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Pionero
rajado
La poesía política y social en
Colombia
Antología, introducción y notas de Gonzalo España
El Áncora Editores. Bogotá, 1984
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El principal mérito de este libro es que
se trata del primer intento de realizar una antología temática de estas materias. Por lo
menos, modernamente, no conozco ninguna tentativa de recopilar un muestreo antológico de
poemas sociales y de poemas políticos escritos por colombianos. Se trata, pues, de un
mérito grande eso de colocar la primera baza en un campo que puede ser fructífero,
quizás más en la investigación de nuestra historia social, aún en pañales, que como
fuente renovadora de nuestra historia política.
Ser pionero, he aquí su, acaso, único mérito. Porque el resultado final no es
satisfactorio ni por valor estético de la poesía antologada ni por el aporte que haga en
la documentación de fuentes para la historia política y social.
Un primer desequilibrio consiste precisamente en la preponderancia del tema político
sobre el tema social. Si el autor anuncia en el prólogo que "encontramos aquí
retratadas diversas etapas históricas, sus conflictos y caracteres, la estampa de los
pueblos, el perfil de sus conductores, las ideas que alentaron las contiendas, el devenir
de los cambios", la lectura de los versos incluidos revela que lo de "estampa de
los pueblos" casi desaparece ante los conflictos y las ideas. Desde el costumbrismo,
que produjo algunos excelentes cuadros de costumbres versificados, pasando por algunas
descripciones de carácter social de poetas posteriores, la poesía colombiana es fuente
abundante para estudiar la vida social y "el devenir de los cambios". Pero esta
antología, salvo unos pocos versos, hace mucho más énfasis en lo político que en lo
social. Un buen ejemplo puede ser el caso de los poemas de Mario Rivero incluidos en este
trabajo, demasiado pocos, no sólo por la alta calidad de esta poesía sino porque textos
como Saga de los amigos son un retrato espectral y fascinante de la vida urbana
colombiana durante tres decenios.
Digamos, pues, que por cantidad, esta es una antología de nuestra poesía política.
Todavía sin resolver el problema del valor literario de los poemas incluidos, vale la
pena detenerse en el enfoque del antologista frente a las dimensiones de la investigación
y frente a los hechos políticos en sí mismos.
Ante la tarea de realizar una antología temática, el investigador puede decidirse por
una opción inicial, que le resuelve muchos problemas de documentación: escoger una lista
de poetas importantes, añadirle una buena cantidad de antologías y sacar de allí los
poemas del tema propuesto, en este caso la política. Al parecer, ateniéndose a las citas
de pie de página, este fue el camino que tomó España. Silva y Barba Jacob, Pombo y Luis
Carlos López, Mario Rivero y José Eusebio Caro son los nombres ilustres y ciertas
antologías de poesías regionales -Santander, Norte de Santander-, varios parnasos y las
obras de algunos poetas reconocidos como poetas políticos -Darío Samper, Jorge Zalamea,
Jorge Artel, Candelario Obeso son las fuentes que nutren la antología de España.
Un repaso de la prensa colombiana del siglo XIX, por ejemplo, nos revelará que ésta era
predominantemente política -primero- y que la poesía era un medio frecuente, reiterado,
constante de lucha política y de crítica social. Este repaso, acompañado del
conocimiento no sólo de los principales hechos políticos sino de esas pocas ocasiones en
que la poesía ha influido en la realidad política, ahondaría más en la índole de
nuestra historia, quizás mostraría peculiaridades de la liza política y por lo menos,
esto sí con seguridad, incluiría episodios como aquel en que el presidente Caro
prohibió los recitales de Julio Flórez en el teatro Colón por temor a que la virulencia
julioflorezca desatara un motín. Desconocer hechos como éste, no por aislados menos
excepcionales, donde se revela el poder subversivo de la palabra, es una omisión grave en
la historia de la poesía política. Omitir a los nadaístas y su poderosa sátirá de los
sesenta, omitir a Castro Saavedra entre los poetas caracterizadamente políticos y
sociales, desconocer el valor político de algunos apartes de la extensa obra de Juan de
Castellanos.
En fin, todas estas omisiones y otras más, acaso se deban al enfoque demasiado
superficial de la investigación, basada en fuentes secundarias y referida a nódulos muy
concretos de nuestra historia -la independencia del canal de Panamá, por ejemplo-, sin el
conocimiento suficiente de la historia de nuestra poesía y de sus relaciones -casi
íntimas durante el siglo XIX- con la política.
Quien se enfrenta a la realización de una antología temática de poemas, además de
aportar documentos versificados sobre la materia -vida política-, por estar en la tarea
de realizar una cosa llamada "antología" debe, además, reunir buenos poemas. Y
aquí radica la principal falla del trabajo de España. Si hay poco de historia social, si
no hay -realmente- una buena investigación de la poesía política, lo peor es que, salvo
unos pocos textos que se cuentan con los dedos de las manos -y sobran dedos-, lo demás no
tiene de poesía sino los versos partidos.
El libro es decepcionante si trata de leerse en búsqueda de buenos poemas. Se dirá que
el procedimiento adoptado por España (poetas importantes más antologías regionales más
parnasos más poetas sociales garantizarían mejor la calidad literaria que el imaginario
investigador que se meta a seguir paso a paso la historia política a través de las
manifestaciones de los poetas y rebuscar los conflictos poesía/poder. Pero el resultado
global de lo que presenta España, en términos de embriaguez del verbo, lo único que
demuestra es que en las antologías también hay versos malos (por lo menos en las
antologías de Santander y de Norte de Santander, y en los parnasos, y en la antología
del padre Pacheco), y que nuestros grandes poetas han tenido trastabillantes momentos y
que nuestros poetas políticos son más políticos que poetas. Por supuesto este es un
juicio global; pero sobrevive la voz material de Mario Rivero, la sátira de Luis Carlos
López, la tristeza de Candelario Obeso, el siempre maravilloso Silva, acaso sobrevivan
otras cosas, en este arsenal de grandilocuencia y de retórica, de palabras de ancha cola
hipotecadas a la causa, a cualquier causa: no hay nada más difícil que hacer poesía
política; nada más difícil que darle una causa, una línea de conducta al hombre desde
la demencia de verbo; de ahí que sea tan escasa la buena poesía política; pienso en
Neruda, en Antonio Machado, en Miguel Hernández y, de repente, algo me
dice que
una antología de buena poesía política colombiana es algo imposible. En este sentido,
se puede pensar que a, lo mejor, Gónzalo España hizo, en cuanto a calidad poética, lo
mejor posible.
Reunió lo mejor dentro de lo posible, acaso, pero las razones que dio para justificar la
calidad poética de sus materiales no parecen muy consistentes: "su belleza está en
la fuerza. Parodiando los comentarios de Marx sobre la manera de escribir de Proudhon,
diremos que su estilo de fuerte musculatura constituye su principal mérito. En algunos
casos el poema no resuena por la musicalidad o por la cadencia sino por la potencia de su
contenido".
Necesariamente aquí ha de leerse fuerza -un sustantivo analógico con la física-
como énfasis, como elocuencia. Es posible que aquí radique la diferencia de criterio
entre el antologista y el reseñista: lo que España ve como gran virtud literaria de la
poesía política (a propósito, żla social qué?), es para mí un lastre que se refleja
también en la poesía: la oratoria, cuyas sucesivas retóricas en Colombia han sido
prefiguradas, precisamente por la poesía: está por hacerse el estudio sistemático de
este fenómeno contaminante de la esencial gratuidad de la poesía, mediante el cual las
retóricas se van congelando en los versos y van pasando a la oratoria, a la ritualidad de
la persuasión y del lucimiento parlamentario; Julio Flórez es la quintaesencia del
tremendismo radical, y la estética parnasiana de Valencia se trasladará a su oratoria;
Darío Samper impone un estilo parlamentario arquetípico de la república liberal; en
fin, Jorge Zalamea es algo así como la estética gaitanista aplicada a los versos, y la
fluidez y adjetivación de Carranza desembocan en Alberto Santofimio, su confeso admirador
y antologista. Así, melancólicamente leída, la antología de la poesía política y
social acaba por ser un manual de pasadas y futuras retóricas parlamentarios.
DARÍO JARÁMILLO A.
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