Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 2,  Volumen XXI , 1984
 

Las letras colombianas se parecen más a las vacas que al cacao


Letras colombianas
Baldomero Sanín Cano
Colección Autores Antioqueños, vol. 1
Departamento de Antioquia. Medellín. 1984, 271 páginas

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El comentario sobre la reedición de un libro de Baldomero Sanín Cano es, sin duda, un buen lugar para referirse a uno de los más constantes y menos consistentes lugares comunes de la vida literaria nacional: que en Colombia no hay crítica literaria. Como ocurre con estos tópicos, su significado es siempre elástico y sirve para probar cualquier cosa: si lo que se quiere es decir que en estas tierras no nacieron Hipólito Taine o Benedetto Croce u otro autor de alguna teoría estética que haya influido en la creación o en la interpretación, la cosa es cierta: no hay críticos en Colombia y ésta no es la patria de Foucault -aunque, a ratos, pareciera-. También la tesis es cierta si se pretende comprobar diciendo que desde estos lares no se han arrojado nuevas luces sobre la Divina comedia o Thomas Mann o Federico Nietzsche o Antonin Artaud, a pesar de los ingenuos -cuando no patéticos- esfuerzos de algunos colombianos, no sólo para descubrir el agua tibia, sino de hacerlo por correspondencia y a (des)control remoto.
Pero en lo que respecta a la codificación, comentarios, elogios, diatribas y valoraciones de la producción nacional, la tesis no parece tan consistente. El hecho es que sí existen una historia y una crítica de la literatura colombiana y desde tiempos remotos tenemos una tradición de estudios críticos y de registros bibliográficos salpicada de polémicas, y compuesta con los siempre inevitables ingredientes de clubes de elogios mutuos, crónica menuda, academismo, francotiradores, contadores públicos juramentados de las letras y juiciosos comprobadores de datos, como sucede en las elítes culturales de cualquier país.
Una crítica de las proporcione justas de nuestra creación. Y pacienzuda: ¿cómo no reconocer el minucioso trabajo de los compiladores, que han codificado exhaustivarnente la obra de algunos de nuestros escritores? ¿No es un admirable trabajo el de Héctor Orjuela al compilar dos tomos de obra inédita de Rafael Pombo, elaborar la biografía y la bibliografía correspondienies y escribir un meritorio texto crítico? ¿Y no ameritan igual reconocimiento las labores de Guillermo A. Arévalo con Luis Carlos López y Eduardo Cote Lamus, de Pedro Gómez Valderrama con Jorge Gaitán Durán, de Miguel Escobar con León de Greiff, y etcétera y etcétera?
Si se concede que no es esta labor arqueológica la propia del crítico, que su tarea consiste en el análisis, en el esclarecimiento, en la interpretación, bastaría señalar los estudios de Hernando Valencia Goelkel sobre Porfirio Barba Jacob o sobre Eduardo Cote, de Juan Gustavo Cobo Borda sobre Álvaro Mutis, de Marino Troncoso sobre Manuel Mejía Vallejo, del muy nuestro Ernesto Volkening sobre Gabriel García Márquez, y los trabajos de síntesis, como los realizados por Eduardo Camacho Guizado y Rafael Gutiérrez Girardot para el Manual de historia de Colombia, para mostrar un respetable corpus crítico de nuestras letras. Por otra parte, si se adscribiera la función crítica, con exclusividad, a los intentos de hacer la historia de la literatura colombiana, también puede enumerarse una lista de autores que, incluso, llevaron su celo histórico hasta el punto de convertir sus registros en inventarias taxativos de todo lo escrito en el país, lo cual tiene la desconsoladora ventaja de que el pasado no le depara a la sensibilidad de nuestro tiempo ninguna obra maestra oculta o desconocida. Pero si la función crítica se adjudica al otro extremo de la cuerda del historiador, a esa visión diaria, centrada en la actualidad, sin perspectiva de futuro o pasado que realiza el periodista o polemista o el simple cazador de cabezas, también en Colombia ha habido de estos géneros de crítica: qué decir de las sesudas y anacrónicas y sarcásticas polémicas de Guillermo Valencia, o los duelos en verso sobre cuestiones literarias entre Caro y Pombo; o qué decir de los textos parricidas de Tejada, de Carranza, de los nadaístas; o qué decir de la agudeza y la claridad que desde el quehacer periodístico han tenido Hernando Téllez o Germán Vargas o -el mayor de todos- Baldomero Sánín Cano.
En fin, todo indica que la producción literaria colombiana ha sido codificada y valorada; si ésta es la función de la crítica, hay que admitir que la tarea se ha cumplido. Buena o mala, tenemos nuestra crítica literaria. Y aunque a la hora de hacer la crítica de la crítica pueden hallarse blandura, mediocridad, convencionalismo, también pueden encontrarse intuición y claridad; en menor grado, como en todas partes. Tenemos la crítica que merecemos y, por milagro, a veces mejor de la que merecemos.
Una crítica mejor de la que merecemos, en ocasiones, como en Letras colombianas, uno de los pocos textos que don Baldomero Sanín Cano escribió como libro, cuya primera edición data de 1944 (México, Fondo de Cultura Económica) y que acaba de reeditar Extensión Cultural de Antioquia añadiéndole un apéndice con algunos de los otros muchos artículos que don Baldomero escribió acerca de autores colornbianos.
Los cuarenta años que pesan sobre la primera edición de este libro parecen no haberío afectado sensiblemente. Si, como lo han dicho Juan Gustavo Cobo o Germán Arciniégas, don Baldomero fue un colombiano que se anticipó a sus contemporáneos -tantas generaciones cuantas pueden caber en 97 años de vida-, forzosamente se sigue, y se comprueba con este libro, que Sanín Cano es nuestro contemporáneo. Sanín Cano nació en Rionegro en 1861 y murió en Bogotá en 1957. Maestro de escuela en su nativa Antioquia, bibliotecario en Bogotá, allí mismo gerente del tranvía de mulas, secretario del presidente Reyes, ministro encargado, diplomático, lector de la Universidad de Edimburgo: ninguna de estas tareas lo caracteriza tanto como su actividad de escritor, ejercida en las páginas de la Revista Contemporánea, La Nación, de Buenos Aires, y El Tiempo, de Bogotá. Esta labor justifica los elogios de toda la intelligentzia latinoamericana de su tiempo, como dice Cobo Borda: José Carlos Mariátegui, Gabriela Mistral, Mariano Picón Salas, Francisco Romero, Pedro Henríquez Ureña, Juan Marinello. Diez libros publicados en vida, compilaciones de lo que iba escribiendo, sin grandes pretensiones, con claridad y agudeza, su biografía de un párrafo nunca quedaría completa si no se cuenta su relación con Silva y la influencia que ejerció sobre José Asunción, la más legítima: la influencia de la amistad.
Letras colombianas es la óptima demostración de que, en nuestro caso, tienen más tino estas lecturas de síntesis que los ladrillos históricos que desde Vergara y Vergara y Antonio Gómez Restrepo se repiten hasta nuestros días.
No necesita extenderse en honduras lexicográficas, ni en la exploración de influencias; no apela a citas convalidadoras, no es excesivo ni en el elogio ni en el ditirambo: es algo mucho más que eso: es un lector inteligente, perceptivo, que ejerce, como decía Hernando Valencia Goelkel, con estilo que tiene "la impureza utilitaria de la docencia".
En el capítulo introductorio, Sanín hace un balance de su materia: "La literatura colombiana no es una planta indígena como las patatas o el cacao, sino un organismo trasplantado como la vaca o el trigo a estas regiones por la conquista española". Y aclara: "No por esto debe pensarse, como algunos quisieron darlo por sentado, que nuestra literatura carece de rasgos propios estrictamente nacionales. Los tiene, sin duda, entreverados en la fronda de influencias anexas al origen hispánico de que se ha hablado. Estas influencias (...) son francesas en su más significativa y mayor parte y también son inglesas en mucho menor escala". El resumen de Sanín Cano parte de la Colonia y llega hasta el modernismo, pero en el anexo se le han agregado algunos textos que abarcan épocas posteriores, como en los casos de León de Greiff y Luis Carlos López.
Meritoria reedición de un libro de Baldomero Sanín Cano, ese autor que, como dice Hernando Valencia Goelkel, le habló a Colombia "un lenguaje serio, un idioma para adultos, severo y sin halagos, nacido de un entrañable respeto que no podía incurrir en la pedantería pero tampoco podía caer en la adulación".

DARIO JARAMILLO A.