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Pavor
al tedio
Gonzalo Mejía: 50 años de Antioquia
Héctor Mejía Restrepo
El Sello Editores. Bogotá, 1983.
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Sería tedioso empezar diciendo que don
Gonzalo Mejía fue un patriarca antioqueño, un pujante empresario o un paisa de
"pura-cepa". Esas figuras de arrieros emprendedores terminan por oler a incienso
de iglesia grande, a patios centrales y rosarios dormilones que entretienen las tardes
entre carrieles y ruanas.
Y eso es justamente lo que don Gonzalo Mejía no fue. Un personaje que logró vestirse de
rebeldía durante toda su vida, encomendándole su felicidad a la suerte, se dedicó a
Fabricar sueños que lo mantuvieron siempre vivo. A los veinte años fue uno de los
espectadores de la hazaña que conmocionó a París en 1906: Santos Dumont se elevó en un
aeroplano y logró volar doscientos metros ante la mirada atónita de su público. Ahí
estaba Gonzalo Mejía, y esa fue la orden de partida para una carrera de conquistas
emprendidas sin tregua, tal vez, para huir del tedio le las ruanas y los rosarios. Parece
ser que su consigna fuera no aburrirse jamás.
El santo y seña: la suerte
Cuando Gonzalo Mejía nació, el 31 de mayo de 1884, el mundo no conocía los aviones,
apenas las grandes ciudades habían visto un automóvil no había transcurrido
ninguna de las grandes guerras. Colombia era un extenso territorio de poblaciones aquí y
allá, que poco o nada se comunicaban entre sí, y que por supuesto no poseía ni
comercio, ni industria ni
desarrollos dignos de anotarse. Se vivía en este
minúsculo país perdido en el sur de las historias dejadas por in siglo patriótico y de
las fantasías que se filtraban desde Europa. Medellín era una ciudad encerrada entre
apacibles montañas de mineros y Campesinos.
Cuando don Gonzalo murió, el 6 de agosto de 1956, el mundo estaba próximo a conquistar
la Luna, se habían vivido dos guerras mundiales, varias revoluciones y se asistía a un gran
desarrollo tecnológico e indusrial. Colombia todavía veía correr la sangre de la
violencia, había padecido un golpe militar, trece presidentes en lo que iba corrido del
siglo, tenía compañías aéreas, cine, ferrocarriles que la unían de sur a norte,
comercio internacional, guerrillas y luchas partidistas. Medellín era capital industrial
del país, unida y mar
interior por carretera. Bulliciosa, productiva y
emprendedora, Medellín le debía a Gonzalo Mejia gran parte de la infraestructura que le
permitió desarrollarse. Mucho le debe todavía a ese hombre visionario y que para
entretenerse concibió los más ambiciosos planes, y en más de una ocasión logró
concluírlas con éxito.
La suerte lo perseguía y a ella se encomendó siempre. Cuando tenía veinte años, una
jugosa fortuna cayó y sus manos y decidió invertirla en u propia felicidad: se fue a
Europa y deslumbrarse con el desarrollo al ver volar aviones, construir ferrocarriles y
sistemas de transporte que le inundaron la imaginación.
Poco tiempo después, en un tedioso viaje que soportó con estoicismo, entre Barranquilla
y Puerto Berrío, durante quince días y parando todas las mañanas a cargar la leña ,ara
alimentar el vapor, concibió la idea de inventar unos deslizadores acuáticos que
agilizaran el transporte por el Magdalena. A su llegada comenzó
a hacer contactos
con el gobíerno, visitó a Europa y Estados unidos, hasta que en 1915 puso al Yolanda a
transitar el río. Los deslizadores cumplieron su función y don Gonzalo se trepó en otra
nube: la aviación. En 1919 fundó la compañía e navegación aérea pionera en el
transporte comercial en el mundo, y emprendió la fundación de Scadta, que cubría una
quijotesco ruta entre Panamá y Medellín con estación en el golfo de Urabá en una
hazaña digna de la fantasía de Julio Verne.
Después que la aviación se volvió tema común, la gran organización del
entretenimiento que apenas comenzaba en el mundo: el cine, le robó todos los sueños. En
1920 construyó, en la esquina de Junín con la Playa, el edificio Gonzalo Mejía, con
estilo y arquitecto importados de Europa, en el cual la ciudad vivió los inicios del
cinematógrafo, en el hoy llorado teatro Junín. En 1925 la gente se agolpó en las
primeras filas para presenciar el estreno de la más importante película realizada en el
país hasta 1940: Bajo el cielo antioqueño. Otra vez era don Gonzalo el
protagonista de la hazaña. En Colombia había cine y él estaba enamorado de esa idea. En
1928 compró la firma de los Di Doménico y poco tiempo después fundó a Cine Colom bia.
Pero el 24 de octubre de 1929, el fatídico "jueves negro" dio inicio a la
sonada crisis de los 30 y en adelante se sintió el derrumbe económico y de las
ilusiones. Cine Colombia quebró y el sueño cinematográfico no se dejó cortejar más.
Pero don Gonzalo tenía muchos Otros proyectos y obras, y se dedicó de lleno a realizar
sus grandes sueños le ingeniería. Ya era conocido como "don Gonzalo, el de la
carretera al mar"; desde 1925 había dado los primeros palazos en lo que, sin lugar a
dudas, fue su obra mayor: la carretera al mar. Un día cualquiera se imaginó a Medellín
conectado, por tierra, con un puerto y se dedicó sin cuartel a trabajar en la idea.
Luchas, desilusiones, momentos de convulsión y guerra y la presencia constante le don
Gonzalo fueron testigos de a carretera que se inauguró, por fin en 1955, triunfando con
ello sobre los que desconocían la importancia de la vía y la tachaban de proyecto
noticioso que serviría para atravesar a selva y llegar a un pantanero. Sólo un
visionario
como don Gonzalo, que actuaba más por ingenio que por Patriotismo, podía comprender el
entido del proyecto. Y el tiempo se encargó de otorgarle la razón, como en la mayoría
de las campañas que emprendió, en las que utilizaba la retórica de un político y las
conexioes de un diplomático sin caer en ninguno de los dos excesos. Logró coronar sus
sueños solamente porque era un enamorado de la vida y un loco ingenioso con mucho sentido
común, al que tenían sin cuidado los partidos políticos y los homenajes póstumos.
Superada la crisis de los treinta, resolvió que Medellín necesitaba ampliar el viejo
aeropuerto impulsado por él en 1937. Después de conferencias y discursos, cartas y
visitas, consiguió que en 1947 se inaugurara el aeropuerto Olaya Herrera. Cuando las
aventuras con la aviación parecieron tocar a fin, optó por darle un regalo a Medellín y
fundó una flota de taxis: el Tax Imperial, lo más pintoresco que vio el parque de
Berrío en 1931.
A la par de esto, don Gonzalo participaba en la formación de muchas industrias de
importancia, pertenecía a juntas directivas, comités empresariales, fue presidente del
Club Unión, y hasta una empresa de transporte de carne estuvo en su agenda. Terminó
trazando proyectos y planes para la autopistan Medellín-Bogotá.
Uno puede imaginarlo
Lo mejor del libro que Héctor Mejía (nada que ver con la familia) escribió sobre
don Gonzalo es que uno termina por imaginárselo. Con su irremplazable flor en la solapa
sus ojos medio cerrados y su sonrisa imborrable, bronceándose al sol, práctica que nunca
descuidó por su vanidad, montando los mejores caballos, alegrando todas las fiestas de
sociedad, imaginando proyectos, enamorando muchachas y bailando, lo que era su gran
placer. La descripción nimia que hace Héctor Mejía permite imaginárselo con su
sombrero chillón, alto, robusto, canoso y con una vozarrona de hombrachón. El biógrafo
va entregando además puntadas claves sobre la historia mundial y nacional, que permiten
situar dentro de un contexto la labor de Gonzalo Mejía y,salvar al libro de ser una
pueril alabanza regionalista. Uno termina también por imaginarse a doña Alicia, su
esposa, que lo acompañó desde 1911 y que en 1945 murió habiendo educado 7 hijos,
mientras vivió su propia vida de mujer sociable. Se dibuja también la imagen de
Marichú, la hermana mayor de Gonzalo Mejía y la depositaria de su más hondo
reconocimiento por haber sido indeclinable en sus ideas más
aéreas.
La generosa narración de Héctor Mejía permite topetearse con esos rincones silenciosos
que posee todo ser, por fuerte y emprendedor que sea. Esa cavidad sensible llamada
"recuerdo amoroso", que persiguió a don Gonzalo desde que una condesita polaca,
Imelda Prunzisky, le robó su corazón durante su primer viaje a Europa. Nunca pudo
tenerla porque a, juicio de los padres de la impecable condesita, él era un pobre
suramericano que no conseguiría colmarla hasta hacerla feliz. Tal vez a Imelda le
confesó el secreto de lo que pensaba de sí mismo, una noche de 1909. Cuando recorrían
Venecia en un delirio de amantes, al entrar a una plaza, vio la estatua de un guerrero y
se dirigió a Imelda para decirle: "Ese soy yo" .
ÁNGELA PÉREZ
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