Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 2Volumen XXI , 1984

 

Creamos:
cachacos violentos, costeños pachangosos ...

El presidente Nieto,
Historia doble de la Costa - 2
Oriando Fals Borda
Carlos Valencia Editores. Bogotá, 1981,
376 páginas

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El segundo volumen de la historia de la costa atlántica se inicia con la pregunta siguiente: ¿cómo se explica que el ethos costeño -definido como no violento y antimilitarista- haya permitido formas de violencia en la región y hasta haya producido caudillos militares de la estatura de un Juan José Nieto? Orlando Fals Borda plantea de esta forma los dos aspectos cruciales de este volumen: la costeñidad y la violencia. La figura de Nieto se destaca no sólo porque representa los dos polos de la contradicción -un costeño hecho caudillo militar- sino porque resuelve dicha contradicción de un modo muy especial: por medio de un caudillismo anticaudillista. Paralelamente a la figura de Nieto, representante de la elite costeña, Fals Borda nos presenta la biografía de Adolfo Mier y con él la del pueblo costeño. Utilizando estos dos canales, el autor nos introduce a las formas de violencia y contraviolencia en la costa atlántica colombiana.
Juan José Nieto nació en el seno de una familia pobre, pero rápidamente ascendió a la elite cartagenera. Fals Borda describe con minucia la vida del joven Nieto y su evolución de antimonárquico y republicano a secas, en la época de la Independencia, a ácerrimo antibolivariano y posteriormente furibundo obandista, Para 1830 Nieto es un fervoroso defensor de la "soberanía popular" contra cualquier forma de tiranía. En la Guerra de los Supremos, Nieto apoya a Obando y por ello se te deporta a Jamaica (cuna en ese entonces de las logias masónicas hispanoamericanas). El caudillo costeño regresa a tiempo para presenciar los acontecimientos de mediados de siglo y especialmente la revolución de Melo del 54. A finales de este decenio, Nieto se une a la revuelta contra el presidente conservador Ospina Rodríguez. De esta aventura sale mejor librado y asciende a la presidencia del Estado de Bolívar y temporalmente a la presidencia de la Unión. Posteriormente se aleja del poder para evitar inútil derramamiento de sangre - una constante en la biografía de Nieto, según Fals Borda - para morir poco después casi de incógnito.
Paralelamente a la singular historia del caudillo costeño, Fals Borda inserta testimonios de la historia de las clases subordinadas costeñas, historia encarnada en otro legendario personaje: Adolfo Mier. En este canal caben las narraciones sobre las guerras locales, la llegada del primer vapor a Mompox y el saboteo que bogas y pescadores organizaron a la nave, la permanente migración de los campesinos en búsqueda de mejores tierras, la solidaridad de los de abajo por encima de la división de los colores políticos, etc. Alrededor de la biografía de Mier, el autor se aproxima nuevamente a la cultura popular costeña. Las clases subordinadas costeñas fueron más dinámicas y realistas ante el utopismo de las elites políticas. Las primeras, lo señala Fals Borda, conquistaron importantes victorias a pesar de no haber cristalizado una alianza artesanal-campesina cuando se requería: en la revolución de 1854. Es importante resaltar que tanto los testimonios de sobrevivientes de estos acontecimientos como la biografía de Mier constituyen invaluable arsenal cultural del cual todavía se puede extraer mucho.
El presidente Nieto es sin duda una brillante historia del caudillismo en Colombia y, en ese sentido, es una historia de nuestro siglo XIX. Para Fals Borda, el caudillismo tiene su razón de ser en el tipo de sociedad agraria tradicional del siglo pasado. Para que este fenómeno echara raíces en nuestra sociedad necesitaba de bases de apoyo regional, de entidades y mecanismos legitimadores (grupos sociales, Iglesia, logias, ideologías liberal y socialista, etc.), de elites económicas que apoyaran o atacaran y de una debilidad del Estado central. El caudillismo tuvo su dinámica propia en el país y se consolidó mediante las alianzas y los distanciamientos, de la rapiña por las clientelas y, en fin, por el fragor de las guerras civiles que sacudieron a Colombia durante el siglo pasado.
Ahora bien, Fals Borda insiste, a lo largo de todo el volumen, en el carácter anticaudillista del caudillo Nieto. Así como las elites pueden generar antielites, en la Costa el anticaudillismo estuvo presente en no pocos caudillos. En Juan José Nieto, el autor encuentra profundos rasgos de humanitarismo y civilismo. Y ello se debe, sigue insistiendo Fals, a la formación republicana y al ethos costeño de Nieto.
Con esto tocamos el punto crítico que resalta en este segundo volumen de Historia doble de la costa: aquello de la costeñidad. El énfasis que Fals Borda pone en este punto es lógico desde la perspectiva de una historia regional, pero termina restando universalidad a ciertas teorías y conclusiones del autor. Por ejemplo, al recalcar el ethos no violento del costeño, el autor parece implicar que sí existe un ethos violento en otras regiones colombianas en donde tal vez se aplicarían las teorías hobbesianas que él rechaza para el caso costeño. Hay especificidades regionales, de eso no hay duda; pero tal vez habría que insistir también en aspectos comunes a otras regiones, aspectos que irían más allá de la mera oposición de las provincias a los "déspotas" de turno apostados en la capital. Se ha dicho que el riesgo de una historia regional yace en descuidar el contexto nacional. Fals Borda tiene mucho cuidado en ello, pero en cambio abre las puertas a cierto chauvinismo regional que poco ayuda a esclarecer la evolución histórica de nuestra formación social. Por otro lado, si se compara el caso de Nieto con el de Núñez, se advierte que hay una costeñidad común que produce resultados diferentes. En otras palabras, creemos que hay un ethos costeño, probablemente menos violento y más antimilitarista que en otras regiones -eso está aún por estudiarse- pero ésta no puede ser la explicación del comportamiento de las elites regionales y menos de los individuos.
A nivel metodológico no hay mucho que agregar a lo ya dicho con relación a la Iap. Nos preocupa, eso sí, cómo se determina la dosis de imaginación utilizada en la reconstrucción histórica. No creemos, con Fals Borda, en el mito del historicismo, según el cual el documento lo dice todo. Lo difícil es determinar el grado de imaginación en el quehacer científico. Parece que Fals Borda hace un uso adecuado de ésta y, más importante aún, lo señala explícitamente, cosa no muy común entre nuestros investigadores sociales.

M. A. N.