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La
libertad imposible
Jaulas
María Elvira Bonilla
Planeta, -Bogotá, 1984,-130 páginas
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La parálisis, la ausencia, la negación,
la caída y la nada son los hilos que estructuran la obra y los barrotes que se cierran
alrededor de la protagonista, Kristal Ventura, pájaro y caracol, pertenece a la larga
serie de figuras literarias que tratan de recuperar su memoria, su pasado y su vida desde
una anclada situación presente.
Un nombre, un tiempo y una acción abren el texto- Kristal Ventura, diez años y escribir,
tres elementos que son el germen de esta novela corta, dura y veloz. La situación
narrativa (el proceso mediante el cual el mundo ficticio está mediatizado a través del
narrador) parte, de esta protagonista paralizada, que después de diez años logra su
primera actividad no refleja: escribir su nombre. Y una identidad negada surge de dos
falsas e irónicas palabras: un nombre, Kristal, nombre que ella detesta (págs. 13, 33),
"impuesto, ajeno" (pág. 125), artificial en castellano, premonición del único
destino posible de esa sustancia opuesta a la elasticidad y a la maleabilidad, y un
apellido, Ventura, heredado como única e inalcanzable tierra prometida.
Nacer con la promesa de la felicidad, y de una exclusiva clase de felicidad, es la jaula
de Kristal Ventura - La vida y la literatura han mostrado con frecuencia que crecer es
doloroso, a veces imposible: en esta novela de formación y educación en negativo, la
protagonista sufre de evolución imposible y de libertad inalcanzable, es el pájaro
arrastrado de jaula a jaula hasta llegar al vértigo de la ventana no liberadora, de la
caída sin alas y el silencio voluntario.
En sus siete partes, la progresión mantiene el doble ritmo del lento presente paralizado
mezclado con referencias a acontecimientos que se suceden en grandes bloques temporales:
promesas de la primera comunión y el despertar de los quince años; la educación en los
Estados Unidos y Europa; la rebeldía, destrucción y hecatombe de los dieciocho años; el
encuentro con la orilla y un nuevo nombre (la Aguzadora, págs. 33, 75, 77, 126); la lucha
con la palabra: el desmoronamiento y la desbandada de la orilla y, por último, la
retirada final.
Numerosas voces se intercalan a lo largo de la narración. La primera persona que comienza
nombrándose, Kristal Ventura, narra cuatro partes (la primera, la tercera, la quinta y la
séptima). Un discurso narrado, indirecto libre, muy cercano a la protagonista, narra la
segunda, la sexta y el principio de la cuarta, que inmediatamente se convierte en un
"nosotros", la orilla, remplazo de la individualidad por una identidad plural.
A través de estas voces principales otros personajes del mundo de Kristal Ventura
aparecen y se distinguen no tanto por lo que son y lo que hacen sino por lo que dicen y
cómo lo dicen. Así, más que tramada por acontecimientos, la obra está trenzada de
voces, voces que prevalecen sobre el acontecimiento y la anécdota, eco de cada una de las
tres grandes jaulas (su familia, su grupo y su cuerpo). Además de la de la protagonista,
dos grandes voces dominan esta implacable progresión, más cercanas a la oralidad que a
la escritura: primero, la de la madre, a veces fundida con la del padre, que representa el
mundo de "la cantaleta", martilleante, hinchada de clisés, repetida a su vez en
otras voces de amigos de su misma clase y generación. Es una voz que cambia,
primero
llena de promesas y sonrisas y después de negaciones, presencia aplastante y apremiante,
voz que empuja al silencio. En segundo lugar, la de la orilla, la voz del mundo
adolescente en los comienzos de la década del setenta en América Latina, llena de otras
voces y otros héroes, la alternativa frente al mundo de la familia.
A pesar de que la orilla aparece como un torrente de vida y oralidad, desde el principio
se filtra cierto tono moral, que justifica los excesos y la desilusión y que no aparece
solamente en el recuerdo de la Kristal paralizada ni en la crítica de los adultos, sino
en la voz narrativa impersonal que hubiera debido ser neutra (págs. 76, 81, 84). Hay un
reconocimiento derrotado de que hasta el trabajo político del grupo no pasó de ser una
forma de resolver problemas personales o de vivir el rechazo a la propia clase,
transparente en calificaciones tales como "fatalismo de impotentes" (pág. 84),
"aquelarre de utopistas" (pág. 91) o en la aceptación de que lo único que
querían era "despedir ( ... ) la humanidad dolida que enjaulábamos" (pág,
91).
La música y las lecturas del momento anclan estas experiencias según fechas de edición
y auge de discos y libros. El Che, Violeta Parra, Paco Ibáñez, Joan Manuel Serrat, Joan
Baez, Boh Dylan, Mercedes Sosa, Rayuela y El perseguidor de Julio Cortázar, Diles
que no me maten de Rulfo, El túnel de Sábato, Cien años de soledad de
García Márquez y La muerte del estratega de Alvaro Mutis (págs. 83-84, 104), hoy
tan incorporados a una cultura sancionada y privilegiada, forman parte de su aturdimiento
y cobran un aire desteñido e irónico de incomprensibles resortes de rebelión.
Frente al nosotros de la orilla, el primer yo que se vuelve a individualizar, el de
Santiago, es predecible mente germen de destrucción (págs. 96-98). De ahí parte el
desmoronamiento, la "cadena de fracasos'" (pág. 104), las "nuevas
negaciones" (pág. 105) y por consiguiente las próximas jaulas: el militar, el
político, el proxeneta, el marino, el ejecutivo, el traficante. Ante ellas el
aislamiento, el suicidio o la parálisis son apenas equivalentes.
La novela es otra historia de artista adolescente, con las específicas características
de la adolescencia de la mujer, además de los grandes vacíos, como la falta de amor, de
sexo y de trabajo significativo. En la historia de Kristal se repite el caso de los
juicios sobre la orilla y también se filtra una intención poco convincente: el deseo de
ordenar el caos y de buscar causalidades y motivaciones. Cierto mensaje queda flotando: la
educación de Kristal es una lista de errores, de deformaciones y negaciones, y el
resultado de los abandonos, dadas estas premisas, parece que no pudiera ser otro. No hay
mucho tiempo ni mucha libertad entre el día en que la niña abandona los regalos sin
abrir (pág. 47.), el día en que destruye su vestido de presentación-integración (pág.
63) y el momento de sus definitivas negaciones (pág. 129).
En determinados momentos de reelaboración de rituales y ceremonias predominan la ironía
y la parodia, por ejemplo alrededor de la primera comunión, predestinación del
matrimonio (págs. 21-23), o en la definición de la educación de la mujer presentada
desde la perspectiva de los adultos (págs. 82-83). Por otra parte, hay situaciones
caracterizadas por su gran intensidad poética, como en la aparición del revés de las
cosas (págs. 65-66), ante la destrucción por la guerra total, cuando la fantasías lo
simbólico penetran en la experiencia real y el resultado es poesía: "la gravedad lo
halaba todo. El cielo raso entregó dócilmente lámparas y plafones, matas colgantes,
móviles sonoros y bajo el arbitrio de las fuerzas brutas se despertaron las polillas
adormecidas en los grumos de algodón de las sillitas y el sofá para deambular en desfile
por las alfombras y los paños. Era el baile de la mugre y los desechos tomándose por
propio aquel ambiente artificial, ahora territorio del moho y de la asepsia" (págs.
65-66). El clímax de lo ambiguo y lo poético corresponde a la última parte, última
lucha de Kristal Ventura con su verdad y con su escritura.
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Por encima de todas las voces, aparece y
reaparece la voz asfixiada de la protagonista en su recurrente intento de escribir, de
oponer el recuerdo y la escritura a la oralidad y al olvido: "hablar me resultaba
efímero y atraída por el vicio de tener que dejar constancia de todo lo pensado, lo
sentido, lo intuido, de esquelas y papelitos, hojas, sobres y libreticas siempre me he
rodeado. Bien poco me han servido. Ni una página he podido utilizar" (pág. 11). Su
deseo de ventura-escritura y su nombre deletreado son un renacimiento: "y escribir su
nombre fue como volver a nacer, renacer, y renacer fue recuperar su memoria y desvanecerse
en retazos de pasado" (pág. 33). Parte de su recuerdo es su deseo de ser y hacer
escritura. "me volví, sin opción tampoco, personaje de mi propia vida, aturdida por
las ganas de escribir, dejar constancia, de papelitos, esquelas, sobres y libreticas
empecé a rodearme, inútilmente, nunca lo podré, y esas ganas, las de entonces, las
viscerales, necesidad sin límites, me han llevado a levantarrne de la cama, deletrear mi
nombre, con esfuerzo, inocua voluntad la mía, escribir a pesar de mi dolor y nunca me
sentí tan impotente, tan acobardada, tan desahuciada, con claridad lo vi, aun me duele,
sin magias y sin velos, cada cosa en su lugar" (pág. 70). Regresar de su huida,
continuar el principio de recuperación de su nombre escrito a máquina después de diez
años, seguir escribiendo, es una amenaza (pág. 33) y es en cierta forma una
claudicación, porque Kristal está aliada con la muerte, el silencio y la nada, lejos del
recuerdo, de la vida y del libro: "yo sin lomos ni solapas" (pág. 29).
Kristal-Aguzadora se rompe dos veces. La primera diez años antes del comienzo del libro,
como se rompió sin alternativa toda la orilla. Ella no acepta la solución del epígrafe
("Todos sobrevivimos y cada día somos un poco más que cínicos"), la falta de
opciones que conduce al grupo a falsas integraciones o a soluciones traidoras, y escoge
otro tipo de deserción: el salto de Septimus en La señora Dalloway. Pero se rompe
por segunda vez diez años después, durante el texto, en
su lucha por recordar y
escribir. La escritura se plantea como deseo y desgarre, pero esencialmente como
liberación: "y yo sin poder contar y qué memoria y qué dolor y pensar que todo se
acabó" (pág. 99), "un día lo lograré, contar, escribir carajo, y se agarraba
con fuerza su garganta, quejándose, atrancada, atarugada, con un nudo por desenredar,
insistente hasta el final, obsesiva, repetida, escribir carajo" (pág. 107).
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Pese al deseo, aceptar la escritura es
aceptar la totalidad de la existencia, el riesgo y la integración: "contar mi
historia habría justificado mi dolor" (pág. 126). Así, tantea y niega la
posibilidad de escribir la historia que no está en este texto y que sólo se esboza en
una heroína, unas decisiones y un lenguaje agresivos y positivos (pág. 126), con
suficiente voz para sobrevivir, en oposición al silencio de Kristal Ventura. Imagina a
una heroína parecida a ella en muchos rasgos: "una heroína de carne y hueso, sin
grandes pretensiones, sin excepcionalidad, como la vida de cualquier mujer, sin aventuras,
protegida, sin exponerse demasiado, nada extraordinario, ni guerras, ni hazañas ni
epopeyas, mi heroína también tragando entero, la procesíón va por dentro" (pág.
126). Pero esta heroína "habría salido a la calle, lo habría intentado"
(pág. 126), al revés de Kristal, que no está lista para salir de su concha. La mujer
nueva, la otra que Kristal trata en vano de construir, solo existe por su ausencia
y en su deseo: "una mujer duramente tierna, tenazmente débil, amargamente dulce y
sólidamente frágil que jamás suscitaría piedad, ni caridad ni congoja, porque habría
sido capaz de hablar y hablar, exteriorizar lances y episodios, hablar sin tener que
vender su integridad al precio de este silencio, de esta quietud, se habría salido con la
suya, valiente para confrontar y aun sobreponerse a los tiempos más sombríos, tiempos
sombríos estos en que nos tocó vivir, porque ella tendría la fuerza que yo no tengo, el
tesón, la solidez" (pág. 127).
Como solución literaria, el libro existe en una voz que no es la de su protagonista sino
la voz narrativa de la autora, que recoge el proceso y lo ofrece como una posible salida,
humana y válida, aunque tal vez incompleta y con rasgos de ser una jaula más, porque la
certeza de que la escritura es libertad puede ser otro dogma, que remplaza a los que ha
sufrido Kristal. Sin embargo, al escoger la salida de la creación por el lenguaje, del
encuentro con la palabra prohibida a Kristal (pero arrolladoramente fluida durante las 119
páginas del texto) la autora supera, paradójicamente, las limitaciones de la palabra y
de la escritura de un personaje, definido por la ausencia de todo lo humano, excepto de la
memoria.
Kristal, la paralizada, no pudo escribirlo, pero el libro existe. Su intento de recordar
por la escritura fracasa y ella sigue siendo un libro desintegrado, desgarrado, sin lomo
ni solapas. Afortunadamente el libro no fracasa en la escritura de la autora, y la puerta
de la jaula (żo la jaula del lenguaje?) se abre en la historia que Krist,al Aguzadora no
puede escribir, en la heroína que ella no logra ser: la mujer que existe por fuera del
libro, de la parálisis, del silencio y del horror.
María Elvira Bonilla ha mostrado aquí, con excelentes decisiones literarias, el
negativo, de lo que esperamos sea la larga historia de su escritura afirmativa: la
exploración de tanta memoria y de tanta historia perdidas.
MONTSERRAT ORDÓÑEZ
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