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Florida,
explayada, frondosa palabra
Epitafio de Piedra y Cielo... y
otros poemas.
Carlos Martín
Serie La Granada Entreabierta, 35
Instituto Caro yCuervo
Bogotá, 1984, 139 páginas
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Carlos Martín es uno de los poetas de
Piedra y Ciclo, esa generación que irrumpió en el país a mediados de los treinta. Y
aquí, en este libro de elegías, enfrenta como temas a sus compañeros de generación y a
algunos otros personajes -Bernardo Ferreira, Gaitán Durán, Cote Lamus, Alzate Avendaño-
para colocarles unas "lápidas de afecto".
Los mejores poemas de la literatura colombiana han sido escritos por jóvenes; la mayoría
de los libros y revistas de poesía que se publican en el país hoy en día son hechos por
jóvenes; con la única excepción de Jaime Jaramillo Escobar, todos los premios
nacionales de poesía han sido adjudicados a poetas menores de cuarenta años. Por todo
esto, son raros los libros que se publican de poetas mayores, como este de Carlos Martín,
poeta joven hace más de cuarenta años.
Escrito dentro de un esquema que hizo célebre Edgar Lee Masters -a quien rinde explícito
homenaje en dos hermosos epígrafes, uno de los cuales le sirve de leitmotiv: "todos
están durmiendo en la colina"-, este Epitafio de Piedra y Cielo sirve para
confirmar el repertorio de virtudes y defectos de la poesía colombiana, de sus rupturas y
avances, con el rasero de los poemas de un escritor maduro y culto.
Si se observa la poesía escrita en español como un todo, puede verse cómo el
piedracielismo marca en Colombia el tránsito del reino de Rubén Darío al reino de
Neruda. Ellos encarnan en Colombia lo que a otros niveles fueron Cernuda y Salinas, Lorca
y León Felipe, Gil Albert y Hernández. Las vanguardias habían pasado por Colombia casi
sin romperse ni mancharse; Valencia era el candidato a la presidencia y hacía treinta
años había construido sus poemas. Piedra y Ciclo tenía por qué sentirse nuevo, y no es
extraño ahora lo parece- que Eduardo Carranza proclame en el prólogo de este
libro: "Debo decir, de paso, que yo, orgulloso capitán de Piedra y Cielo, profesé
siempre, contra viento y marca, la ufanía de mi generación poética, a la que considero,
como tal generación homogénea, la más importante en la historia de la poesía
colombiana". Carranza hace la lista de piedracielistas como para demostrar lo
indiscutible. Esas cosas no se discuten. A otro tampoco le discutiría que la más
importante fue la generación de Charry, Gaitán, Cote, Mutis, Rogelio Echavarría,
Arbeláez, Rojas Erazo. También indiscutible. Lo esencial de la afirmación de Carranza
es ese esprit de corps, esa cohesión de grupo que sólo se repetirá después con
los nadaístas y que para las circunstancias de hoy no parece ni útil ni posible a los
poetas. En las elegías de Carlos Martín, esta solidaridad piedracielista se define como
"aquel inmenso corazón unánime, en busca de una melodía coral".
Carranza, en la nota inicial, enuncia los nombres que componen la generación, comillas,
más importante de la poesía colombiana. Ellos son "Tomás Vargas Osorio, Jorge
Rojas, Gerardo Valencia, Antonio Llanos, Aurel o Arturo, Darío Samper, Eduardo Carranza y
Carlos Martín". A cada uno dedica Martín su elegía en este libro.
De los nueve, para el lector de hoy tienen algún significado Eduardo Carranza y Aurelio
Arturo (en caso de que se admita que éste era piedracielista). Los demás, Martín
incluido, forman esa segunda línea, borrosa, que completa la escena con la comparsa. Esto
no quiere decir nada con respecto, a su obra en sí, y apunta más al grado de difusión y
conocimiento en la hora actual de la poesía colombiana. Además, el hecho tiene otra
connotación: durante este siglo cada diez años se han ido relevando grupos
generacionales de ocho o diez poetas de calidad muy digna. Nada grande, salvo cuatro o
cinco momentos, cuatro o cinco nombres en total. Pero sí un número apreciable de buenos
poetas, de hombres que poseen su pequeña isla de lenguaje más o menos conjugaba con las
retóricas que tuvieron la (des)gracia de asimilar mientras fueron poetas jóvenes.
En este sentido, Carlos Martín, uno de los diez piedracielistas, es un caso típico, y su
último libro un buen ejemplo. Como ocurre con diez o más poetas por generación, no hay
en este libro torpezas ostensibles; hay oficio de poeta. Como ocurre con diez o más
poetas por generación, en Martín también se hallan hermosos versos, incluso hermosos
poemas.
Hermosos poemas como los primeros del libro, la primera parte, donde el tono elegíaco
alcanza su mayor altura, sin los compromisos del coloquio o de la narración. Porque,
aunque antes de Piedra y Cielo, Luis C. López y De Greiff lograron magnífica poesía
narrativa, el relato dentro del poema nunca fue el fuerte de los piedracielistas. Cuando
Martín siente el deber de la precisión biográfica, sus poemas decaen. Adicto a la
enumeración, que hace excesiva su poesía, la narración se recarga por yuxtaposición de
elementos, acumulando listas. Pero si la gracia narrativa no es la virtud principal de
esta poesía, el tono lírico sí lo es:
Ahora te contemplo
entre violetas
hermoso como el mar
Ħoh! difunto con los cabellos verdes
llenos de golondrinas y los hombros inmóviles de piedra
donde encuentra el misterio su
perdurable apoyo y donde tiembla el
llanto como un poco de agua sobre
una escalinata derruida.
Si el tono elegíaco da sus mejores
registros, si la enumeración y la precisión biográfica rompen la calidad lírica de
estos poemas, en ellos se observa también -otra característica más o menos constante de
la poesía colombiana- una enorme facilidad y gusto por la fulguración de la imagen
poética. País de oradores, los tropos se acumulan como enorme arsenal para alimentar una
retórica pública y formal. A su medida, los poetas contribuyen en el inocente y
arriesgado oficio de indagar el lenguaje; a veces en su jactancioso virtuosismo de
sacarles fulgores a las palabras. Lo cierto es que la imagen, la originalidad de la
imagen, el brillo de la imagen, continúan hasta hoy como preocupación central de muchos
poetas colombianos y, en este sentido, el piedracielismo en general, Carlos Martín en
particular, forman parte de una tradición vigente. Acaso los poetas de hoy, por lo menos
los que proclaman que la poesía es imagen o no será, inspiren sus imágenes en los
demonios, en el miedo, en la noche, y no como Carlos Martín, en "los amigos
celestes. La presencia del viento. El ala del crepúsculo". Pero, acaso, ésta sea la
única diferencia, que reivindica cierta vigencia de las principales habilidades
piedracielistas.
Además de las elegías, este libro contiene una última parte, con nota preliminar de
Belisario Betancur en la que éste cuenta que conoció a Martín "como mi
superiorjerárquico en una oficina jurídica de ministerio de Educación". Se trata
de poemas de diferentes épocas, en los cuales se ponen de presente las calidades
líricas, los tics enumerativos y -como dice Carranza- la "florida, explayada y, a
menudo, frondosa palabra poética" de Carlos Martín.
DARÍO JARAMILLO A.
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