Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 2  Volumen XXI , 1984
 

Se precisa un cuadro bien conocido: somos amigos de USA


Eduardo Santos y la política del buen vecino
David Bushnell
El Áncora Editores. Bogotá, 1984

pag104.jpg (5067 bytes)

El conocido historiador norteamericano David Bushnell publicó este trabajo originalmente en 1967 y ahora, casi veinte años después, se divulga entre los lectores colombianos. El libro ofrece una historia de las relaciones entre Colombia y los Estados Unidos durante la administración de Eduardo Santos (1938-1942), basándose ante todo en la documentación existente en los National Archives de Washington, en la prensa colombiana y en las Memorias de los ministros de relaciones exteriores. Esto crea una primera limitación al alcance de la obra, de la cual es consciente su autor: mientras que las actuaciones de los funcionarios norteamericanos se explican con base en sus propios informes, y se cuenta, para situarlas históricamente, con una documentación amplia que, cuando se produjo, no era para consumo público, el lado colombiano sólo puede percibirse a partir de las declaraciones públicas de los miembros del gobierno y de las noticias de prensa: poco se sabe del trasfondo, de los motivos y de los cálculos ocultos que pudieron haber movido sus actuaciones, al menos en forma directa. El mismo factor da al trabajo un enfoque en el que el centro de la atención recae sobre los intereses de la política norteamericana, que se da por sentada, mientras se analiza la política colombiana ante todo -aun- que no exclusivamente- a la luz de su respuesta a la dinámica de las relaciones exteriores de los Estados Unidos. Otra limitación que señala el autor se refiere a la decisión de reducir el análisis a los actos gubernamentales, sin tener en cuenta las relaciones extraoficiales: los procesos de inversión extranjera, las modificaciones en las relaciones comerciales, etc., excepto en cuanto fueron objeto de discusiones o decisiones de política exterior. Incluso es muy somero el esfuerzo de colocar los incidentes de la historia diplomática en relación con los objetivos más generales de la política norteamericana: mientras que obtenemos buena información acerca de los incidentes concretos, la relación de éstos con la evolución de la coyuntura general, política y económica, de los Estados Unidos, apenas puede entreverse, cuando es evidente que la política seguida hacia Colombia no surgía de situaciones bilaterales, sino que era apenas un caso, ajustado a realidades específicas, de una política aplicada para todo el hemisferio. Todo esto, por supuesto, es claro para el autor y ha preferido no insistir en ello.
El libro es bastante competente y, después de una breve narración de las relaciones entre ambos países de 1930 a 1938, estudia minuciosamente los principales aspectos en que se centró la diplomacia durante el regimen de Santos: la vinculación de Colombia a la política seguida por los Estados Unidos frente a las potencias del Eje, el desenvolvimiento de formas de cooperación militar, el arreglo de la deuda externa y la reanudación de pagos a los acreedores extranjeros, la negociación del acuerdo de cuotas cafeteras de 1940, la gestión de créditos para el gobierno colombiano, la discusión de los problemas ligados con el banano -la United Fruit- y el petróleo -la Tropical Oil Company-. Desde el punto de vista colombiano, el autor sigue con atención la actitud de los partidos políticos y el efecto de ésta sobre la marcha del gobierno de Santos. Las complejas maniobras de Laureano Gómez, cuyos ataques a los Estados Unidos fueron suavizados por medio de presiones financieras al diario El Siglo; las discrepancias tácticas de Alfonso López, aparecen como uno de los factores principales en la forma que adopta la política de Santos y de su ministro de Relaciones Exteriores, Luis López de Mesa. Bushnell muestra con claridad cómo resulta absurdo presentar al presidente como un vocero de la política norteamericana, manipulado por los diplomáticos yanquis: la cubierta del libro, que presenta al presidente con una mordaza formada con la bandera de los Estados Unidos, no refleja el contenido de la obra ni las tesis del autor. En efecto, es evidente que Santos, por actitud personal, por afinidad ideológica, por convicción política, consideró a los Estados Unidos como el lógico campeón de la lucha de las democracias contra el totalitarismo nazi, y trató siempre de ofrecer la mayor colaboración colombiana a esa lucha, dentro de los limitados recursos de que disponía el país: no fueron los Estados Unidos los que propusieron, por ejemplo, el establecimiento de mecanismos de cooperación militar; la iniciativa partió del gobierno colombiano. Del mismo modo, las determinaciones de seguir en forma inmediata las decisiones de los Estados Unidos en cuanto a neutralidad, así como la ruptura de relaciones en diciembre de 1941, reflejaban las convicciones profundas del gobierno.
Por otro lado, resulta claro cómo la posición pronorteamericana de Santos se veía refrenada por su temor a las consecuencias políticas de sus decisiones, a la luz de la oposición de Gómez y la tibieza de López. Esto explica que no hubiera encontrado viable la propuesta -privada- de Roberto Urdaneta Arbeláez de que se efectuara un convenio de uso mutuo de bases militares, y prefiriera más bien "conceder privilegios de vuelo algo más liberales -naturalmente de manera informal-, a los aviones norteamericanos que cruzaban el territorio colombiano" (pág. 70) o que se diera "autorización verbal al establecimiento de una base de aprovisionamiento de combustible, para los aviones militares estadounidenses en la isla de Providencia" (pág. 132) o el permiso, verbal "como de costumbre", para que el ejército norteamericano atacara al enemigo en aguas territoriales de Colombia, mientras se daba trámite formal a la solicitud de ayuda, que Colombia debía hacer en forma anticipada.
Muchos de los incidentes relatados por Bushnell resultan muy interesantes para el lector colombiano, pues revelan aspectos de la política nacional que sólo salen a la luz al estudiar la correspondencia, confidencial o reservada en su momento, que guardan los archivos del Departamento de Estado, abiertos hoy a todos los investigadores. No siempre la versión que surge de la correspondencia diplomática es del todo convincente, y a veces parece haber omitido tratar asuntos diplomáticos de algún interés: por ejemplo, no hay referencias en el libro a la actitud colombiana en torno al proyecto de creación del Banco Interamericano de Desarrollo, cuando se comprometió a subscribir las acciones del caso e impulsó su constitución, posteriormente aplazada para la posguerra. Tampoco ofrece el libro grandes revelaciones, que modifiquen la visión que han tenido los estudiosos de la política internacional de esos años: lo que hace el autor es aclarar el cuadro, llenarlo de detalles, hacerlo,mucho más vivo. Es lamentable que el profesor Bushnell no hubiera podido rehacer el texto con ocasión de la versión española, para utilizar la información que se encuentra en los archivos del ministerio de Relaciones Exteriores o las interesantes memorias del embajador de los Estados Unidos durante todos estos años, Spruille Braden (Diplomats and demagogues, Nueva Rochela, N. Y., 1971) y del ministro de Hacienda de Santos, Carlos Lieras Restrepo (las Crónicas de mi vida), donde aparecen detalles y nuevas intimidades de las negociaciones y problemas estudiados por Bushnell. Braden, por ejemplo, relata cómo manejó en general las discusiones y problemas directamente con el presidente, saltándose al ministro de Relaciones, López de Mesa, de quien ofrece una curiosa silueta. Lleras, por su lado, rememora cierto prejuicio antinorteamericano del canciller, lo que puede explicar la acogida poco ortodoxa dada por el presidente a Mr. Braden. Al margen, resulta divertido pensar en el efecto sobre las relaciones que pudo tener el complejo estilo literario del profesor: Braden relata que fue necesario emplear varios días, con su participación personal, para traducir una declaración de política de dos páginas de extensión. Por otra parte, Braden refuerza las apreciaciones de Bushnell sobre las vacilaciones de Santos, y muestra el importante papel que desempeñaron Roberto Urdaneta Arbeláez y Augusto Ramírez Moreno, para lograr suficiente respaldo conservador, pese a Laureano Gómez, para una política de enfrentamiento al Eje; por ejemplo, el embajador considera que sin sus esfuerzos para obtener una declaración de notables conservadores en solicitud al gobierno de la ruptura de relaciones, realizados desde la misma embajada al día siguiente del ataque a Pearl Harbor, Santos no hubiera tomado la iniciativa (Diplomats, pág. 209).
Es una lástima que este trabajo, tan sugestivo e interesante, y en el que es preciso subrayar el esfuerzo del autor por mantener una actitud desprejuiciada e independiente, esté afectado por una traducción muy descuidada, a pesar de haber pasado por un "corrector de estilo" adicional.

JORGE ORLANDO MELO