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Aurora
pagana llena de sorpresas
Este lugar de la noche
José Manuel Arango
Colcultura. Bogotá, 1984, 142 páginas
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Uno de los pocos axiomas que la poesía
tolera, a pesar de las escuelas y de los dogmáticos movimientos literarios, es la certeza
de que las estéticas pueden ser tantas como poetas hay y de que es imposible -y también
ilícito- imponerle a un poeta los criterios que deben orientar la construcción de sus
ásperos o melodiosos períodos de palabras. Cada poeta verdadero, cada nueva voz,
comienza algo y nos revela un costado de la realidad que sin él habría permanecido
secreto. Esta labor del poeta como revelador de cosas que son ciertas y son de todos pero
que permanecían en el oscuro limbo de las sensaciones y de los hechos, sin emerger a la
conciencia, es admirablemente cumplida por José Manuel Arango, cuya voz es una de las
más nítidas y singulares que hayan aparecido entre nosotros en los últimos tiempos.
Poesía que discurre en un ámbito voluntariamente limitado, poesía situada en una
región, en unos hábitos, en unas frecuencias de la naturaleza, pronto olvidamos sin
embargo su carácter local, porque el poeta consigue, con la severa magia de su lenguaje,
revelarnos lo que de verdadero y necesario para todos los hombres hay en esos llanos,
montes y calles por donde discurre pensativo y siempre vigilante. José Manuel Arango es
un poeta que no dice todo. La atmósfera total de sus poemas está apenas sugerida por
unos cuantos elementos, pero su nitidez y su vigor no dejan lugar a vaguedad alguna. Como
en la poesía oriental, de la que también, sin duda, procede, aquí la sombra maciza de
un árbol sobre un muro blanco basta para darnos la densa y agobiante quietud del verano,
y el paso solitario por calles que tienen nombre de batallas nos hace sentir la extensión
de la ciudad nocturna tras cuyas puertas cerradas los hombres han descendido a un mundo
prehistórico.
Esta poesía nos deja la constante sensación de un espítiru alerta a las menudas
tránsfiguraciones que son el espacio y el tiempo, un espectador conmovido de las
metamorfosis del mundo. José Manuel Arango sabe que mirar es también un movimiento del
espíritu, y en su poema Ciudad nos hace comprender que ir por esas calles
habituales es al mismo tiempo recorrer los planos sombríos del alma. Poesía para
desdibujar un poco ese vano abismo que imaginamos entre nuestras almas y el supuesto mundo
exterior, entre la ajena realidad y nuestras fantasías interiores. Estos poemas no se
mueven en el límite entre la realidad y la mente, viven de la fusión entre esas dos
regiones y de allí, con frecuencia, la intensidad onírica, es decir real e inmediata, de
sus imágenes, de sus hechos.
Lo primero que nos impresiona en estos poemas es la voluntaria y exquisita parquedad del
lenguaje. Más sorprendente es, sin embargo, que mediante esa suerte de ascetisrno el
poeta logre darnos tanta diversidad de temas y una tal plenitud de sensaciones. Su tono no
es nunca clamoroso, y lo cierto es que el poeta tampoco canta, en el sentido ondulatorio
de la palabra. Son poemas hablados, casi siempre serenos, aunque no renuncian a la
posibilidad de exaltarse, como lo prueba ya el que abre el libro Este lugar de la noche,
donde (en una Antioquia que bien podría ser Grecia o el perdido Imperio Chino, porque lo
importante es la respuesta de las criaturas ante los fenómenos) se nos hace sentir el
regocijo pagano de los hombres ante la noche que llega, ante el retorno de sus antiguos y
siempre nuevos misterios. A José Manuel Arango lo sobrecoge esa impresión de vida que
producen los movimientos físicos, el viento, el tembior del agua, el paso de las nubes y
el girar de las sombras bajo el sol que alabea en el cielo. Siente en los fenómenos algo
como la huella de antiguas catástrofes y en los hábitos de los hombres de hoy la
persistencia de los dramas eternos:
repetido naufragio de
los parques
en el anochecer
la hora en que cerrado
por el roce de un ala
sombría
el corazón desciende a frías moradas
Así, en aquel poema que comienza
diciendo "la casa que reduce la noche a límites", sentimos en la soledad de la
noche el emerger de pensamientos y de símbolos, como trozos que flotaran de un
hundimiento antiquísimo, como si el pasado de todos regresara a la vigilia de cada uno.
Hay en esos versos una raíz mítica, una capacidad sagrada para percibir bajo la aparente
trivialidad de los hechos ese sedimento de eternidad que todo lo sustantivo y lo
ennoblece. Que lo arrebata todo, también, al infierno de lo anodino, para darle su
trágico resplandor de cosa única y por ello preciosa.
Hablando de una mujer que avanza por un claustro, después de mencionar con preciso arte
pictórico:
la llama que una mano
translúcida
defiende del viento,
va describiendo aquella mujer arrebatada
al mundo. De repente llega a estos dos versos:
...un cuerpo intocado
prometido a la tierra
y sentimos de golpe la carga patética
del destino de esa doncella que no se entregó al amor pero que no será respetada por la
muerte.
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El poema Armonía sugiere que lo
música se parece a la muerte porque nos abstrae de nosotros mismos. Visita,, da
forma a la sensación de que la madurez de los frutos del verano es una de las
metamorfosis del fuego. En otro poema, la imagen y la voz de un vendedor de pájaros en el
mercado llevan al poeta a vislumbrar una suerte de lengua original y universal que subyace
bajo las voces de todas las criaturas, ese rumor platónico que debió de ser el idioma
del Paraíso.
Contra los hábitos de hoy, cada uno de estos poemas tiene un tema preciso, aunque no
siempre evidente. Ascensión a las montañas, con unos pocos trazos, nos da la
antigua certidumbre de que remontar las montañas es aproximarnos a lo sagrado que arde en
nosotros. Otro poema nos presenta cosas que ocurren lejos de la presencia del hombre,
cosas que sólo podemos imaginar y que a pesar de su apariencia de hechos percibidos sólo
son procesos mentales:
la semilla no oída
que estalla silenciosamente
junto al pozo seco
el mudo grito del cóndor en las soledades
la estrella
que mientras duermen hombres y bestias
arde en el cielo ciego.
En otra parte, el poeta asimila las
frecuencias de la naturaleza a los mecanismos de la memoria y, como Hölderlin, las formas
del mundo a letras de un lenguaje eterno:
los sueños del musgo en
las rocas
amarillas: recuerdos
del polvo que repite
antiguas formas
y por la playa difícil
el cangrejo, como un oscuro signo
del mar.
El segundo libro, Signos, está
compuesto en gran parte por singulares y hermosos poemas de amor. Uno de ellos reúne
fragmentarios ecos deL mundo que entran en el juego ritual de los amantes. Otro, las
inadvertidas circunstancias exteriores (el estruendo que cede al anochecer, las parejas
que se acarician junto a los bosques, los ojos de un venado, la voz de la tierra) que
urgen y unen a los que se aman. Otro medita sobre la parte de sí que los amantes entregan
al futuro al procrear, y ese descenso fugaz a un alba inicial donde son, más que ellos
mismos, la prefiguración de los que vendrán.
Algo de aurora pagana llena de promesas tiene este libro que no transige con nuestras más
aciagas tradiciones literarias. Su tono personal, que necesariamente ha de provenir de un
largo contacto con las literaturas y que ciertamente delata a un lógico que usa la
lógica para percibir mejor, para imaginar mejor, ese tono personal, digo, es casi
insolente por su novedad entre nosotros. Los lectores de poesía sentirán la distancia
insalvable que existe entre estos íntimos y precisos deslumbramientos y la seca prosa
entrecortado que ahora se acostumbra llamar poesía.
Como revelación de algo distinto en nuestro modo de percibir la realidad, como testimonio
perdurable de la identidad que existe entre nuestro sentir y el de tantos hombres en
edades y sitios distantes, como anuncio de algo más intenso y más poderoso en nuestro
destino colectivo, la obra de José Manuel Arango, que aún puede depararnos tantas cosas,
constituye, como la de Aurelio Arturo, un estremecimiento nuevo en el discurrir de nuestra
lengua. Justifica no sólo el entusiasmo con que tantos amantes de la poesía la
reciben ahora, sino la íntima satisfacción de quienes confían en la dignidad de
nuestras letras. Es una poesía que nos revela de pronto más apasionados y más lúcidos,
y conviene saludarla con gratitud y con alegría.
WILLIAM OSPINA
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