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De
la niebla a los muros
Escritos en los muros
Alonso Aristizábal
Colcultura. Bogotá, 1984
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Alonso Aristizábal había publicado
entre 1973 y 1976 dos libros de cuentos: Sueño para empezar a vivir y Un pueblo de
niebla. Dos libros que fueron en realidad uno, como lo explicó alguna vez el autor. Y
de aquellos cuentos, que giraban alrededor del tema de la violencia en Colombia, a éstos
de su último libro, Escritos en los muros, Aristizábal ha desplazado su centro de
gravedad de manera notoria.
En sus primeros cuentos, lo esencial eran las tensiones (no la intensidad) producidas por
los jefes regionales en los pueblos y zonas rurales que más sufrieron la violencia.
Entonces, manejaba el ser íntimo de personajes rudos o desgarrados (victimarios y
víctimas), y una neblina con talante de pesadilla envolvía a todos sus integrantes. En
1976 escribí sobre ellos así: "Ni el viaje, ni el bosque, ni el duelo, ni el
círculo, ni el génesis, jamás han sido estructuras espontáneas: obedecen a razones
sociales anteriores al texto, al lenguaje. En este caso, la pesadilla no sólo es el marco
de referencia social, sino, también, la clase de comunicación que determinó ese
referente social. El autor ha sido inteligente para entender eso que a muchos había
escapado al tratar esa neblinoso etapa de nuestra historia. Lo primero fue la pesadilla,
diría yo, al hablar de la violencia. Así como nos la comunica Aristizábal en sus
relatos, medida desde adentro y con la puerta trancada; presintiendo las tortuosas
agonías, explorando las temibles presencias, sufriendo el desvanecimiento de la vida, y
figurándose a la muerte como un tiempo que no pasa".
De aquella violencia, emitida a partir de lentos y dispersos monólogos, empañados,
muchas veces, por la exagerada neblina, ahora nos transporta, en Escritos en los muros,
a nuevos escenarios y atmósferas y, también, a tratamientos diferentes. Bastaría
comparar la introducción de dos de sus mejores cuentos, en cada libro. Del primero, La
otra cruz de la esquina: "Un golpe y vino la oscuridad como un derrumbe de niebla
y apenas sé que estoy aquí ante usté perseguido por sombras que saltan y ruedan con el
peso de los muertos de este pueblo". Del último, su primer cuento, La ilusión
del Dumbar Circus: "El muchacho estaba sentado en el parque una tarde con los
amigos cuando entró la voz por la esquina que siempre traía las noticias como marcas de viento".
De los interiores de los personajes, de la neblina del alma y de los pueblos (psíquica y
física), de los largos monólogos, del terror esparcido por la violencia, pasamos a los
personajes vistos a la luz del sol, colocados en su totalidad bajo el prisma de la tercera
persona, con diálogos explícitos, sin exceptuar las notas de humor -así sea trágico.
De pronto, un muchacho quiere conocer el Dumbar Circus, y antes de
entrar a él, lo
sueña, y años después leerá que él ha sido la única persona salvada de su naufragio
en las islas Azores; o un día es conquistado y sonsacado por la muchacha del servicio
(dándonos el reverso del San Antonio de Carrasquilla); o desaparece del colegio
para perderse en la leyenda de la subversión de su país; o ya convertido en un
trabajador, no encuentra en una noche de cantina la mujer de sus anhelos; de pronto, son
las muchachas, como Elsita Aguirre, que en los pueblos desolados miran con alegría la
llegada del agente viajero, o tejen encajes como sueños hasta cuando la vida misma ajusta
cuentas insondables, como en Ella también tejía sueños.
Las tragedias sentimentales de los jóvenes, en los pueblos, tienen su pátina particular,
que Aristizábal recupera con gran afecto. Lo mismo que esas pequeñas contiendas
familiares, tantas veces ausentes de nuestra literatura. La violencia, pues, ha cedido el
paso al muro de los conflictos juveniles, familiares, al buceo de los desencuentros de la
vida de viejos que se ahogaban en sus propias redes.
Pero la nota más original de los cuentos de Aristizábal es esta: en medio de ellos
navega el hilo secreto de las supersticiones. Algunos lo presentan de manera explícita,
como La flor de lilolá y Ella también tejía sueños. No se trata de la
superstición en un sentido burdo. Es que la vida depende de claves que no por reales
dejan de ser míticas. Y en los pueblos, como en las ciudades jóvenes, esas claves
camuflan las aspiraciones retardadas de sus gentes. No nos ponemos un vestido o prestamos
un velo, para que los días no nos atropellen más allá de lo presentido. Y así se
consigue burlar al destino, no importa que la venganza sea la monotonía.
Si un muchacho no consigue enrolarse en el circo, si las mujeres logran casarse
(Aristizábal juega con la superstición al revés, y sorprende al lector; así como el
destino se burlaba de los personajes, porque el agente viajero o el marinero jamás
regresaban, o porque el agüero se cumplía y ella no lograba casarse, en estos casos, la
sorpresa llega porque este destino no se cumple), si el sinsonte o el canario se fugan, si
el amor no resulta (Olas de Nueva York, Recordándote en la noche, Cómo se muere en un
espejo), es porque algo extraño a las fuerzas de la razón se ha escapado. Un aire de
superstición recorre los cuentos de distinta manera, y en el caso de los tres últimos
citados, el autor capta en sus historias un sino conradiano de gran interés. En ellos
aparecen seres incalculables, contabilistas de azares y penas, de cuyas manos, a plena
vista, se escapan los propósitos amados y un abatimiento se pasea sin lástima por ellos.
Escritos en los muros, de Alonso Aristizábal, por último, va tras un objetivo de
superación frente a su libro anterior: quiere contar cada una de sus historias con la
claridad de una película en verano. Y con menos monólogos y especulaciones, sin los
enmarañados recuerdos, con mayor economía en las secuencias, sin el ritmo de novela de
antes, con la intensidad de nuevos ángulos narrativos, lo ha logrado.
ISAÍAS PEÑA GUTIÉRREZ
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