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José
Luis, del laberinto no salís
El Laberinto
José Luis Díaz Granados
Edición definitiva, Esquina 2000.
Bogotá,, 1984, 198 páginas
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José Luis Díaz Granados nació en Santa
Marta en 1946. Ha sido finalista en varios concursos de poesía, además de ser
comentarista bibliográfico.
El laberinto es su único libro de poemas, del cual existen cinco ediciones, casi
todas aumentadas, a excepción de la última, que parece ser la definitiva.
Después de la primera lectura del libro, la sensación que nos queda es de desconcierto.
La inexactitud y vacuidad con que está elaborada la casi totalidad del material, nos hace
pensar en la tolerancia de nuestro país literario. No se observa el espacio, la emoción
elemental del fenómeno estético, nada se revela. La enumeración escueta de aspectos del
medio que nos rodea, no da la medida que exige el arte poético. La poesía no es lo
inmediato; ella responde a un orden más profundo, que sólo se percibe si se tiene
intuición. Construido con un entusiasmo al que hay que hacer referencia, cae en un
lenguaje melifluo que en algunos casos nos recuerda al piedracielismo, la panelita y el
romanticismo retardado que lleva a una proyección despistada del estado real de las
cosas:
SONETO A ELENA
Elena: como un céfiro
destella
tu nombre en los más dúlcidos momentos:
parece que se abrieran firmamentos
porque tiene la música más bella.
No se percibe ingenio: sólo el
empeño de escribir, escribir, dar vueltas en torno de la lírica, pero con una pobreza
que resulta humorística en ocasiones:
SON
Escalona,,califa vallenato
decíle a tu acordeón
que me regale una fotografía.
El lector se enfrenta al flagelo de
largas retahílas, una sarta de balbuceos que hacen temer por el poeta. Intentos un tanto
experimentales en el manejo de la lengua sin que se sienta la petición que de ello hace
el mismo poema. En el buen poema siempre existe un eficaz maridaje entre la distribución
formal de los elementos del lenguaje y el objetivo estético íntimo. Una interacción
equilibrada, entre la realidad próxima y esa otra a la que se quiere llegar. Cuando una
sobrepasa a la otra, puede decirse que el poema se desborda, y resultan cosas como ésta:
Palabras cortadas por la
dura locura:
(zolo puedo ofreserte mi loka
decezperasión, orrivle komo
eztaz letraz lokaz:
lla no pienzo, no yoro, no kanto,
no ciento hamor ni umor porke tengo un kangrejo
en mi kueyo ke me ase gritar,
estimular cilenziosamente i llo
me ezkondo en mis palavraz
i te vusko en bano en bano, en
bano porke zolo puedo
ofreserte lokura).
En otros la expresión no es más que
a del versificador popular: rimas ingenuas, con movimientos retóricos que salen con
esfuerzo y con un tono parecido al del bolero:
Amé a mi padre
silenciosamente
como aún recuerdo, con amor ardiente
y Dios celoso, me lo arrebató.
Campanita melodioso, luz que arrulla mi existencia:
regálame tu presencia un solo
instante, preciosa. Yo solo quiero una cosa para la alegría obtener,
te lo dejo ya entrever y lo digo
con dulzura: que me quíeras con locura y
que te dejes querer.
En contraste con los poemas rimados,
existe en otros una inhibición del ritmo, una discordancia en la música que no adecua
ningún universo poético:
SOLOS
Sobre el tronco abandonado
en la carretera estábamos.
Bajo una noche estrellada, íntima, pueblerino,
bebíamos ron.
A la espera de la chiva que jamás llegaba dialogábamos.
Con el sabor del sancocho en
la garganta callábamos.
Y al callar nos uníamos, solitarios, y aguardábamos.
En la última parte, el libro trae
algunos textos en prosa, con un aire confesional, que no tildaría de cuentos por su
estructura, a los que no se les puede negar cierto trasfondo, con un acento que parece
perseguir más la afirmación vital del poeta que la significación literaria, pero que
logran mantener la expectativa del lector. Creo sinceramente que si la obra de Díaz
Granados tiene posibilidades, las tiene dentro del ámbito de la narrativa. Se percibe
sensibilidad para reinventar la cotidianidad de una manera directa, detallada con la
visión del narrador.
El laberinto es un libro sobre el cual no hay que hacerse muchas ilusiones, en el
que sentimos las necesidades vitales de afianzamiento del escritor con una exaltación que
nada hace por la obra, puesto que en ella no se logra insinuar algún signo de aire
sugestivo, que pueda tenerse en cuenta, dentro del escaso material considerado válido,
después de la alharaca nadaísta.
FERNANDO LINERO
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