Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 18.  Volúmen XXVI - 1989
 

El sancocho del diablo



IV Encuentro de la Palabra
Varios autores
Manizales, 1988, 511 págs, ilustrado.

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Por la calle que viene del hospital, entre el estruendo de la pólvora y las trompetas, entre los matachines, comparsas, alboradas y guarapo, un diablo de fibra de vidrio y cuatro metros de alto llega cada dos años a Riosucio. Por siete días implanta el carnaval, al cabo de los cuales otro satanás de trapo conoce por primera y última vez las lenguas del fuego, mientras el de la procesión duerme por otros dos años.
Pero cada año, en los últimos cuatro, la sombra del diablo ronda a Riosucio, cuando se celebra el Encuentro de la Palabra. Su figura es un tema inevitable, no sólo porque forma parte de la tradición popular, sino porque el mismo demonio, como veremos más adelante, intenta cobrar a los organizadores una deuda que sigue sin pago.
El lema que preside las memorias del IV Encuentro de la Palabra es de Otto Morales: "En defensa de la provincia debemos librar todos los combates". Luego de repasar las más de quinientas páginas de este libro, queda la impresión general de que el combate que aquí en realidad se libra es más bien contra el complejo de inferioridad cultural de la provincia frente a la metrópoli, complejo sostenido por una ingenuidad romántica y despistada. Se lee en la introducción: "Lo primero que sorprende es la importancia y calidad de quienes firman sus escritos. Son nombres de excepcional significado en la vida cultural colombiana" (pág.9). Resulta muy fácil darse cuenta exactamente de lo contrario. A mi juicio, de la veintena de autores, sólo unos dos pueden considerarse de importancia. Si los sé, mas no los digo.

En realidad, lo primero que sorprende es que en lugar de ocuparse específicamente de la palabra de una región, de su tradición, historia, lenguaje y todas las demás elaboraciones culturales, como sería lo propio, el Encuentro está más ocupado en fabricar una imagen de "cultura regional" para ser llevada "al pueblo", mediante la estrategia de hacer hablar a unos pocos intelectuales de turmequé y permitiendo que otros se deshagan en palabrerías, todos estos ingredientes sazonados en un proverbial desorden temático.
Sería demasiado hostigante referirse en detalle a cada uno de los veintitrés artículos reunidos en ocho capítulos, porque el balance se impone descarnado, y termina en saldo rojo sin que el plato fuerte aparezca. Pero el género de la reseña impide soslayar el contenido.

En las conferencias, reunidas en el capítulo III, coexiste una disquisición de Zapata Olivella sobre el diablo - donde apenas toca el de Riosucio pero habla endiabladamente del costeño -, con un texto de Rosita Jaramillo donde transcribe con largueza opiniones de Manuel Mejía Vallejo. "Había una vez un pueblo", de Carlos Gil, es una lista de personajes de la música y la poesía, al parecer de la región, salpicada de anécdotas pero carente del más elemental sentido cronológico y de pobre valor como testimonio personal.

Héctor Echeverry, en "Caras y caretas de la superstición", promete ensayar un conjunto de encuestas sobre la superstición, del tipo "Marque con una X: żLe han traído mala suerte las mariposas negras que entran en su casa? Siempre----, A veces----, Nunca----". Pero ni siquiera presenta los resultados y prefiere incluir, en cambio, una "antología" de siete textos sobre la superstición. Adalberto Agudelo, en "Revaluaciones y perspectivas de la literatura caldense", intenta dar cuenta del proceso literario del departamento con más palabras que hechos, y con una persistente sombra griega en el fondo, que lo lleva a postular un paradigma "grecoquimbaya".

A continuación encontramos, de Carlos Bueno, una breve reminiscencia de Jorge lsaacs, tan superficial como inexplicable en un Encuentro de la Palabra de Riosucio. Javier Díaz, en "Los riosureños reforman el diccionario de la Real Academia de la Lengua", plantea un tema muy propio del encuentro, pero apenas en el título, porque se limita a una divagación que incluye unas quince palabras "riosuceñas" y sus sinónimos, sin ningún estudio lingüístico.
En sus "Reflexiones sobre la danza y la palabra, para pensar en Colombia", Octavio Marulanda se devuelve a Grecia, a Dionisos y Apolo, para luego ensartar una lista de danzas autóctonas, sin aportar un mayor desarrollo del tema que procure su rescate y conocimiento, como si fuera suficiente mencionar el pasillo, el currulao, la media caña, el baile de las pesarosas o el son de las vacas.
Hernando González toca un tema novedoso y de interés: "Las hojas volantes, un instrumento de la palabra,". Es tal vez el trabajo más serio, mejor documentado, que no se diluye en un requiebro romántico por su objeto de estudio. Una de las mejores presas de este equívoco sancocho de temas y palabras.
"Camdomble", un artículo de Arnulfo Arias, adornado por unas ilustraciones bastante malas, presenta una experiencia personal con la macumba y una reseña del carnaval de Río.
El capítulo IV contiene poesías de Harold Alvarado Tenorio, Jaime Jaramillo Escobar y Juan Manuel Roca. El lector siente el poder y la belleza de los versos de Jaramillo, al lado de los languidecientes ecos de Cavafis y de la pirotecnia de la llamada poesía de la imagen. Compadre, no coma coco.

A continuación se encuentra una insustancial entrevista con la escultora Ana Cecilia Mesa. Y poemas y pinturas de Gonzalo Cerón. Compadre, no coma coco.
El capítulo VI trata de cine, de Lisandro Duque y del Tren de los pioneros. El VII de la preservación del patrimonio arquitectónico. Participa Néstor Botero con un texto correcto pero que no profundiza como sería deseable en la arquitectura de Riosucio y sus alrededores. El grupo Estética Popular, de Medellín, trae un artículo sobre la "Estética de la emigración", donde a unos datos de la sociología urbana antioqueña le cosen unas listas de canciones populares y el colorido de la cantina y la casa de pueblo, como si las tasas de urbanización y la proporción de población urbana - rural estuvieran en relación dialéctica - popular y cotidiana con el bolero Amanecí bebiendo de Los Pamperos, con Corazón prisionero de Bower y Villafuerte, o con los colores patrios en las fachadas. El propósito de preservar una "estética popular" urbana los lleva a proponer veladamente, llenos de emoción estética y popular, el uniformar la ciudad con el diseño de los buses de escalera, el decorarla a la manera de un enorme bar, o el diseñarla siguiendo las composiciones de los zócalos rurales, todo ello enarbolado contra la impuesta "estética internacional". Nadie comió, ni yo tampoco.

El teatro Cuesta y su historia (construido en 1934 por una acaudalada dama), el plebiscito para evitar su demolición, la posterior declaratoria de Colcultura como parte del Patrimonio Cultural Colombiano, la subsiguiente resolución aclaratoria de que el teatro es patrimonio pero no monumento nacional, cierran el volumen.
Por ninguna parte aparece la literatura de la región, ni la tradición oral, las historias de los barrios o las veredas, probablemente porque no serían firmas "importantes" las de sus autores. El diablo es un ángel rebelde que no come cuento a pesar de este sancocho anual. La deuda con la palabra propia sigue registrándose en la contabilidad del infierno. Nadie comíó, ni yo tampoco.

 

SANTIAGO LONDOÑO V.