|
Creamos:
cachacos violentos, costeños pachangosos ...
El presidente Nieto,
Historia doble de la Costa - 2
Oriando Fals Borda
Carlos Valencia Editores. Bogotá, 1981,
376 páginas
|
|
|
|
|
El segundo volumen de la historia de la
costa atlántica se inicia con la pregunta siguiente: ¿cómo se explica que el ethos costeño
-definido como no violento y antimilitarista- haya permitido formas de violencia en la
región y hasta haya producido caudillos militares de la estatura de un Juan José Nieto?
Orlando Fals Borda plantea de esta forma los dos aspectos cruciales de este volumen: la
costeñidad y la violencia. La figura de Nieto se destaca no sólo porque representa los
dos polos de la contradicción -un costeño hecho caudillo militar- sino porque resuelve
dicha contradicción de un modo muy especial: por medio de un caudillismo anticaudillista.
Paralelamente a la figura de Nieto, representante de la elite costeña, Fals Borda nos
presenta la biografía de Adolfo Mier y con él la del pueblo costeño. Utilizando estos
dos canales, el autor nos introduce a las formas de violencia y contraviolencia en la
costa atlántica colombiana.
Juan José Nieto nació en el seno de una familia pobre, pero rápidamente ascendió a la
elite cartagenera. Fals Borda describe con minucia la vida del joven Nieto y su evolución
de antimonárquico y republicano a secas, en la época de la Independencia, a ácerrimo
antibolivariano y posteriormente furibundo obandista, Para 1830 Nieto es un fervoroso
defensor de la "soberanía popular" contra cualquier forma de tiranía. En la
Guerra de los Supremos, Nieto apoya a Obando y por ello se te deporta a Jamaica (cuna en
ese entonces de las logias masónicas hispanoamericanas). El caudillo costeño regresa a
tiempo para presenciar los acontecimientos de mediados de siglo y especialmente la
revolución de Melo del 54. A finales de este decenio, Nieto se une a la revuelta contra
el presidente conservador Ospina Rodríguez. De esta aventura sale mejor librado y
asciende a la presidencia del Estado de Bolívar y temporalmente a la presidencia de la
Unión. Posteriormente se aleja del poder para evitar inútil derramamiento de sangre -
una constante en la biografía de Nieto, según Fals Borda - para morir poco después casi
de incógnito.
Paralelamente a la singular historia del caudillo costeño, Fals Borda inserta testimonios
de la historia de las clases subordinadas costeñas, historia encarnada en otro legendario
personaje: Adolfo Mier. En este canal caben las narraciones sobre las guerras locales, la
llegada del primer vapor a Mompox y el saboteo que bogas y pescadores organizaron a la
nave, la permanente migración de los campesinos en búsqueda de mejores tierras, la
solidaridad de los de abajo por encima de la división de los colores políticos, etc.
Alrededor de la biografía de Mier, el autor se aproxima nuevamente a la cultura popular
costeña. Las clases subordinadas costeñas fueron más dinámicas y realistas ante el
utopismo de las elites políticas. Las primeras, lo señala Fals Borda, conquistaron
importantes victorias a pesar de no haber cristalizado una alianza artesanal-campesina
cuando se requería: en la revolución de 1854. Es importante resaltar que tanto los
testimonios de sobrevivientes de estos acontecimientos como la biografía de Mier
constituyen invaluable arsenal cultural del cual todavía se puede extraer mucho.
El presidente Nieto es sin duda una brillante historia del caudillismo en Colombia
y, en ese sentido, es una historia de nuestro siglo XIX. Para Fals Borda, el caudillismo
tiene su razón de ser en el tipo de sociedad agraria tradicional del siglo pasado. Para
que este fenómeno echara raíces en nuestra sociedad necesitaba de bases de apoyo
regional, de entidades y mecanismos legitimadores (grupos sociales, Iglesia, logias,
ideologías liberal y socialista, etc.), de elites económicas que apoyaran o atacaran y
de una debilidad del Estado central. El caudillismo tuvo su dinámica propia en el país y
se consolidó mediante las alianzas y los distanciamientos, de la rapiña por las
clientelas y, en fin, por el fragor de las guerras civiles que sacudieron a Colombia
durante el siglo pasado.
Ahora bien, Fals Borda insiste, a lo largo de todo el volumen, en el carácter
anticaudillista del caudillo Nieto. Así como las elites pueden generar antielites, en la
Costa el anticaudillismo estuvo presente en no pocos caudillos. En Juan José Nieto, el
autor encuentra profundos rasgos de humanitarismo y civilismo. Y ello se debe, sigue
insistiendo Fals, a la formación republicana y al ethos costeño de Nieto.
Con esto tocamos el punto crítico que resalta en este segundo volumen de Historia
doble de la costa: aquello de la costeñidad. El énfasis que Fals Borda pone en este
punto es lógico desde la perspectiva de una historia regional, pero termina restando
universalidad a ciertas teorías y conclusiones del autor. Por ejemplo, al recalcar el ethos
no violento del costeño, el autor parece implicar que sí existe un ethos violento
en otras regiones colombianas en donde tal vez se aplicarían las teorías hobbesianas que
él rechaza para el caso costeño. Hay especificidades regionales, de eso no hay duda;
pero tal vez habría que insistir también en aspectos comunes a otras regiones, aspectos
que irían más allá de la mera oposición de las provincias a los "déspotas"
de turno apostados en la capital. Se ha dicho que el riesgo de una historia regional yace
en descuidar el contexto nacional. Fals Borda tiene mucho cuidado en ello, pero en cambio
abre las puertas a cierto chauvinismo regional que poco ayuda a esclarecer la evolución
histórica de nuestra formación social. Por otro lado, si se compara el caso de Nieto con
el de Núñez, se advierte que hay una costeñidad común que produce resultados
diferentes. En otras palabras, creemos que hay un ethos costeño, probablemente
menos violento y más antimilitarista que en otras regiones -eso está aún por
estudiarse- pero ésta no puede ser la explicación del comportamiento de las elites
regionales y menos de los individuos.
A nivel metodológico no hay mucho que agregar a lo ya dicho con relación a la Iap. Nos
preocupa, eso sí, cómo se determina la dosis de imaginación utilizada en la
reconstrucción histórica. No creemos, con Fals Borda, en el mito del historicismo,
según el cual el documento lo dice todo. Lo difícil es determinar el grado de
imaginación en el quehacer científico. Parece que Fals Borda hace un uso adecuado de
ésta y, más importante aún, lo señala explícitamente, cosa no muy común entre
nuestros investigadores sociales.
M. A. N.
|