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En
busca del macondo en el siglo XIX
Relación de un viaje a Venezuela,
Nueva Granada y Ecuador
Miguel María Lisboa
Trad. Consuelo Salamanca de Santamaría y
Leticia Salamanca Alves.
Fondo Cultural Cafetero. Bogotá, 1984, 338
págs., 30 ilustraciones
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El día 2 de septiembre de 1852, el
diplomático brasileño Miguel María Lisboa parte de Southampton en misión especial con
destino al antiguo territorio de la Nueva Granada, Su viaje incluye las Antillas,
Venezuela, las actuales Colombia y Panamá, Ecuador (llega a Quito por Guayaquil) e
incluso menciona una parada en Lima ya listo a regresar a Europa. Casi año y medio
después, el 14 de enero de 1854, termina su largo viaje, que paralelamente ha ido
recogiendo en una detallada crónica de veintiún capítulos, muy al uso del viajero de la
época, consciente de la importancia de su visión frente a un nuevo mundo. Así, con la
típica actitud europea de la época, Miguel María Lisboa no solamente visita un nuevo
mundo sino que lo descubre, lo interpreta, lo traduce y lo recrea.
Años después, en 1866, el libro se publica por primera vez en Bruselas, dirigido a los
brasileños interesados en conocer el estado social de las repúblicas que con nosotros
limitan", a las que "les hacemos una gran injusticia desconociendo lo mucho que
hay en ellas de respetable y simpático" (pág. 17). Como señala el embajador del
Brasil en Colombia, Joáo Hermes Pereira de Araujo, en su excelente prólogo a la presente
edición, "lo movió así, en verdad, una preocupación política, de signo
latinoamericano, que se puede considerar precursora".
Una primera versión al castellano se publicó en 1954 en Caracas, Ediciones de la
Presidencia. Hoy, en 1984, la nueva traducción del Fondo Cultural Cafetero de Bogotá
revive el antiguo texto con resonancias mucho más complejas que las que imaginó el
consejero Lisboa. Por una parte, da a conocer el interés y la visión de un brasileño
sobre nuestra región, en un momento en que nuestros países tratan de remediar las mutuas
ignorancias de las que hace tanto se quejaba Lisboa. Por otra, ofrece una de las más
sutiles formas de conocimiento: el reconocerse en la mirada del otro. Por más documentos
de la época que tengamos sobre el siglo XIX, que nunca son suficientes, esta mirada tiene
algo propio y distinto que, al mismo tiempo que distorsiona y deforma, como hacen todas,
aporta perspectivas y ángulos únicos y valiosos.
Este "otro" es un hombre orgulloso de su época y de los avances de la ciencia y
la industrialización, defensor del progreso técnico y la transferencia de tecnología,
capaz de vivir duras aventuras como la subida del río Magdalena y las largas cabalgatas
por peligrosas montañas, pero también inclinado a apreciar la naturaleza con actitud de
romántico y siempre listo a disfrutar la hospitalidad y las costumbres europeas
trasplantadas a estas sociedades. Tan orgulloso se siente de quien es, que no terne
defender sus opiniones ante la sospecha del rechazo y los ataques que su libro causará:
"en él predomina el sentimiento de un brasileño, americano de raza latina,
católico y monárquico; y quien no fuere todo eso de corazón, necesariamente estará en
desacuerdo con mi trabajo" (pág. 335).
A pesar de que con frecuencia el lector moderno se sorprende ante sus criterios sobre la
democracia, los indígenas, la religión, la esclavitud, el consejero Lisboa no se hace
desagradable, porque lo salva lo que él llama su buena fe, y que para nosotros es su
transparencia. Dice lo que piensa, lo que cree, y gracias a eso podemos entender algo
mejor la visión europea sobre América porque, a pesar de lo que él dice de sí mismo,
este brasileño tiene también rasgos de culto europeo, orgulloso de sus idiomas, de sus
lecturas y de sus viajes, que le sirven de parámetro para juzgar este trópico. Sin
embargo, prevalece su oficio. No es cronista sino diplomático: uno de los encantos del
texto son los dobles sentidos, el revelar sin querer.
El libro es de interés para muy diversos lectores. Corno documento histórico y social es
imprescindible, pero hay innumerables temas y subtemas que atraen a una inesperada
audiencia; nos habla de caminos y carreteras, de navegación marítima y fluvial, del
desarrollo y la arquitectura de las ciudades, de climas, vegetación y topografía. Recoge
datos de economía, importaciones y exportaciones, educación, costumbres, vestidos,
fiestas, religión, música, literatura, prensa. La independencia es una historia reciente
en 1853, y su recuento es parcial pero lleno de vitalidad. Aunque no es su rasgo
dominante, muestra frecuentes elementos de humor, como sus persistentes preguntas sobre
los elefantes de Colombia o las anécdotas de su sirviente francés Simplicio.
Sus dos meses en Bogotá le dejan excelentes recuerdos y muchas observaciones interesantes
para el lector actual. Lo que no dice le duele, y se arrepiente de haber prometido no
mencionarlo, como los nombres de los amigos que lo acogieron y atendieron en las ciudades
que visitó, o el de alguna dama a la que alude discretamente. Por supuesto, con toda
prudencia, tampoco nos explica en qué consistió su misión diplomática, aunque sugiere
que tuvo éxito. Por fortuna, su viaje no se redujo a su misión, ni siquiera en el
itinerario: lo aprovecha para conocer todo lo que puede, más allá de su obligación, y
su curiosidad es la causa de que hoy tengamos este rico documento de un viajero siempre
alerta.
Siete capítulos del libro están dedicados a Colombia. Llegar a Bogotá era una verdadera
hazaña de dos meses, antes de la era de la aviación, y a esa dificultad debemos
experiencias como la del consejero Lisboa: para no perder varias semanas esperando otro
vapor, sube por las ciénagas de Santa Marta hasta Remolino en un pequeño barco, alcanza
el vapor Manzanares en el que navega por el río Magdalena hasta Conejo, y de ahí sigue
en el champán que traían rernoleado (págs. 186-189), hasta Vuelta de la Madre de Dios.
Ahí deja el río y comienza la dura escalada con fuertes cambios de clima, por Honda,
Guaduas, Villeta, Facatativá, hasta llegar a Bogotá. Al regreso, navega en champán de
Honda hasta Conejo, en donde vuelve a embarcarse en el Manzanares hasta Calamar. De
Calamar a Cartagena viaja por tierra. Entre Calamar y Mahates ve el precioso guayacán,
del que cortaban grandes cantidades para la construcción del ferrocarril de Colón.
Y allí mismo encuentra otro árbol, cuyo nombre es de gran significacíón en nuestra
literatura contemporánea: "allí también abunda el exuberante e inútil macondo,
árbol majestuoso cuyo tronco tiene de seis a ocho palmos de diámetro y cuya frondosa
copa se eleva a la altura de los más elevados bosques americanos, pero que cualquier
viento fuerte parte y derriba, y pocos días de humedad reducen a polvo y
podredumbre" (pág. 246). La magia se filtra a ;través de su mirada de realismo
decimonónico y el macondo nos llega, exuberante e inútil en 1853, pero guardando
ya en su tronco el germen del polvo y la destrucción que reaparecen en Cien años de
soledad.
El consejero Lisboa es un inmejorable viajero, y un asombroso ejemplo para nuestra actitud
veloz y cómoda de la época del jet. En nuestro siglo, el siglo del viaje, se nos
ha olvidado que viajar era tomar riesgos y ser explorador, y que antes se escribían
libros sobre esas experiencias, hoy anacrónicas y desteñidas, en vez de guías de
turismo. Como buen viajero y escritor del siglo pasado, Miguel María Lisboa se preocupa
por ser fiel a la verdad y a los hechos y por mantener el realismo de lo visto, oído y
recorrido, realismo que subraya con sus juicios y despliegue.de conocimientos. Su
preocupación se vuelve irónica para el lector contemporáneo, porque al reflejar lo que
encuentra se refleja aún más a sí mismo. Y si queremos encontrar nuestra historia y
nuestro mundo, tenemos que hacerlo a través de los múltiples filtros con los que ha
construido su obra este viajero brasileño. Descifrarla será la tarea que les espera a
unos lectores que él nunca imaginó.
MONTSERRAT ORDÓÑEZ
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