Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 2Volumen XXI , 1984
 

Costumbrismo de barriada

Es tarde en San Bernardo
José Libardo Porras Vallejo
Taller de escritores,
Biblioteca Pública Piloto,Medellín, 1984

pag95.jpg (5169 bytes)

Contrariamente a lo que podría pensarse, la narrativa colombiana posterior al hecho central que constituye la obra de Gabriel García Márquez, ha tomado rumbos distintos de los trazados por nuestro premio Nobel. El "gabismo" se ha infiltrado mucho más en el periodismo que en la narrativa, y los tics, los procedimientos codificables y el sentido de lo insólito han contagiado a nuestros periodistas y se les han atravesado como una presa difícil de digerir.
Forzoso es reconocer también, que aunque en el periodismo se ha producido ese fenómeno paródico, también del periodismo ha salido la obra narrativa más importante escrita por alguien más joven que García Márquez; como son los tres libros publicados por Germán Castro Caycedo. Aparte de la excelente obra de Castro Caycedo, aparte de Que viva la música del fallecido Andrés Caicedo, la narrativa postgabiana en Colombia cuenta con un elenco de nombres más o menos conocidos, algunos bastante prolíficos, pero ninguno autor de alguna obra consagratoria. Si bien fueron lo bastante sensatos para escapar a la órbita gabiana, las disyuntivas que han enfrentado hasta ahora no han sido cabalmente resueltas. Aparte de las contribuciones del premio Nobel, la violencia se quedó sin una narrativa memorable y la ciudad es un enorme queso que todavía no han probado los roedores literarios. Aunque lo parezca, este juicio no sentencia el fracaso; al contrario de lo que sucede con nuestros poetas, que escriben -por lo general- lo mejor de lo suyo mientras son poetas jóvenes, la narrativa colombiana ha comprobado ser obra de hombres maduros. Y si algo puede decirse de la generación que Isaías Peña Gutiérrez llama "del Frente Nacional", es que se trata de escritores con oficio, con perseverancia, con profesionalismo, que a lo largo de su vida literaria han venido publicando obras de sostenida calidad y de quienes cabe esperar mucho.
Y otra cosa más puede decirse. Gracias al magisterio de muchos de ellos (el mejor magisterio en estas cosas de la creación, que es la desobediencia), gracias al camino que han desbrozado, y gracias también a los clásicos latinoamericanos del siglo XX -Córtázar y Onetti, Rulfo y Cabrera Infante, Borges y Vargas Llosa, etcétera y etcétera-, ya es realidad una nueva generación de narradores que están contando su mundo con un lenguaje más personal y más libre.
Óscar Castro gana el premio nacional de cuentos de la Universidad de Medellín y las diez menciones pertenecen a autores jóvenes; esto ocurre en 1983. Este año, el premio lo obtiene Hárold Krémer, otro joven. En el premio nacional de Cúcuta ocurre otro tanto: allí el galárdonado es Sergio Vieira. La beca Ernesto Sábato es adjudicada a un talentoso narrador menor de 30 años, Julio Olaciregui, casi al mismo tiempo que editorial Planeta lanza con bombo y platillos la primera novela de otro joven, periodista él, talentosísimo él, Juan José Hoyos. Algo más discretamente, el departamento de Antioquia edita el primer libro de Jairo Morales Henao. Nombres nuevos, hombres jóvenes, aire refrescante. Por lo menos nuevos problemas, nuevos rumbos y, por lo tanto, nuevas disyuntivas

pag96.jpg (7193 bytes)


Una de estas disyuntivas, que aún no alcanza a resolverse, se plan tea frente a las historias con argumentos Los narradores nuevos parecen negarse a condescender a la historia con nudo, trama y desenlace, que por estos tiempos parece ser monopolio de la TV y del cine taquillero. Mi fondo y mi superficie de lector lúdico se resienten, no sin reconocer el taller que algunos de estos jóvenes demuestran para el monólogo interior, para el fragmento anecdótico, a veces para ese género de poetas que es el cuento breve.
Leído tras las preguntas que suscita tan extraño conflicto, el (lamentado) desprecio por el argumento, el primer libro de José Libardo Porras Vallejo resuelve el problema con coherencia, con originalidad. Decía Cocteau -citando a Stravinsky- que "la novedad sólo sería la búsqueda de un lugar fresco en la almohada. El lugar fresco se calienta pronto y el lugar caliente recupera su frescura". Es tarde en San Bernardo es un libro novedoso, original, porque hoy en día lo es un libro de cuadros de costumbres, ese género que preváleció en el siglo pasado y qué sigue siendo legible en la obra, por ejemplo, de Emiro Kastos; ese género olvidado que Porras rescata con una prosa sensitiva, salpicada de imágenes certeras que iluminan la narración y la vuelven gozosa; ese género que se convierte en vibrante medio de pescar al lector sin tener una historia, sino la memoria fresca y ardiente y las palabras precisas para rescatar su niñez.
Este libro está compuesto de varios textos en prosa y dos poemas que abren y cierran el texto. Cada uno de ellos se refiere a un personaje y su mundo entre los habitantes de San Bernardo, un barrio popular de los setenta en Medellín.  La primera prosa habla del origen, del  barrio: "San Bernardo era un dibujo de niño de escuela: un sol grandote, amarillo, jugaba con la sombra sin importarle que ella ocupara sus espacios; una escuela estallaba de muchachos cargados de cuadernos y de lápices de cortesía; hombres grandes como árboles se daban cita en la esquina para hacer pasar de nuevo el tiempo mirando para adentro..."
Los otros fragmentos, en conjunto arman el fresco de la vida del barrio, componen los cuadros de sus costumbres. Don Pabló, el tendero - "cuando digo "don Pablo" de mi boca saltan palomas"-, Ismael, el asaltante nocturno -"no habré de pintarles a Ismael. Apenas puedo fantasearlo, imaginarlo, inventarlo, ponerlo en la ventana por la que estoy mirando- él amigo huérfano qué se volvió rátero, el otro, que se volvió mafioso, la muchacha bonita del barrio y su triste final, la puta vieja del barrio y su muerte, las amas de casa, la viuda empobrecida y su muchacha, los juegos infantiles -'los mayores no entendían la guerra libertada. Esa guerra en que unas veces se ganaba y otras se perdía, pero siempre nos quedaba la camisamojada y entre pecho y espalda una llama encendida por el presentimiento de haber jugado a la vida y a la muerte"-; la vida casera, el bobo del barrio (acaso el más poético, el más hermoso de todos los fragmentos), el televisor, el comprador de desperdicios, en fin, toda la gama de personajes que componen la vida cuasiautárquica, íntima, del barrio popular de la gran ciudad colombiana.
En cuanto cuadros de costumbres, el libro de Porras tiene indudable valor documental.   La larga espera por una literatura urbana, fiel al universo de la barriada, tenía qué resolverse en términos del surgimiento de escritores con estos orígenes (como ocurrió en la generación anterior con el Bogotá de Nicolás Suescún o de Luis Fayad, el Medillín de Darío Ruiz, la Cartagena de Roberto Burgos Cantor). En el caso de Porras, sin embargo, la novedad consiste en que la anécdota de aquellos escritores y de otros de Cali, de Barranquilla, se sustituye aquí por conjunto coherente de textos que, como conjunto, capturan la atmósfera, las imágenes, el transcurrir mismo del tiempo en la geografía popular urbana. El antropólogo cultural, el historiador del mañana que quiera desentrañar las mentalidades y la vida cotidiana del barrio popular en cierta época de nuestro siglo, bien podrá consultar este pequeño libro
Es posible, además, que ese hipotetico futuro investigador, se divierta y goce con la lectura de Es tarde en San Bernardo como, con seguridad, puede hacerlo un lector de nuestros días. Porque aparte de su valor documental, muy aparte de su original manera de ser narraciones sin argumentos, estos textos develan una enorme conciencia del lenguaje en el autor. Porras tiene las cualidades del escritor de temple, extremada deliberación con las palabras y sensibilidad de poeta para imprimirle alegría, fuerza y encanto a su escritura.
Los poemas que abren y cierran el libro son vehementes, acezantes, convocatoria y exorcismo de los fantasmas de la memoria, fantasmas que desfilan en estos textos llenos de sol y de una alegría que no deja ver el rigor de las palabras sino cuando se permite jugar con su sonido.

DARÍO JARAMILLO A.