Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 18.  Volúmen XXVI - 1989
 

Renovación interior: Libros y otros delirios


Historia baladesca de un poeta
Eduardo Gómez
Universidad Nacional, Bogotá, 1988

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En la labor poética actual, en nuestro país, hay un "valor", para emplear el término apropiado en la filosofía moral de Nietzsche o de Scheler, que resulta excepcional y, por lo mismo, inapreciable: es la autenticidad. Es el que he hallado en los varios libros de poemas escritos por Eduardo Gómez: primero en su Restauración de la palabra (1969) - su volumen inicial, magnífico y después en El continente de los muertos (1975), en Movimientos sinfónicos  (1980) y en su reunión de poemas escogidos, Poesía, 1969- 1985. En el libro que acaba de aparecer, Historia baladesca de un poeta (1988), publicado por la Universidad Nacional de Colombia, ese rasgo de sinceridad y autenticidad surge desde los primeros versos. No se trata, como es claro, de buscar y hallar la poesía en una sola vertiente, pues esa autenticidad de raíz puede hallarse en temperamentos líricos tan dispares corno el de Jaime Jaramillo Escobar, en María Mercedes Carranza, o en José Manuel Crespo; y es la nota subterránea, tan invisible y parca pero tan real, que se echa de menos en poetas que, por tratar de ser originales o de situarse en un supuesto plano de avanzada, derivan hacia un lirismo que busca primordialmente el desconcierto del lector.

El nuevo libro de Eduardo Gómez muestra una renovación interior muy honda y también, por consiguiente, una renovación en el estilo y en la línea poética. Sigue siendo un poeta en busca de nuevos hallazgos líricos, de nuevas formas de expresión, de estrictos vocablos que traduzcan fielmente su intención poética, el mundo, o los diversos mundos, que el poeta quiere transmitir.

Este volumen trae, ante todo, un poema capital, en torno del cual giran los otros treinta que constituyen el nuevo poemario. Es el titulado, como el libro mismo Historia baladesca de un poeta. Balada a la manera medieval, historia de un testimonio, instantes rescatables de una prolongada emoción lírica... todo ello, pero también visión íntima de la propia vida, del pasado, de lo vivido y lo soñado. Es, desde luego, una prolongada confesión, personalísima, con instantes de angustia y de desgarramiento interior, con hermosas alusiones al mundo secreto de la infancia, la búsqueda de respuestas que siempre se escapan, en la maraña de los días, ideales y decepciones en el doble universo del pensamiento y la emoción y, más allá, el tema obsesivo de la muerte vislumbrada en la ciudad nocturna. La confesión le lleva también a su indagación por el cerrado mundo de la lírica y, más allá, a "las noches agobiantes de una Colombia hinchada por el hedor de cadáveres en campos y ciudades". El verso libre, pero estricto, ceñido a la significación recóndita, va pasando así de la reminiscencia a la actualidad, y del recuerdo teñido de nostalgia a las formas más desnudas de los actos del hombre.

Hay zonas de este poema que deben ser citadas:

Para él todavía no existía la historia/ sino la madre presidiendo un mundo amable y protector/ cuando la gran casa de flores cerrada corno un conventos se tornó mezquina para el mundo de sus sueños/ y los niños delicados y las palomas y los juegos/ dejaron de ser amigos para tornarse siervos. /
Los cuentos de hadas les dieron fuerza para crecer con alas/ y en la penumbra de los bosques donde los pájaros invitan/ conoció la incitación del enigma y la búsqueda/l y los ríos le hablaron de sus primeros viajes./
Cuando murió el padre se consoló de esa traición/ contemplando los cementerios a la luz de la luna/ y envidiando los supuestos ensueños de los muertos. / Se convirtió en centro exclusivo de las caricias de la madre/ y al saturarse de sus mimos de leona irritadas/ huyó a los rincones y compartió la embriaguez de la vergüenza/ traicionando apasionado aquel tedio severo/ con el placer solitario que encendía hogueras nocturnas/ -a los pies de Jesús-María y sus santos cortesanos/ y que avivó para el resto las brasas de su infierno/ y le dejó por siempre la demoníaca santidad de los estigmas.

Me parece que el mismo poema decae cuando el autor entra a enumerar, con demasiado detalle y nombres propios, a sus compañeros de viaje por el mundo, sus interlocutores totales, como lo expresa el verso. Pero el poema se mantiene, en su singular alcance, en su sobriedad, en la eficacia de la palabra, ahora otra vez "restaurada" - para aludir a la expresión de su primer volumen: Restauración de la palabra -. Aquí, en el nuevo libro, hallamos la palabra otra vez restaurada, porque el poeta necesita nuevos vocablos, una música más secreta, nuevos signos para expresar y transmitir la renovada experiencia lírica. La sensibilidad va cambiando, como la piel, como el organismo entero, y otro tanto debe hacer, forzosamente, la poesía que pretende decir la nueva realidad del hombre.
Hay otros poemas y momentos que deben ser puestos de relieve, como el Lamento por la muerte de algunos dioses, las estrofas dedicadas a Barba- Jacob, el monólogo desarraigado y el soliloquio del poeta maldito, la balada de la utopía y el poema dedicado al bosque de la infancia, donde se puede leer:

Aquí jugaron los niños a la vida y la muertes y después la vida y la muerte jugaron con su suerte.

En fin, hay que leer el nuevo libro con recogimiento y asombro.

ANDRÉS HOLGUÍN