Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 2,  Volumen XXI , 1984
 

Pavor al tedio


Gonzalo Mejía: 50 años de Antioquia
Héctor Mejía Restrepo
El Sello Editores. Bogotá, 1983.

pag108.jpg (4750 bytes)

Sería tedioso empezar diciendo que don Gonzalo Mejía fue un patriarca antioqueño, un pujante empresario o un paisa de "pura-cepa". Esas figuras de arrieros emprendedores terminan por oler a incienso de iglesia grande, a patios centrales y rosarios dormilones que entretienen las tardes entre carrieles y ruanas.
Y eso es justamente lo que don Gonzalo Mejía no fue. Un personaje que logró vestirse de rebeldía durante toda su vida, encomendándole su felicidad a la suerte, se dedicó a Fabricar sueños que lo mantuvieron siempre vivo. A los veinte años fue uno de los espectadores de la hazaña que conmocionó a París en 1906: Santos Dumont se elevó en un aeroplano y logró volar doscientos metros ante la mirada atónita de su público. Ahí estaba Gonzalo Mejía, y esa fue la orden de partida para una carrera de conquistas emprendidas sin tregua, tal vez, para huir del tedio le las ruanas y los rosarios. Parece ser que su consigna fuera no aburrirse jamás.
El santo y seña: la suerte
Cuando Gonzalo Mejía nació, el 31 de mayo de 1884, el mundo no conocía los aviones, apenas las grandes ciudades habían visto un automóvil  no había transcurrido ninguna de las grandes guerras. Colombia era un extenso territorio de poblaciones aquí y allá, que poco o nada se comunicaban entre sí, y que por supuesto no poseía ni comercio, ni industria ni desarrollos dignos de anotarse. Se vivía en este minúsculo país perdido en el sur de las historias dejadas por in siglo patriótico y de las fantasías que se filtraban desde Europa. Medellín era una ciudad encerrada entre apacibles montañas de mineros y Campesinos.
Cuando don Gonzalo murió, el 6 de agosto de 1956, el mundo estaba próximo a conquistar la Luna, se habían vivido dos guerras mundiales, varias revoluciones y se asistía a un gran desarrollo tecnológico e indusrial. Colombia todavía veía correr la sangre de la violencia, había padecido un golpe militar, trece presidentes en lo que iba corrido del siglo, tenía compañías aéreas, cine, ferrocarriles que la unían de sur a norte, comercio internacional, guerrillas y luchas partidistas. Medellín era capital industrial del país, unida y mar interior por carretera. Bulliciosa, productiva y emprendedora, Medellín le debía a Gonzalo Mejia gran parte de la infraestructura que le permitió desarrollarse. Mucho le debe todavía a ese hombre visionario y que para entretenerse concibió los más ambiciosos planes, y en más de una ocasión logró concluírlas con éxito.
La suerte lo perseguía y a ella se encomendó siempre. Cuando tenía veinte años, una jugosa fortuna cayó y sus manos y decidió invertirla en u propia felicidad: se fue a Europa y deslumbrarse con el desarrollo al ver volar aviones, construir ferrocarriles y sistemas de transporte que le inundaron la imaginación.
Poco tiempo después, en un tedioso viaje que soportó con estoicismo, entre Barranquilla y Puerto Berrío, durante quince días y parando todas las mañanas a cargar la leña ,ara alimentar el vapor, concibió la idea de inventar unos deslizadores acuáticos que agilizaran el transporte por el Magdalena. A su llegada comenzó a hacer contactos con el gobíerno, visitó a Europa y Estados unidos, hasta que en 1915 puso al Yolanda a transitar el río. Los deslizadores cumplieron su función y don Gonzalo se trepó en otra nube: la aviación. En 1919 fundó la compañía e navegación aérea pionera en el transporte comercial en el mundo, y emprendió la fundación de Scadta, que cubría una quijotesco ruta entre Panamá y Medellín con estación en el golfo de Urabá en una hazaña digna de la fantasía de Julio Verne.
Después que la aviación se volvió tema común, la gran organización del entretenimiento que apenas comenzaba en el mundo: el cine, le robó todos los sueños. En 1920 construyó, en la esquina de Junín con la Playa, el edificio Gonzalo Mejía, con estilo y arquitecto importados de Europa, en el cual la ciudad vivió los inicios del cinematógrafo, en el hoy llorado teatro Junín. En 1925 la gente se agolpó en las primeras filas para presenciar el estreno de la más importante película realizada en el país hasta 1940: Bajo el cielo antioqueño. Otra vez era don Gonzalo el protagonista de la hazaña. En Colombia había cine y él estaba enamorado de esa idea. En 1928 compró la firma de los Di Doménico y poco tiempo después fundó a Cine Colom bia. Pero el 24 de octubre de 1929, el fatídico "jueves negro" dio inicio a la sonada crisis de los 30 y en adelante se sintió el derrumbe económico y de las ilusiones. Cine Colombia quebró y el sueño cinematográfico no se dejó cortejar más. Pero don Gonzalo tenía muchos Otros proyectos y obras, y se dedicó de lleno a realizar sus grandes sueños le ingeniería. Ya era conocido como "don Gonzalo, el de la carretera al mar"; desde 1925 había dado los primeros palazos en lo que, sin lugar a dudas, fue su obra mayor: la carretera al mar. Un día cualquiera se imaginó a Medellín conectado, por tierra, con un puerto y se dedicó sin cuartel a trabajar en la idea. Luchas, desilusiones, momentos de convulsión y guerra y la presencia constante le don Gonzalo fueron testigos de a carretera que se inauguró, por fin en 1955, triunfando con ello sobre los que desconocían la importancia de la vía y la tachaban de proyecto noticioso que serviría para atravesar a selva y llegar a un pantanero. Sólo un visionario como don Gonzalo, que actuaba más por ingenio que por Patriotismo, podía comprender el entido del proyecto. Y el tiempo se encargó de otorgarle la razón, como en la mayoría de las campañas que emprendió, en las que utilizaba la retórica de un político y las conexioes de un diplomático sin caer en ninguno de los dos excesos. Logró coronar sus sueños solamente porque era un enamorado de la vida y un loco ingenioso con mucho sentido común, al que tenían sin cuidado los partidos políticos y los homenajes póstumos.
Superada la crisis de los treinta, resolvió que Medellín necesitaba ampliar el viejo aeropuerto impulsado por él en 1937. Después de conferencias y discursos, cartas y visitas, consiguió que en 1947 se inaugurara el aeropuerto Olaya Herrera. Cuando las aventuras con la aviación parecieron tocar a fin, optó por darle un regalo a Medellín y fundó una flota de taxis: el Tax Imperial, lo más pintoresco que vio el parque de Berrío en 1931.
A la par de esto, don Gonzalo participaba en la formación de muchas industrias de importancia, pertenecía a juntas directivas, comités empresariales, fue presidente del Club Unión, y hasta una empresa de transporte de carne estuvo en su agenda. Terminó trazando proyectos y planes para la autopistan Medellín-Bogotá.

Uno puede imaginarlo
L
o mejor del libro que Héctor Mejía (nada que ver con la familia) escribió sobre don Gonzalo es que uno termina por imaginárselo. Con su irremplazable flor en la solapa sus ojos medio cerrados y su sonrisa imborrable, bronceándose al sol, práctica que nunca descuidó por su vanidad, montando los mejores caballos, alegrando todas las fiestas de sociedad, imaginando proyectos, enamorando muchachas y bailando, lo que era su gran placer. La descripción nimia que hace Héctor Mejía permite imaginárselo con su sombrero chillón, alto, robusto, canoso y con una vozarrona de hombrachón. El biógrafo va entregando además puntadas claves sobre la historia mundial y nacional, que permiten situar dentro de un contexto la labor de Gonzalo Mejía y,salvar al libro de ser una pueril alabanza regionalista. Uno termina también por imaginarse a doña Alicia, su esposa, que lo acompañó desde 1911 y que en 1945 murió habiendo educado 7 hijos, mientras vivió su propia vida de mujer sociable. Se dibuja también la imagen de Marichú, la hermana mayor de Gonzalo Mejía y la depositaria de su más hondo reconocimiento por haber sido indeclinable en sus ideas más aéreas.
La generosa narración de Héctor Mejía permite topetearse con esos rincones silenciosos que posee todo ser, por fuerte y emprendedor que sea. Esa cavidad sensible llamada "recuerdo amoroso", que persiguió a don Gonzalo desde que una condesita polaca, Imelda Prunzisky, le robó su corazón durante su primer viaje a Europa.  Nunca pudo tenerla porque a, juicio de los padres de la impecable condesita, él era un pobre suramericano que no conseguiría colmarla hasta hacerla feliz. Tal vez a Imelda le confesó el secreto de lo que pensaba de sí mismo, una noche de 1909. Cuando recorrían Venecia en un delirio de amantes, al entrar a una plaza, vio la estatua de un guerrero y se dirigió a Imelda para decirle: "Ese soy yo" .

ÁNGELA PÉREZ