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Heidegger
desde la otra orilla
Postontología
Wolfgang Janke
Traducción e introducción de Guillermo Hoyos.
Colección Universitas Philosophica,
publicada por la facultad de filosofía de la Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá,
1988.
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El autor de este ensayo, que ha traducido
el profesor Guillermo Hoyos Vásquez, actual decano de la facultad de ciencias humanas de
la Universidad Nacional, fue discípulo de Heimsoeth, de Eugen Fink y Volkmann-Schluck, y
posteriormente se convirtió en asistente de este último en la Universidad de Colonia.
Allí mismo se hizo profesor, en 1975 y fue llamado como ordinario a la de Wupertal, de
cuya facultad de filosofía y teología fue también decano. Ha escrito, entre otros,
libros sobre Leibniz y Fichte, y editado del segundo, con una introducción y un
comentario, su Doctrina de la ciencia de 1804. Su procedencia académica explica en
parte los problemas filosóficos que ocupan su interés: el idealismo alemán, Nietzsche,
Heidegger. Particularmente este último parece haber influido considerablemente en su
formación, incluso nos atrevemos a considerar que en lo fundamental su trabajo es
tributario del maestro de la Selva Negra.
El se divide en dos partes: la primera, de Introducción histórica, y la segunda,
intitulada Elementos sistemáticos para una postontología; pero no es un texto
propiamente "sistemático", por lo menos no en el sentido clásico del término.
Quisiéramos en primer lugar y
primordialmente considerar la segunda sección de la primera parte, que lleva por título El
instante de la sombra más corta - acerca del ocaso de la ontología platónico en el
advenimiento del nihilismo. Janke recuerda la definición de Nietzsche a este
respecto, según la cual éste radicaría en el rechazo de todo valor, sentido y
deseabilidad: "No se rechazan valores particulares, como los valores cristianos de la
misericordia y la compasión; se rechaza colocar la vida bajo algo así como un valor
eterno, un ser suprasensible de otro mundo e ideales inalcanzables". Porque el
nihilista afirma que "no hay nada (nihil), a saber, nada que tenga que ver con los
significados platónico-cristianos de la vida y de la historia", y tampoco nada que
tenga que ver con las categorías fomentadas por el positivismo: "desarrollo",
"progreso", "meta con sentido", "fin último". "El
progreso no es, a los ojos de Nietzsehe, un hecho que pueda constatarse precisamente, sino
que es una mera apariencia. El tiempo corre hacia adelante, este es el hecho. Que también
todo lo que ocurre en el tiempo corra hacia adelante es pura creencia (... ) Y con
respecto a los fines últimos de la historia universal, pronosticados por la ilustración
y el positivismo, todos ellos se han mostrado hueros en el correr del tiempo: la solución
científica de todos los problemas vitales y de todas las incógnitas del mundo, el
establecimiento de un orden moral mundial, el aumento de amor y paz en las relaciones
entre los hombres y los pueblos - en suma: el establecimiento posible de un estado general
de felicidad sobre bases científicas" (págs. 39-40).
Como decíamos en otra ocasión, parece,
en efecto, conveniente situar el caso Nietzsche en el interior de un "horizonte"
lo suficientemente amplio que permita comprender hasta qué punto con él entra en crisis
una tradición que en su desarrollo significó algo así como una actitud, un paradigma
del comportamiento de la civilización occidental que arraiga en Platón, en su escisión
de la realidad en el mundo de lo inmediato (degradado, en la alegoría de la caverna, a la
condición de mera sombra) y un mundo superior, un topos uranos celestial de las
eternas esencias de las cosas.
Que San Agustín vaya a situar ese lugar
precisamente en la mente divina no hace sino confirmar el aserto de Nietzsche según el
cual el cristianismo sería un "platonismo para el pueblo", una versión popular
de las ideas de Platón. La irrupción del "nihilismo" - ese, "el más
incómodo de los huéspedes", que dijera Nietzsche- habría significado el
agotamiento de una fórmula, de un lenguaje legitimador que en último término habría
hipostasiado la satisfacción efectiva de las necesidades humanas inmediatas en un mundo
"superior" cuyo discurso habría sido precisamente la metafísica occidental,
con su tradición y su peso ontoteológico, todavía presupuesto en la ego-ontología que
irá a caracterizar a la época moderna.
Tal vez se lo pueda resumir en una interrogación: ¿hasta qué punto representa Nietzsche
la culminación de la moderna metafísica de la subjetividad - y de la subjetividad
típicamente moderna, esa subjetividad cuyo protofenómeno será la voluntad de poder y
cuyo programa parece haberse desplegado desde el Renacimiento en el arte de la política y
de la guerra, en el arte económico, en la ciencia y la técnica, en la universalización
de la historia por la consolidación del mercado mundial y la gestación de la
circunstancia planetaria-, y hasta qué punto ha inaugurado él una nueva dimensión del
pensar?, o corresponderá esto más bien a Heidegger, a Marx?
1
.
Janke, sin embargo, no concreta su
reflexión en esta dirección, no indaga por el contenido material, histórico-concreto,
de sus categorías y permanece - como acontece frecuentemente con los epígonos de
Heidegger- en el nivel de la ontología que pretende superar, pero por detrás de
Heidegger mismo. Así, al considerar dos aforismos de La gaya ciencia, plantea,
como consecuencia de la liberación ("¡Hemos dejado la tierra y nos hemos embarcado!
Hemos dejado los puentes detrás de nosotros (... ) hemos cortado con la tierra detrás de
nosotros"), que "la vida audaz y atrevida siempre abandona la tierra firme de
los padres y de las autoridades" y que el espíritu libre "corta las ataduras
con un ser del más allá", aunque el aforismo subsiguiente expresa "lo
monstruoso [sic] de esta praecisio: el cortar las ataduras metafísicas mata a
Dios" (págs. 40-41).
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Seguramente ha sido la metafísica misma
- y la ilustración, desde Bacon y Descartes- la que ha llevado a cabo tal deicidio. Y la
técnica maquinista, y el afán de lucro, la salida de las naves desde las postrimerías
del siglo XV hacia todos los confines de la tierra, considerada anteriormente según el
paradigma del ens creatum y que ahora la voluntad de poder del hombre moderno,
habiendo desacra lizado por completo la imagen de la naturaleza, transformó en inmensa
reserva de materias primas movilizadas para el proyecto industrial planetario. El segundo
aforismo que cita el autor contiene el mismo relato que reproduce íntegramente Heidegger
en su ensayo La sentencia de Nietzsche "Dios ha muerto", que proviene del
importante curso dictado por él a fines de los años treinta, recogido en Holzwege ("Sendas
perdidas') en 1950.
El nos cuenta de un nuevo Diógenes que
buscaba en la plaza de una ciudad a plena luz del día y con una linterna no al hombre
sino a Dios. "¿A dónde ha ido Dios? Os lo voy a decir. Lo hemos matado, vosotros y
yo, todos nosotros somos sus asesinos. Pero, ¿cómo hemos podido hacerlo? ¿Cómo pudimos
vaciar el mar? ¿Quién nos dio la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hemos hecho
después de desprender a la tierra de la cadena de su sol? ¿Dónde lo conducen ahora sus
movimientos? ¿A dónde lo llevan los nuestros? ¿Es que caemos sin cesar? ¿Vamos hacia
adelante, hacia atrás, hacia algún lado, erramos en todas direcciones? ¿Hay todavía un
arriba y un abajo? ¿Flotamos en una nada infinita? ¿Nos persigue el vacío con su
aliento? ¿No sentimos frío? ¿No veis de continuo acercarse la noche, cada vez más
cerrada? ¿Necesitaremos encender las linternas antes del mediodía? ¿No oís el rumor de
los sepultureros que entierran a Dios? ¿No percibimos aún nada de la descomposición
divina?... Los dioses también se descomponen. ¡Dios ha muerto! ¡Dios permanece muerto!
¡Y nosotros le dimos muerte! ¡Cómo consolarnos, nosotros, asesinos entre los asesinos
... ! ".
Ya Heidegger comenzaba el ensayo que hemos mencionado planteando precisamente como su
objetivo el dar una indicación que pudiese hacer posible algún día formular "la
pregunta por la esencia del nihilismo". Janke se mueve en esta dirección. El
establece, de acuerdo con la alegoría de Platón en el libro VII de La república e
interpretando el relato de Nietzsche, que a consecuencia del crimen que ha cometido el
hombre moderno "la tierra ya no está suspendida del sol": es decir, de la idea
del "Bien" (To Agathón). Con ello se apunta al meollo del asunto:
"El dios de los filósofos está muerto, y con él muere la teoría
platónico-cristiana de los dos mundos - en términos platónicos: la diferencia entre
este y el otro mundo. Lo que realmente hay es sólo tierra. Y esta tierra ya no se
desvirtúa más - en términos platónicos: como lo sensible transitorio; en términos
cristianos: como valle de pecado y de miserias. Con el más allá de las ideas y su fuente
divina desaparece también la diferencia valorativa arriba y abajo", lo que
implicará la desorientación fundamental del hombre moderno que "ya no sabe hacia
dónde va" (págs. 41-42).
Con el advenimiento del nihilismo
europeo, ese acontecimiento que Nietzsche registrara - como un sismógrafo, para emplear
la drástica y afortunada expresión de Golo Mann-, se ha llegado a la culminación de un
proceso que en lo esencial coincide con el acabamiento (lo que el alemán expresa con el
término Voll-endung) de la época moderna: la modernidad conduce en su plenitud al
ocaso de los dioses: "lo suprasensible y su dios se oscurecen en el crepúsculo, el
más allá pierde su fuerza consoladora y redentora ( ... ) La doctrina de Platón sobre
lo terrenal como mera imagen y silueta de las ideas ha desaparecido (... ) El nihilismo
aclara: no hay nada que corresponda al discurso sobre el ser verdadero y las cosas en sí.
No tenemos derecho a elaborar un mundo de ideas - de la justicia en cuanto tal, de lo
bello en sí, de lo absolutamente uno - y a despreciar, en comparación con el modo de ser
perdurable y divino de las ideas, el devenir pasajero de los fenómenos y de las
imágenes. 'Ser', categoría de la razón, es algo que se ha impuesto al mundo, lo mismo
que las categorías cosmológicas de unidad y fin. Y el que nuestras presentaciones
categoriales sean determinaciones del ser del mundo de la experiencia es pura creencia,
fomentada desde Parménides hasta Hegel. "Al extraer del mundo las categorías de la
razón, entonces aparece éste sin sentido. Lo que realmente es solo un devenir sin ser y
sin sujeto". De esta manera consuma el nihilismo "el movimiento contrario de la
rescendencia", es decir, "invierte la tendencia fundamental de la ontotelogía
platónico": con él y a través de él "llega a su fin insuperable la
ontología platónica de la trascendencia" págs. 42-44).
En la sección inicial de esta primera
parte, el autor intentaba una sucinta reflexión sobre otro estilo, otra forma o
protofenómeno del pensar y de la cultura contemporánea: Praecisio mundi: el estadio
de la metafísica según la comprensión del positivismo. Allí se dice, un poco
simplemente: "nuestra época, la del positivismo victorioso y del nihilismo, tiene la
propiedad de ser una época del mundo sin metafísica...". Pero como advierte en
seguida, "una época sin metafísica no puede concebir su propia esencia: es ciega
para el ser". Por lo cual y (1) "para remediar esta necesidad" (2)
"sería necesaria" (3) una
"postontología" (pág. 28).
¿Qué es lo que se quiere superar, por qué el "post-"? Janke nos cuenta que la
razón moderna - y con ella, agregamos nosotros, eso que llamamos moderna cultura
occidental y entre tanto planetario: capitalismo, secularización, desencantamiento,
masificación, burocratización, etc. - es el resultado de una decisión sobre el ente,
que aconteció con Descartes, con su pensamiento del cogito ergo sum incubado en
medio de la profunda crisis de aquel invierno de 1619 en el suburbio de Ulm en Suabia: el
pensamiento del cogito, la seguridad y la afirmación de la razón que se
autopercibe como tal, como fundamento. Y con ello la dignidad del individuo, del citoyen
y del burgués, mejor dicho. Con la transformación de la verdad en certitudo - en
certeza, la única que puede garantizar el progreso del conocimiento científico y de la
civilización basada en él-, el criterio de la clara et distincta perceptio ha
sancionado igualmente el proceso secularizador iniciado con el ascenso del tercer estado
desde las postrimerias del siglo XI: nos encontramos en la aurora de la modernidad.
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Como lo formula Janke, "por eso
llamamos preciso lo que se resume en lo esencial, lo determinado distintamente, lo medido
exactamente, lo dicho concisa y claramente. Ya desde Descartes, exige el método de
nuestra representación científica del mundo una claridad y distinción tal que ,elimine
todo lo dudoso y oscuro y confuso. Lo primero que se arroja como dudoso son los conceptos
fundamentales de una metafísica teológica y las imágenes poéticas de lo
mítico-religioso. La aclaración metódicamente progresiva de la imagen del mundo hace
superficiales tales conceptos. El cosmos desacralizado ,está ante nosotros preciso, es
decir, Explicable en su origen, medible en su extensión, expresable matemáticamente en
su estructura en pocas fórmulas" (pág. 29).
Desde que en 1822 Auguste Comte la formulara en su Opuscule fondamental, la ley de
los tres estadios ha enseñado a la conciencia burguesa que su época representa la
plenitud del proceso secularizador: a un estadio "ficticio", de la religión, le
ha seguido un estadio "abstracto", de la metafísica, y ahora hemos llegado -
escribía veintiséis años antes del 48- al "estadio final, el de la ciencia
positiva". Y de los ferrocarriles, decimos nosotros (y era en lo que pensaba Comte).
Y del intercambio universal, y de la formación de la sociedad urbana y planetario de
masas, porque tenemos que ubicarlo en esa dimensión del lenguaje y creemos necesario
secularizar y socializar el lenguaje mismo de una consideración que pretende captar lo
esencial en los procedimientos de la contemporaneidad planetario del siglo XX, que ya
termina.
El resultado final de esta depuración
racionalista y positivista de la modernidad es el sacrificio de la religión y la
metafísica: "De hecho, especialmente la precisión neopositivista del lenguaje del
conocimiento, corta las lenguas de la religión y ordena callarse a la metafísica como
embrujadora del entendimiento mediante abstracciones del lenguaje". Como una
consecuencia del "criterio empirista de sentido" se extiende la sospecha de que
el discurso de la religión y de la metafísica "no sólo es impreciso sino sin
sentido". Entonces se pregunta el autor: Pero, "¿qué sucedería si los
discursos religioso-mitológico y filosófico-metafísico fuesen exposiciones del mundo de
igual linaje que la exploración científica, porque, así se ocupen de intenciones
cognoscitivas y verdades diversas, estas son igualmente esenciales que las de las
ciencias? ¿Y no se vuelve unilateral nuestra interpretación del mundo mediante el
lenguaje, en la medida en que la palabra comprensiva se estrecha acomodándose a los
dictámenes de lo positivo?" (pág. 36).
A rescatar esas formas alternas o
alternativas de "mundos de la vida" o diversos modos de "ser-en-el-mundo
", según se prefiera la terminología de Husserl o la de su discípulo, están
consagrados los otros ensayos del libro. Primero a través de Hölderlin en torno a su
elegía Paz y vino y otros fragmentos suyos, para llegar a una consideración final
y global que obviamente mucho recuerda a Heidegger: "Desde hace mucho tiempo - desde
la superación del mito por la física de Tales de Mileto, es propio de la época
aprovecharse de todas las fuerzas celestiales: el agua de la fuente, la lluvia de las
nubes, el soplo de los vientos, el ardor del sol, el rayo de la luz. Y en sacralidad
arcaica también la tierra nutricia o los ríos productores de parajes y los mares que
unen son divinos. Quien los pone a su servicio es obvio que no vuelve a agradecer por luz
y aire, pan y vino. Lo que alguna vez se tuvo por don se ha transformado ahora en reservas
disponibles para la promoción de la técnica moderna. Todas las 'cosas' son entidades
exclusivamente en cuanto reserva de energía disponible para el fomento, regulación y
aseguramiento de lo técnico" (pág. 48).
Adorno y Horkheimer situaban aun más
atrás el arquetipo de la ilustración: en Homero, que relataba de qué modo Ulises se
hizo atar al mástil de la nave y obligó a sus remeros a taponarse los oídos con cera
para no sucumbir al canto y el encanto de las sirenas. Pero Homero fue también quien nos
transmitió una primera acepción de sofós, el sabio. Sabio, según su testimonio,
era el que sabía construir los navíos: la causa efficiens, al servicio de la
autoconservación... Como lo plantearía la ilustración clásica en su primera etapa del
siglo XVII, con Renato Descartes, por ejemplo, cuando, aconsejaba abandonar "esa
filosofía especulativa que se enseña en las escuelas" y estatuir una nueva y
"práctica", la que requería la época y el proyecto de la clase vigorosamente
emergente por entonces, una filosofía mediante la cual, "conociendo la fuerza y las
acciones del fuego, el agua, el aire, los astros, los cielos y todos los demás cuerpos
que nos rodean, tan distintamente como conocemos los diversos oficios de nuestros
artesanos, los podríamos emplear del mismo modo para todos los usos a que se prestan y
convertirnos así en una especie de amos y poseedores de la naturaleza"; o con aquel
Bacon de Verulamio a quien hace hablar Inmanuel Kant en la dedicatoria a su protector en
la primera página de ese libro que imprimiera Johann Christian Hartnoch, de Riga, en la
primavera de 1781. Su breve aforismo: Knowledge is Power.
"Lo que no se adapta al criterio del
cálculo y la utilidad es, a los ojos de la ilustración, sospechoso (...) la ilustración
es totalitaria". Esta consideración proviene del mismo "fragmento
filosófico" - como lo subtitulaban sus autores de donde proviene la alusión a
Odiseo como prototipo de la ilustración, del hombre "moderno", publicado hará
ya pronto sus cuarenta y dos años por la Querido Verlag, que había sido hasta el
estallido de la guerra y la ocupación de Holanda la editorial de los emigrantes
antifascistas en Amsterdam: Dialektik der Aujklärung.
No quisiéramos, al introducir un fragmento de este libro, evitar demasiado la
impresión de parecer un tanto arrogantes, como si quisiéramos decir, por ejemplo, que
esto o aquello "ya se ha dicho" o "ya ha sido dicho" por alguien en
alguna parte, para pasar enseguida a señalar el pasaje correspondiente y con ello a
insinuar de algún modo que el trabajo del cual nos ocupamos carece de
"originalidad", o algo semejante. Pero sí nos interesa propiamente contrastar -
como se dice ahora - el estilo, la modalidad del lenguaje empleado en los dos casos.
Porque es éste, precisamente, el que nos resulta deficiente en el que nos ocupa en este
momento, por su ausencia de referencias concretas a los contenidos materiales y
específicos en la situación del hombre contemporáneo.
Decían sus autores en 1947: "Bien
que ajeno a las matemáticas, Bacon ha sabido descubrir con exactitud el animus de
la ciencia sucesiva. El feliz connubio en que piensa, entre el intelecto humano y la
naturaleza de las cosas, es de tipo patriarcal: el intelecto que vence a la superstición
debe ser el amo de la naturaleza desencantada. El saber, que es poder, no conoce límites,
ni en la esclavización de las criaturas ni en su fácil aquiescencia a los señores del
mundo. Se halla a disposición tanto de todos los fines de la economía burguesa, en la
fábrica y en el campo de batalla, como de todos los que quieran manipularlo, sin
distinción de sus orígenes. Los reyes no disponen de la técnica más directamente que
lo que lo hacen los mercaderes: la técnica es democrática como el sistema económico en
que se desarrolla. La técnica es la esencia de tal saber. Dicho saber no tiende - sea en
Oriente como en Occidente- a los conceptos y a las imágenes, a la felicidad del
conocimiento, sino al método, a la explotación del trabajo, al capital privado o
estatal. Todos los descubrimientos que aún promete, según Bacon, son a su vez
instrumentos: la radio como imprenta sublimada, el avión de caza como artillería más
eficaz, el proyectil guiado a distancia como brújula más segura. Lo que los hombres
quieren aprender de la naturaleza es la forma de utilizarla para lograr el dominio
integral de la naturaleza y de los hombres. Ninguna otra cosa cuenta. Sin miramientos
hacia sí misma, la ilustración ha quemado hasta el último resto de su propia
autoconciencia. Sólo el pensamiento que se hace violencia a sí mismo es lo
suficientemente duro para traspasar los mitos. Frente al actual triunfo del sentido de los
hechos, incluso el credo nominalista de Bacon resultaría sospechoso de metafísica y
caería bajo la acusación de vanidad, que él mismo formuló contra la escolástica.
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Poder y conocer son sinónimos (...) No
debe existir ningún misterio, pero tampoco el deseo de su revelación (...) En su
itinerario hacia la nueva ciencia los hombres renuncian al significado, sustituyen el
concepto por la fórmula, la causa por la regla y la probabilidad..."
2
En la segunda parte del libro se hace aún más evidente la dependencia del autor con
respecto al pensamiento de Heidegger, acaso el filósofo más controvertido de nuestro
siglo. Pero esto incide precisamente en imposibilitar un diálogo con él: pues este sólo
es posible allí donde el otro a su vez piensa e interroga ya desde sí mismo. Es una
pena, porque creemos que a cien años de su nacimiento (en Messkirchen, una aldea del
suroeste de Alemania, el 26 de septiembre de 1889, como hijo del maestro tonelero y
sacristán del pueblo), una genuina controversia con la obra de Martin Heidegger
resultaría necesaria después de tantos equívocos: de sus seguidores en primer lugar,
pero también de sus detractores, de sus lectores y sus no lectores, sus imitadores y sus
falsificadores y sus plagiadores, y a cincuenta años de acontecimientos que lo
involucraron desafortunada - ¿o fatalmente?- en la mayor desdicha del siglo. Necesaria,
para pensar en toda su consecuencia la problemática de la crisis contemporánea.
Mencionaríamos, además, dos carencias
fundamentales. En primer lugar: aunque todo el contenido de los tres primeros capítulos,
comenzando por el intitulado Logos apofanticós y lógica categoríal hasta Verdad y
existencia y Ser expuesto en el mundo, etc., proviene en lo esencial de Vom Wesen
des Grundes - un tratadito complementario a Ser y Tiempo publicado un año
después de éste
3
-,
no se remite ni se concentra en él, ni reseña la polémica de Heidegger con lo afirmado
por Leibniz en su tratado Primae veritatis, en el cual este, remitiéndose a
Aristóteles, ubica y determina en el juicio o la proposición el lugar de la verdad.
Aquí se replantea lo ya dicho en Ser y Tiempo en cuanto a un darse más originario
de la verdad del ente en su o desde su ser, la verdad óntico-ontológica: A-le-theia,
desocultamiento anterior y prepredicativo, como aprendiera el joven Heidegger de su
maestro Edmund Husserl, cuyo fallecimiento en tiempos aciagos, hace cincuenta años,
conmemoramos en 1988.
En segundo lugar, nos resulta lamentable que no se haya considerado otro texto,
fundamental precisamente en el contexto de la praecisio mundi: La época de la imagen
del mundo, una discusión con las Meditationes. De Prima Philosophia o Meditaciones
Metafísicas de Descartes, que proviene de un curso del año 37 que se anunció
entonces con el titulo "La fundamentación de la nueva imagen del mundo por la
metafísica" y fue recogido en 1950 en un libro al que ya hemos aludido: Holzwege.
Este ensayo sería el más pertinente
para iniciar un diálogo genuino con Heidegger a propósito de la praecisio mundi, es
decir de la modernidad'. Tal vez en este texto se aproxima Heidegger a pensar la esencia
de la época moderna en el lenguaje más secularizado posible a que pueda llegar un
filósofo, sin dejar de serlo. Y que se nos permita mantener frente a ello una sincera
ambivalencia, por que eso de la superación de la filosofía no es cosa tan fácil, aunque
inevitablemente la vivamos como pasado: que podamos pensar todavía se lo debemos a ella.
Porque Heidegger todavía piensa en el
modo de la filosofía que intenta superar, muestra en el diálogo con Descartes lo que en
él se anuncia y se manifiesta, en sus palabras o detrás de ellas, y delante de él
mismo: la modernidad, la época moderna. Aunque tampoco logra concretar su
caracterización en el sentido del contenido material de las categorías.
Y esta misma indicación quisiéramos hacerla extensiva al presente caso, el ensayo del
profesor Janke. Así, por ejemplo, cuando afirma que la filosofía "fue y es primero
que todo ontología": ya el empleo de los dos tiempos verbales plantearía el primer
problema, que por ello mismo se elude. ¿Porque, no es precisamente con el presente de la
modernidad planetario y la socialización casi total de la vida que se ha llegado a
plantear la pregunta por el destino de la misma ontología?
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El texto continúa: "(...) Pero su
más entrañable doctrina, la de las categorías, está apegada desde un principio,
unilateralmente, al logos apofántico o al juicio como lugar genuino de la verdad. Desde
Platón, se orienta la búsqueda de la unidad y la pluralidad del ser y de los primeros
significados del ser del ente en la afirmación del ser verdadero de la conformación
lingüística del enunciado proposicional. Y, desde entonces, la doctrina del ente en
cuanto tal se volvió precisa, pero también pobre y carente de existencia" (pág.
63).
Nos vuelve a parecer una formulación
simple. ¿Por qué no preguntar más bien qué significó kat´agoreo, categoría?
Pues ello tiene que ver con la polis, con el ágora, inmediatamente con la
existencia ciudadana del animal social. Kat´agoreo significó entonces decir algo
de algo, atribuir algo a algo, pre-dicare. Hablar sobre algo en el ágora, decir
algo de algo en el espacio público de la palabra y en la sociedad civil de la razón.
Recordemos que en las primeras páginas de Ser y Tiempo trataba Heidegger de
mostrar una caracterización prepredicativa de las cosas y encontraba en el término que
usaban los griegos para designar los utensilios de la vida cotidiana: ta prágmata, el
más pertinente ejemplo. Recordemos también que ellos llamaron al patrimonio personal la ousia,
y sabremos con qué pensar debe ser confrontado este pensar. ¿Será necesario
ejemplificarlo aún más atrás y más explícitamente, ir a los orígenes de la teoría
crítica misma, en un escrito redactado en Bruselas por dos jóvenes hace ya casi sus 142
años, pero que en cierto y peculiar modo es contemporáneo a los otros escritos
mencionados, porque apenas en el año 1932 fue publicado en su integridad? "El
espíritu nace ya tarado con la maldición de estar preñado de materia, que aquí se
manifiesta bajo la forma de capas de aire en movimiento, de sonidos, en una palabra, bajo
la forma del lenguaje. El lenguaje es tan viejo como la conciencia: el lenguaje es la
conciencia práctica, la conciencia real, que existe también para los otros hombres y
que, por tanto, comienza a existir para sí mismo; y el lenguaje nace, cómo la
conciencia, de la necesidad, de los apremios del intercambio con los demás
hombres...". Pero en el mismo escrito y unas cuantas páginas antes se decía:
"Allí donde termina la especulación, en la vida real, comienza también la ciencia
real y positiva, la exposición de la acción práctica, del proceso práctico del
desarrollo de los hombres. Terminan allí las frases sobre la conciencia y pasa a ocupar
su sitio el saber real, la filosofía independiente pierde, con la exposición de la
realidad, el medio en que puede existir...".
Con el lenguaje tiene que ver
inmediatamente el asunto de la filosofía. Ya el hecho de que el término Logos hubiese
sido traducido, de una parte como Ratio (Fundamentum) y de otra como Verbum -
como en el primer versículo del Evangelio según Juan, que representa un momento decisivo
en la conversión onto-teológica-judeo-cristiana del filosofar original de los griegos -
nos está indicando la complejidad y la sencillez que le es inherente. Janke se remite a
los escritos de Aristóteles recogidos con el título De Interpretatione y a uno de
los Diálogos más substanciosos de la madurez de Platón - El sofista-, aunque no
se detiene suficientemente en él, a pesar de sus decisivas implicaciones: "No se
pretende profundizar ahora en este punto, pero sí hay que recordar que el camino y el
método de la exposición del significado categorial múltiple del ser y de su unidad
tiene, desde Platón, como hilo conductor, el juicio y la verdad del juicio. Y esto se
conserva así hasta los sistemas categoriales definitivos de la tabla de las categorías
de Kant, de la triada de los primeros principios de Fichte y de la estructura envolvente y
totalizante del juicio especulativo de Hegel", (pág. 65).
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Cierto que una discusión consecuente con
este Diálogo tardío de Platón seria necesaria y pertinente en relación con Heidegger:
¿no puso éste un fragmento del mismo Diálogo como epígrafe en su libro? "Porque
es evidente que estáis hace ya mucho tiempo familiarizados con lo que queréis decir
propiamente cuando usáis la expresión 'ente', mientras que nosotros creíamos antes
comprenderla y ahora nos encontramos perplejos" (244 a).
Un año más tarde, en el tratadito a que hemos hecho alusión - La esencia del
fundamento, que fue elaborado simultáneamente con la conferencia Qué es
Metafísica-, afirmaba Heidegger que si ésta trataba de "la nada" aquel se
refería propiamente a la "diferencia ontológica". Y de ésta trata propiamente
el texto de Platón, a través de la reflexión sobre el lenguaje. Decía Heidegger:
"La nada es el no del ente, y de este modo, el ser experimentado desde el ente. La
diferencia ontológica es el no entre el ente y el ser, Pero así como el ser, en cuanto
el no respecto del ente, no es una nada en el sentido del nihil negativum, tampoco
es la diferencia, en cuanto el no entre ente y ser, sólo el producto de una distinción
del entendimiento (ens rationis)".
Según entendimos nosotros, sólo en una
reflexión sobre la verdad de esta relación que se hace manifiesta a través de la
"diferencia ontológica", y a partir de considerar los modos de comportamientos prácticos
del "ente preeminente" ("ónticamente señalado" por "ser
ontológico", como se decía en Ser y Tiempo: quien actúa y actualiza la
diferencia) podría ganarse claridad sobre el proceso de la significación, sobre el
asunto del lenguaje y, en general, la expresión de los hombres. Preguntar a su vez por
qué una determinada modalidad del lenguaje ha llegado a ser ella misma preeminente y
excluyente remite entonces a la problemática global del ente que manipula los utensilios
(ta prágmata). Es decir, al Praxein. A la praxis, y con ella al "mundo
circundante" (Umwelt), la sociedad, la polis y la historia en su
devenir concreto.
Janke no avanza en esta dirección. Más bien, se limita a plantear la posibilidad de
modalidades no apofánticas del lenguaje, como las que se hacen patentes en la relación
con lo sagrado o las que se manifiestan en el
poema: "desear, pedir, suplicar,
oración, voto, maldición no son ni verdaderos ni falsos, puesto que no se miden
indicativamente por lo que está allí ante nosotros. En consecuencia: tales modos de
decisión se excluyen de la ontología como investigación científica del ente verdadero
y real, y se los refiere a la retórica o a la poética" (pág. 66).
El autor considera que hoy en día
"ciertamente se ha vuelto problemática la primacía del logos apofántico como acto
de lenguaje constativo", pero que para una discusión sobre el problema de las
categorías "no se ha intentado hacer productivas las otras formas de actos de
lenguaje (de formación del mundo)". La ontología tradicional, que parte de lo real
considerado en la perspectiva de lo meramente presente (vor-handen, en el
vocabulario de Heidegger), "no tiene ningún motivo para hacerlo": "En
cambio, una ontologia existencial busca integrar en sus análisis discursos prelógicos
desde el punto de vista de su verdad y de su alcance categoríal".
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Un ejemplo y un discurso "de esta
índole" sería la frase "que la tierra sea tu alivio" en relación con la
cual afirma el autor: "Esta exclamación en modo optativo se diferencia de juicios
cognoscitivos (sintéticos aposteriori) del tipo 'la tierra arcillosa es liviana'. La
frase en cuestión se ubica fuera de las relaciones reales de la experiencia objetiva y
renuncia a toda referencia a lo que está allí a la vista real o posiblemente. Y, sin
embargo, tal deseo, súplica y oración pertenece ciertamente de manera irrevocable a las
relaciones existenciales del humano ser-ahí".
En seguida pasa a explicar en qué
sentido esta frase es verdadera, si bien no expresa apofánticamente el ser de algo como
algo. Nos recuerda, en el estilo, pasajes de Heidegger, como el frecuentemente citado
fragmento sobre los zapatos de Van Gogh en El origen de la obra de arte, publicado
igualmente en Holzwege y que, a nuestro modo de ver, explica muy precariamente el
fenómeno del arte y, en particular, se queda bastante corto en relación con el arte de
nuestro tiempo. Dice Janke: "La expresión habla de muertos que pertenecen a un mundo
compartido, de la tierra como elemento de sacralidad arcaica, del ser como vida
perdurable, de los dioses que alivian el peso de la culpa. Este discurso expresa algo
verdadero, ya que lo dicho no es sin más nada y por cuanto verdadero significa el decir
que el ente es y que el ente no es...". Cierto que - agrega - "tal manera de
hablar sólo obtiene eco en un mundo mítico-numinoso" y que en el mundo
"noético", en el mundo "desacralizado de las ciencias", esa modalidad
de lenguaje "pierde significado y cae en la sospecha peligrosa del sinsentido".
"Pero quizá conserva tal modalidad del discurso dimensiones categoriales más
profundas y ricas de lugar y espacio, tiempo y eternidad, elemento, base y fundamento,
muerte y vida, estar- reunido y estar-separado, culpa y reconciliación, que las
dimensiones que se dan en las categorías universalizadas de la conjugación del ser en,
algo es (fue, será) algo' ". La conclusión que se extrae es consecuentemente
lírica: "Esta presunción tendría que ser acertada, si se supone que existir
también quiere decir siempre vivir en un mundo mítico numinoso" (pág. 67).
Debemos dejar aquí esta reseña crítica
ya suficientemente sesgada, no sólo por razones de espacio, sino porque a partir de este
momento la argumentación "existencial" del autor se apoya decisivamente en la
obra de Sören Kierkegaard, y nuestro muy precario conocimiento de sus escritos nos impide
entrar de lleno en el asunto. Por lo demás, creemos que una genuina discusión con el
teólogo y pensador danés sólo sería factible a partir de un profundo conocimiento de
la teología protestante, contra la cual éste se rebeló, si es que se desea evitar una
recepción puramente retórica, como lo ha sido, en este caso y en otros, tan
característica en el mundo hispanoamericano.
Sin embargo, creemos que lo anotado hasta
ahora puede hacerse extensivo también a las páginas finales del ensayo: lo existencial
se convierte en un recurso poético-literario para eludir el problema del contenido
material de las categorías y la crítica al racionalismo no plantea una alternativa. No
se llega a formular lo decisivo, ni a un nuevo intento de fundamentación de las tareas
del pensar que permitiera superar las encrucijadas de la razón: de la razón instrumental
burguesa, de la ilustración y la modernidad, cuyo vehículo lingüístico y configurador
(del mundo) ha sido el decir apofántico-lógico- categorial.
En el Festschrift, o tomo
congratulatorio en homenaje a Heidegger con motivo de sus ochenta años (Durchblicke,
Martin Heidegger zum 80 Geburtstag, Klostermann - Verlag, Frankfurt, 1970, en el cual
también se hizo presente W. Janke con un escrito sobre Leibniz), el filósofo checo Jan
Patocka publicó un ensayo intitulado Heidegger desde la otra orilla. Nosotros
también lo hemos considerado así, con mucho respeto y verdadera emoción allí donde
este gran pensador - acaso el último de los grandes filósofos de Occidente - se enfrenta
radicalmente a los problemas fundamentales de la filosofía, pero también con las armas
de la crítica allí donde su pensar nos ha parecido inconsecuente e insuficiente para
comprender la circunstancia contemporánea. Lo mismo ha de valer frente al caso de
Wolfgang Janke, cuyo trabajo, como decíamos al comienzo, nos parece por completo
tributario de este pensamiento. Desde la otra orilla también frente al pulcro trabajo del
traductor, con quien hemos tenido la fortuna de mantener una genuina controversia, de más
de dos lustros ya, sobre el asunto de la filosofía, que nos ha permitido avanzar, revisar
nuestras propias ideas y evitar el torpe anquilosamiento dogmática que con tanta
frecuencia impide mantenerse abierto al preguntar, del cual decía Heidegger que es
"la piedad del pensar".
RÚBEN JARAMILLO VELEZ
1 Cfr. nuestra reseña
del breviario de Henri Lefebvre y específicamente del prólogo de Danilo Cruz Vélez, El
puesto de Nietzsche en la historia de la filosofía (México Fondo de Cultura
Económico, 1975) en Nietzsche: Cien años del Zarathusta, Argumentos, núm. 67,
Bogotá, diciembre de 1983. (regresar1)
2 Th. Adorno y M.
Horckheimer, Dialéctica de Iluminismo, tradución de H. A. Murena, Buenos Aires,
Editorial Sur, 1971. Colección Estudios Alemanes dirigida por Víctoria Ocampo, H.
Arndt, H. Bayer, E. Garzón Valdés, R. Gutiérrez Girardot y H. A. Murena, págs. 16 y
17. (regresar2)
3 Versión castellana de
Eduardo Garcia Belsunce en M. Heidegger, Ser, verdad y fundamento, Caracas, Monte
Avila Editores, 1968. (regresar3)
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