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Uniforme
galería del Olimpo Radica
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José Gabriel Tatis, un pintor
comprometido
Beatriz González
Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1988, 51 págs., ilustrado
A los cuarenta años, José Gabriel Tatis
Ahumada, nacido en Sabanalarga en 1813, emprendió la realización de unos Ensayos de
Dibujo, donde retrató a los políticos y diplomáticos de la época. Tatis se inició
como miembro de la guardia nacional en Mompox en 1840 y continuó su carrera militar por
cuatro años más hasta que en 1844 comienza a ejercer de profesor de arte en Bogotá.
Alterna estas actividades con la pintura y la política y luego se vincula a la
masonería. En el año 1884 fallece en Bogotá, dejando tras de sí una buena fama como
miniaturista.
El libro de Carlos Valencia Editores
recoge en edición facsimilar los Ensayos de Dibujo, y un estudio de Beatriz González
sobre el pintor, bajo un título genérico que parece querer insistir en un problema que
dio mucho que hablar a finales de los años sesenta, pero que no era preocupación en el
siglo XIX. Probablemente entonces nadie dejó de estar comprometido con alguna de las
causas políticas o económicas que agitaron la vida nacional. Los artistas no se pensaban
como se piensan hoy y, más bien, formaban parte de la clase artesanal. Más o menos
diestros en su oficio y tan comprometidos con una ideología como cualquier tejedor o
zapatero.
La autora, en su estudio sobre Tatis,
retorna ampliamente la investigación pionera, sobre el mismo pintor, de Gabriel Giraldo
Jaramillo, a quien tanto debe la historia del arte colombiano. La información básica
allegada por Giraldo está complementada con citas de prensa y otras noticias que
contribuyen a ubicar la trayectoria de Tatis, de quien, no obstante, son pocas las cosas
que se saben. El texto está ilustrado con ejemplos representativos del trabajo en
miniatura, pintura y grabado.
El libro es de gran formato, bella tipografía y excelente calidad editorial, exceptuando
el empastado, que se despega con facilidad. Ensayos de Dibujo es un conjunto de 136
ilustraciones que representan políticos, congresistas y algunos religiosos de la época.
En una advertencia caligrafiada, Tatis demuestra conciencia autocrítica de su propia
obra: "Conociendo la multitud de defectos que contiene esta producción, suplico a
todos lo que se dignen verla disimulen las imperfecciones de mis pinceladas, atendiendo a
que han sido hechas en el corto período de treinta y seis días y que con cinco o seis
excepciones, todas las semejanzas de las personas que figuran aquí han sido trazadas sin
tener a la vista los originales...".
El cuaderno se abre con un autorretrato
donde el pintor aparece dibujando dos de sus personajes pero, a la vez, muestra que tenía
serias dificultades con la perspectiva convencional, con las proporciones académicas del
cuerpo humano y con la representación de algunas de sus partes.
El énfasis del artista, la aplicación de sus capacidades de autodidacto y su minucia de
miniaturista, lo reservó a los rostros, Pintados casi todos de memoria, y aunque
posiblemente no resultaran entonces parecidos al modelo, hoy son los últimos vestigios de
personajes anónimos o conocidos, que con el tiempo, y a falta de otra imagen, terminan
pareciéndose al modelo o, mejor, siendo el modelo mismo.
La pose escogida por Tatis fue de pie y de perfil, porque sin duda simplificaba y
facilitaba el trabajo. Sólo se encuentran dos personajes sentados (excluyendo el
autorretrato) y sólo uno mira al espectador. Ciento veinticuatro miran al lado izquierdo
y apenas nueve al lado derecho, lo cual muestra las facilidades y dificultades del
artista. Se encuentra una amplia variedad de barbas, bigotes, cumbambas, narices, ojos,
cachetes y orejas, Por el contrario, los sombreros ofrecen muy poca variedad: repetidos
cubiletes que apenas se interrumpen en alguna cabeza descubierta o con el sombrero
distinto de algún cura o algún monseñor.
Los atuendos de riguroso paño oscuro o
marrón los resuelve generalmente en una mancha plana sin luces ni arrugas. A veces
interrumpe algún detalle sobresaliente en el pecho, un guante blanco precaria mente
dibujado, un bastón o una leontina que cuelga.
Algunos trajes se convierten en excepciones notables, donde el artista detiene su ojo
minucioso en un elaborado chaleco azul o en una camisa. Los zapatos son minúsculos,
ínfimos con respecto a la proporción del cuerpo, "apoyados" en un piso como
acuoso, trasparente, pintado sin referencias a una superficie natural, pero sabiéndolo
necesario para que las figuras no floten en el blanco espacio del papel.
Se combinan, pues, en estos ensayos, lo que el pintor sabe (espacio, atuendos) con lo que
ve (rostros). Pero lo que sabe es precario en términos académicos: no domina la
representación del espacio, ni las proporciones, y las leyes de la perspectiva apenas si
rigen su lápiz. Lo que ve el artista es lo que sabe y puede ver: rostros singulares
aprendidos en la práctica de la fotografía y la miniatura; esta última, arte por
excelencia de la naciente república, como afirma la autora.
La mayor parte de las figuras aparecen
congeladas, y las que intentan algún movimiento dan apenas un envarado paso hacia
adelante o se inclinan casi a punto de perder el equilibrio. Rompe el insistente desfile
de personajes el perro "fósforo" y dos dibujos finales que muestran el interior
de las cámaras legislativas. En ellos, la perspectiva de pirámide trunca estructura el
espacio pero no las figuras ni el color. Así que los personajes que están en el último
plano parecen en el primero, y los que están más cercanos al espectador lucen tan
pequeños como si estuvieran en el fondo.
Con una visión inexperta en términos
académicos pero, a la vez, con un inocultable deseo de expresión documental, los Ensayos
de Dibujo de José Gabriel Tatis ofrecen el encanto equívoco de la sutil diversidad de
una uniforme galería, que poco corresponde al realismo de los tormentosos tiempos del
naciente Olimpo Radical.
SANTIAGO LONDOÑO V.
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