Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 2,  Volumen XXI , 1984
 

Medellín y una mujer crecen: sus vivencias y recuerdos


Vida de una abuela
Blanca Mejía de Zulategi
Ed. Lealón, Medellín, 1983

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Relato en tono de abuela a sus nietos, útil para documentar la vida cotidiana de las mujeres de clase alta de Medellín durante la primera mitad del siglo XX.
Contar quién es la autora es resumir el libro que abarca en orden cronológico la historia de su vida. Con una narración amena, sorprendente a veces por la fidelidad con los detalles -olores, sabores, sonidos-; describe cómo vivía su familia en la época en que los viajes se hacían a caballo o en silleta, sus impresiones de los campos, pueblos y ciudades donde vivió.
En la infancia algunas tradiciones del campo le fueron transmitidas mediante el contacto con las cocineras y los peones de las fincas. Recuerda los sustos con los gritos de la Llorona, los espantos de la Patasola, las aventuras de Sebastián de las Gracias.
Aparecen los recuerdos de su adolescencia en Medellín. Contando de sus noviazgos, sostenidos a punta de salidas a misa, a retretas del parque Bolívar y visitas por la ventana, nos recrea el paisaje urbano del Medellín del tranvía, del circo España, de las cajoneras y sus pregones, de Salvita y sus globos de tela.
Doña Blanca, sin dejar de ser una señora muy aseñorada, debió aguantarse la presión y la beatería de la "sociedad" medellinense, a raíz de sus relaciones con un extranjero, Miguel de Zulategi y Huarte, músico vasco, ordenado carmelita contra su voluntad. La curia les declara la guerra. Ningún juez se atreve a casarlos por temor a la excomunión. Viajan a Panamá en 1932 y se casan por lo civil. Son excomulgados. Viven en Bilbao, guerra civil española. Regresan a Colombia, a Medellín, viven entre músicos, vienen a Bogotá, el nueve de abril, y a Cartagena donde don Miguel dirige la Orquesta Sinfónica fundada por Rojas Pinilla.
A pesar de su distanciamiento de la religión, un acto excepcional para su medio y su época, y de haber vivido varias veces en pensiones en que se hospedaban principalmente extranjeros, sobre todo hombres, no es un caso femenino del todo atípico. Acata las normas y valores sociales y se comporta como cualquier otra señora: con dedicación al hogar, acepta la autoridad del marido dentro de su familia, centra su atención en la culinaria, la moda y otras preocupaciones consideradas "femeninas".
Ya otras publicaciones sobre la historia de Medellín, la ciudad a la que doña Blanca se refiere más en extenso por haber vivido allí mayor número de años, habían ilustrado con referencias gráficas o escritas las costumbres de la clase alta de comienzos del siglo. Entre ellas se destacan: la revista Sábado, que empieza a salir en 1921, bajo la dirección de Ciro Mendía y Gabriel Cano; Medellín en 1932, de Ed. Librería Pérez, publicado en ese mismo año; Historia del teatro en Medellín y otras vejeces, de Eladio Gónima, publicado en 1973, y Miscelánea sobre la historia, los usos y las costumbres de Medellín, de Alberto Bernal Nichols, publicado en 1980.
Todos traen alusiones a la vida social y cultural de las mujeres "acomodadas" de la ciudad, pero siempre desde el punto de vista de los hombres. Lo interesante de la crónica de doña Blanca es que junto a la revista mensual Letras y Encajes, aparecida entre 1926 y 1951 y cuyas directoras fueron Sofía Ospina de Navarro y Teresita Santamaría, La abuela cuenta y Crónicas, también de doña Sofía, nos refieren la historia, versión femenina, informando mucho más de su vida diaria y ofreciendo descripciones y comentarios que sirven para comprender la mentalidad de las señoras "acomodadas" del Medellín de antes.

PATRICIA LONDOÑO