al poeta en reuniones etílicas y repetir
una vez más las mismas anécdotas.
Manuel Mejía vivió cuatro años en Centroamérica, en una época en la que habría
podido hablar con una infinidad de personajes que conocieron a Barba y que en ese momento
no estaban muertos o amnésicos, como los encontró Fernando Vallejo veinticinco
años,después. También pudo leer los escritos periodísticos de Barba o investigar su
vida en los países donde ambos vivieron.
Pero Manuel Mejía se contentó con entrevistar a los más conocidos escritores que lo
habían tratado y con registrar sus recuerdos sin averiguar nada por su lado, sin
investigar, como sí lo hizo Fernando Vallejo, rompiendo con todas las tradiciones
nacionales. Tal vez el momento no estaba maduro. No había la voluntad de seguir las
confusas huellas de Barba.
Manuel Mejía tenía entonces -y, por lo visto, la conserva- una sempiterna costumbre
colombiana consistente en hacer la vista gorda ante los hechos, para poder cubrirlos con
una mermelada retórica. La historia no importa, sólo la idea que uno tenga de ella. Y
más si se trata de un escritor que uno puede recitar a sus anchas en cafés y burdeles,
lo mismo que en artículos y conferencias.
Así justifica Manuel Mejia sus escritos sobre Barba en esas cuatro o cinco cuartillas que
bajo el título de introducción expresan su voluntad inquebrantable de seguir siendo
ignorante, despreocupado y feliz: "¿Qué hago con Barba Jacob, sino saberlo? Sigue
siendo un poeta para mi consumo personal, para la sonrisa de algunos que no podrían
entenderlo, para el dolor prestado". Barba es su propiedad y es suficiente que lo
haya vivido. Continúa: "Conocedor del vagabundo de almas y geografías que fue este
hombre, me resisto a reiterar su errancia y su extravío, su dolor gritón, su opaca
ternura, su maravilla. Porque me sacudieron aquellos versos con latido cercano; porque
sufrí su desgarramiento y su inocencia, su pecado y su expiación; porque perdí la
razón,de sus fracasos; porque sigue oscureciéndome la mirada cuando el corazón dicta
sus canciones (...). Estuvo a mi lado con las puticas de Jardín y Jericó, la Zarca,
Chelito, Leucemia, las que nos quisieron por compromiso. Cuando les entregaba a Barba,
ellas me daban su amor transitorio, las amanecidas, las preguntas para el día nuevo. Yo
tenía diecitantos años, los del aprendizaje; veinticinco, los del encuentro y la
fuga".
Muy distinto fue el encuentro y muy diversa la fuga de Porfirio. De ahí que la grandeza
de Barba esté también en ese influjo auténticamente popular que se respira de algún
modo en las líneas de Manuel Mejía. Sólo que alguien como Fernando Vallejo tendría que
hacerse cargo de llegar a sus raíces, aunque fuera en circunstancias mucho más adversas,
aunque tuviera que enfrentarse a obstáculos aparentemente insalvables.
Entonces, se pregunta Manuel Mejía, ¿qué inventar sobre Barba Jacob? "El me dañó
la vida, él me compuso la vida, él me señaló el lugar de las estrellas (...) y con él
quiero equivocarme, si no soy ya el equivocado. Cuando enciendo un cigarrillo, cuando lo
apago, cuando echo al aire el humo, cuando miro cómo somos nada; cuando me hundo en mí
mismo hurgando con preguntas a sabiendas de que las verdaderas preguntas carecen de
respuesta, son simple aproximación al grito último, a los últimos silencios". Tal
vez es legítimo este deseo de perderse en la efusividad de un poeta para vivir en las
nubes, pero no es la única actitud para tomar.
Fernando Vallejo rompió con todo esto y probó que si las verdaderas preguntas no tienen
respuesta, por lo menos merecen el esfuerzo de la búsqueda. Hay que ver para creer. La fe
ciega sólo lleva al fanatismo y al oscurantisrno. El amor no redime
todo, aunque
así lo crea el amante: "Querer, pero querer a fondo, es una categoría. Y pueden ser
estéticas nuestras equivocaciones, si equivocarse es jugárnosla toda cuando todo está
perdido y sólo nos salvará la equivocación". Dudosa tesis la de Manuel Mejía. No
hay en su libro mayor intento de describir o de averiguar quiénes son de verdad sus
entrevistados. Cuando lo hace, como en el caso de Rafael Arévalo Martínez se contenta
con unos juicios que sólo pueden confundir. Que el guatemalteco fue el mejor amigo de
Barba; que fue un renovador de la prosa latinoamericana a principios de siglo, nos dice.
Ni una ni otra cosa. Ni fue un gran amigo del poeta ni su relato El hombre que parecía
un caballo lo convierte en un gran personaje de la literatura, porque después de todo
no es sino un reflejo barroco del trashumante vate colombiano que lo expulsó de su hotel,
le negó su amistad y después lo detestó por haber publicado sin su consentimiento y sin
el esmero infinito que deseaba para su imaginado libro, Flores negras, una
antología en la que el autor nada tuvo que ver pero que muchos le atribuyen, agrandando
esa nociva leyenda negra de poeta decadente y anticuado que le niega algo que él siempre
defendió para sí: el derecho de zambullirse en la realidad, no como un lagarto adulador
de tiranos, sino como un periodista de venenoso talento.
Este dice Manuel Mejía de otro de sus
entrevistados, Carlos Wyld Ospina: que fue a Quetzaltenango para entrevistar a "uno
de los cinco mejores prosistas de la América Híspana en concepto de Eduardo Mallea y
enterarnos de la intensa vida que vivieron, en México y aquí, estos dos señores de las
letras que se admirabán, respetaban y querían y que se conocieron íntimamente en los
periódicos, en las noches de juerga incontrolada, en los oasis de paz y de silencio,
luego de las orgías". Hasta ahí llega su curiosidad: una cita de Mallea y una
invención. Basta leer las páginas dedicadas por Fernando Vallejo a Arévalo Martínez o
lo que cuenta sobre Wyld Ospina, para darse cuenta de lo diferente que es su búsqueda.
Vallejo investiga, descubre.
Para Vallejo "Arévaló, el guatemalteco, el narrador, era tímido, miope, medroso,
delicado; el colombiano era sarcástico, insólito, imprevisible, burlón". Y lo
sitúa literariamente: "el prodigio del hombre que parecía un caballo fue único y
no se repitió más en vida de su autor".
Son juicios basados en una multiplicidad de fuentes, testimonios, encuentros y viajes,
como aquel en que sitúa a Wyld Ospina: "Emprendió el viaje (expulsado de México
por Huerta) acompañado por Carlos Wyld Ospina, un jovencito guatemalteco, con sangre
colombiana, que había conocido en El Independiente, y que fue su más asiduo colaborador
en Churubusco. Al pasar el Suchiate, la línea divisoria entre Guatemala y México, vio un
zopilote parado sobre una islita en medio del río y profirió exultante: 'He aquí un
zopilote internacional"'.
Wyld fue en realidad un joven cachorro de periodista a quien el poeta le había enseñado
el oficio en México y a quien después vemos organizando recitales de Barba, pero no
participando en las orgías del Caballero de Aretal ni mucho menos disputando con Barba o
Arévalo una notoriedad literaria que nunca tuvo. Fue apenas un tímido admirador que,
como tantos otros, cayó bajo el influjo irresistible de Barba.
Lo que no se ve, pues, en las páginas de Manuel Mejía, está con lujo de detalles en el
libro de Fernando Vallejo. El libro de Manuel Mejía, por lo tanto, sobra. Tal vez él
pensó lo mismo y por eso le añadió treinta poemas de Barba para reforzar las pobres
entrevistas que en mala hora decidió sacar de nuevo a la luz.
NICOLÁS SUESCÚN
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