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La nueva versión de
un sueño: largometraje colombiano la era FOCINE
LUIS ALBERTO ÁLVAREZ
Historiador y crítico de cine
TABLA DE CONTENIDO
¿SUBVENCION AL ARTE O FOMENTO A
LA INDUSTRIA?
LAS CONDICIONES DE
PRODUCCION, COAUTORES CINEMATOGRAFICOS
LA ERA FOCINE: LOGROS PARCIALES
CAÍN Y CÓNDORES: LA AMBICION CULTURAL
FUTURO CONDICIONAL
Justo en el momento en que las nuevas
tecnologías han alterado radicalmente las condiciones y sumido en profunda crisis los
tradicionales sistemas de producción, distribución y exhibición, un país del tercer
mundo se pone a soñar con el establecimiento de una industria de cine convencional, con
la realización anual de un nutrido grupo de películas rodadas con los métodos creados
en las primeras seis décadas de este siglo y, sobre todo, con la exhibición de las
mismas en aquellos lugares cuyo valor afectivo es tan grande para muchos de nosotros: las
salas de cine.
El sueño no es nuevo. Desde los años diez y veinte se ha repetido a intervalos y, en
todos los casos, ha terminado con despertares melancólicos. Y los soñadores sucesivos no
tuvieron en cuenta nunca los sueños de sus antecesores, omisión que los condenó a
repetir muchas experiencias innecesarias, casi siempre negativas. Cada "invento"
del cine en Colombia comenzó desde cero, como si el terreno fuera inédito e inexplorado.
La característica más importante de la última versión de este sueño colombiano es la
participación masiva, y seguramente bienintencionada del Estado, por medio de la entidad
oficial llamada Compañía de Fomento Cinematográfico (Focine). Nacida de un entusiasmo
legítimo y de una conciencia, por lo menos vaga, de que Colombia necesitaba expresarse a
sí misma en imágenes y que este hecho de identidad no era posible sin el apoyo estatal,
la Compañía fue establecida de modo que tuvo que inventarse a sí misma por el camino.
Muchas de las trampas de este camino no pudieron preverse con anterioridad. Lograr un
equilibrio adecuado entre la libertad creativa y la utilización fiscalizada y
burocrática de medios públicos es algo que exige un penoso y exacto trabajo de
raciocinio.
En este primer período hay un resultado incontestable: valiéndose de fondos recaudados
entre los espectadores, utilizados como préstamos a las producciones, con exigencia de
garantía comercial a las producciones eminentemente comerciales y como "préstamo
especial" para los proyectos considerados valiosos, Focine ha facilitado la
producción y realización de un número relativamente grande, tan grande como no había
existido antes, de largometrajes colombianos argumentales. Un número suficiente como para
hablar sin restricciones de un cine colombiano, independientemente de su calidad. La
forma, la estética que estas películas han asumido es algo que depende, naturalmente,
del talento, la inspiración, los intereses, gustos y arbitrios de sus realizadores. Pero
no sólo de ello. Como ningún otro arte el cine depende, en altísima medida, de sus
condiciones de producción, de su estructura económica. Por esa razón la estructura
misma de Focine, pero también la de nuestros sistemas de distribución y exhibición, son
también "autores" de nuestras películas, las guían en buena parte en su
estética y en su temática. Focine, resolvió el problema de producción en cierta medida
pero dejó sin solucionar una parte muy importante del mismo: cómo hacer que las
películas colombianas fueran distribuidas y exhibidas adecuadamente. Focine no ha
dispuesto de mecanismos para superar la enorme distancia entre el esfuerzo gigantesco de
producción y realización y la casi imposibilidad de un mercadeo justo frente a los
productos de monopolios multinacionales. Se llegó entonces a la absurda situación de
producir largometrajes a sabiendas de que ni en el mejor de los casos serían rentables y,
lo que es peor, condenados a desaparecer de la conciencia pública después de unos días
mínimos de exhibición.
¿SUBVENCION AL ARTE O FOMENTO A LA INDUSTRIA?
Esta contradicción existía desde el
principio. Sólo que su verdadero significado afloró después, una vez alcanzado el
momento de sobriedad que siguió a la exaltación de estar produciendo, por primera vez,
largometrajes nacionales. Focine no definió desde un comienzo si era una entidad de
subvención artística o una oficina de fomento industrial. Con una clara definición,
cualquiera de las dos aproximaciones hubiera sido válida, si bien la segunda, en las
condiciones actuales, presenta problemas adicionales muy agudos. Subvencionar una
expresión artística, por el contrario, puede ser una necesidad en un país como el
nuestro y, tal vez, la única manera de crear un cine relevante como cultura. En todo
caso, se cometió un error al considerar al cine como un medio aislado y subsistente, en
una época en que su inserción dentro del complejo mundo de la tecnología audiovisual y
de la comunicación no puede ser pasado por alto. El clásico sistema
producción-distribución-salas tiene hoy menos vigencia que nunca, y es necesaria una
concepción mucho más amplia que incluya nuevas y más ágiles formas de producción y,
sobre todo, la disponibilidad de variadas redes de exhibición de nuevo cuño. En Colombia
llevamos treinta años con una televisión que pasa por alto olímpicarnente al cine y con
un cine que se empeña en existir sin la televisión. Otros canales, como la televisión
por cable, todavía son ciencia-ficción para la mayoría de la gente y el mercado de
videocasetes se ha dejado en manos de un comercio pirata y caótico. Por ello hay que
saltar etapas y evitar fases que en otras latitudes se han demostrado problemáticas. Una
industria convencional de cine es impensable para Colombia. En cambio puede crearse una
producción constante y variada en video o en cualquier formato de cine, que tenga la
suficiente agilidad para ser accesible por televisión, por casetes de video, por cable,
por satélite, en salas alternativas en 16mm o también, naturalmente, en los cines
corrientes. No abrir campo a estas posibilidades equivale a perpetuar una situación con
películas fantasmas, con esfuerzos ingentes que no culminan.
Otros son los problemas del cine como expresión artística, como articulación relevante
de individuos, de grupos, de la nación colombiana. En este caso el enfoque sobre un
público de mayorías o minorías no es lo que cuenta, y más allá de estas
consideraciones es obligación del Estado apoyar sólidamente el arte y permitir que surja
un cine de identidad nacional, un cine que refleje de la mejor manera nuestro mundo y que
tenga una permanencia más allá del consumo. Por su misma naturaleza, este cine puede no
adecuarse fácilmente a los mecanismos de compra y venta, oferta y demanda y, por lo
tanto, requerir un tratamiento de distribución y exhibición diferente. Por eso este tipo
de cine debe ser subvencionado, se debe hacer posible su existencia y acceso al público
con métodos diversos de los del mercado cinematográfico normal. Este trabajo
cinematográfico debe ser estimulado porque, a la larga, será el que eleve el nivel de
calidad del mismo cine de consumo y, sobre todo, porque será la verdadera divisa, la
comunicación de un país con sus ciudadanos y con otros países: se sabe más de Turquía
por Yilmaz Güney que por los Boletínes de propagada estatal o turística y la imagen de
Bolivia le ha dado la vuelta al mundo en las películas de Jorge Sanjinés. Sobra decir
que nos referimos a una imagen real y no maquillada, a una imagen con sus contradicciones
y tensiones dialécticas. Ni El taxista millonario ni La fuga ni La abuela dicen
algo fundamental, algo que pueda recordarse para siempre sobre nuestro país; en cambio
las películas de un Español José María Arzuaga, sí lo dijeron en los años sesenta;
sólo su precariedad técnica y la falta de canales de distribución impidieron que ya en
ese entonces fueran el comienzo de ese cine personal y estéticamente válido del que
venimos hablando.
LAS CONDICIONES DE PRODUCCIÓN, COAUTORES
CINEMATOGRÁFICOS
Las películas de la era Focine tienen
condiciones de producción muy semejantes. Sus realizadores se debaten con el mismo tipo
de problemas, con los mismos fantasmas. Esos problemas definen su estética, su temática
y su lenguaje. En primer lugar, no se parte de la necesidad de decir algo concreto, de
plantear determinado tema de determinada forma, sino que se busca, por sobre toda
consideración, hacer un largometraje. Muchos de esos realizadores han hecho estudios de
cine en escuelas de otros países y llevan años en el lago viscoso del cortometraje de
sobreprecio. Sus compañeros de estudio de naciones con producción cinematográfica
constante tienen ya a su haber varias películas, son profesionales, mientras que los
nuestros están todavía buscando la "ópera prima". Se impone, por lo tanto el
"ahora o nunca". La historia toma cuerpo de acuerdo con una extraña selección
de destinatarios que, en primera instancia, no son ni el director mismo ni el público
sino seres intermedios: los distribuidores y exhibidores. Luego viene la mezcla de
ingredientes pensando en el millón de espectadores que en este país necesita una
película para sobrevivir al salto al vacío que su producción implica: qué rostros
deben ser incluidos que tengan suficiente fuerza de identificación para el público;
cómo contar una historia suficientemente aséptica para que una censura para adultos no
le robe el masivo público juvenil o, en caso contrario, cómo hacerla suficientemente
atrevida para que un abundante público adulto supla la falta de niños y jóvenes; cómo
conseguir unos protagonistas ya familiares al público por medio de la televisión, en
qué medida mostrar estos personajes identificables de una manera que la pantalla chica no
puede ofrecer, es decir de cuerpo entero y con un lenguaje desinhibido... Por lo que se
refiere a los escenarios existe el síndrome del lugar público. Las historias transcurren
en lugares fácilmente reconocibles. Se hace un catálogo de sitios y luego se van
colocando en ellos las anécdotas. "Los directores ceden a la fascinación de los
lugares públicos que producen el inmediato reconocimiento del espectador (...). La
realidad que no obedece de inmediato a ninguna idea, que no representa un valor social,
parece no existir. La simple escalera, la calle anónima, la acera, el parque que no
remite a ningún parque 'conocido', el apartamento real, el cafetín... el lugar que no
posee una representación anterior y que, por tanto, obliga al director a construirlo con
base en un conocimiento profundo, en cada gesto de los personajes" *. Todos los ingredientes de la fórmula se mezclan con una actitud que es
tanto deseo concupiscente como insano temor hacia ese factor del que va a depender el
éxito y hasta el futuro del realizador: el público. Lo que se busca, de modo casi
morboso, no es un contacto, no es un diálogo fecundo con ese público; se anhela sólo su
asistencia, su "numerosidad".
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Carlos
Benjumea abre las cortinas de un maquillado cine colombiano anterior a la "era
Focine". El taxista millonario, de Gustavo Nieto Roa, (1979).
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Cada espectador más es una cifra que va a acrecentar el número mágico, el momento
fundamental en que los gastos de la película se cubren y cada entrada adicional comienza
a convertirse en ganancia. Sobra decir que esta meta no la alcanza casi nadie y que la
situación es neurótico. Lo grave no es tanto que se esté perdiendo dinero tan
estúpidamente sino que este sistema obligue a una estética bastarda, indigna de sus
realizadores. Luis Alfredo Sánchez, Luis Ospina, Carlos Mayolo o Camila Loboguerrero son
personas que, de buena gana, harían películas muy distintas de las que han tenido
oportunidad de hacer en el largometraje colombiano. Son gente con talento real y
sensibilidad que bien merecerían ser empleados en proyectos más personales e
importantes. Todavía más grave es que ellos afirmen su conformidad con las obras que han
realizado. En favor suyo afirmamos no creer en estas declaraciones. Un sistema diferente
daría de su parte frutos mucho mejores. Lo otro es un mecanismo de defensa muy
comprensible.
Los largornetrajes colombianos realizados con financiación de Focine revelan innegable
progreso técnico. El aligeramiento de equipos, las nuevas emulsiones fotográficas y los
nuevos procesos de laboratorio facilitan una creación cinematográfica más profesional
con menor esfuerzo y un buen número de realizadores y técnicos colombianos ha ido
adquiriendo un oficio apreciable. En este sentido puede decirse que tanto el cortometraje
de sobreprecio como el trabajo publicitario han sido una escuela útil. No podría decirse
lo mismo en lo estético. El cine colombiano ha orientado sus fórmulas de producción por
las de cinematografías industriales y ha creado una infraestructura de lujo que es
inadecuada para nuestras condiciones. La conformación de equipos técnicos y artísticos
es imitativa de la existente en el cine internacional de alto presupuesto, y como el nivel
profesional de estos equipos es inferior al de ese cine, el resultado no es una
intensificación de la calidad sino una onerosa burocratización. Los técnicos buscan
agremiaciones al estilo del studio-system y las actrices y actores asumen la
posición de stars no sólo en sus declaraciones y comportamientos sino en sus
exigencias económicas.
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El sainete mexicano en el
cine colombiano. La virgen y el fotógrafo, de Luis Alfredo Sánchez (1982)
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Pelea por el cine individual
y creativo: un logo parcial de la película de Carlos Mayolo. Carne de tu carne
(1983)
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La bella
enfermera asesina. Florina Lemaitre en Pura Sangre, de Luis Ospina (1982)
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El héroe y la virgen; dos
etiquetas en la cama. Franky Linero y Mónica Herrán en La virgen y el
fotografo, de Luis Alfredo Sanchez, (1982)
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La carta del primer incesto
en Carne de tu carne, de Carlos Mayolo, (1983)
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La actitud pionera de Arzuaga en los sesenta era muy diferente: actores, personajes,
paisajes, constituían necesidades intrínsecas y se buscaban de acuerdo con las
exigencias de una idea rectora, de una narración. Se trataba de una posición de autor.
En Colombia es necesario conformar un esquema de producción adecuado a nuestras
posibilidades, y a partir de ese esquema estimular una creatividad en los realizadores. De
esta manera han nacido algunas de las cinematografías más importantes del mundo. En el
cine colombiano actual se hacen con frecuencia cambios de escenario que no aportan ningún
elemento narrativo nuevo y que encarecen fuertemente las producciones; hay improvisación,
indisciplina y descuido en la preproducción y, por lo tanto, una gran falta de
concentración en los rodajes. Todas estas fallas influyen tanto en el resultado estético
como en el económico.
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Escapándose del ejército y
del hermano. Nelly Moreno y Diego Hoyos en Con su música a otra parte, de
Camila Loboguerrero, (1983)
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Caín (Martín) mira a
través de la ventana a su hermano, Ernesto Cortés, de Gustavo Nieto Roa, (1984)
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Caín y su
presa no convencieron. Armando Guitiérrez y Marta Liliana Ruiz en Caín, de Gustavo
Nieto Roa, (1984)
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LA ERA FOCINE: LOGROS PARCIALES
El largometraje colombiano de la era
Focine no es completamente satisfactorio. Es un hecho que hay que mirar fríamente y que
es completamente explicable. Importante es que en varias de las películas de estos años
hay logros, parciales pero completamente reales y, sin duda, apreciables. Positivo es el
esfuerzo de algunas de estas películas por desentrañar raíces concretas en la compleja
identidad del país. De un cine de ninguna parte hemos comenzado a caminar hacia un cine
con acento regional pero sin localismos. En este campo el esfuerzo mayor ha sido del Valle
del Cauca. Directores que habían sentado sus reales en Bogotá, hasta el punto de ser
considerados como bogotanos, han vuelto a buscar su ambiente de origen: es el caso de
Lisandro Duque y de Luis Alfredo Sánchez. Por su parte, Luis Ospina y Carlos Mayolo
fueron siempre identificados con Cali y es notorio que sus largometrajes tengan uno de los
resultados profesionales más altos logrados hasta ahora en Colombia. Mayolo y Ospina,
surgidos del movimiento cineclubista y entrenados desde la adolescencia en historia del
cine, géneros y formas, han realizado dos muy respetables intentos de fusión de estas
tradiciones cinematográficas universales con la reflexión sobre la propia realidad
vallecaucana y el ámbito caleño en particular. Tanto Pura sangre como Carne de tu
carne son, por otra parte, películas que ilustran muy claramente la situación que
hemos venido describiendo, la posición de un artista que tiene que buscar una fórmula de
éxito que funcione y que, sin embargo, no quiere renunciar a su condición de autor y a
expresar su propio mundo. El resultado de Ospina fue, por desgracia, lejano y mal
articulado, pese a que hay momentos en su película que son fuertes y convincentes. Más
cerca del equilibrio ideal estuvo Mayolo con Carne de tu carne, cinta en la que la
parábola, el recuerdo, el mito, la actitud crítica y la poesía se funden muy bien. Por
desgracia la compulsión de atarse a un género predeterminado y de respetar sus lugares
comunes dio al traste con las posibilidades de sutileza y terminó banalizando la obra de
un modo chocante; tanto más, cuanto la película muestra a Mayolo como un talento
potente, con una concepción visual poco común y, sobre todo, con la capacidad de captar
y dar estilo a nuestros espacios, a nuestros gestos, a nuestra realidad. Nunca como en Carne
de tu carne se ha visto más cerca lo que podrían ser las imágenes más fuertes de
un cine a la manera colombiana.
Un intento más explícito de buscar formas populares, basadas esta vez en las fórmulas
latinoamericanas de entretenimiento, particularmente las del cine mexicano comercial,
caracterizan a La virgen y el fotógrafo y El escarabajo, La primera en clave de
sainete y la segunda de melodrama popular, buscan desde el comienzo un público más
amplio. El escarabajo es, sin duda, la película más coherente de las dos y la que
cuenta con una creación de personajes y de atmósferas más interesantes. Hay en esta
historia un intento muy laudable de explorar los anhelos íntimos, las necesidades y los
valores en que se mueve la gente de provincia. El problema es que, también aquí, la
serena contemplación de unos personajes y de su mundo por par de un realizador, es
aplastada por las presiones de superficie que lo obliga montar un show, un
espectáculo de anécdotas saturado de clisés que toman por cultura popular. Tanto la
película de Luis Alfredo Sánchez con la de Lisandro Duque son típicas de las fallidas
exploraciones de nuestro cine y nuestra televisión en esa cultura popular. Lo banal y lo
chabacano reemplazan al gesto auténtico, al mundo de los objetos reales, de los espacios,
de la manera de ser característica del colombiano. En Lisandro Duque hay alguna presencia
de cultura popular real, más que en Luis Alfredo Sánchez, pero sobre todo a nivel
verbal. Ambas películas son particulamente descuidadas en lo que Kracauer llamaba
"el rescate de la realidad física". Ambas componen sus imágenes, seleccionan
las relaciones entre personajes, lugares y cosas de modo indiferente y con frecuencia
falso. Particularmente notorio es esto en La virgen y el fotógrafo con su
índole de sainete, con sus personajes claramente colgados superficialmente sobre la
imagen de unos actores conocidos, con su acumulación de figuras d estereotipo y
situaciones interpretadas a la manera de sketches de teatro amateur. "El
fotógrafo", "la prostituta", "el cura" no son nunca personaje de
tres dimensiones sino etiquetas. En El escarabajo hay un esfuerzo mayor por
matizar, no en todos los momentos ni en todas las situaciones, pero en la búsqueda global
de colocar la historia en un contexto más real, más verosímil. Probablemente por
razones presupuestases, tanto La virgen com El escarabajo tienen una
ausencia grave de un elemento contextual fundamental: el pueblo, la gente, los personajes
y las historias secundarias, los "armónicos" que le dan consistencia a una
historia principal. En su condición de "fábula" La virgen y el fotógrafo podría
prescindir de este contexto pero en una historia como la de El escarabajo es algo
que no puede eliminarse impunemente. Precisamente este elemento podría haberle dado a la
película de Lisandro Duque una presencia que no tiene en su forma actual, la tragedia de
su ciclista criminalizado hubiera sido el reflejo o el prototipo de otras muchas historias
que se viven cotidianamente en ese rincón de
provincia. En todo caso y, pese a que
El escarabajo es una película malograda por sus mismas condiciones de producción,
es, por lo menos tendencialmente, un cine en camino hacia una expresión cinematográfica
característicamente colombiana. No así La virgen y el fotógrafo, que es
más una corrupción y una esquematización de aspectos superficiales de nuestro modo de
ser. Lisandro Duque, cuyo fuerte no es la concepción visual, asesorado debidamente en las
imágenes y con un esfuerzo mayor de concentración y análisis, sumergiéndose más
calibradamente en los personajes y en los ambientes, podría convertirse en el autor de un
cine popular en el mejor sentido, de un retrato cinematográfico de Colombia más
satisfactorio y menos populista.
Con su música a otra parte de
Camila Loboguerrero ha sido una película más desconocida por la opinión que las de
Sánchez y Duque. Sus ambiciones son más limitadas y, sin embargo, es una película que
no carece de logros interesantes. El primer punto a favor es que no emplea el sistema de
yuxtaposición de ingredientes de éxito sino que parte de unos personajes y su entorno.
Lo que a estos personajes les sucede no es una historia orgánica y está en clave de
comedia un poco grotesca, pero esas situaciones responden muy bien a un carácter real, a
un tipo de persona muy bien definido y observado. En sí el ambiente elegido por Camila no
es, propiamente, popular. Su gente es pequeña burguesía, es esnob bogotano en su
propio caldo, es un mundo estudiantil y de pequeños empleados, con los sueños absurdos y
las contradicciones que pueden esperarse. Obviamente que esto es una parte muy limitada y
no la más sobresaliente de la realidad colombiana, pero es claro que la directora conoce
bien este mundillo y sabe describirlo con sarcasmo pero también con ternura y simpatía.
Con todo, más positivo aún en la película es que su descripción de este mundo es
eminentemente visual y no verbal. Con su música a otra parte es la primera
película colombiana de esta generación, junto con Carne de tu carne, que toma en
serio lo visual como elemento narrativo. En las otras películas que hemos mencionado la
imagen es sólo el puente, la armadura necesaria y convencional que soporta nuestra
tradicional expresión retórica. A veces se me ha ocurrido que el problema fundamental
del cine colombiano es esta enorme, hasta ahora incurada falta de tradición visual.
Colombia es un país sin imágenes, transmitido oralmente, un país con una televisión
que es como un ojo ciego, un medio con treinta años de existencia que todavía funciona
como la radio, un país con un bosque de antenas radiales que transmiten palabras
ininterrumpidamente. El tener uno o dos pintores importantes no ha contribuido en nada a
crear una Colombia de imágenes, máxime cuando la mayoría de esos pintores abandonan muy
pronto la búsqueda y se crean un gusto visual en tierra de nadie, un estándar uniforme
para uso de museos y galerías. Camila Loboguerrero estudió artes plásticas. Su
generación es la de Marta Traba y Beatriz González y su formación se muestra en su
película sin ser penetrante. Con un poco de atención uno nota el cuidado que ha habido
en la elección de los objetos, de los ambientes, de la apariencia de las personas. Con
su música a otra parte es la primera película cómica hecha en nuestro medio donde
los personajes superan el sainete de corte televisual y se convierten en seres capaces de
transmitir emoción.
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Buscando
culpables, en Condores no entierran todos los días, de Francisco Norden. (1984)
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Las primeras
armas de los "pajaros" en el primer largometraje de Francisco Norden.
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CAÍN Y CÓNDORES: LA AMBICIÓN CULTURAL
En un país donde la tradición literaria
tiene más raigambre que la visual, es más que lógico que se busque en las novelas
clásicas un apoyo que le confiera dignidad y relevancia cultural a nuestros
largometrajes. El experimento de la televisión con Tiempo de morir está fuera del
ámbito de este artículo, pero Caín de Gustavo Nieto Roa y Cóndores no
entierran todos los días de Francisco Norden son proyectos en cuya realización
desempeñó un papel importante el peso de su trasfondo literario. Es llamativo, por
ejemplo, el hecho de que sea una película de Nieto Roa, quien coherentemente ha venido
representando en Colombia la defensa de un cine de entretenimiento y consumo fácil, la
escogida por Focine para iniciarse como productora total, asumiendo todos los riesgos. El
cine de Nieto Roa fue considerado durante mucho tiempo como la única fórmula comercial
garantizada, pero analizando la cosa un poco más a fondo se ha visto que también este
cine, pese a una taquilla más amplia, tiene que luchar con las mismas dificultades
estructurales y que no es tanto el tema o la calidad de la película lo que cuenta sino la
estrechez de oportunidades de nuestro cine frente a un mercado dominado por un monopolio
multinacional de distribución y uno nacional de exhibición. Con Caín parecen
haberse pasado por alto estas dificultades estructurales y se jugó a la fórmula de
combinar seriedad cultural con atractivo comercial. La cantidad invertida en Caín es
la mayor que haya tenido una producción exclusivamente colombiana y el rechazo por parte
del público hizo que todas las ilusiones se vinieran abajo definitivamente. Cultural y
estéticamente Caín es una película, por lo menos, inepta. No es el caso discutir aquí
la calidad de la obra literaria de base, pero puede decirse que la adaptación es
superficial, empobrecedora, sin la mínima sensibilidad para captar sus temas
fundamentales. A diferencia de los otros largometrajes que hemos venido discutiendo, Caín
no es una contribución, ni siquiera parcial, al cine colombiano que vamos buscando. En su
forma narrativa, en la dirección de actores, en el tratamiento de la historia y de sus
aplicaciones en la historia del país, es un paso atrás de una ingenuidad desconcertante.
El problema no es que una película como Caín exista y se exhiba, sino que se haya
seleccionado este proyecto entre otros para recibir el apoyo masivo e incondicional del
organismo de fomento cinematográfico del Estado.
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Cóndores no entierran todos los
días, de Francisco Norden, comparte con Caín la ambición cultural. También
esta película busca, como su novela de base, decir cosas muy importantes sobre nuestra
identidad y nuestra historia. Esta pretensión la habían tenido, en parte, Carlos Mayolo
y Luis Ospina, enfocando sus historias de terror como parábolas de nuestro feudalismo y
de nuestra violencia política. La película de Norden tiene a su favor una concienzuda y
larga preparación de años. Es la película anhelada por un director que tiene una
sólida formación académica, una larga experiencia en el cortometraje y en el
documental, que se ha caracterizado por su pulcritud en los trabajos realizados y que ha
tenido la oportunidad de aprender de los errores cometidos por sus colegas y asesorarse
bien técnica y estéticamente. El resultado es una
película importante para el
país, estéticamente válida, interesante para un público relativamente amplio, de un
nivel técnico alto y de un interés universal que permite su acogida en otras latitudes. Cóndores
no entierran todos los días no es una película completamente lograda y ante un
análisis detallado revela errores sobre todo de concepción narrativa y de desarrollo,
así como otros atribuibles a nuestro estilo de producción, en el que cada realizador
tiene que crearse sus propios medios a falta de una infraestructura. A diferencia de Carne
de tu carne, Cóndores peca de cierta frialdad y, lo que es peor, de una falta de
ideas originales, de toques personales del autor. Norden ha realizado su trabajo con un
oficio a veces impecable pero nunca con genio e inventiva. En todo caso, ha logrado una
pieza de cine que podrá ser recordada como punto de referencia y, con suerte e
inteligencia, de partida para otras realizaciones. Pero incluso una película como ésta,
que resuelve en parte planteamientos estéticos y temáticos, está sometida al problema
de todas las otras películas colombianas, sean ellas productos de consumo o expresiones
artísticas importantes: todas ellas son sometidas a un tratamiento discriminatorio frente
a los productos del cine multinacional. Todas sufrirán los bajos precios de las entradas
a cine en Colombia, la mala distribución y exhibición y la falta de canales
alternativos.
FUTURO
CONDICIONAL
Hemos considerado algunas de las
películas colombianas de largometraje, particularmente aquellas que despertaban
determinado tipo de expectativa, es decir, las que pueden de algún modo ser consideradas
expresión personal de un autor. Naturalmente que estos no son los únicos largometrajes
que se hacen en Colombia. En determinado momento se pensó que el cine podía ser una
inversión interesante y tanto los que habían aprovechado como negocio rentable la
legislación de sobreprecio al cortometraje, como otros nuevos inversionistas, llegaron
atraídos por el olor de la miel. El cine colombiano de consumo es de ínfima calidad,
pero no hay duda de que existe. Interesante es la actitud de desconcierto que Focine ha
asumido frente a este cine. La falta de definición que aqueja a Focine desde su
constitución, por la cual no se sabe si el objeto es fomentar productos comerciales con
buen potencial de taquilla o subvencionar productos de calidad artística, ha llevado a la
compañía a políticas contradictorias y le ha deparado a sus funcionarios más de un
dolor de cabeza. El caso de Caín es el ejemplo más patente.
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Gladis Potes
(Isabela Corona) se aleja del "Condor" león María Lozano (Frank Ramirez),
después de que éste le pide un puesto en el mercado del pueblo. Condores no
entierran todos los días, de Francisco Norden, (1984)
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Es necesario que sobre Focine haya un debate a fondo, sobre principios, sobre criterios y
sobre políticas de fomento o subvención. Focine debe ser una entidad que haga posible,
con el dinero de los espectadores que le está confiado, un cine libre, expresión de sus
autores y no de difusión oficial. importante es que sea una entidad desburocratizada,
despolitizada, ágil, con unos estatutos que sean fruto de un amplio y especializado
debate, unos estatutos que hagan justicia a las formas diversas y a veces opuestas del
cine y que le abran perspectivas tanto al cine que se vende con facilidad y gusta
ampliamente, como al cine difícil, creativo y de rompimiento, que necesita más tiempo y
otras condiciones para obtener su público; unos estatutos y un sistema de producción,
distribución y exhibición que les haga justicia tanto a las comedias de Nieto Roa como a
las animaciones de Fernando Laverde, tanto al cine antropológico en blanco y negro y de
16 milímetros de Rodríguez y Silva como al cine de terror de Mayolo; unos estatutos y un
sistema que permitan que Pepe Sánchez pueda hacer El chinche en la televisión sin
las limitaciones de tiempo y dinero que el absurdo sistema de licitaciones le impone; unos
estatutos y un estilo que fomenten en Colombia géneros difíciles como el documental,
inéditos como el experimental o subvalorados como la animación; una política global
de cine que busque legislaciones inteligentes en favor del cine nacional. Este Focine es
el único que puede hacer surgir un cine colombiano en el único sentido en que vale la
pena tenerlo: como parte integral de nuestra cultura, como instrumento de expresión
artística, como recreación inteligente y creativa. Los esfuerzos en favor de este cine
deben ser concertados, iluminados por las nuevas posibilidades tecnológicas, libres de
encallamiento en concepciones tradicionales.
* Víctor Gaviria y Luis
Alberto Álvarez, "Las latas en el fondo del río" en Cine, número 8, Bogotá,
mayo/ junio de 1982. (regresar)
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