Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 2Volumen XXI , 1984
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Durante seis años Jose Francisco Socarrás fue rector de la Escuela Normal Superior, quien con sus compañeros de docencia volcó al país una nueva metodología pedagógica e investigativa.


La Escuela Normal Superior: círculo que se cierra

JUAN MANUEL OSPINA
Economista, realizó estudios de postgrado en historia.
Subgerente Cultural del Banco de la República
FOTOGRAFIAS: MARIO RIVERA

TABLA DE CONTENIDO
COLOMBIA DESPIERTA...SE EDUCA
CUANDO LAS CIENCIAS Y LAS HUMANIDADES SE ENCUENTRAN
OBJETIVO:  LOS MAESTROS UNA ELITE DE ESPIRITU
LA NORMAL, UN TALLER DE CONOCIMIENTO
LOS MAESTROS:   ARTESANOS ESCOGIDOS CON LA LAMPARA DE DIÓGENES
LA NORMAL, INTERDISCIPLINARIDAD ACTUANTE
¿QUE DEJO LA ESCUELA NORMAL SUPERIOR?
SE CIERRA EL CIRCULO

Embozada, disimulada en un artículo de la ley 39 de 1936, por la cual se crea en el Ministerio de Educación Nacional la Sección de Publicaciones, se autoriza el envío de profesores universitarios al exterior y se dictan otras disposiciones en el ramo de educación", nació una institución que luego tendría fulgurante y corta existencia: la Escuela Normal Superior.
Hoy, casi medio siglo después de esa fecha, la recuerda José Francisco Socarrás, tal vez porque en sesenta años de actividad permanente ha tenido presente siempre un mismo tema, podría decirse que una obsesión, tratado de mil maneras diferentes: el hombre colombiano: sus características, sus problemas, su formación. Este gran colombiano, grande en su ser y en sus realizaciones, Socarrás, con 78 años, es un costeño auténtico, vallenato para más señas, a pesar de una vida vivida en el altiplano bogotano - llegó a la capital a los 14 años para terminar el bachillerato en el Colegio del Rosario, donde luego culminaría sus estudios de medicina -, desde donde se ha asomado, inquisidor y optimista, sobre un país que siente, que comprende, que quiere, con el cual y por el cual sufre esperanzadoramente, porque lo conoce en su historia, en su estructura social y en su complejidad psicológica. No en vano fue pionero de los estudios psicoanalíticos en el país: en 1930 presentó la primera tesis escrita en Colombia sobre psicoanálisis. Buena parte de su vida se ha movido alrededor de la cátedra: psicología y pedagogía, disciplinas que en él, en su reflexión y en su acción, se han hermanado, enriqueciéndose y complementándose.

Este interés vital, esta preparación intelectual alcanzarían brillante materialización durante los casi ocho años, de 1937 a 1944, cuando desde la rectoría ejerció el papel de gran motor de la recién creada Escuela Normal Superior, cargo en el cual había sucedido a Aurelio Tobón. José Francisco Socarrás, rector de la Escuela Normal; la Escuela como maduración de un esfuerzo y signo de una nueva época en el desarrollo del país, son los dos protagonistas de esta crónica. En él y en ella la formación y la preparación de los colombianos y específicamente de sus maestros, alcanzaron una nueva dimensión al asumirse no como simple técnica de entrenamiento tan cercana a teorías funcionalistas aún de moda, sino como un gran esfuerzo para abordar al país y a la ciencia en su totalidad y, por consiguiente, en su complejidad, entendiendo que la búsqueda de la verdad transcurre por vías cognoscitivas diferentes aunque finalmente convergentes y que ella no se realiza idealmente, platónicamente, sino a partir de realidades concretas: "Colombia, siempre Colombia", como gusta enfatizar Socarrás.

COLOMBIA DESPIERTA... SE EDUCA

En los años veinte prevalecieron en Colombia los esfuerzos modernizadores en diferentes frentes, dándose entonces pasos decisivos que inarcarían profundamente lo que sería el discurrir nacional en este tormentoso y aún no aquietado siglo XX. En el campo específico de la educación -de la formación de los colombianos y de sus formadores, tanto maestros primarios como profesores secundarios- se trabajó con una visión pragmática: aprovechar lo logrado en otros países, Alemania específicamente, para traer de allí una simiente que, en contacto con una realidad tropical en creación (que no en desarrollo), daría sus frutos madurados en consonancia con la circunstancia colombiana. Fueron años de marcada apertura hacia el exterior, para airear al país, para ayudarlo a dejar definitivamente de lado muchos de los lastres decimonónicos que ni aún las frecuentes guerras habían logrado liquidar. Se necesitaban nuevos enfoques para observar, nuevas propuestas para pensar, nuevas voces para escuchar.

El decreto 1595 del 22 de noviembre de 1923, firmado por Pedro Nel Ospina en desarrollo de la ley 57 de ese mismo año, dispone la contratación de los servicios de "una misión pedagógica extranjera" para que, junto con otra de pedagogos nacionales, "estudie todo lo concerniente al ramo de instrucción pública y proponga las reformas que estime convenientes". Cuenta Luis Antonio Bohórquez Casallas, en su obra La evolución educativa en Colombia, que "a fines de 1924 llegó la misión alemana, compuesta por Carl Glockner para normales y primarias; Karl Decker para colegios de secundaria, y Anton Eitel para la universitaria. Dichos técnicos, pertenecientes al catolicismo (...) estuvieron asesorados por los distinguidos colombianos Emilio Ferrero, Gerardo Arrubla y Tomás Rueda Vargas (...)". El proyecto no se convirtió en ley, por oposición parlamentaria y, según Socarrás, "la Iglesia consideró que la propuesta de esta misión iba muy adelante". En el artículo 40 se proponía la creación en Bogotá de dos institutos pedagógicos, uno para varones y otro para mujeres. En Tunja, al año siguiente, 1926, Rafael Bernal Jiménez, como secretario de Educación Pública, trae al alemán Julius Sieber para que dirija la Escuela Normal de Varones, dándose así comienzo al proceso que culminaría con la creación de la Escuela Normal Superior. En Bogotá el recién creado Instituto Pedagógico Nacional para Señoritas, sería otro soporte de la futura Normal. Ambos tienen sus orígenes en el fallido proyecto de ley del 15 de octubre de 1925.

Adviene el régimen liberal que en muchos aspectos habría de retomar los esfuerzos iniciados en el decenio anterior, profundizándolos y en ocasiones replanteándolos para adecuarlos a sus postulados políticos y a los nuevos tiempos que vivía el país. En la Universidad Nacional, con la creación de la facultad de ciencias de la educación por Enrique Olaya Herrera, decreto 1353 de 1931, la administración dio el paso siguiente que desembocaría, cinco años después, en el establecimiento de la Escuela Normal. Dicha facultad tenía por objeto formar el personal docente y directivo de los establecimientos secundarios y normalistas, así como los inspectores escolares y los maestros de las escuelas tipo y, finalmente, "el estudio y la agitación de las cuestiones educativas en orden al establecimiento de los problemas que afecten los destinos históricos del pueblo colombiano". En este último párrafo está expuesto de manera explícita un elemento fundamental del proceso socio-político que vivía el país: el esfuerzo de los sucesivos gobiernos por acercarlo a sus verdaderos problemas, a sus soluciones, haciendo que Colombia aterrizara de las nebulosas teológicas y de los apasionados y abstractos discursos políticos decimonónicos que habían contribuido tanto a su desangre en las continuas guerras civiles padecidas. Se ingresaba en una era más pragmática, más afin con las urgencias y la mentalidad del nuevo siglo. Tal vez desde la Expedición Botánica no se había hecho un esfuerzo tan serio en ese sentido. La actitud de Caballero y Góngora en 1782, bien podría servir para describir la atmósfera del país 150 años después: "Caballero (...) rompió resueltamente con el tradicional método de enseñanza del clero, considerando que resultaba más conveniente aprender a medir montañas que todas las futilidades peripatéticas acerca del ente y la cualidad", como lo expone el embajador alemán Hermann Schumacher en su Mutis, un forjador de cultura.

Con estos datos por delante y un gran deseo de impulsar la educación, en su cobertura y en sus contenidos, el gobierno de Alfonso López Pumarejo acometió la tarea de crear la Escuela Normal Superior. Las circunstancias políticas y el desarrollo del país eran propicias para la experiencia. Sería la Escuela un jalón importante para el logro de uno de los aspectos cimeros de esa administración: haber puesto al país al día en la forma de plantear los problemas, en la naturaleza de los problemas planteados y aun en el lenguaje empleado para ello. Diciéndolo de otra manera: haberío modernizado conceptualmente.

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Puerta que conduce hacia la azotea del edificio

CUANDO LAS CIENCIAS Y LAS HUMANIDADES SE ENCUENTRAN

Se quería tener un gran centro nacional para formar "a los maestros de los maestros" haciéndolo no en el marco tradicional de la formación memorística, inductiva y escolástica, sino en la perspectiva de los conocimientos científicos más actualizados: las ciencias biológicas, físicas y exactas por una parte, que empezaban a enseñarse en las normales de Tunja y Bogotá, con la pedagogía que, como disciplina independiente, aparecía en la Universidad Nacional, y con un fuerte respaldo de las ciencias sociales y humanas, hasta entonces bastante ausentes de los pénsumes. Definíase así uno de los rasgos distintivos de la Normal: la interdisciplinaridad, el diálogo permanente entre las ciencias y las humanidades, la búsqueda de una formación integral, abierta a todos los horizontes del saber, sin limitaciones, llena de sana ambición.
Legalmente la Normal nació el 21 de febrero de 1936, al establecerse en el artículo cuarto de la ya mencionada ley 39 firmada por Alfonso López, como presidente de la república, y Darío Echandía, como su ministro de educación, que "la Facultad de Ciencias de la Educación continuará funcionando con el nombre de Escuela Normal Superior bajo la dirección inmediata del Gobierno y con independencia de la Universidad Nacional (...)". A su vez, en el decreto 1917 del 25 de octubre del año anterior, 1935, las mismas autoridades nacionales habían dispuesto que estando dado que "(...) para ser más armónicos, serios y eficaces los altos estudios de las Ciencias Pedagógicas conviene reunir en una sola Facultad de Educación las tres que hoy están en función (...)", se fusionaran las normales de Tunja y el Instituto Pedagógico Nacional de Señoritas de Bogotá con la Facultad de Ciencias de la Educación. La primera consecuencia de esta decisión, que la historia posterior habría de signar como trascendental, fue el establecimiento de hecho de la educación mixta en el país. Al respecto dice el profesor Socarrás: "la primera vez que hubo en Colombia enseñanza mixta, fue allí en la época de López, en la Normal Superior. En la Facultad de Derecho y en la Facultad de Medicina, una que otra alumna (...).

En segundo lugar implicaba que el gobierno nacional sustraía de la Universidad la formación de los normalistas. Sobre el porqué de esa decisión, Socarrás sostiene que "quiso mantener su tutoría sobre la formación normalista, la formación de profesores de secundaria". Las razones eran el deseo del gobierno de darles a los futuros profesores no una orientación simplemente profesionalista, como la imperante en la Universidad, sino crear "un centro de altos estudios donde se cultiven las ciencias y las letras en su forma más pura e intensa, sin finalidad pragmática ninguna, a diferencia de lo que ocurre en los institutos docentes de tipo profesional", según lo explicó el rector Socarrás, en su informe final al ministro de Educación en 1944. Siguió diciendo que no era conveniente "una especialización demasiado rigurosa [en ciencias y matemáticas], con exclusión de las humanidades: filosofía, historia, literatura y artes, cuyos valores normativos son esenciales para la formación de educadores en el pleno sentido de la palabra, pues si las primeras, las ciencias, nos forman en el sentimiento de poder sobre cuanto nos rodea, las segundas, las humanidades, nos imponen el deber ser respecto al entorno y, especialmente, en relación con la comunidad". Hoy Socarrás completa su pensamiento al afirmar que "al científico no se le debía formar exclusivamente como científico, pues todos necesitaban una formación humanística, porque iban a ser pedagogos y la pedagogía en sí no es una ciencia y su soporte son las humanidades y las ciencias sociales en general".
La segunda razón era el deseo del gobierno de valorar la profesión de maestro, dándole el debido realce. Para ello requería adoptar un sistema diferente del imperante para la universidad. ¿Cuál? Darle becas a la totalidad de los estudiantes, refinando simultáneamente los criterios de selección. En este punto Socarrás es claro: "buscábamos estándares académicos superiores a los de la universidad. Yo iba personalmente a la capital de los departamentos y preguntaba por los candidatos y averiguaba especialmente cuáles de esos candidatos tenían una orientación científica y una orientación pedagógica".

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Detalle de la escalera oriental

OBJETIVO: LOS MAESTROS UNA ELITE DE ESPÍRITU

Lo dicho hasta ahora suena conocido: la propuesta colombiana parecería tener un parentesco, y cercano, con la célebre Escuela Normal Superior de la rue d'Ulm en París. Esto lo precisa Socarrás: "La influencia era universal: del criterio de la Escuela Normal francesa de formar científicos, filósofos y gentes de pensamiento, tomamos la orientación humanística; y de la facultad de ciencias de Berlín, la orientación científica. Se buscó hacer una síntesis germano-francesa". La relación especial entre la universidad y la Normal, existente en Francia, de alguna manera se adoptó en Colombia: la universidad operando en un marco de gran autonomía, abierta a todos para formar la gran cantidad de profesionales que demanda un país en plena expansión, y la Escuela Normal como un recinto protegido por el Estado, con un cuerpo de alumnos cuidadosamente escogidos en todo el país por su propio director, buscando los mejores bachilleres, garantizándoles becas completas. Se pretendía que la escogencia fuese nacional, por ser la Escuela una entidad nacional y que por la calidad de los alumnos, por el apoyo del Estado y por las becas ofrecidas, la profesión de profesor, de maestro, fuese valorada, fuese respetada, se hiciese atractiva para los mejores bachilleres de entonces. Que los maestros se constituyeran en una elite del espíritu parecía ser la motivación profunda de la empresa. Que fuesen los catalizadores de una gran tarea nacional que desde la base, es decir, desde los educadores, elevase el nivel cultural de los colombianos, abriéndolos al conocimiento, fundamento de un desarrollo verdaderamente nacional, para lo cual no bastaba la transmisión de lo ya sabido en otras latitudes, sino que exigía la formación de personas capaces, las más capaces, en las ciencias básicas y en su aplicación al conocimiento de una realidad: la colombiana, por los caminos de la investigación interdisciplinaria de Colombia.

LA NORMAL, UN TALLER DE CONOCIMIENTO

"(...) ir convirtiendo la Escuela Normal Superior en biblioteca, laboratorio y taller" es, en palabras del editorialista de la revista Educación, la publicación periódica de la Escuela, el objetivo y el resultado de varios años de esfuerzo de los profesores y los estudiantes. En esa frase sencilla está encerrado otro de los rasgos fundamentales de la experiencia: que el conocimiento teórico de las ciencias puras, contextualizadas por las humanidades, se apoyase en la investigación de la realidad. El porqué de algo tan obvio, pero que aún hoy es flor exótica en la formación superior colombiana, es expresado claramente por el rector, al precisar el objetivo final de la Normal Superior: "debía salir alguien que dominara las ciencias puras, que conociera a su país. Que esas ciencias le permitieran un conocimiento a fondo de su país".
Ese conocimiento a fondo desde las ciencias puras, exige y exigía entonces que la formación no fuese solo libresca, erudita en cuanto simple acumulación y recitación de conocimientos muertos por su alejamiento de la realidad, sino vivos, por cuanto eran conocimientos al servicio del conocimiento de esa realidad, conocimientos para ser confrontados, empleados y finalmente completados por el estudio, análisis y apropiación de una realidad múltiple: Colombia. Eran conocimientos para la vida, para el país, no para la academia ni para el relumbre personal. Eran conocimientos utilizados en un "taller del conocimiento", taller abierto al mundo desde una triple perspectiva: la biblioteca, los laboratorios y las excursiones. Herramientas de un taller que tenía una organización del trabajo clara: "toda la enseñanza se hacía sobre la base del método de problemas: plantearle problemas al individuo para que él los resuelva. Una formación personalizado y por grupos, fundamentada en el método de proyectos de John Dewey, nos demostró en qué medida es posible reformar el sistema pasivo, tradicional en nuestros planteles, por medio de seminarios, investigaciones individuales, lecturas colaterales, fichas bibliográficas, resúmenes orales prácticas de laboratorio, estudios sobre el terreno (...) la base era Colombia, ciento por ciento Colombia".

Es nuevamente Socarrás quien habla y se emociona al hacerlo recordando quizás ese ritmo, esa tensión, esa atmósfera de trabajo, de búsqueda, de sana confrontación con la teoría y con la realidad, que fue la Escuela Normal Superior y que, para mal del país, después de su desmembración en 1952, no se logró conservar en otras instituciones, a diferencia de lo sucedido, por ejemplo, en el Colegio de México que, en tanto parecido a nuestra Escuela, se mantiene aún, con todo su influjo en el desarrollo cultural, investigativo, institucional y político de esa nación. No pudimos comprender lo que allí había, no fuimos capaces de conservar esa gran palanca para el avance democrático y enraizado de un país "desencuadernado", esa gran palanca que, aun desmontada, logró dejarle a Colombia grandes experiencias, importantes instituciones de investigación y estudio y una verdadera vanguardia de hombres dedicados a la difusión de la ciencia moderna y al análisis y auscultación de un territorio aun hoy profundamente desconocido por sus habitantes. ¿Qué no se hubiera logrado si esa institución aún existiese? ¿Qué pudiera hacerse para recuperarla de alguna manera cuando siguen siendo válidos en alta medida los diagnósticos realizados en las décadas de los veinte y treinta? Dejemos por ahora esto y sigamos con la historia, que ésta aún no termina.

LOS MAESTROS:  ARTESANOS ESCOGIDOS CON LA LÁMPARA DE DIÓGENES

Antes de hablar en detalle de las herramientas del taller, se debe mencionar a los maestros artesanos que con indudable amor y acierto las utilizaron durante los 16 años de funcionamiento de la Normal, logrando los resultados que la colocan en un sitio único entre las entidades educativas colombianas. Socarrás cuenta cómo logró conformar el equipo de profesores: "en primer lugar escogimos los pocos que había formado Sieber en Tunja [en la Normal], en matemáticas y en química. Otros se habían formado en los propios cursos de información, durante el período de Olaya Herrera . Recogiendo los pocos científicos colombianos que había: en botánica no estaba sino el padre Enrique Pérez Arbeláez, quien fuera el primer profesor de botánica en la Escuela; había un zoólogo, el doctor Murillo, allá estuvo con nosotros; en cuanto a química, el doctor Acosta; Ricaurte Montoya en estadística aunque también fue profesor en esta materia el doctor Luis Thorin Casas; pero en realidad lo más difícil fue encontrar un profesor de historia de Colombia, porque a los estudiantes al estudiar la historia con un criterio de interpretación no les bastaba con una reiteración de nombres, lugares y fechas, hasta que dimos con Gabriel Giraldo Jaramillo; Antonio García, quien luego fundaría la Facultad de Economía de la Universidad Nacional, fue profesor de ciencias sociales y prehistoria (...). Yo los buscaba con la linterna de Diógenes. Llegó la guerra europea y creo que en buena parte la Normal fue obra de los europeos que vinieron: tomó Franco a España, y el doctor López abrió las puertas a los refugiados. Llegó Urbano González de la Calle, uno de los mejores latinistas de Europa, a quien se le entregó la sección de filología e idiomas, donde enseñó griego al padre Félix Restrepo, y enseñaron el padre Urrutia y Restrepo Millán. Llegó Francisco Cirre para literatura y José de Recaséns para antropología y don Pablo Vila en geografía. Para psicología llegó Mercedes Rodrigo, quien luego fundó el Instituto de Psicología, posteriormente Facultad de Psicología de la Universidad Nacional; Manuel Ussano, primer médico especializado en educación física que vino a Colombia y que trabajó en la Normal, en el Instituto de Educación Física. Vinieron además Luis de Zulueta y Francisco Vera, quienes trabajaron respectivamente en literatura y matemáticas; vino José María Ots Capdequí, quien dictó las clases de derecho indiano e instituciones españolas en América. En Colombia estudió los archivos y más tarde escribia sus famosos libros al respecto. De Alemania vino todo un personal que dirigía el Instituto Carlos Marx de Berlín, dedicado a la formación de profesores de enseñanza secundaria, una fundación de la socialdemocracia alemana: Fritz Karsen, director del Instituto, un pedagogo de primera, quien abrió el año preparatorio en la Universidad Nacional, especie de college que fue una lástima que terminaran; Kurt Freudenthal, un matemático de primera, y Rudolf Hommes, en ciencias sociales: economía e historia universal; en su interpretación marxista, científica, fue Hommes quien pudo enseñarla acá; Gerhard Massur, el biógrafo de Bolívar, también enseñó historia del arte. La antropología fue la obra de Paul Rivet, el fundador del célebre Museo del Hombre, de París; por obra de él y del doctor Eduardo Santos se creó en la Normal el Instituto Etnológico del cual fueron profesores, además, Gregorio Hernández de Alba, alumno de Rivet en París, Recaséns y Justus Wolgang Schottelius, también venido del Instituto Carlos Marx".

LA NORMAL, INTERDISCIPLINARIDAD ACTUANTE

Esos estudiantes, esas herramientas y el grupo de profesores realizaron sus actividades en seis campos diferentes de especialidad científica; ciencias sociales, filología e idiomas, ciencias biológicas y química, física y matemáticas, bellas artes e industrias. Al respecto comenta Socarrás: "Concluimos que la pedagogía, la psicología y la práctica pedagógica debían ser obligatorias en todas las secciones, en vista de formar no solo profesores especialistas sino también buenos maestros, así como expertos en pedagogía con el dominio de una rama científica determinada. Para reforzar la formación humanística se agregaron filosofía e historia del arte en todas las secciones, considerando que el dominio del método científico requiere de la lógica y la teoría del conocimiento y que la información artística amplía el horizonte intelectual del maestro". Estos cursos de formación humanística, pedagógica, artística y psicológica eran comunes para todas las secciones. Cada sección tenía su director, y ellos conformaban un consejo de dirección. Con todo esto se buscaba darle "comunidad a la enseñanza", que la integración fuese real, actuante y no simple enunciación en los pénsumes.
Volviendo a las herramientas, se puede anotar que para 1939 ya se contaba con laboratorios de antropología, biología, física, fisiología, psicología, química y un modesto laboratorio meteorológico. Como dato curioso, puede señalarse que algunos de esos laboratorios aún existen y funcionan en e Instituto Técnico Central de los hermanos cristianos, que sucedió a la Escuela en la edificación de la calle 13 con carrera 16. Para servir como laboratorio de metodología pedagógica, fue creado en 1937 el colegio de bachillerato Instituto Anexo Nicolás Esguerra. En el informe citado, Socarrás describe así la biblioteca: "en la fecha [1944] los volúmenes han subido a 21.000 y a 27.000 los títulos (...), coleccionar cuanto Colombia ha producido en materia de ciencias, filosofía, literatura o artes, desde las crónica, de la Conquista hasta nuestros días, ha sido el propósito principal que me ha guiado en la adquisición de los libros". Su origen fue la biblioteca privada del historiador Eduardo Posada, y su destino actual la Universidad Pedagógica de Tunja. Debe recordarse que el trabajo personal en la biblioteca fue elemento principal de un proceso ininterrumpido de investigación, de reflexión sobre el país, "desde las ciencias puras"; no era una colección de adorno, era una verdadera herramienta de trabajo.

La otra herramienta puede parecer heterodoxa pero resultó de gran efectividad: las excursiones. Tal vez desde la Expedición Botánica no había existido un esfuerzo sistemático e institucional por acercar la comunidad académica, o al menos un sector representativo de la misma, a las realidades naturales y sociales del país y no con afán turístico sino de apropiación. de esa realidad, para su consiguiente interpretación. El salón de clase era apenas una instancia en el aprendizaje que se prolongaba en los laboratorios, en el terreno y se hacía vivencia, contacto, confrontación con aquello que se buscaba conocer y explicar, con el respaldo y el alimento de la lectura personal en la biblioteca y de la discusión en los grupos de investigación, presididos por los directores de sección. Había allí sano equilibrio entre trabajo personal y colectivo, entre asimilación y confrontación creadora de conocimientos. Para los maestros de las escuelas del país, establecieron los cursos de información "con sendas escuelas primarias anexas para niñas y varones, donde practicaban los alumnos" y con "un curso por correspondencia para maestros, establecido con la ayuda de Alejandro Cano - creo que por primera vez en Colombia - para hacerlos avanzar en la formación permanente".

¿QUE DEJO LA ESCUELA NORMAL SUPERIOR?

La respuesta es amplia e impactante: el estudio sistemático de la botánica, de la geografía, de la psicología, de la economía y de la historia, que darían pie para la creación, poco después, de las respectivas carreras universitarias. "El Instituto Caro y Cuervo sale de la iniciativa de Urbano González y del padre Félix Restrepo. Antes los estudios de lingüística eran fruto de esfuerzos individuales. El primer esfuerzo colectivo se hace en la Normal, para proyectarse luego en el Caro y Cuervo". Finalmente, está el Instituto Etnológico Nacional, fusionado en 1945 con el Servicio Nacional de Arqueología, para dar nacimiento después al actual Instituto Colombiano de Antropología. En cuanto a las personas que se graduaron en la Escuela Normal, la lista nos deja ver claramente cómo su influencia sobre el desarrollo posterior de la educación y la investigación en Colombia se prolongaría igualmente en esos egresados que llegaron a constituir un fermento importante de una elite del espíritu, conforme a las aspiraciones de los gestores, en el tiempo, del proyecto.

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Parte del grupo de profesores de la Escuela Normal Superior: 1 Paul Rivet. 2 José Francisco Socarrás. 3 Guillermo Nanetti, Ministro de Educación. 4 Justus Wolgang Schottelius, dramaturgo, etnólogo y lingüista alemán que murió en Bogotá siendo profesor de la Normal. 5 Pablo Vila. 6 Gerhard Massur. 7 Kurt Freudenthal. 8 Rudolf Hommes. 9 Eliécer Silva.

SE CIERRA EL CIRCULO

Llegó el año 1952, época especialmente difícil para el país, y Laureano Gómez, el 18 de septiembre, en un decreto lacónico, el 1955, en uso de las facultades constitucionales del estado de sitio y estando dado "que es conveniente para los intereses generales del país fijar normas precisas sobre aspectos esenciales de la organización y orientación educativas", procedió a la división, a partir del 1o. de enero de 1952, de la Escuela Normal en dos secciones: una masculina, que funcionaría en Tunja, y una femenina, el Instituto Pedagógico Nacional, en Bogotá. El círculo se había cerrado, se regresaba a la situación anterior a 1936. El costo de impulsar una reforma que hoy aparece baladí, como es la enseñanza mixta, llevó a la abrupta interrupción de lo que se constituyó en el experimento pedagógico e investigativo más importante realizado en Colombia en este siglo.

 

ALUMNOS QUE TERMINARON ESTUDIOS EN LA ESCUELA NORMAL SUPERIOR