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La
cultura en el trimestre
La intuición para presentar una
exposición en el justo momento es una de las condiciones para asegurar la comprensión,
el éxito y la creación de un hecho artístico. La selección de la artista antioqueña
Débora Arango para exhibir su obra en forma retrospectiva en el Museo de Arte Moderno de
Medellín, durante los meses de julio, agosto y septiembre, y en la Biblioteca Luis Ángel
Arango a mediados de noviembre, constituye un acierto de la institución que tuvo la
iniciativa.
Desde mediados del año, se ha planteado a todos los niveles una reflexión sobre el tema
de la violencia; el nueve de abril de 1948, ha sido debatido, revisado, revivido y
comentado; la clase política se ha cuestionado nuevamente, y los fenómenos que implica
la experiencia de la amnistía permiten un autoexamen del país. La obra de Débora
Arango, realizada durante 47 años, confirma su declaración: "la pintura se confunde
con mi vida", palabras con las cuales demuestra cómo el arte es la fuente
más viva para la investigación histórica.
Las corrientes artísticas de los últimos años, en todo sentido vitalistas, han situado
como vanguardia o transvanguardia, como se ha denominado, una clase de pintura elemental,
ardiente, que se emparienta históricamente con el fauvismo y con el expresionismo
abstracto, sin llegar a ser una revisión de estos movimientos. Antes que nada tiene que
ver con la violencia del momento, con los punk, con la pincelada descontrolada y con el
color de la imagen electrónica. Para sorpresa del espectador, la pintura de Débora
Arango, realizada en pasados decenios, participa de la actualidad de estos planteamientos,
que ella denominó "duros" y que le merecieron la incomprensión de la crítica
y la censura en todos los órdenes.
La exposición, apoyada en una cuidadosa investigación, con una impecable curadoría que
se aprecia desde la selección y montaje de las obras hasta la elaboración del catálogo,
demuestra como la coherencia del trabajo permite el acceso al espectador. Por las
anteriores consideraciones resulta pertinente destacarla como la mejor exposición del
segundo semestre de 1984.
BEATRIZ GONZÁLEZ
El VI Vestidas
internacional de teatro de Manizales
El Festival Internacional de Teatro de
Manizales fue el acontecimiento cultural de más amplias perspectivas en el presente año,
no solamente por la oportunidad que brindó a los valores nacionales, en este campo, de
proyectarse internacionalmente y confrontarse con otros realizadores latinoamericanos,
sino porque propició un encuentro masivo (en las calles y plazas, en las salas de
representación y de conferencias, en las fiestas y tertulias) de la juventud interesada
en cuestiones artísticas, de nuevos actores y directores, críticos y espectadores, así
como del pueblo de Manizales.
El encuentro tuvo, además, el valor especial de las "difíciles
resurrecciones", puesto que renació después de once años y cuando ya se lo
consideraba clausurado definitivarnente, lo cual constituye un triunfo contra una serie de
fuerzas oscurantistas que ven en el teatro (y especialmente en el teatro experimental y
con preocupaciones de crítica social) un peligro para el "establecimiento". No
obstante, hubo problemas: la representación de Colombia no pudo integrarse
satisfactoriamente por causa de un enfrentamiento entre el Consejo Nacional de Teatro y la
Corporación Colombiana de Teatro, debido a las exigencias excesivas de esta última, en
lo que se refiere a control y selección de la organización del festival. El Consejo
consideró que la Corporación había perdido representatividad y debía compartir con
más amplitud y flexibilidad sus responsabilidades con una serie de directores y grupos
importantes, no afiliados a ella, criterio que compartió ampliamente el comité
organizador del Festival en Manizales. Las dos entidades gestoras del encuentro estuvieron
de acuerdo en que el pluralismo artístico sería (y deberá ser) el criterio predominante
en este tipo de celebraciones culturales, puesto que es el único que propicia condiciones
aceptables para la experimen tación y la búsqueda artística verdaderarnente libres y
fecundas.
De todos modos, la no participación de grupos tan representativos del teatro colombiano
moderno como la Candelaria y el Teatro Popular de Bogotá (TPB), fueron unánimemente
lamentados y en consecuencia, el Consejo Nacional de Teatro se propone, para el futuro
inmediato, propiciar (con la ayuda de Carlos José Reyes y Jorge Alí Triana como
mediadores) un acercamiento a la Corporación para organizar un Festival Nacional de
Teatro, en donde se escojan las obras que representen a Colombia en los próximos
festivales de Manizales. En cuanto a la calidad de las obras y los montajes más
sobresalientes del VI Festival, habría que destacar, ante todo, un hecho: prevalecieron
las tendencias clásicas y realistas. Este es el caso, en la primera tendencia, de Edipo
rey, montado por Juan Monsalve, y Romancero de Edipo, representado por Tony
Cots, sobre textos de Eugenio Barba inspirados en Sófocles; y en cuanto a la segunda,
encontramos La balada del café triste de Carson McCuliers-Edward Albee,
ínterpretada por el Teatro Libre de Bogotá, Decir sí, de Griselda Gambaro, y Al
vencedor, de Osvaldo Dragún, escenificados por el Teatro Abierto de Argentina, Muerte
accidental de un anarquista, de Darío Fo, interpretado por el teatro Unam de México,
0 belo indiferente, de Jean Cocteau, interpretado por el grupo Ornitorrinco del
Brasil, y El místico burdel, de Néstor Gustavo Díaz, interpretado por el Teatro
Escuela Sátira de Manizales. El montaje colectivo, de carácter musical y
poético-crítico realizado por el conjunto Yuyacnkani del Perú, de la obra Los
músicos ambulantes, alcanzó especial resonancia como teatro popular mi próximo al
teatro callejero, y el cojunto colombiano de títeres de la Universidad Nacional, dirigido
por el veterano director Enrique Vargas, cosechó los elogios unánimes de crítica más
exigente y del público en general, con su creación colectiva Faustino Rimales. El
Broad and Pupet y el Taller de Colombia animaron con sus comparsas las calles de
Manizales, dándole al festival una no carnavalesca y, por iniciativa de algunos libreros,
se montó una feria del libro en las principales arteria todo lo cual muestra la variedad
interés que alcanzó este festival. Finalmente, es necesario mencinar la diaria edición
de Textos, periódico del festival, y las mesas redondas de los críticos colombianos y
españoles, como actos complementarios del encuentro, en donde se resumió su toma de
conciencia y efectuaron los balances del teatro latinoamericano y español.
EDUARDO GÓMEZ
Balance y musical
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La presencia cada día más frecuente en
Colombia de intérpretes que sobresalen en el panorama internacional, se vio enriquecida
este último trimestre con la visita de notables figuras, algunas de ellas ya legendarias
en la música de este siglo.
Si bien nuestro objetivo inicial era un conocimiento profundo y maduro mencionar "el
concierto" de la última temporada de 1984, las líneas precedentes sirven para
precisar qué no se escogió uno sino varios artistas o hechos de gran significación que
marcaron nuestra vida musical en el lapso mencionado.
Al tratar de seguir un orden cronológico, habría que destacar en primer término la
temporada de ópera de Colcultura, que este año trajo nuestros escenarios dos sucesos
suma importancia: los estrenos absolutos en Colombia de las óperas Fidelio
, de
Ludwig van Beethoven Cosė fan tutte, de Wolfgang Amadeus Mozart, con producciones
vistas después en Europa, las cuales según constatan publicaciones internacionales, hoy
se aplauden en algunos de los más exigentes teatros líricos del viejo continente. Y en
el orden de ideas, el hecho de abrir, delio la compuerta de la ópera a mana en
nuestro medio pudiera considerarse el gran acontecimiento musical de año.
Dentro de la nómina de grandes intérpretes escuchados, no cabe pasar por alto las
presentaciones del pianistas Rudolf Buchbinder y Joaquín Achúcarro. Sin embargo,
siguiendo un orden de prioridad brilla con luz propia el recital que ofreció en la sala
Luis Ángel Arango la notable soprano holandesa Elly Ameling, acompañada por el pianista
estadounidense Dalton Baldwin. La sola presencia de esta mujer famosa en la música
contemporánea de hecho constituyó un acontecimiento. Considerada como una de las
más grandes intérpretes del Lied alemán, seleccionó para su única presentación en
Bogotá un exigen programa de Lieder de Franz Schubert. No es el Lied una
forma composición para exhibiciones vocales, sino la esencia misma de la pureza, el
refinamiento en el arte de interpretar musicalmente la poesía. Ciñéndose a tales
consideracione Elly Ameling, dueña de técnica perfecta, talento y carisma
extraordinarios, voz todavía bella y fresca, no obstante el paso de los años, con
intachable línea de canto apoyada en un conocimiento profundo y maduro de un repertorio
que domina, brindó, con refinamiento estilístico pocas veces visto, un recital de
imborrable recordación en nuestras salas de concierto.
Otro de los importantes acontecimientos musicales registrados este final de año, fue la
presentación, la misma sala de la Luis Ángel Arngo, del cuarteto de cuerdas austriaco
Alban Berg, traído a Colombia por el Mozartéum argentino. Cuartel en el mundo los hay
por centenar pero sólo pocos se sitúan en un nivel cercano a la perfección. Y entre ese
selecto número de intérpretes, habría que destacar a los integran de este conjunto: los
violinisitas Günther Poehler y Gerhard Schülz el violista Thomas Kakuska y el chelista
Valentin Erben, cuatro virtuosos de carrera que trabajan la música con un sentido de
profesionales dificilmente superable.
Con dominio técnico absoluto como si fuesen una sola voz, amplia brillante y de gran
expresividad, gran una pureza en la emisión sonido, un manejo de los matices del color
orquestal, una precisia profundidad en el repertorio que interpretan, variado en épocas y
estilos, que escucharlos en una audición viva fue una experiencia a todas luces
memorable.
Al quedar incluido este balance en una publicación adelantada por el Banco de la
República, entidad la cual depende la sala Luis Angel Arango, recinto que hizo posible
las dos últimas presentaciones anotadas, no escapan a quien suscribe estas líneas
las consideraciones que sobre el particular tal vez algunos lleguen a emitir. Sin embargo,
en justicia ha de afirmarse que esta sala brindó al público de Bogotá durante 1984, una
nómina de artistas de lujo en cualquier escenario, como fueron los incluidos en esta
reseña que constituyeron en ocasiones de imborrable memoria para los privilegiados
asistentes.
MARIA TERESA DEL CASTILLO
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