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Medellín:
tres frustraciones, tres salidas
Hildebrando
Jorge Franco Vélez
Médellín, 1984
Misa en tiempo de guerra
Abelardo Ventura
Ediciones El Fortín. Bogotá, 1984
Primero estaba el mar
Tomás González
Los Papeles del Goce. Bogotá, 1983
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Nacidos aproximadamente en 1925, 1940 y
1950, los personajes de estas tres novelas pertenecen a tres generaciones sucesivas. Dos
de las novelas -Hildebrando y Misa en tiempo de guerra- están escritas en primera
persona y adoptan en alguna medida la forma de memorias: en ellas los protagonistas
relatan con detalle sus años de aprendizaje, sus experiencias profesionales, sus ascensos
y caídas. El Liceo Antioqueño, la vida de familia, el agónico enfrentamiento, tan
envuelto en literatura en tierras medellinenses, contra la rnasturbación, la iniciación
al sexo, Lovaina, las mozas, la Universidad, el trabajo y el placer, forman parte de ambas
novelas y podrían dar pie para amplias dísquisiciones sobre la vida cotidiana o los
cambios de las costumbres en Medellín.
El paralelo, sin embargo, no puede llevarse demasiado lejos. Hildebrando es la
historia de un médico que desde sus años de estudiante encuentra en el alcohol, en los
bares del barrio Guayaquil o de las cerca nías del hospital de San Vicente, la
posibilidad de construir un mundo que lo proteja de la vida gris de la ciudad y de sus
fracasos y decepciones. Abelardo Ventura, en Misa en tiempo de guerra, graduado en
finanzas hacia 1960, se lanza a desplegar sus habilidades de embaucador y culebrero en el
mundo de la política y en una gran empresa industrial, después de alguos ensayos
fallidos en negocios de menor cuantía. Hildebrando, protagonista de borracheras épicas
capaces de conmover la calma urbana de su ciudad, típico esposo de típica mujer de
alcohólico, siempre al borde del abismo social y profesional, empeñado en una carrera
como médico y como profesor de la Universidad de Antioquia que siempre se frustra,
retorna de los infíernos y resulta a la postre regenerado, en un final feliz y moralista.
Ventura, tras hacer, con prosopopeya teatral, todos los gestos del éxito y a punto
de alcanzar la vicepresidencia de la gran empresa, descubre en una semana de lecturas la
verdad de la econornía política,y del liberalismo, y encuentra en Rousseau, en Adam
Smith, en les philosophes, la denuncia de la sociedad anónima; el delirio y la
locura le permitirán evadirse del mundo accidental de las utilidades, las acciones y
valores, los ejecutivos y los grupos emergentes.
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El personaje de Primero estaba el mar
aparece ya adulto, sin que oigamos mucho de sus años formativos: "literato,
anarquista, izquierdista, negociante, colono, hippie y bohemio", rehúye el
intelectualismo progresista, ya fatigado del Medellín de 1975, para irse a buscar la vida
"de carne y hueso" en un ambiguo intento empresarial en Urabá: abrir una finca,
destruir y producir en contacto con la naturaleza, son actos que en cierto modo expresan
un rechazo más vivido que político a la sociedad burguesa. Pero si el capitalismo sin
aliento de Medellín tiene mucho de selva, la vida en Urabá resulta, con todo y su
belleza, inesperadamente agresiva. Una sucesión de pequeñas derrotas va ahogando la
confianza de J., mientras que la empresa agraria adquiere caracteres cada vez más
delirantes, y la vicia, los afectos, las relaciones con amigos o empleados, caen bajo una
lógica siniestra que conduce a la inevitable catástrofe final.
Sería excesivo, por supuesto, tomar a estos personajes como paradigmas históricos del
reciente desarrollo antioqueño, Sin embargo, la tentación de hacerlo no es del todo
arbitraria, y la evasión alcohólica de Hildebrando parece responder con adecuada
proporción a la agresión todavía artesanal a la que lo somete la sociedad; Ventura,
convertido en hombre sin cualidades por la lógica del ascenso industrial, hace de la lo
cura su refugio, mientras que J., eludiendo un mundo ya sin esperanzas ni ilusiones, busca
la vida, sin disfraces ideológicos, en una furiosa entrega al trabajo y en una relación
con los demás que se pretende menos falseada que la de los empleados y burguesitos de
Medellín.
Hildebrando está escrita por Jorge Franco, médico como el protagonista o como el
narrador. La obra comienza como una memoria personal, en la cual el tema parece seria
propia vida del narrador; luego aparece Hildebrando, el amigo de estudios y borracheras, y
se coloca insensiblemente en el centro de la novela, mientras el narrador se reduce poco a
poco a ser el testigo de la vida de Hildebrando y pierde consistencia real. Ahora bien, la
obra parece adoptar la forma novelesca sólo por razones convencionales, y a lo largo de
ella la experiencia vivida se impone sobre el rigor literario, la estructura de memorias,
que en las primeras páginas cabe como recurso narrativo, domina, finalmente y el lector
acaba comprendiendo que se trata de un libro de recuerdos, con personajes reales, muchos
de los cuales, por lo demás, figuran con sus propios nombres. L.a estructura del relato
no depende entonces de una lógica novelesca, sino que se deriva de la vida misma, con su
prosaísmo y su modestia, sus anécdotas y sus incidentes. Del mismo modo, la prosa carece
de pretensiones literarias, a las que el autor renuncia explicitamente, para narrar con el
estilo informal y cuasioral del contertulio ingenioso y dívertido, lleno de chistes,
anécdotas, versos, dichos y refranes. Es, pues, improcedente buscar en esta extensa obra
narrativa (más de 600 páginas) la perfección formal o el rigor en la estructura
dramática. El autor ha confiado más bien en el interés de los hechos mismos que se
relatan, y ha logrado, en efecto, un libro que se lee con placer, a ratos apasionante y
siempre entretenido, lleno del tradicional ingenio de la bohemia de café y que, en
especial para los antioqueños, tiene el gusto de la evocación y el reconocimiento.
Abelardo Ventura es a la vez el personaje principal y el seudónimo del autor de Misa
en tiempo de guerra. También aquí se encuentran, detrás de las diversas figuras de
la novela, seres reales del Medellín reciente, desde Mariano Ospina Pérez hasta
canónigos de la curia, pero resulta evidente que, más que el intento de reconstrucción
del memorialista, lo que mueve al autor es el afán de crear un mundo de ficción, una
verdadera, novela. Aunque se apoyen en seres reales, sus personajes actúan, piensan y
hablan según lo imponen las necesidades propias de la novela. Sin embargo, la obra
resulta a la postre decepcionante, a pesar de la innegable destreza del autor, que parece
perder.a veces la línea temática, para elaborar excesivamente motivos o personajes
secundarios. Y sobre todo, resulta fatigosa por un estilo que,
ante todo, se
muestra incongruente con el protagonista. En efecto, éste lo ha aprendido todo de la vida
y desconoce las letras, y sin embargo narra sus aventuras con un lenguaje llenó de
referencias eruditas, de cultismos, dé juegos literarios, de alusiones conceptistas a una
serie desbordada de autores, textos, obras de arte, etc. Aun aceptando las innatas
habilidades histriónicas y miméticas del personaje, la prosa consistentemente
ceremoniosa y envuelta, irónica y afectada, suena demasiado inadecuada, y más propia de
algún intelectual medellinense vanidosamente diletante, orgulloso de su cultura pero
capaz de burlarse de su propio refinamiento. Un ejemplo cualquiera muestra esta
combinación de inteligente complejidad y desmesura retórica: "Mientras tanto, el
paso diario por entre los pordioseros que imploraban limosnas, tendidos en el atrio de la
iglesia de la Candelaria, anticipando las liturgias que tenían lugar una vez al mes en la
gerencia de La Panacea, me familiarizó en forma permanente con los manierismos de la
mendicidad que presidían mis entrevistas con el señor Eslava. Un código exquisitamente
elaborado regulaba las transacciones entre los transeúntes y los concesionarios del amor
al prójimo que exploraban las aceras con carácter de exclusividad. Libres de los
intereses utilitaristas que constriñen los intercambios comerciales, las relaciones de
los menesterosos con sus bienhechores poseían el donaire, no, exento de elegancia, de un
acto superfluo en grado extremo. Tal como correspondía a la índole de los actores, el
papel del dinero, en aquella comedia, era ninguno. Las manos suntuosas que depositaban
billetes cuidadosamente doblados en recipientes de metal afinado por el impacto de las
monedas, no esperaban por la devuelta. Las manos furtivas que de tiempo en tiempo
cambiaban de sitio las dádivas aguardaban la caída del telón para iniciar el arqueo de
caja". Impecable, inteligente, brillante. Pero casi cuatrocientas páginas con el
mismo ritmo producen un efecto monótono; en este libro los personajes del pueblo , las
prostitutas y hasta la madre del protagonista hablan con el mismo estilo pausado de
ensayista y usan el mismo tono irónico del narrador.
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Primero estaba el mar se narra en
tercera persona y, aunque la solapa sugiere que la novela se basa en un incidente real,
toda subordinación a lo anecdótico ha sido superada por una construcción y un lenguaje
de precisión sorprendente. La prosa sobria, con un ritmo y una imaginaría controlados y
tensos, a la que no sobra un adjetivo, una frase, un parágrafo, refiere una inexorable
tragedia que se va desplegando, gesto a gesto, en todos los actos y en cada una de las
imágenes que presenta. El diálogo escueto, duro y absolutamente verosímil, la
descripción segura de un paisaje y una naturaleza que afectan a los personajes, la
firmeza de los trazos que pintan a los protagonistas y sus relaciones, son elementos que
influyen en una obra poseedora de la perfección, el dramatismo y la inevitabilidad de una
sonata clásica. Se trata de una breve narración que, sin que puedan advertirse
influencias evidentes o modelos obvios, evoca la desesperanza de las obras clásicas de
Onetti, la sutileza psicológica de Updike y esa compaginación de poesía y destrucción
que aflora en muchos de los relatos de Malcolm Lowry, y que está a la altura de ellos.
JORGE ORLANDO MELO
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