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La
ira de Aguirre
Cuadro
Alberto Aguirre
Sin editor. Medellín, septiembre de 1984
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Hay rigor. Sí. Es agudo. Sí. Mordaz.
También. Certero. Sarcástico. Informado. Audaz. Osado. O será que decir la verdad con
cierta exactitud en un país de medias tintas se convierte en osadía? De todas formas:
veraz. Alberto Aguirre columnista del periódico El Mundo, de Medellín, autor
durante los cinco años de existencia del diario antioqueño de 760 cuadros, de los
cuales en este libro sólo se reproducen 200 (cuadros de provincia, cuadros de región,
cuadros políticos, cuadros intelectuales, cuadros cultos, cuadros de miseria, cuadros de
violencia, cuadros de injusticias, cuadros de gentes, en fin cuadros de este heterogéneo
país que es Colombia), consigue desafiar -como, según parece, es, además, su
intención-, la retórica, el facilismo y los arcaísmos de "este país circular y
reiterativo".
Saturado, harto y con tono rabioso, Aguirre va armando estos cuadros, que no
mosaicos de costumbres, de escasas 50 líneas cada uno, por medio de un cuidadoso trabajo
de descarte: desechando noticias, emociones y vivencias... para presentar finalmente un
texto redondo, construido con arquitectura: armado. Si bien esta búsqueda de redondez
mediante la decantación logra salvar las columnas de su inmediatez periodística
volviéndolas recuperables para un texto menos efímero y de mayor permanencia como puede
ser un libro -ya no hojas de papel periódico, sino empastado, perdurable: un libro de
recopilación-, cae en la trivial tentación de tantos periodistas-columnistas del país:
la editorialización. Lanzar conceptos por aquí, conceptos por allá. Juicios por aquí,
juicios por allá. Sentencias por aquí, sentencias por allá, sin asidero en el hecho
tozudo, fundamento de todo trabajo verdaderamente periodístico. La pretensión de
depuración, de limpieza, de pulcritud, de Aguirre como reacción atemorizada para no caer
en la banalidad de las anécdotas del hecho concreto se le devuelve como un bumerán al
entregarle al lector unos cuadros pontificadores, privados de ese delicioso picante,
sabroso cuando su dosis es exacta, que le imprime al periodismo la circunstancia, la
anécdota, la referencia inmediata, la coyuntura oportuna.... sazón que en éste sólo da
el contacto directo y permanente con la vida, pero no la generalización reflexiva, la
editorialización.
Si bien de este esfuerzo expurgador han resultado algunos brillantes libros de aforismos
(piénsese en Elías Cannetti, Luis Cernuda, César Pavese y, entre nosotros, Colacho
Gómez), Aguirre se queda a mitad de camino entre el aforismo y la columna periodística,
faltándole más elaboración, mayor abstracción en tendida como síntesis de vida,
produciendo entonces, finalmente, como resultado, un libro que claramente le dice al
lector qué piensa el señor Alberto Aguirre, periodista de El Mundo, suponemos nacido en
Medellín o en sus alrededores, sobre lo divino y lo humano, pero nada más.
Pasa, pues, con este libro como con la arquitectura de estilo internacional que, agobiada
por la pretensión universal, pierde el sentido del entorno, de lo concreto, y así como
se diseñan edificios que podrían ser colocados en cualquier parte del mundo sin afectar
para nada la vida de sus usuarios ni de la ciudad que los soporta, así estos 200 Cuadros
han podido ser escritos en cualquier lugar y en cualquier momento, organizados bajo
títulos tan generales, como: la violencia, la miseria, la lucha obrera, la histeria
política, Cuba, Nicaragua, una vida latente, el arcaísmo de un país y su necrofilia,
presencia de la mujer, el hosco imperialismo, flojos intelectuales, las fofas estirpes...
Los Cuadros de Aguirre dejan, pues, al lector, al finalizar la lectura, esperando
encontrarse no con un punto y aparte sino con un arrogante: HE DICHO...
MARÍA ELVIRA BONILLA
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