Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 18.  Volúmen XXVI - 1989
 
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CRITICA: ¿Un quincenario sin compromisos? (1948-1951 )

OSCAR TORRES DUQUE
Reproducciones: Alberto Sierra Restrepo ,
                         Mario Rivera

Quiza una de las razones por las cuales, en nuestro país, eso que la comunicación social llama "cultura"* haya tenido un desarrollo tan inauténtico y fragmentario sea el matrimonio espurio entre aquélla y la vida pública nacional. En el mejor de los casos, nuestros hombres representativos lucharon por conciliar sus dos vidas en un Humanismo integral de pensamiento y de arte: casos como los de Miguel Antonio Caro, José Eusebio Caro y Guillermo Valencia nos ofrecen tema Interesante para antologías o historias de las letras nacionales. Otros ejemplos, otros nombres, serían más penosos de mencionar, tanto más si están unidos a Significativos momentos de la historia patria.
Desde el romanticismo - el hegeliano antes que el rousseauniano o victorhuguesco-, la función del intelectual de letras y pensamiento es cada vez menos social y más alienante. Por supuesto que en ningún momento tal distinción se plantea como un deber ser; antes bien, se observa con preocupación por los teóricos. Que el arte haya tomado la posición de distanciamiento rio dice nada contra el histórico fenómeno de su destierro por parte del devenir social, del cual fueron expulsadas las condiciones que enmarcan la presencia equilibrante del arte, con el triunfo del liberalismo, la revolución industrial y la lucha de clases. Crítica, en el mejor sentido kantiano de la palabra, significa esa conciencia de límites, de reconocimiento del fin de las posibilidades históricas del hombre; el intelecto, desde entonces y como función social, debe ejercer una suerte de "marginalia", de glosa cínica e imparcial de los hechos históricos. ¿Se puede ser imparcial? Quizá no, pero el intelecto juega a serio, olvidando la parte de carne dolorida que le incumbe; en su empecinado intento de objetividad, creo (y ese intento acaso se vea siempre, hasta cierto punto, frustrado), radica su humanidad, su parcialidad soberana y autojustificada.

Todo esto, para introducir el carácter de un tipo de publicación "cultural" en Colombia: el periodismo político de la "clase intelectual". Tal es el tono de Crítica, quincenario "cultural" dirigido durante cerca de tres arios por Jorge Zalamea en Bogotá, con la salvedad, respecto de otras publicaciones de su tipo, de que este quincenario sí fue auténticamente "cultural", aun a pesar de su parcialidad, no política sino social (porque la parcialidad o imparcialidad del crítico están más allá de las ideologías políticas, que son circunstancias que a duras penas pueden reflejar un compromiso del intelectual o su dimensión práctica). La labor de difusión cultural de Crítica es destacaba dentro de una historia, de las publicaciones periódicas "culturales" en Colombia, repito, aunque no se tratara exclusivamente de una publicación de tal índole.
La actitud política de una revista o periódico "cultural" debe coincidir con todo aquello que publica, no digo en el contexto de la opinión, pero sí en el del gesto y en el espíritu de texto comunal. Que se señale una dirección integral, una pasión humanística. La cultura es una órbita superior a la política o a cualquier manifestación social, porque ella las aglutina a todas en una sola visión del mundo; si la intención política no está presidida por la dirección integral de la cultura, la escisión que se produce impide la existencia del texto de la revista o periódico, que es algo más, o diferente, que la suma de textos publicados. En una gaceta del Fondo de Cultura Económica, escribió Alejandro Katz, a propósito del hablar comunal de San Agustín, lo siguiente: "El modo en que una revista es inventada es también el modo en que puede ser leída (por ello, sobra decirlo, algunas revistas son, pese a su apariencia, el Texto, con la rotunda firma de autor al calce; otras, carantes de la firma, no son más que una recolección de pequeñas firmitas, de textos que solicitan ser leídos como si fueran el Gran Original, pero que no consiguen serio). En una redacción - aceptamos llamarla así- cada uno no es él sino un universo de lectores posibles"
1 .  

El pecado de Critica fue constituirse en firma adicional - opositora, si se prefiere- a las firmas dominantes de la vida política de su tiempo, firmas que estaban, por lo demás, fuera del texto que se quería elaborar, porque ellas, salvo a partir de la censura, no participan oficialmente en la publicación del quincenario. Como publicación, Crítica no creó un círculo de "lectores posibles"; más bien reconocía la existencia importante de "enemigos vulnerables", cuando en realidad su contenido, en su mayor parte, era ajeno a tales consideraciones. El liberalismo podía reclamar su validez o importancia históricas - bandera de una intelectualidad artística -, pero no rebajarse a debatir con otro partido, el conservatismo, las responsabilidades en una situación crítica del país, reclamar desde allí, hacer proselitismo desde allí, hacer "cultura" desde allí. Crítica, entonces, fue dos cosas: un quincenario liberal y el quincenario de Jorge Zalamea: un solo quincenario, es cierto, pero dos direcciones diferentes.
Jorge Zalamea fundó Crítica (primera aparición) el 14 de octubre de 1948, época de efervescente violencia partidista en Colombia, de efervescente correr de sangre (¿la cultura como posición ante el asesinato y la infamia?). Tres años después, el 4 de octubre de 1951, aparecía el último número de un quincenario diezmado y depurado por la censura conservadora y el desencanto de sus creadores. Realmente un lapso generoso para crear una imagen combativo o espiritual, o, por lo menos, para permanecer en las historias del periodismo o de las publicaciones periódicas en Colombia. Sin embargo, el desconocimiento y la carencia de datos de Crítica para la historiografía periodística posterior son abrumadores. Abrumadores, si pensamos en la calidad y cantidad de sus colaboradores y textos publicados. Nombrarlos aquí sería ocioso, pues, de hecho, más adelante aparecerán con su respectivo papel.

Crítica "consistió" en el abanderamiento que un grupo de liberales intelectuales (o mejor, el "clan Zalamea') hizo de la denuncia de crímenes políticos en el país (contra liberales, se entiende), de la oposición encarnizada y sectaria al ingenuo y pintoresco gobierno conservador (pero también a sus más notables alentadores) y de la actualidad "cultural" como difusión del quehacer artístico, literario y filosófico en todo el mundo. Tres banderas difíciles de coser en una sola. La cultura es, por principio, conservadora, pero de un orden ya existente, de una tradición, de un mundo constituido de valores y principios universales. La "cultura", liberal en todos los sentidos, de Crítica era en realidad la maravillosa conjunción de autores y textos en un muestrario para todos los gustos, incluso los más conservadores. Mucho de actividad reciente y numerosos ensayos de fondo sobre diversos temas en el campo de arte, de la literatura y del pensamiento.

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   Núm.13, mayo de 1949  (A.S.R.)           Jorge Zalamea(M.R.)                             

De principio a fin de su existencia, Crítica se presenta como un quincenario, de 8 a 24 páginas, con intensa opinión política en primer plano, hasta el momento de la censura oficial (el primer número censurado salió el 4 de mayo de 1950); digo primer plano y me refiero a la noticia o comentario de primera página y a las páginas editoriales; "tout le reste" es la "cultura". ¿Se trataba de veras de crear el clima de civilización o cultura que permitiera el arrostramiento con la violencia, su denuncia, su infamación? Mi respuesta negativa se adhiere a estas palabras del poeta santandereano Tomás Vargas Osorio: "¿Es justa la contraposición ideológica - civilidad- violencia? ¿y hasta qué punto nosotros los colombianos hemos preferido el primer término con desapego definitivo del otro? La vida política, la vida administrativa, bien pueden desarrollarse armónicamente dentro de los cauces de la civilidad, y hasta es conveniente que así sea; ¿pero la cultura debe y puede restringiese a este plano simple de hechos y de circunstancias? La civilidad es, ante todo, un estilo de moral política; pero es injusto - históricamente injusto- pretender que el espíritu y la cultura se estrechen dentro de un ámbito moral utilitario, dentro de un ethos de finalidades inmediatas" 2 . Por supuesto, la pretensión es no sólo injusta sino fallida, pese a lo cual, dentro de la ya microhistoria del espíritu, el texto cultural es recibido satisfactoriamente por los lectores ideales, al margen de la vergonzante tropelía nacional. Crítica pudo haber prescindido, teniendo en cuenta a sus inspiradores, de su famoso alegato contra una situación de hecho - más que de derecho- y de hacer en sus páginas explicito su compromiso político liberal, cuando éste podía ser tácito - y auténtico- en los textos de "cultura" publicados (de hecho, en ellos fue reconocible ese compromiso, especialmente después de la censura; bastaría citar los ejemplos de textos largos, publicados por entregas, de Sartre y Bertrand Russell sobre la libertad). Sólo la vida pública degenerada impone a sus protagonistas la especialización de su acción pública: personajes de la política, personajes de la cultura, personajes del deporte. Quien realmente lleva una vida pública, una vida consagrada a la transformación o conservación del mundo, refleja su esfuerzo no en una especialización sino en su vida toda, convertida en la actividad que desarrolla. En Colombia sucede con frecuencia la desgracia de que para ser hombre público el escritor debe "meterse" a político, así como el político completa su imagen "metiéndose" a escritor.

Quien escribe para publicar y publica para influir en los demás, debe saber de antemano que su medio de expresión es la palabra y que ésta debe bastarse a si misma, so pena de reconocer la incapacidad de los lectores de asumir una actitud madura ante ella. Si se reconoce esa incapacidad y pese a todo se publica, es decir, si se cambia el medio de expresión por el impuesto de la publicidad, se corre el riesgo de poner en entredicho el compromiso inicial: influir en gentes inmaduras - y, por tanto, nocivamente- o influir en la vida privada de las gentes maduras. Es un dilema aberrante, pero irremediable en estas latitudes: o se hace "cultura" o se es público. Sin embargo, la primera opción es una forma de apostar a esa publicidad y, por tanto, de comprometerse socialmente, aunque sólo sea como apuesta. Al respecto, transcribo algo que escribió Martí sobre la libertad pública - o publicada, para el caso -: "Ni el miedo a las justicias sociales, ni la simpatía ciega por los que las intentan, debe guiar a los pueblos en sus crisis, ni al que las narra. Sólo sirve dignamente a la libertad el que, a riesgo de- ser tomado por su enemigo, la preserva sin temblor de los que la comprometen con sus errores. No merece el dictado de defensor de la libertad quien excusa sus vicios y crímenes por el temor mujeril de parecer tibio en su defensa. Ni merecen perdón los que, incapaces de domar el odio y la antipatía que el crimen inspira, juzgan los delitos sociales sin conocer y pesar las causas históricas de que nacieron ni los impulsos de generosidad que los producen" 3 . Creo que todo el liberalismo, desde su nacimiento hasta nuestros días, ha cargado con ese estigma de ser, antes que una ideología nueva y aplicable, un reconocimiento de lo que le va quedando al hombre, cuando lo que lo ataba a ley natural se ha convertido en cadena insoportable. Liberarse siempre significa preguntarse por el sentido de una libertad que nace para huir, para escapar. Es preguntarse por el sentido de la libertad en el desierto.

Crítica comienza unos meses después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, y marcada por ese asesinato, con denuncias de crímenes contra liberales en diferentes lugares del país. Extensas listas de personas asesinadas se publican en los primeros números y en las primeras páginas, con titulares alusivos a la connivencia o participación del gobierno conservador de Mariano Ospina Pérez. Estas denuncias son indudablemente el plato fuerte del quincenario en su primera etapa y la presentación, como periódico, del mismo. No pretendió Zalamea hacer, en principio, una revista o periódico cultural; o si lo pretendió, se vio sorprendido por la urgencia de oposición y de denuncia políticas. En primera página, casi siempre, una gran caricatura, de más de media página, elaborada por el bocetista de Crítica, Samper, furibundo, sin remilgos, ridiculizador de todo el zoológico conservador en ciernes: Ospina Pérez como doncella cortejada por el caballero Laureano, o como arquero de un equipo de fútbol de ineptos (conservadores), incapaz de parar el disparo de Darío Echandía y con un letrero en su uniforme: "Manzanillo"; o danzando muy elegantemente con el esqueleto femenino llamado Colombia, o en el paraíso terrenal, de Eva, poco antes de su expulsión.

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Núm. 16, junio 17 de 1949 (A.S.R.) Núm. 18, julio 15 de 1949 (A.S.R.)

La opinión escrita de Crítica poco difería de sus caricaturas: el gobierno de Ospina Pérez, un títere asediado por los maliciosos Laureano Gómez y Gilberto Alzate Avendaño, no era más que la pretensión de trasplante del franquismo tiránico español, la más infame huella del fascismo europeo y su locura. "La falange criolla", se les llama en alguna caricatura en la que aparecen Ospina Pérez, Laureano Gómez, Gilberto Alzate y Guillermo León Valencia. De paso, el ímpetu ironizante, no exento de la ira por la falta del poder, se comprometía con la causa de Darío Echandía para las venideras elecciones, asegurando, y dando la cabeza por ello, que sería el nuevo presidente de Colombia, el Mesías, la salvación (aunque, irremediablemente, Crítica habría de autonombrarse tarde o temprano "un quincenario sin compromisos"). La derrota y el triunfo de Laureano Gómez serían el trago más amargo para la publicación de Zalamea. Titulares como "Los pies en polvorosa de Laureano" (¿el pueblo como amenaza de muerte?), "Homenaje al caudillo, agravio a Colombia", a propósito de un homenaje a Laureano, "El presidente Jano" y otros por el estilo corrompen de odio sus páginas, precediendo excelentes textos para almas menos comprometidas con la bajeza. El 18 de octubre de 1950, ya censurada, Critica publica en su editorial (uno de los pocos redactados en esos tiempos) lo siguiente: "Mientras en Colombia fue libre la palabra, ésta nos sirvió para luchar franca y lealmente contra lo que nos parecía indeseable para la patria y contrario al destino del hombre. De esa etapa nos queda un orgullo: jamás mancillamos la dignidad de la palabra con nada que fuera soez o injurioso; jamás quebrantamos el imperio de la verdad con nada que fuera inverídico o calumnioso. Nuestros ataques pudieron ser iracundos; pudieron ser implacables; pero fueron siempre decorosos en la expresión y rigurosos en la verdad" 4 . A pesar de lo cual, la palabra había admitido continuar encadenada y amordazada. ¿Esto era cierto? ¿Sin el afán político, Crítica no tenía derecho de ser publicación "cultural"? ¿Por qué, entonces, seguir publicando? Por otra parte, el final de Crítica, no bajo un gobierno conservador, sino entre las mil manos clausuradoras de Laureano Gómez, era previsible. Que a Ospina Pérez se lo calificara de tonto era soportable, pero que a Laureano se lo tachara de criminal y tras la tacha se sellara el sobre con textos de escritores eminentes, acaso '"inocentes ", era algo impensable como hecho público.

Caricatura, listas de asesinados liberales, proselitismo editorial y una columna llamada "La quincena parlamentaria" constituyeron la catapulta del combate político. Podían no llevarse más de tres páginas del quincenario, pero dejan hoy en día desazonado al lector para lo que sigue en las páginas restantes. En la columna "La quincena parlamentaria" se exaltaba la labor igualmente denunciante y desenmascaradora de los congresistas liberales (Plinio Mendoza Neira, Mario Ruiz Camacho, Carlos Lleras Restrepo, Abelardo Forero Benavides). Cómo conciliar esa catapulta con el loable interés por la política internacional y la historia contemporánea, es algo que el lector de hoy no puede resolver - como tampoco lo resolvería el buen lector de entonces, si lo había en aquella nación de turbamultas, más fervorosa que la nuestra -. El tono internacionalista de Crítica no parecía avenirse con las lamentables condiciones locales. También ha sido pecado del liberalismo ese aprender de los libros, de las ideas o de las experiencias ajenas, el modo universal de comportarse para garantizar el progreso. Nicolás Gómez Dávila lo expresa así: "El incorregible error político del hombre de buena voluntad es presuponer cándidamente que en todo momento cabe hacer lo que toca. Aquí, donde lo necesario suele ser lo imposibles. No era menor la candidez en el gobierno nacionalista de Laureano Gómez, pero es muy difícil no pasar por cándido para ser político en nuestra época y más - desde la óptica de un reaccionarismo ahistórico como el de Gómez Dávila. Pero la cultura no puede ser cándida, precisamente porque es libre.

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  Núm. 19, agosto 2 de 1949. Núm. 22, septiembre 15 de 1949. Núm. 23, octubre 1o. de 1949 (A.S.R.)

Primero desaparecieron las listas -"Calendario trágico", era su título -, luego "La quincena parlamentaria", posteriormente las caricaturas y, con la censura, los propios editoriales, silencio que fue el único gesto de oposición y de persistencia ante la intromisión que fue apenas una correspondencia a otra intromisión, por parte del quincenario. El 4 de mayo de 1950 comenzó la censura a ser publicada mediante una franja con letras grandes en la primera página: "Esta edición aparece bajo censura". La censura pudo mostrar, al mismo tiempo que la debilidad de una publicación de ese tipo en nuestro país, la importancia de la tarea "cultural" de Critica. Se vuelve un quincenario casi exclusivamente difusor de "textos de cultura" (arte, letras y pensamiento), pese al gesto del silencio editorial y a los indicios de la escoba de redacción. Pero el viraje no complace nunca a Zalamea, y con ello se evidencia su verdadera intención de hacer de Crítica una publicación política, es decir, una publicación nacional.

En cuanto a hablar de la generación de Crítica, hay que decir que ella es inexistente, por dos motivos básicos: la falta de coherencia en un afán cultural (me obstino en esa división viciosa de la comunicación social: arte, pensamiento y literatura) y la carencia de personalidades dedicadas exclusivamente al quincenario, con la excepción de Zalameas Jorge, Eduardo y Alberto. Pero aun el caso de Jorge y Eduardo Zalamea es el de la presencia de dos escritores con rumbo definido, que nunca pretendieron darle a Crítica la dirección de sus propias búsquedas espirituales o artísticas. Alvaro Mutis publica sus primeros poemas, o sus primeras versiones, en Crítica, pero Mutis puede ser asociado hoy más fácilmente con publicaciones como Cántico, Mito o Eco. León de Greiff pertenece a una generación anterior, esa que fue llamada Los Nuevos, y a la que pertenecía Jorge Zalamea, pero esa generación no tenía nada que decir a través de Crítica; el interés por Los Nuevos se limitaría a un par de artículos y a la columna, luego clausurado por su firmante, del "loco Legrís". Los Nuevos fueron nuevos hasta la aparición del piedracielismo, a finales de los treinta, y después se desperdigan por diversos campos y diversas simpatías. Ni Luis Vidales, ni Rafael Maya, ni Octavio Amórtegui, ni Alberto Lleras ni Germán Arciniegas fueron colaboradores permanentes- y muchos forjadores- de Crítica. Nos quedan de esa "generación" (de generación de generaciones, como dice algún actor mexicano) algunas contribuciones esporádicas del reaccionario y lúcido Hernando Téllez y las misteriosas baladronadas del alucinado León de Greiff. Otras generaciones poéticas o literarias se dieron cita, sin ánimo de generación, en Crítica: los del círculo de Cántico y cuadernícolas, Mutis, Jaime Ibáñez, Natanael Díaz o Rogelio Echavarría, poeta recién amanecido para la época, como Carlos Castro Saavedra, Oscar Hernández, Fernando Arbeláez y Carlos Jiménez. La generación que sí tuvo ánimo de tal, y esto no significa más que unos cuantos nombres que coinciden en elaborar una versión del presente cultural de un país, y que gravitó en torno al núcleo de Mito (Gaitán Durán, Cote Lamus, Valencia Goelkel, Gutiérrez Girardot) no pasó por Crítica, aunque eran tan jóvenes como los últimos mencionados.

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Núm. 26, noviembre de 1949 (A.S.R.)

Por lo demás, la enseñanza de los de Mito fue que, a pesar de la toma inicial de partido político -conservador Cote, liberal Gaitán – jamás se dejaron exasperar por el horror trivial (y tribal) de la menuda situación nacional, y supieron guardar esa debida distancia que hace al verdadero crítico, y que no es indiferencia sino independencia. Su respuesta, su humanismo, fue la labor literaria, que hoy apreciamos en aquella revista. Sin embargo, este mismo azar de publicación de escritores y artistas jóvenes nos muestra un criterio literario y artístico bien formado, seguro de sí en lo que está promoviendo, hecho más destacable si pensamos en que la promoción es de jóvenes (e inciertos) talentos; Pound ha dicho que "el valor de crítico no se conoce por sus argumentaciones, sino por la calidad de lo que escoge" 6 , y en ese sentido Crítica demostró ser crítica, y no un devocionario poético abierto a todas las colaboraciones de grillos jóvenes y con arrestos destructores que llegaran a la redacción. El 18 de enero de 1951, Crítica presenta así un cuento de un joven escritor que aún no publicaba su primera novela: "De Gabriel García Márquez, el autor de La noche de los alcaravanes, que publicamos en esta página, apenas sí sabemos que tiene 23 años, que vive en Barranquilla y que, con Alfonso Fuenmayor, trabaja en la revista Crónica. Pero hay en este cuento suyo - en esta imagen de sueño- un tono, una atmósfera una profundidad espacial, que parecen indicar la mano segura y la mirada penetrante de un escritor auténtico. Para Crítica, que ha querido ser - desgraciadamente sin éxito- una puerta abierta para todos los escritores colombianos y, en especial, para los que ahora se inician en las letras, es muy grato presentar a Gabriel García Márquez, cuya obra, creemos nosotros, deberá seguirse con atención" 7 . En el mismo número, para nuestro pasmo, presentaban a otro cachorro imberbe: "Grande acierto tuvo Leo Matiz al inaugurar su Galería de Arte con la exposición del joven artista antioqueño Fernando Botero. A los diecinueve años, este artista logra retener poderosamente la atención del público que sabe desde ahora que será preciso tener muy en cuenta este nombre en el desarrollo futuro de nuestras artes plásticas" 8 .

La diferencia entre una publicación de espíritu y una de colaboraciones está en que esta última no puede arrogarse el derecho de encarnar ningún ideal, ninguna bandera, distintos de la simple difusión de lo que publica. La otra publicación, la que es un solo Texto, no sólo difunde lo que publica, sino que señala también sus sentido, su importancia y el lector a quien va dirigido. Es decir, integra cada texto a un mundo; en la publicación de colaboraciones, la colaboración es lo que necesita mundo, lo falto de éste, lo que expresa simplemente una opinión personal. Por ser publicación de colaboraciones, Crítica no hace época, no hace generación (sic), mas sin embargo hace historia, porque pocas publicaciones culturales en el país han reunido en sus páginas el alto material que publicó Crítica, en principio como texto adicional y después de la censura como texto exclusivo, aunque inconexo, por la falta de una guía editorial que hiciera de Crítica un "quincenario de arte y cultura". Alguien notaba ya, en el segundo aniversario de Crítica, y durante la censura, algunos aspectos claves de su existencia: "1. El único periódico que se puede leer íntegramente con la seguridad de que no tropezamos con el insulto, la envidia y la malevolencia, tan comunes en toda nuestra prensa. 2. Es urgente que sus páginas, hasta donde sea posible, expongan y planteen los problemas nacionales: cultura y política científica en estrecha vinculación. 3. Un mayor tiraje y una mayor distribución, pues hay ciudades adonde apenas llegan dos o tres números; ejemplo: Cali..." 9 . El segundo punto les estaba recordando un frente ya perdido para ellos, pero simultáneamente dejaba entrever la nueva presencia del quincenario, como magazín difusor. Al mismo tiempo que se libraban involuntariamente de la salía y el combate retórico, en apariencia se mantenían en batalla, pero su ánimo cultural estaba debilitado. También les pedían sus lectores, en aquella ocasión, un mayor cuidado de la limpieza tipográfica. De cualquier modo, resulta deprimente que el lector de su época delatara su propia condición, comparándolo (al quincenario) con "nuestra prensa": si bien Zalamea intentó ubicarse en "nuestra prensa", el "quincenario cultural" y la censura no permitían tal cosa.

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  Núm 33 marzo 1º de 1950    

  Núm 34 marzo 15 de 1950

Dentro del sano y escindido cosmopolitismo, el periódico de Zalamea exaltó entre sus personajes internacionales, a Emmanuel Mounier, a André Gide, a Ernst Wiechert y a Chiang Kai Chek, como muestra, exaltación que por ella misma es un decir, dando así un paso importante contra el anquilosamiento de la inteligencia colombiana. Más destacable aún es su labor en materia de traducciones, base imprescindible del proceso anteriormente mencionado (y que llevaría a su mejor y mayor expresión la generación de Mito). Crítica o sus colaboradores tradujeron ensayos de Artaud (sobre los tarahumaras), de Norman Mailer (sobre Woodrow Wilson), de Nicolás Berdiaeff (sobre el Estado), de Karl Jaspers (sobre la "culpabilidad alemana", tras la guerra), de Paul Valéry (sobre Descartes), de Papini (sobre la crítica), en el momento en que éstos construían parte del rostro "cultural" del siglo XX. Esto aparte de tres muy importantes artículos - importantes para la cohesión del quincenario, especialmente después de la censura, cuando realmente le urge una cohesión -, traducidos para Crítica y aparecidos por entregas: "La supresión de los partidos", de Simone Weil, "La autoridad y el individuo", de Bertrand Russell y "Carta del papa Celestino VI al pueblo que se dice cristiano", por Giovanni Papini. También es importante el trabajo de traducciones de poetas y escritores universales o contemporáneos, escogidos con criterio: La peste, de Albert Camus, cuando era obra de teatro y el francés un menudo existencialista de la última cochada; algún texto de William Faulkner, a propósito de su premio Nobel; la versión de Pájaros de Saint-John Perse, también premio Nobel años más tarde, que hiciera el propio Jorge Zalamea y que es insuperable; el Prometeo de Goethe, traducido por Eduardo Zalamea; poema de Rilke, por Otto de Greiff, poesía japonesa en versiones -¿quizá del francés?- de Luis Vidales, o La comandante, de Ernst Wichert. Así mismo, y sigo insistiendo en el clima cosmopolita creado - revolucionario en un país pacato e hispánico-, encontramos colaboradores extranjeros de la talla de Arthur Miller, Servan-Schreiber, Roger Caillois, Truman Capote, Salomón de la Selva o Guillermo de Torre, jóvenes de la época. El 19 de septiembre de 1950 se logró un número maravilloso, apartado de los espinosos asuntos nacionales y llevado a los espinosos pero trascendentes asuntos de la decadente Europa. Así presentaba Crítica su número monográfico: "Este número ha sido realizado por Alberto Zalamea. La dirección de Crítica agradece a sus colegas L'Observateur y Le Monde de París, a la Agencia Francesa de Información, a los señores Paul Rivet, Claude Bourdet, Jean-Paul Sartre, Mervyn Jones, Mario Cesari, Dany Benusiglio, Francisco Fejto, J. Gordon, Charles Delasniére, Jacques Armel, J. Servan-Schreiber y René Maurier, por la valiosa ayuda, artículos e informaciones que quisieron prestarle para la realización de este número consagrado exclusivamente al continente europeo. (La dirección señala, igualmente, que la responsabilidad de los artículos publicados es estrictamente personal y recae sólo sobre el autor)"10. También el quincenario publicó en diversos números noticia de lo que se hacía en ese momento en literatura, en Francia, Inglaterra, Alemania o Estados Unidos. La red de contactos de Crítica o de Jorge Zalamea era excelente: tan frívola como fundamental puede ser la "gaceta de actualidad mundial literaria" en un ambiente muy dado al enclaustramiento y la retórica sin tradición y, por tanto, sin presente. En ese sentido, es también importante ese "noticiario" que incluye, además, a las artes, música, plástica, teatro y, algo insólito pero reconfortante, la moda, que ocupa, al principio, toda la última página de Crítica (¿era "gancho" para frívolos o rescate de la moda como indicador social y, acaso, cultural?).

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Núm. 64, julio 5 de 1951

En el ámbito literario, muchos son los nombres (con sus respectivos hombres; porque suele suceder, en las revistas de colaboración, que el nombre es usado y el texto hurtado de cualquier parte) que dieron sombra a Crítica. Tanto extranjeros como nacionales, aunque, como hemos dicho, sin "compromisos" con Crítica, escritores cada uno en lo suyo. De los colombianos, los más publicados - algunos, colaboradores- fueron León de Greiff, quien tenía su columna y también publicó poemas; Alvaro Mutis, quien publicó unas primeras versiones de poemas, como Angela Gambitzi y Los elementos del desastre bajo otro título; Carlos Castro Saavedra, otro poeta joven que protestaba contra la violencia en tono idílico y de cándida afirmación de la libertad personal; el propio Jorge Zalamea, con traducciones, cuentos y ensayos; Eduardo Zalamea, de quien se ensalzaba ya una de las más grandes novelas escritas en Colombia, Cuatro años a bordo de mí mismo; Hernando Téllez, con sus agudos artículos; Jaime Tello, poeta infortunado y traductor; Fernando Arbeláez, joven poeta, el segundo nombre importante de la juventud lírica de la época, al lado de Castro Saavedra (un poeta como Mutis tenía que poseer menor eco en aquel ambiente); Luis Vidales, el nunca olvidado compadre de Los Nuevos; Gerard o Valencia, piedracielista fugado por un momento (aunque Crítica nunca representó la tentación de un movimiento); Ciro Mendía, Marta Traba, García Márquez, Juan Lozano y Lozano y hasta algún artículo del precoz Gonzalo Arango; todos ellos, insisto, sin ningún compromiso con el quincenario.

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León de Greiff aparece en esta propaganda que publicaba Crítica Un cuento de Gabriel García Márquez especial para Critica, núm 54 , enero 18 de 1951 Núm. 31, febrero 1o. de 1950

En una antología de Crítica incluiríamos excelentes escritos que hoy son prestigio de bibliotecas selectas: La hora veinticinco, de Gheorghiu; La tumba de Palinuro, de Cyril Connolly; El laberinto de la soledad, de Octavio Paz; La piel (aquella vez excelentemente traducido como El pellejo), de Curzio Mala - parte, o Crónica de los pobres amantes, de Vasco Pratolini. Publicaciones que hablan de la verdadera crítica de Critica. Si el quincenario no hubiese tenido otro propósito que el de mostrar, con todas sus aplicaciones sociales y políticas, sus juicios humanos en el campo de la cultura, no dudaríamos en colocarlo entre las revistas literarias que forjan una tradición para los que estamos llamados a hacer uso de ella.

 

*Las comillas o la ausencia de ellas para la palabra "cultura" y sus derivadas, atiende a mis escrúpulos respecto a ese concepto. En este artículo es más una posibilidad que una realidad. Cultura no es, por supuesto, ni en el terreno de las publicaciones, "arte, pensamiento y letras". Me he prestado, sin embargo, al abuso sistemático y popular de la expresión.  (regreso)

1 Alejandro Katz, 'De la lectura compartida", en Gaceta del Fondo de Cultura Económica, diciembre de 1986, págs. 21-22.   (regreso1)

2 Tomás Vargas Osorio, Obras, Bucaramanga, Imprenta Departamental 1944, t. 1, pág. 300.   (regreso2)

3 José Martí, Antología, Barcelona, Salvat. 1972, pág.60  (regreso3)

4 Crítica, 18 de octubre de 1950.  (regreso4)

5. Nicolás Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito, Bogotá, Colcultura, 1977, vol. 11, pág. 122

6 Ezra Pound, Antología, Madrid, Visor, 1979, pág. 201. (regreso6)

7 Crítica, 18 de enero de 1951. (regreso7)

8 Ibid.(regreso8)

9 Crítica, 18 de octubre de 1950. (regreso9)

10. Crítica, 19 de septiembre de 1950   (regreso10)