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Historia
de un cazador sin presa, sin lugar, sin existencia
La caza
Jaime García Maffla
Sin editorial, Bogotá, 1984, 35 página
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A nadie se le ocurriría, al ver este
delgado folleto, que contiene un poemarío que fácilmente, en la letra y con la
disposición que se suelen editar los poemas, cubriría por lo menos doscientas páginas.
En la realidad, el folleto financiado obviamente por el propio poeta, sólo ocupa 35
páginas repletas con una musical, melancólica y etérea "aventura" que podría
ser el guión de una película metafísica situada en un vago país de ensueño con
estaciones, ángeles y vendimias, bruma, barcas cargadas de frutos y flores, y tilos,
rosas y cerezos, por el que flotaríamos guiados por un pálido y melancólico, pero nada
silencioso, vate.
Hacia la mitad del poema, García Maffla confiesa: "Podría extenderme más, sin fin/
y hablar, hablar haciendo versos, / Seguir haciendo versos como seguir
hablando". La verdad es que la palabra FIN (seguida por una triple dedicatoria a
Hernando Valencia Goelkel, Álvaro Mutis y Eduardo Camacho Guizado) no convence. El poema
podría seguir indefinidamente y La caza sería apenas la primera parte de un
épico que superaría en extensión la obra de Dominguez Camargo o de don Juan de
Castellanos. Estoy seguro de que en este momento García Maffla, si está hablando, lo
está haciendo en verso, porque ya no puede hacer otra cosa.
Así, el cazador, con su armadura de versos, logra lo que quiere: "¿Qué puede a mí
importarme todo? / Mi aspiración en vida es conseguir / Que nada al fin me toque".
Nada puede tocar al poeta que sólo dialoga con su alma y se autocompadece, que se ve como
una llaga abierta.
Estamos en un mundo irreal, en el que las mujeres son más bien arcángeles:
Y viene ahora una
joven, la hay:
Es azulada y blanca y rubia y suave
Y es ligera y alada y de pies de rocío
Y se posa en la caricia como lo hacen las hadas,
El don para que un hombre fantasee;
Una joven alada y tersa y grave Que nada dice y que todo lo da
con el aliento.
El cazador expresa continuamente su
deseo de pintar el mundo que imagina, un campo cubierto de flores y huellas, por ejemplo:
¿Cómo reproducirlo?
Si un tapiz fuera.,
Los ojos de las niñas, El brillo de las armas,
La sangre de la víctima Y la risa eficaz
De los guerreros diestros; El oro de los hilos
0 el gris del pensamiento,
Y el aire, el aire en las mejillas
Así, todo se volatiliza y las
constantes dudas del poeta que se cuestiona a sí mismo nos obligan a dudar, no de la vida
misma, como él, sino de una poesía voluntariamente ambigua y gaseosa, que se
autocalifica, no sin cierta razón, como una "equivocacion:
Imaginario todo,
Imaginado
Más o menos sentido, Igual a un despertar.
¿Y es este el sueño o es esta la vigilia?
¿Esta la realidad o es la otra vida"?
El héroe o antihéroe, el cazador,
plantea todo el tiempo su propia inexistencia, paralela a la del mundo: "Nadie eres,
acaso un manojo sensible / De temores y nervios, quimeras y deseos /O desvelos, algo que
ya no existe, en suma".
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Su estación favorita, por supuesto, es
el melancólico otoño de las vendimias, pero que tampoco existe: "Y es el otoño, un
otoño interior, / Sentido por igual que imaginado, / Las hojas transparentes, amarillas,
cayendo, / Un otoño adorado pues no existe". Si el cazador, y por supuesto la presa,
son inexistentes, el mundo que los rodea también lo es, algo que dentro del poema es del
todo lógico, pero que sería absurdo si dijéramos lo mismo del mundo real. Este peculiar
cazador, que probablemente se desmayaría al ver una gota de sangre, nos propone
precisamente esto: el mundo no es el mundo sino algo que ellos, los demás, la jauría,
fabrican.
Al cazador lo cobija la nostalgia. Es la nostalgia, que además lo sostiene, lo que
"me hace casi invisible, casi inaccesible, / Intocable del todo". Lo mismo
sucede con la caza. ¿La caza de qué? ¿Del mundo, del amor, de la poesía? Es difícil
responder a esta pregunta, porque la caza, como todo lo demás en el poema, es y no es.
Estos podados versos, que "suenan" bien, no siempre son un milagro de elegancia
o de exactitud.
Hay un ángel, lo hay
Y aletea, aletea
En torno a mí
Tan débil, débilmente,
Mas ignoro hacia dónde
Que apenas se me acerca.
García Maffla es aún más metafísico
que Giovanni Quessep. Los dos hacen una poesía correcta, fruto del mundo académico, que
en este medio no incluye literaturas en otros idiomas, pero sí los clásicos españo les
y ciertos poetas de corte abstracto como Salinas o Guillén (no Cernuda, ni Huidobro, ni
Vallejo) que le gusta a la gente, seduce a los antologistas y tiene el pequeño problema
de que no dice nada.
Otro enfoque sería posible. La caza no sería la iniciación de un épico sino un
capítulo más en el sonoro y vasto poema que este versificador de casi inaudible voz ha
venido elaborando desde que "cometió" sus pri meros poemas. Una usted los
poemas anteriores de García Maffla y tendrá la primera parte de la gran
"Caza". Tomo al azar dos, Fragmentos de memorias, de 1977, y Reclamos
del bufón, de 1981, y yuxtapongo unas estrofas:
La vida imaginada
Con sus perdidos sueños,
Invitan mis recuerdos
A su estación gozosa.
Mi obligación ha sido aparecer
Como el más obsequioso y limpio
pero no soy así, no soy
como han querido ustedes que sea el mundo,
porque llego a mi lecho a desahogarme,
a olvidarme de que ustedes existen...
Así, pues, tenemos La caza I, La
caza II y quedamos a la espera de La caza III.
NICOLÁS SUESCÚN
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