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ECO: revista de la Cultura de
Occidente (1960-1984)
TABLA DE CONTENIDO
OTRAS NOSTALGIAS: ELSA GOERNER
ESTA CARA DE LA MONEDA:
HERNANDO VALENCIA GOELKEL
LOS DOS ROSTROS DE JANO: ERNESTO
VOLKENING
LA ALEGRIA DE LEER: JUAN GUSTAVO
COBO BORDA
J. E. JARAMILLO ZULÚAGA
Reproducciones: Alberto Sierra Restrepo
La primera entrega de
la revista Eco apareció en mayo de 1960. La última en junio de 1984. Durante ese tiempo
alcanzó a publicar 272 números y más de 40.000 páginas. Sus redactores fueron Elsa
Goerner (1960-1963), Hernando Valencia Goelkel (1963-1967), José María Castellet (1964),
Nicolás Suescún (1967-1971), Ernesto Volkening (1971-1972)y Juan Gustavo Cobo Borda
(1973-1984). Contar la historia de una revista es difícil y, evidentemente, hay muchas
formas de hacerlo. Existen las historias que siguen el hilo de una cronología y existen
también las que persiguen una imagen que se desplaza. El ensayo que puedo ofrecer a
continuación corresponde más bien a este último tipo de historias.
OTRAS NOSTALGIAS: ELSA GOERNER
En aquellos tiempos el viajero que
llegaba de visita a Europa y pasaba por los puertos de Amberes o de Copenhague, de
Hamburgo, Liverpool o Amsterdam, podía encontrar, con suerte y siempre cerca del mar, a
un personaje típicamente europeo al que las gentes del barrio conocían como "el
viejo señor latinoamericano". Ernesto Volkening lo habla visto en su infancia varias
veces y lo recordaba o lo soñaba, como tantas cosas que desaparecieron en las guerras
europeas, embargado de saudade suramericana, consciente de su incapacidad para readaptarse
a su provincia de origen y dueño de una curiosidad y sed de conocimientos que Volkening
emparentaba con la del mismo Humboldt (140-141, 1972)
*
. Esa gentil comparación traicionaba a Volkening: nada en común
guardaba el viajero alemán con el viejo exiliado, como no fuera su pertenencia a un mundo
abolido en el que la sed de saber convivía con el sentimiento clásico de una plenitud de
la existencia. En otras palabras, la saudade que Volkening atribuía al viejo señor
latinoamericano no era sino su propia nostalgia de Europa y de esa cultura de Occidente
que durante tantos siglos Europa representó para el mundo. A lo largo de veinticinco
años y algunas veces con más vigor que otras, la revista Eco alimentó esa nostalgia. En
un comienzo, cuando la revista fue concebida como una publicación del Instituto Cultural
Colombo-Alemán, sus traducciones le dieron los visos de una cruzada; al final, cuando de
tantos lugares llegaban artículos exclusivos, identificó su tarea con las experiencias y
los sueños de la literatura latinoamericana. En ambos casos, Eco nunca abandonó esa
conciencia geográfica que es tan propia de toda nostalgia: sus lectores eran el Otro,
eran Ultramar, y la voz que los primeros números aspiraban a divulgar consistía, por lo
pronto, en una voz sin patria, exiliada de un viejo continente que ahora se entregaba a
las vicisitudes de la industrialización y de la guerra fría. Unas palabras del escritor
alemán Ernst Jünger le sirvieron de enseña: "El Occidente posee muchas ciencias y
es capaz también de convertir en ciencia lo más insignificante, pero le falta ciencia de
la felicidad" (1, 1960).
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Contracubierta
del núm. 1 bajo la redacción de Elsa Goerner
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La preocupación por definir el
Occidente es, pues, característica de los primeros tiempos de la revista. Algunas veces
lo entiende como una ética o como una política que debe adaptarse frente a los países
en desarrollo, otras veces lo entiende más bien como una forma de conocimiento, como una
epistemología trágica según la cual el hombre de Occidente no abandona nunca la
conciencia de su singularidad ni se resigna a la contemplación ni al karma. Todo
quiere llevarlo a cabo en el tiempo que dura su única vida y, en consecuencia, sus días
le parecen determinados por una cadena de decisiones irrevocables (41, 1963). El hombre de
Occidente quiere saber más y vivir más. Los orígenes de su actitud pueden encontrarse
en Grecia o en el Renacimiento, pero su figura ejemplar está más
próxima a
nosotros, en el tránsito del siglo XVIII al XIX, en los comienzos de la edad
contemporánea: es la figura del Fausto que nos ha dejado Goethe; es, quizás más
exactamente, la figura del mismo Goethe, tal y como lo testimonian los apuntes de
Eckermann: el humanista cabal, entregado a su cotidiana pasión por el conocimiento y a su
actitud de diletante desvergonzado (136, 1971). En un artículo dedicado a comprender la
relación del humanismo con las ciencias sociales, Hans Freyer defendió esa actitud.
Según Freyer, el diletante debía comprender "en el sentido originario y positivo de
la palabra: [cuando] del amor a la cosa, de una inclinación seria resultaba un saber que
se iba enriqueciendo poco a poco, hasta convertirse finalmente en un saber completo "
(19, 196l).
Pero Freyer hablaba en pasado. La revista
Eco ahogaba por un proyecto humanista que había perdido ya su vigencia. Por ese motivo
hay que buscar el secreto de la longevidad de sus páginas en otra parte: en la
persistencia admirable de su editor, Karl Buchholz; en la capacidad de sus redactores para
introducir algunos cambios en la política de la revista sin alterar su orientación
general y, sobre todo, en el hecho de que con el paso de los años sus lectores
conformaron un grupo cada vez más fiel y homogéneo cuyos intereses giraban en torno a la
expresión literaria. Sin embargo, en aquellos primeros días no existían esos 271
números que podrían justificar el primero. En mayo de 1960, cuando se puso en
circulación ese primer número, aún no habían transcurrido veinte años de la segunda
guerra mundial y lo poco que restaba del humanismo alemán todavía no salía de su
desconcierto: ¿cómo pudo ocurrir ese fenómeno llamado Hitler en un país como Alemania?
La revista Eco no abundó en el tema y, cuando le dedicó algunas páginas, lo trató con
una discreción que resulta comprensible. En su articulo sobre "La libertad en un
mundo desgarrado", Otto Veit recordó el libro de Max Picard, Hitler dentro de
nosotros mismos, de acuerdo con el cual la existencia del Tercer Reich sólo podía
deberse a "la falta de cohesión interior del hombre contemporáneo" (22, 1962).
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Karl
Buchhloz, 1987 (Inversiones Cromos S.A.)
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Mayor atención obtuvo el movimiento
expresionista. Hay una historia del expresionismo alemán que puede seguirse en los
primeros números de la revista Eco y que parece corroborar la desintegración del hombre
contemporáneo de que hablaba Picard. No es una historia impasible. La embarga una gran
nostalgia humanista y, al mismo tiempo, una suerte de voto de confianza en todo aquello
que hace el hombre. La ratio, la actitud racional con que se ocuparon del arte
expresionista y de otras manifestaciones del arte moderno, el propósito de concederle un
estatus aceptable dentro de la tradición universal, el deseo de comprenderlo sin
rechazarlo, es una de las virtudes humanistas de la revista Eco. Y no obstante, hay en
todo esto una limitación. Si suponemos que el arte ha perdido el equilibrio entre forma y
contenido y que sólo le resta un fragmento de materia abstracta (11, 1961), es obvio que
nuestro punto de referencia sigue siendo el equilibrio clásico. Eco nunca se despojé de
ese punto de referencia. Se atuvo a su nostalgia humanista para no saltar en el vacío, y
cuando discurrió sobre los tiempos modernos lo hizo con una serenidad de estilo y una
lógica clara de definiciones inmóviles. En la misma revista y en un articulo sobre
"La imagen del hombre en el arte moderno", Herbert von Einemen reconocía los
límites del lenguaje racional con que la crítica solía ocuparse del arte. Si todavía
era posible decir algo, las palabras ya no podían sucederse con la fluidez de un
argumento, y más bien, deberían avanzar "por tanteos, explicando, interpretando con
cautela" (2, 1960).
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El diseño de las cubiertas
de las revistas de julio y agosto de 1960
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Enero y febrero de 1961
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Son, sin duda, los pasos
de un tímido por una tierra desconocida, incierta y errática. Delante del humanismo se
levantaba ahora un ser humano cuya única "cohesión interior", si así podía
llamarse, consistía en el vértigo del cambio continuo, en una "sistemática del
riesgo" que, además, asediaban autoritarismos venidos de todas partes. Era la época
de ese gran miedo que se llamó la Guerra Fría. En medio de las advertencias de J. Robert
Oppenhaimer sobre la inminencia de una tercera guerra mundial (10, 1961) o de las dolidas
y confusas especulaciones de Theodor Eschemburg sobre la existencia del muro de Berlín
(14,1961), el mejor diagnóstico de la situación del humanismo de aquellos años puede
encontrarse en un artículo de George Steiner, "¿El último marxista?", que la
revista Eco publicó en mayo de 1964. Steiner se refería a la decisión del critico
marxista Hans Meyer de no volver a su cátedra de Leipzig. A pesar de tantas presiones
políticas, Meyer había conservado su cátedra durante muchos años. Sus escritos sobre
Goethe, Kleist y Lessing mostraban una "exactitud y modestia de percepción" que
eran muy propias del "humanismo centroeuropeo" ahora en desbandada: Erich Kahler
vivía en Princeton, György Lukács en Budapest, Ernst Bloch en Tubinga, Friedrich
Torberg en Viena, Elías Canetti en Oxford. Vistas así las cosas, la renuncia de Meyer
venia a significar para Steiner el punto final de una época de la cultura germana, al
mismo tiempo que anunciaba la definitiva entrega de Alemania oriental a la barbarie. Ya el
Occidente no la comprendería y de seguro sus nuevas generaciones se sentirían más a
gusto "en Pekín o en Albania que en Colonia" (49, 1964).
El mundo se llenó de desterrados. Muchos de ellos creyeron que se trataba de una
situación transitoria, y como en el poema de Brecht, Pensamientos sobre la duración
del exilio (33, 1963), se ilusionaban con la idea de que el regreso era inminente
aunque se aplazara siempre un día más. Y, sin embargo, el destierro tenía que ver con
algo menos evidente y más duradero que una razón política. No era sólo que el
"humanismo centroeuropeo" del que hablaba Steiner se hubiera dispersado para
sobrevivir; era, además, que ya no existía un territorio donde pudiera desarrollar sus
presupuestos. Ingenuamente, Volkmann- Schluck proponía al arte la tarea de "recobrar
en una nueva visibilidad el mundo que desaparece en lo invisible de las construcciones
cientifico-técnicas" (8, 1960). Su programa era insostenible. El lugar que antes
ocupaba el hombre se pobló de artefactos asombrosos frente a los cuales los humanistas de
otros días se comportaban con manifiesta torpeza. Desconcertados ellos mismos, pasaban
sin solución de continuidad del rechazo a la admiración desmedida: como si se rindiera a
un canto de sirenas, torpe y conmovedor, Teilhard de Chardin se paseaba por entre los
ciclotrones de Berkeley (48, 1964).
ESTA CARA DE LA MONEDA: HERNANDO
VALENCIA GOELKEL
En un principio, Eco fue la
revista de un humanismo en el exilio. Sus artículos, sus traducciones de los artículos,
decían a los lectores que aquellas cosas o aquellas preocupaciones existían en otra
parte, en Europa, en el centro del mundo viejo. La exuberancia cultural de sus páginas
nace del supuesto de que somos lectores precarios, ansiosos y desordenados como los
lectores de todas las provincias. Eco quiso ponernos al día, pero su día ya no figuraba
en el calendario más reciente, Los tres poemas de Gotfried Benn que aparecieron en el
primer número, un ensayo sobre Camus, un artículo sobre los problemas filosóficos de la
física atómica y un estudio de economía, debieron de parecer muy contemporáneos en su
momento pero, además, su publicación en el mismo número no respondía tanto al estilo
de variedades, que es común a muchas revistas, como al deseo de comunicar una totalidad,
una visión de la cultura a la que todavía no distorsionaba la especialización de los
saberes. El estudio de economía no estaba escrito exclusivamente para los economistas ni
el de física para los físicos o los filósofos. Si los artículos que contenía la
revista se referían a asuntos de última hora, la ambición enciclopédica que los
reunía era una manifestación más de su nostalgia de un hombre integral. Eco adoptó
está ambición como su rasgo más característico en el marco de nuestras publicaciones
periódicas: a diferencia de tantas revistas que parecen escritas por escritores y para
escritores, Eco era realizada por lectores y para lectores. En ella, la traducción y la
reseña eran más frecuentes que la colaboración a título personal y enseñaban una
pasión por la lectura que no ha vuelto a manifestarse de una forma tan clara. Sus
traductores llegaron a ser más de ciento y alcanzaron a reunir un millar de textos que
tomaban de libros alemanes, franceses o ingleses, y de publicaciones como Merkur, Neue
Deutsche Hefte, The New Yorker y Die Seite. A medida que pasaron los años y aumentaron
los números de la revista, fue posible reconocer el estilo y las preferencias de esos
traductores. Antonio de Zubiaurre y el primer Nicolás Suescún traducían poesía
alemana; Carlos Rincón, artículos de teoría literaria; Hernando Valencia Goelkel,
ensayos literarios, y Ernesto Volkening, el más prolífico de todos, relatos de
escritores alemanes por completo desconocidos en nuestro medio.
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Cubierta y
contracubierta correspondiente a noviembre de 1963, cuando asume la redacción Hernando
Valencia Goelkel
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Eco nunca dejó de publicar traducciones,
pero ellas fueron más abundantes en su primera época. Y si es posible hablar de una
primera época es porque, en efecto, hubo otro momento en que los lectores que hacían la
revista dirigieron su mirada hacia una cultura distinta y más cercana. En noviembre de
1963, cuando Hernand o Valencia Goelkel asumió el cargo de redactor, existía en las
calles una jubilosa circulación de novelas nuestras. La ciudad y los perros, Rayuela,
El reino de este mundo, Pedro Páramo, La muerte de Artemio Cruz parecían escritas a
un mismo tiempo y en una misma tierra; no eran obras aisladas, conformaban una literatura
y, quizás por primera vez, decían a lectores de diferentes nacionalidades que
pertenecían a una sola cultura. El Boom, ese curioso bolivarismo literario, daba
cuerpo a un optimismo que hoy comienza a parecernos inverosímil o ingenuo. Marta Traba lo
saludó con entusiasmo y lo refirió a un movimiento cultural de más amplias dimensiones:
"La lucidez crítica de Borges en la Argentina, el universalismo de Antúnez en Chile
o de un Salazar Bondi en el Perú, la formación de una colonia venezolana de pintura en
París, la creación de las Bienales de Sao Paulo que obligan a medirse en igualdad de
condiciones a los americanos con los europeos y estadinenses, han ventilado vigorosamente
el ambiente" (60, 1965).
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Septiembre de 1967,
redacción a cargo de Nicolás Suescún
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Eran los tiempos felices de la literatura
latinoamericana. En agosto de 1964, Eco recibió el apoyo de la editorial Seix-Barral y
soñó entonces con una suerte de universalismo hispánico, con una publicación en la que
colaboraran por igual escritores españoles y latinoamericanos. Desde España, José
María Castellet compartió con Valencia Goelkel la redacción de la revista. El fervor de
las palabras con que se presentó a sus nuevos lectores de ultramar nos parecen hoy, al
cabo de veinte años, una cortesía del estilo antes que el manifiesto de una convicción.
De pronto, y por gracia de una literatura como la nuestra, había que redefinir el
Occidente; su antigua homogeneidad y cosmopolitismo debían ceder el paso a la exuberancia
de las culturas regionales, a su diversidad, a sus innumerables e irremplazables
peculiaridades. "Podemos llegar a conocernos tanto - soñaba Castellet; y los
subrayados son suyos - que sepamos quién es el, otro y sin olvidar, claro está,
la presencia dinámica de los demás otros (...) que componen con nosotros, aunque
desde diversas tradiciones, la universalidad una y varia de nuestro tiempo"
(53, 1964).
Fue un sueño breve. La participación de Seix-Barral no duró más de seis meses y, sin
embargo, ese breve gesto de interés señala de forma evidente la nueva orientación de la
revista: Eco quería servir de caja de resonancia a la nueva novela latinoamericana.
Algunos años después, cuando ya nadie recordaba la asociación con la editorial
española, Valencia Goelkel organizó una entrega dedicada por entero a Latinoamérica. El
número de colaboraciones que recibió fueron tantas, que lo movieron a expresar en una
nota editorial su sorpresa y alegría:
Eco ha ido abriéndose campo en su
legítimo horizonte, en el mundo de autores y lectores donde puede tener (...) su
vigencia. La revista se ha naturalizado, por así decirlo, en el ámbito
hispanoamericano;y al hacerlo ha rebasado hasta cierto punto su concepción inicial de ser
ante todo un medio de transmisión y de resonancia de otras voces, otras lenguas, otras
culturas [82, 19671.
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1971, marzo
y abril, asume la redacción Ernesto Volkening
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Es un párrafo alborozado, pero también
cauto. Por una parte, Eco no quería renunciar a su viejo propósito de divulgar "el
humanismo centroeuropeo". Por otra, el prestigio de la literatura latinoamericana la
obligaba a modificar la idea que hasta entonces se había hecho de sus lectores. El éxito
de nuestra literatura no se comprendía sin la existencia de un nuevo tipo de lector. En
efecto, no era un lector de provincia el que leía La ciudad y los perros, y si
había algo de provinciano en él era porque buscaba en la hojarasca de la literatura una
obra que le hablara de su propia cultura. En un principio, Eco no había medido el alcance
de estas cosas; sabía, en cambio, que duraba, que año tras año la felicitaban y que
periódicamente le criticaban su germanismo y su pobre interés en las letras colombianas.
La revista nunca desmintió su inclinación por la cultura alemana. "España y gran
parte de Hispanoamérica - dijo Udo Rusker - le deben su desarrollo ante todo al influjo
de las culturas alemana y francesa"(51, 1964). Discutir esta afirmación no es
importante. Más escandaloso debía parecer entonces el hecho de que sólo hasta el
número 5 de 1960 apareciera el primer texto de un autor colombiano, "Sharaya"
de Alvaro Mutis, y que el segundo, "La filosofía y la cultura" de Danilo Cruz
Vélez, tuviera que esperar hasta el número 9 de 1961.
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Núm. 153, enero de 1973 con
la redacción de Juan Gustavo Cobo Borda
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Fue en la celebración del quinto
aniversario cuando Valencia Goelkel dio el primer paso para zanjar la cuestión: había
que sentirse orgullosos de la trayectoria de la revista, de sus siete mil páginas
publicadas, de la seriedad y el prestigio de sus colaboradores; así mismo, debía
entenderse que Eco renunciaba a participar en la polémica cotidiana y optaba por
reflexionar detenidamente sobre "los problemas de todo orden que agitan a los países
de habla española" (60, 1965). No sólo era una forma sensata de responder a las
críticas. Era también un reproche: Valencia Goelkel no conocía a sus interlocutores,
respondía a una opinión que estaba en el aire pero que nadie se atribuía, que nadie
ponía por escrito y que nadie sabía argumentar con suficiente convicción en las
reuniones literarias. Al quejarse por tan extraña combinación de indiferencia, crítica
y chisme, el redactor de la revista ponía el dedo en la llaga: era como encontrarse en un
país oscuro donde las voces de mil ciegos se cruzaban sin ningún objeto. Había que
preguntarse a fondo cuál era el eco de Eco en estas tierras.
LOS DOS ROSTROS DE JANO: ERNESTO
VOLKENING
Durante medio siglo, Ernesto
Volkening recorrió las calles de esta ciudad y sus cafés y conversó con sus gentes y
dedicó gran parte de todo ese tiempo a la traducción y a la lectura. Había nacido en
Amberes en 1908 y se había radicado en Bogotá a mediados de los años treinta. Las
páginas que escribió permiten imaginario como un viejo señor europeo, embargado de
nostalgia por su patria, consciente de su incapacidad para volver a vivir en ella y dueño
de un acervo cultural familiar y profundo. Su diario registra aquellas caminatas y ese
movimiento habitual de su espíritu que lo volvía hacia una Europa perdida, anterior a la
guerra. El 21 de septiembre de 1967 escribió en su diario: "En mis paseos de la
tarde por el viejo Chapinero (o lo que de él queda) surge a veces del estrépito de la
gran ciudad una isla de silencio profundo (...) " (219, 1980). En la entrada del 3 de
noviembre de 1969, anotó: "Hoy, cuando regresaba del centro en bus, se me ocurrió
pasar revista a mis gustos y preferencias en materia de artes y letras. Sin hacerse
esperar, acudieron a paso ligero: el gótico tardío, desde el estilo de la capilla
borgoña y la torre de la capital de Amberes (244, 1982). El 8 de febrero de 1975 dice:
A juzgar por mis actividades
económicas y - por ende - mi condición social, soy un anacronismo viviente, aliquid
monstruo simile, algo así como el ternero que nació con dos cabezas. En una época
caracterizada por la tendencia creciente hacia la polarización en torno de los dos
extremos del management omnipotente y de legiones de sumisos empleaduchos - heme aquí
luchando como un desesperado por el libre ejercicio de la profesión [244, 1982].
En la errática tradición de la crítica
en Colombia, Volkening ocupa un lugar singular. Mientras escritores como Baldomero Sanin
Cano y Hernando Téllez dieron por sentada una cultura o un principio cultural y juzgaron
nuestros productos culturales de acuerdo con ese principio que ellos creían indiscutible,
Volkening debió cuestionar nostálgicamente todos sus puntos de referencia. Es una
curiosa forma de adoptar una posición marginal: su nostalgia le cerraba todas las puertas
y le llenaba la boca de preguntas. En pleno siglo XX no era especialista, ni patrón, ni
empleado, ni europeo, ni americano. En una nota necrológica de 1983, Juan Gustavo Cobo
Borda apunta que Volkening había "hallado 'el origen' allí donde opera la
auténtica imaginación crítica" (262, 1983). Esa opinión es excesiva y está
inspirada más bien por la admiración y la gentileza. Si hallar el origen es una manera
de hallarse a sí mismo, Volkening no se hallaba o se reconocía en ninguna parte. Su obra
crítica se funda en el supuesto de que el origen es irrecuperable. El hombre que sueña
en un bus bogotano con la torre de la capital de Amberes y que se considera a sí mismo
como un anacronismo viviente, no cesa de hacerse una vasta pregunta acerca del origen. Su
imaginación crítica le permitía mantener en pie esa pregunta, pero aun el ejercicio de
la crítica tal y como se realizaba en aquella época le resultaba extraño. Jorge
Rufinelli, al reseñar los dos volúmenes de Ensayos de Volkening, observa que su
gusto por las reflexiones generales le impedía no sólo comprender los minuciosos afanes
del estructuralismo sino también considerar la literatura en su dimensión social. Su
idealismo lo obligaba a establecer ontológica y aun etiológicamente una identidad
cultural. "Ensayos l y II - termina diciendo Rufinelli- [se] iban a llamar en
su origen Los dos rostros de Jano: a horcajadas entre dos culturas, Volkening ha
sabido mantenerlas separadas e identificables, pero su verdadero rostro no es más que la
unión imposible de aquellas dos" (204, 1978).
Podemos compartir o no las ideas de un escritor, pero admiramos siempre su fidelidad a un
deseo imposible, su obstinación en torno a una pregunta que lo desgasta. En el caso de
Volkening esa pregunta abarca los dos polos de un ubi sunt: ¿dónde está, si aún
está, la cultura de Occidente y cuál es la posición de Latinoamérica dentro de esa
cultura? Ambas cuestiones aparecen en artículos como "Gabriel García Márquez o el
trópico desembrujado" o en "A propósito de La mala hora "(40,1963),
que son tal vez los primeros artículos serios que se escribieron sobre la obra del
narrador costeño; pero también se encuentran, y de modo más evidente, en ensayos como
"Aspectos contradictorios de la apropiación de bienes culturales de raíz
ajena" (76, 1966), "La América Latina y el mundo occidental" (100, 1968) y
principalmente en el extenso editorial que escribe cuando asume la redacción de la
revista y que titula "A dónde vamos" (130, 1971).
Tomando como punto de partida para sus reflexiones el subtítulo de Eco, "Revista de
la Cultura de Occidente", Volkening entiende que los límites de esa cultura no son
definibles ni definitivos, y que si en otro tiempo sus fronteras se extendían hasta los
montes Urales, hoy en día llegan apenas hasta la Cortina de Hierro. A esa reducción
geográfica del mundo europeo corresponde una progresiva falta de confianza en los valores
que antiguamente defendía. Una y otra vez y de muy distintas maneras, Volkening afirma
que "la cultura occidental es una enferma en plena crisis". Tal convicción, que
ya había esbozado por la época en que Nicolás Suescún era el redactor de la revista,
quiere ser menos una conclusión que la raíz de un programa intelectual. En principio,
Volkening diferencia su posición con respecto al resignado pesimismo de Spengler y su Decadencia
de Occidente, al tiempo que rechaza lo que considera como el ingenuo optimismo de la
utopía marxista. Su propósito, el que quiere dar a Eco, es el de comunicar la imagen de
una cultura en crisis, y no tanto porque tenga alguna esperanza en la superación de esa
crisis, como porque enriquecer una conciencia crítica es lo único que resta a la
racionalidad europea. Unas buenas páginas, dice, "estimulan el descontento frente al
estado de la cultura contemporánea y más eficazmente contribuyen a nuestras inquietudes
que cien manifiestos mal concebidos y peor escritos".
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Otros
diseños de las cubiertas de Eco: abril de 1961, julio de 1965, diciembre de 1980.
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Nunca como en ese editorial se había
expuesto con tanta sencillez la naturaleza de la revista: "Si la transmisión de
bienes culturales de procedencia europea constituye uno de los objetivos de la Revista, el
otro se define por su publicación en Bogotá, una de las capitales de América
Latina". Consecuentemente, lo que corresponde hacer ahora es definir aquello que
pueda ser 'América Latina'. Volkening sabe que se trata de una tarea hiperbólico y que,
al menos en su caso, existe el impedimento de no ser americano de origen. No es, por
supuesto, un impedimento serio pero explica el hecho de que, al final, y a pesar de sus
mejores intenciones, le resultara imposible despojarse de esos puntos de referencia que
tanto cuestionaba. Por una suerte de ingenuidad o de fatalidad, Volkening sigue viendo
este continente en términos que corresponden a la tradición europea de lo exótico (o de
lo Otro), y cuando llega el momento de apuntar alguna definición se sirve de las
opiniones de los viajeros europeos que visitaron estas tierras en el siglo XIX. Así pues,
América Latina "en un ser para sí", 'un mundo en gestación y en busca de sí
mismo', una cultura frágil que por desgracia se ha visto expuesta en el presente siglo a
la influencia de la 'unidimensionalidad' que representa the American way of life.
Un doble reparo debe hacerse a estas afirmaciones. En primer lugar, no es difícil
estar de acuerdo en que la influencia de los Estados Unidos en Latinoamérica ha sido
perturbadora; sin embargo, la crítica que hace Volkening no se funda tanto en una
necesidad de ser de Latinoamérica frente a otras culturas, como en el hecho de que
esa unidimensionalidad ha significado para Europa la pérdida de un área de influencia.
Pero además y en segundo lugar, cabe discutir si este tópico de "el ser que aún no
somos", si este tópico de "la búsqueda de identidad" no es
característicamente europeo y si no tiene por objeto ubicar a Europa entre aquellas
culturas privilegiadas que ya han encontrado tal identidad. Justamente y en un artículo
titulado "Periferia europea", Hans Magnus Enzensberger había denunciado esa
intención e incluso había llegado a afirmar que antinomias como "nosotros/
ellos", "los mismo / lo otro" (de las que, por ejemplo, se había servido
Castellet) correspondían a una actitud defensiva de Europa frente al mundo (105, 1969).
Las reflexiones de Volkening nunca escaparon al juego de estas antinomias. Y no obstante
la distorsión en que incurrían, esas reflexiones bien pueden honrarnos y honrar la
historia de nuestra crítica. El dilema que vivió hasta el final de su vida, el conflicto
entre su añoranza de Europa y su inclinación por "América Latina", tiene algo
de trágico y de conmovedor. Si Europa, como él mismo lo reconocía en su
"Patografía de la arquitectura moderna" (188, 1977), ya no era la rectora
espiritual de Occidente, si había dejado de ser la protagonista del teatro universal, si
había perdido su poder creativo y su autoridad, entonces, ¿qué objeto tenía permanecer
en una orilla del mundo para desear la otra?, ¿qué objeto tenía reflexionar una y otra
vez sobré las orillas del mundo?, ¿no era mejor quizás soltar el lastre de toda
nostalgia?
LA ALEGRIA DE LEER: JUAN GUSTAVO COBO BORDA
"Todavía tengo presente -
escribe Enrique Heine - el instante en que muy de mañana, salí de la casa a escondidas y
ansioso de leer el Quijote sin ser molestado por nadie fui volando al parque
Ducal" (152, 1972). Y Efraín, en la novela de Jorge Isaacs, rememora del mismo modo
la tarde en que leía una novela de Chateaubriand: "veíamos a la derecha dice
- en la honda vega rodar las corrientes bulliciosas del río, y teniendo a nuestros pies
el valle majestuoso y callado, leía yo el episodio de Atala" (cap. XIII). Hay, al
parecer, una tradición del lector idílico que comparten varias literaturas y que bien
puede encontrar sus antecedentes en las obras pastoriles del Renacimiento. Es como si al
pastor que canta sus penas de amor hubiera sucedido este lector enmarcado por el paisaje.
Para quien se decidiera a escribir una historia de la lectura, no seria difícil
documentarla con esos daguerrotipos en los que un joven de mirada soñadora contempla un
paisaje sepia mientras un libro se abre entre sus manos. Con justa razón podemos
preguntarnos si alguna vez terminó de leer aquel libro, si alguna vez pasé a otro y a
otro, pues en nuestra época la alegría de leer no consiste sino en el vértigo de la
lectura. Leer, para nosotros, nada tiene que ver con esa mirada distraída que va de la
página al paisaje y del paisaje a una musaraña. La lectura es otra cosa. Es cambiar de
posición constantemente, subrayar, escribir alguna nota, consultar otro libro, un
diccionario o a un amigo. El lector con que sueña la revista Eco es un lector vertiginoso
cuya ansiedad corre en todas direcciones y cuya mirada apenas sí se distrae de la
lectura. Las páginas que se encuentran ante sus ojos no se le entregan tan fácilmente.
Nadie puede complacerse en sus artes porque no las hay. Quien quiera hojear esta revista
tendrá que leerla, leer un párrafo aquí y otro allá, leer más de lo que él mismo
quisiera, más de lo que él mismo hubiera imaginado.
Eco, hemos dicho, se originaba en un doble motivo: en su nostalgia de Europa y del
"humanismo centroeuropeo", y en la actitud pedagógica que adoptaba frente a los
lectores latinoamericanos. Su influencia en la formación de nuestros escritores es
grande. A ello contribuyó tanto como la revista Mito, sólo que de un modo más hondo y
pausado y menos espectacular. No hablamos de un grupo Eco en el mismo sentido en que nos
referimos a un grupo Mito. Este fue un grupo de escritores que expresaba sus gustos y
afinidades a través de una revista y que, por tanto, se interesaba en publicar textos
literarios "universales y contemporáneos". Eco fue más bien un grupo de
lectores e intelectuales, lo cual les permitía ser más heterogéneos: no tenían todos
la misma edad, ni la misma nacionalidad, ni expresaban sus preocupaciones intelectuales
del mismo modo. En los tiempos en que Elsa Goerner se ocupó de la redacción de Eco, la
revista expresó más claramente los problemas del "humanismo centroeuropeo".
Valencia Goelkel, al tomar el lugar de Goerner, apenas sí modificó esta situación: se
esforzó por inclinar la balanza hacia la literatura latinoamericana, pero su mayor logro
consistió en elevar la calidad de los ensayos que traducía y publicaba la revista.
Nicolás Suescún no tuvo esa inteligencia. Durante los años en que trabajó como
redactor de Eco, el ensayo perdió importancia frente a la narración o la poesía. En
esta época se publicaron textos de Policarpo Varón, Elisa Mújica, Darío Ruiz Gómez,
Umberto Valverde y Marvel Moreno. La revista se apartó entonces de su propósito inicial
y ya no correspondió tan literalmente a su propio nombre. Las traducciones fueron menos
frecuentes y, cuando las había, mostraban un especial interés por la dimensión social y
política de la literatura. Al final, cuando Ernesto Volkening asumió la redacción de la
revista, Eco recuperó esa lucidez del ensayo que habla tenido en los tiempos de Valencia
Goelkel, pero al mismo tiempo abrió un espacio a la creación y a la crítica
latinoamericana, tal y como hubiera querido Suescún.
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Otros
diseños de cubiertas de Eco
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El último de los redactores de Eco, Juan
Gustavo Cobo Borda, terminó por inclinar la balanza hacia Latinoamérica. No debió ser
difícil. Tampoco debió serlo asumir la redacción de una revista que ya tenía doce
años de fundada y un cuerpo respetable de colaboradores. No debió ser difícil, salvo
por dos moti vos: porque el hombre que aceptó esa responsabilidad tenía apenas 24 años
y porque el dinamismo que inspiró a Eco fue superior muchas veces al que le dieron sus
antecesores y aun quizá al que haya tenido cualquier revista publicada en Colombia en
toda su, historia. Cobo Borda desempeñó el cargo de redactor de Eco durante doce años,
y durante doce años la revista no conoció sosiego ni descanso. Incluso cuando en
1976 debió ser suspendida por razones económicas, Cobo Borda buscó la manera de
publicar en Colcultura una antología que estuvo a cargo de Alvaro Rodríguez y que
recogió los mejores ensayos de autores colombianos que habían aparecido en la revista. Y
una vez vuelta a la circulación, la lectura continuó en su fiesta. En estos años se
publicaron estudios sobre José María Arguedas, César Vallejo, Gabriel García Márquez,
Juan Carlos Onetti, Jorge Zalamea, Leopoldo Lugones, Juan Goytisolo y Mario Benedetti,
entre otros. El número 200 es una apreciable antología de la crítica latinoamericana en
la que figuran ensayos de Angel Rama, Guillermo Sucre, Rafael Gutiérrez Girardot y Carlos
Rincón. Los artículos sobre arte, filosofía y teoría literaria nunca fueron más
abundantes. Eco hospedó en sus páginas textos de Lévi-Strauss, Roland Barthes, Walter
Benjarnin, Hans Robert Jauss y Mijaíl Claude Bajtin. Se tradujeron textos de poetas
norteamericanos como Robert Penn Warren, Elizabeth Bishop, Robert Lowell, William Carlos
Williams, John Ashbery y Allen Ginsberg, pero también allí vieron la luz escritos de
Mario Rivero, Alba Lucía Angel, Roberto Burgos Cantor, Julio Olaciregui, María Mercedes
Carranza y Darío Jaramillo Agudelo.
Tantos nombres pueden inspirar al mismo
tiempo fatiga y admiración. Podrían agregarse muchos más, pero los que he mencionado
bastan para sugerir el amplio espacio que cubrían las lecturas de Cobo Borda y para
confirmar el hecho de que, a pesar de tantas críticas (muchas de ellas acertadas) que ha
recibido, es uno de los lectores más influyentes de nuestra historia literaria moderna.
Ya fuera en los días dorados de Colcultura, cuando también era redactor de Eco, o más
tarde, en los últimos años, y siempre por una suerte de vocación y de oportunidad, le
ha correspondido ocupar ese espacio marginal y con funciones directrices del prologuista,
del editor o del antólogo. Esto es algo que se dice habitualmente de Cobo Borda, y la
ironía con que se dice bien puede indicar que sus textos, marginales y con funciones
directrices, ya no son tan eficaces como en otras épocas. En contraste con los estudios
literarios que las universidades y otras instituciones culturales se esfuerzan actualmente
por realizar, los escritos de Cobo Borda se saben epígonos de la única tradición
crítica que hasta hace poco podía definirse con claridad y que consiste en presentar una
obra y promoverla o difundirla entre los lectores. Es verdad que esta tarea será siempre
necesaria, pero durante mucho tiempo nuestra crítica literaria se dedicó única y
exclusivamente a ella sin hacer caso de sus consecuencias: la brevedad del texto, la
escasa profundidad de sus afirmaciones y el tono encomiástico de sus juicios. Nuestra
crítica siempre ha tenido el sueño de una obra más comprensiva y menos errática o
azarosa. Es una sueño cíclicamente frustrado en lo que va de Baldomero Sanín Cano a
Hernando Téllez, de Hernando Téllez a Valencia Goelkel, de Valencia Goelkel al mismo
Cobo Borda. En el prólogo a una colección de artículos de Sanín Cano (publicado en
Eco, 189, 1977), Cobo Borda citaba, para rechazar, unas líneas de quien puede ser
considerado como uno de sus antecesores:
Se ha hecho al presente escritor la
crítica de no haber aplicado su diligencia a la elaboración de una obra orgánica, en
vez de colecciones de artículos sin un nexo palpitante entre las diversas secciones de
que se compone. El autor no tiene más excusa que su incompetencia.
Creo que haremos bien en imitar a Cobo
Borda y rechazar estas palabras de Sanín Cano, pero ante todo por su excesiva modestia.
Hay una razón, distinta de la incompetencia, que puede explicar esta fatalidad de nuestra
crítica y que consiste en que nunca ha dejado de concebirse a sí misma como una crítica
de ocasión y por tanto ha visto en el artículo de periódico o de revista el mejor medio
de realizar su tarea. Durante mucho tiempo la crítica literaria ha derivado entre su
sentido de urgencia y el anhelo de un libro orgánico. Como muestran los números
monográficos sobre Holderlin, sobre Nietzsche, sobre la crítica literaria
latinoamericana, ese anhelo también se encuentra en la revista Eco. Es un anhelo curioso
en una publicación periódica, es el anhelo de presentar un corpus coherente para
permanecer, para durar más allá de los tiempos a los que deseaban responder sus
páginas. Ha pasado ya un lustro desde que dejó de publicarse esta revista a la que
inspiraba una nostalgia de otras voces y, sin embargo, sus números no han dejado de
circular: van pasando de mano en mano, de lector en lector, se van gastando, van dando
tumbés, desaparecen muy lentamente. Ante nuestros ojos comienzan a desdibujarse esas
imágenes en que mejor la reconocíamos: la del viejo señor latinoamericano o europeo que
vive y recuerda su cultura en una de las orillas del mundo (siempre la otra; siempre la
orilla equivocada); la de un humanismo que se refugia en Princeton, en Oxford o en
Budapest y sabe que tiene los días contados; la de los tiempos exultantes de ese
bolivarismo literario al que llamamos el Boom latinoamericano; la de un lector vertiginoso
cuya ansiedad quiere abarcar todos los horizontes que el texto le propone. Como decía
Cobo Borda de la revista Sur (232, 1981), como podríamos decir nosotros de Mito o de la
revista Contemporáneos, Eco forma parte ya del extraviado inconsciente de nuestra
cultura.
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