|
CRITICA: ¿Un quincenario sin
compromisos? (1948-1951
)
OSCAR TORRES DUQUE
Reproducciones: Alberto Sierra Restrepo ,
Mario Rivera
Quiza una de las razones por las cuales,
en nuestro país, eso que la comunicación social llama "cultura"* haya tenido un desarrollo tan inauténtico y fragmentario sea el
matrimonio espurio entre aquélla y la vida pública nacional. En el mejor de los casos,
nuestros hombres representativos lucharon por conciliar sus dos vidas en un Humanismo
integral de pensamiento y de arte: casos como los de Miguel Antonio Caro, José Eusebio
Caro y Guillermo Valencia nos ofrecen tema Interesante para antologías o historias de las
letras nacionales. Otros ejemplos, otros nombres, serían más penosos de mencionar, tanto
más si están unidos a Significativos momentos de la historia patria.
Desde el romanticismo - el hegeliano antes que el rousseauniano o victorhuguesco-, la
función del intelectual de letras y pensamiento es cada vez menos social y más
alienante. Por supuesto que en ningún momento tal distinción se plantea como un deber
ser; antes bien, se observa con preocupación por los teóricos. Que el arte haya tomado
la posición de distanciamiento rio dice nada contra el histórico fenómeno de su
destierro por parte del devenir social, del cual fueron expulsadas las condiciones que
enmarcan la presencia equilibrante del arte, con el triunfo del liberalismo, la
revolución industrial y la lucha de clases. Crítica, en el mejor sentido kantiano
de la palabra, significa esa conciencia de límites, de reconocimiento del fin de las
posibilidades históricas del hombre; el intelecto, desde entonces y como función social,
debe ejercer una suerte de "marginalia", de glosa cínica e imparcial de los
hechos históricos. ¿Se puede ser imparcial? Quizá no, pero el intelecto juega a serio,
olvidando la parte de carne dolorida que le incumbe; en su empecinado intento de
objetividad, creo (y ese intento acaso se vea siempre, hasta cierto punto, frustrado),
radica su humanidad, su parcialidad soberana y autojustificada.
Todo esto, para introducir el carácter
de un tipo de publicación "cultural" en Colombia: el periodismo político de la
"clase intelectual". Tal es el tono de Crítica, quincenario
"cultural" dirigido durante cerca de tres arios por Jorge Zalamea en Bogotá,
con la salvedad, respecto de otras publicaciones de su tipo, de que este quincenario sí
fue auténticamente "cultural", aun a pesar de su parcialidad, no política sino
social (porque la parcialidad o imparcialidad del crítico están más allá de las
ideologías políticas, que son circunstancias que a duras penas pueden reflejar un
compromiso del intelectual o su dimensión práctica). La labor de difusión cultural de
Crítica es destacaba dentro de una historia, de las publicaciones periódicas
"culturales" en Colombia, repito, aunque no se tratara exclusivamente de una
publicación de tal índole.
La actitud política de una revista o periódico "cultural" debe coincidir con
todo aquello que publica, no digo en el contexto de la opinión, pero sí en el del gesto
y en el espíritu de texto comunal. Que se señale una dirección integral, una pasión
humanística. La cultura es una órbita superior a la política o a cualquier
manifestación social, porque ella las aglutina a todas en una sola visión del mundo; si
la intención política no está presidida por la dirección integral de la cultura, la
escisión que se produce impide la existencia del texto de la revista o periódico, que es
algo más, o diferente, que la suma de textos publicados. En una gaceta del Fondo de
Cultura Económica, escribió Alejandro Katz, a propósito del hablar comunal de San
Agustín, lo siguiente: "El modo en que una revista es inventada es también el modo
en que puede ser leída (por ello, sobra decirlo, algunas revistas son, pese a su
apariencia, el Texto, con la rotunda firma de autor al calce; otras, carantes de la firma,
no son más que una recolección de pequeñas firmitas, de textos que solicitan ser
leídos como si fueran el Gran Original, pero que no consiguen serio). En una redacción -
aceptamos llamarla así- cada uno no es él sino un universo de lectores posibles"
1
.
El pecado de Critica fue constituirse en
firma adicional - opositora, si se prefiere- a las firmas dominantes de la vida política
de su tiempo, firmas que estaban, por lo demás, fuera del texto que se quería elaborar,
porque ellas, salvo a partir de la censura, no participan oficialmente en la publicación
del quincenario. Como publicación, Crítica no creó un círculo de "lectores
posibles"; más bien reconocía la existencia importante de "enemigos
vulnerables", cuando en realidad su contenido, en su mayor parte, era ajeno a tales
consideraciones. El liberalismo podía reclamar su validez o importancia históricas -
bandera de una intelectualidad artística -, pero no rebajarse a debatir con otro partido,
el conservatismo, las responsabilidades en una situación crítica del país, reclamar
desde allí, hacer proselitismo desde allí, hacer "cultura" desde allí.
Crítica, entonces, fue dos cosas: un quincenario liberal y el quincenario de Jorge
Zalamea: un solo quincenario, es cierto, pero dos direcciones diferentes.
Jorge Zalamea fundó Crítica (primera aparición) el 14 de octubre de 1948, época de
efervescente violencia partidista en Colombia, de efervescente correr de sangre (¿la
cultura como posición ante el asesinato y la infamia?). Tres años después, el 4 de
octubre de 1951, aparecía el último número de un quincenario diezmado y depurado por la
censura conservadora y el desencanto de sus creadores. Realmente un lapso generoso para
crear una imagen combativo o espiritual, o, por lo menos, para permanecer en las historias
del periodismo o de las publicaciones periódicas en Colombia. Sin embargo, el
desconocimiento y la carencia de datos de Crítica para la historiografía periodística
posterior son abrumadores. Abrumadores, si pensamos en la calidad y cantidad de sus
colaboradores y textos publicados. Nombrarlos aquí sería ocioso, pues, de hecho, más
adelante aparecerán con su respectivo papel.
Crítica "consistió" en el
abanderamiento que un grupo de liberales intelectuales (o mejor, el "clan Zalamea')
hizo de la denuncia de crímenes políticos en el país (contra liberales, se entiende),
de la oposición encarnizada y sectaria al ingenuo y pintoresco gobierno conservador (pero
también a sus más notables alentadores) y de la actualidad "cultural" como
difusión del quehacer artístico, literario y filosófico
en todo el mundo. Tres
banderas difíciles de coser en una sola. La cultura es, por principio, conservadora, pero
de un orden ya existente, de una tradición, de un mundo constituido de valores y
principios universales. La "cultura", liberal en todos los sentidos, de Crítica
era en realidad la maravillosa conjunción de autores y textos en un muestrario para todos
los gustos, incluso los más conservadores. Mucho de actividad reciente y numerosos
ensayos de fondo sobre diversos temas en el campo de arte, de la literatura y del
pensamiento.
|
|
|
Núm.13, mayo
de 1949 (A.S.R.) Jorge
Zalamea(M.R.)
|
|
De principio a fin de su
existencia, Crítica se presenta como un quincenario, de 8 a 24 páginas, con intensa
opinión política en primer plano, hasta el momento de la censura oficial (el primer
número censurado salió el 4 de mayo de 1950); digo primer plano y me refiero a la
noticia o comentario de primera página y a las páginas editoriales; "tout le
reste" es la "cultura". ¿Se trataba de veras de crear el clima de
civilización o cultura que permitiera el arrostramiento con la violencia, su denuncia, su
infamación? Mi respuesta negativa se adhiere a estas palabras del poeta santandereano
Tomás Vargas Osorio: "¿Es justa la contraposición ideológica - civilidad-
violencia? ¿y hasta qué punto nosotros los colombianos hemos preferido el primer
término con desapego definitivo del otro? La vida política, la vida administrativa, bien
pueden desarrollarse armónicamente dentro de los cauces de la civilidad, y hasta es
conveniente que así sea; ¿pero la cultura debe y puede restringiese a este plano simple
de hechos y de circunstancias? La civilidad es, ante todo, un estilo de moral política;
pero es injusto - históricamente injusto- pretender que el espíritu y la cultura se
estrechen dentro de un ámbito moral utilitario, dentro de un ethos de finalidades inmediatas"
2
.
Por supuesto, la pretensión es no sólo injusta sino fallida, pese a lo cual, dentro de
la ya microhistoria del espíritu, el texto cultural es recibido satisfactoriamente por
los lectores ideales, al margen de la vergonzante tropelía nacional. Crítica pudo haber
prescindido, teniendo en cuenta a sus inspiradores, de su famoso alegato contra una
situación de hecho - más que de derecho- y de hacer en sus páginas explicito su
compromiso político liberal, cuando éste podía ser tácito - y auténtico- en los
textos de "cultura" publicados (de hecho, en ellos fue reconocible ese
compromiso, especialmente después de la censura; bastaría citar los ejemplos de textos
largos, publicados por entregas, de Sartre y Bertrand Russell sobre la libertad). Sólo la
vida pública degenerada impone a sus protagonistas la especialización de su acción
pública: personajes de la política, personajes de la cultura, personajes del deporte.
Quien realmente lleva una vida pública, una vida consagrada a la transformación o
conservación del mundo, refleja su esfuerzo no en una especialización sino en su vida
toda, convertida en la actividad que desarrolla. En Colombia sucede con frecuencia la
desgracia de que para ser hombre público el escritor debe "meterse" a
político, así como el político completa su imagen "metiéndose" a escritor.
Quien escribe para publicar y publica
para influir en los demás, debe saber de antemano que su medio de expresión es la
palabra y que ésta debe bastarse a si misma, so pena de reconocer la incapacidad de los
lectores de asumir una actitud madura ante ella. Si se reconoce esa incapacidad y pese a
todo se publica, es decir, si se cambia el medio de expresión por el impuesto de la
publicidad, se corre el riesgo de poner en entredicho el compromiso inicial: influir en
gentes inmaduras - y, por tanto, nocivamente- o influir en la vida privada de las gentes
maduras. Es un dilema aberrante, pero irremediable en estas latitudes: o se hace
"cultura" o se es público. Sin embargo, la primera opción es una forma de
apostar a esa publicidad y, por tanto, de comprometerse socialmente, aunque sólo sea como
apuesta. Al respecto, transcribo algo que escribió Martí sobre la libertad pública - o
publicada, para el caso -: "Ni el miedo a las justicias sociales, ni la simpatía
ciega por los que las intentan, debe guiar a los pueblos en sus crisis, ni al que las
narra. Sólo sirve dignamente a la libertad el que, a riesgo de- ser tomado por su
enemigo, la preserva sin temblor de los que la comprometen con sus errores. No merece el
dictado de defensor de la libertad quien excusa sus vicios y crímenes por el temor
mujeril de parecer tibio en su defensa. Ni merecen perdón los que, incapaces de domar el
odio y la antipatía que el crimen inspira, juzgan los delitos sociales sin conocer y
pesar las causas históricas de que nacieron ni los impulsos de generosidad que los producen"
3
.
Creo que todo el liberalismo, desde su nacimiento hasta nuestros días, ha cargado con ese
estigma de ser, antes que una ideología nueva y aplicable, un reconocimiento de lo que le
va quedando al hombre, cuando lo que lo ataba a ley natural se ha convertido en cadena
insoportable. Liberarse siempre significa preguntarse por el sentido de una libertad que
nace para huir, para escapar. Es preguntarse por el sentido de la libertad en el desierto.
Crítica comienza unos meses después del
asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, y marcada por ese asesinato, con denuncias de
crímenes contra liberales en diferentes lugares del país. Extensas listas de personas
asesinadas se publican en los primeros números y en las primeras páginas, con titulares
alusivos a la connivencia o participación del gobierno conservador de Mariano Ospina
Pérez. Estas denuncias son indudablemente el plato fuerte del quincenario en su primera
etapa y la presentación, como periódico, del mismo. No pretendió Zalamea hacer, en
principio, una revista o periódico cultural; o si lo pretendió, se vio sorprendido por
la urgencia de oposición y de denuncia políticas. En primera página, casi siempre, una
gran caricatura, de más de media página, elaborada por el bocetista de Crítica, Samper,
furibundo, sin remilgos, ridiculizador de todo el zoológico conservador en ciernes:
Ospina Pérez como doncella cortejada por el caballero Laureano, o como arquero de un
equipo de fútbol de ineptos (conservadores), incapaz de parar el disparo de Darío
Echandía y con un letrero en su uniforme: "Manzanillo"; o danzando muy
elegantemente con el esqueleto femenino llamado Colombia, o en el paraíso terrenal, de
Eva, poco antes de su expulsión.
|
|
|
|
|
Núm. 16, junio 17 de 1949
(A.S.R.)
|
|
Núm. 18, julio 15 de 1949
(A.S.R.)
|
|
La opinión escrita de
Crítica poco difería de sus caricaturas: el gobierno de Ospina Pérez, un títere
asediado por los maliciosos Laureano Gómez y Gilberto Alzate Avendaño, no era más que
la pretensión de trasplante del franquismo tiránico español, la más infame huella del
fascismo europeo y su locura. "La falange criolla", se les llama en alguna
caricatura en la que aparecen Ospina Pérez, Laureano Gómez, Gilberto Alzate y Guillermo
León Valencia. De paso, el ímpetu ironizante, no exento de la ira por la falta del
poder, se comprometía con la causa de Darío Echandía para las venideras elecciones,
asegurando, y dando la cabeza por ello, que sería el nuevo presidente de Colombia, el
Mesías, la salvación (aunque, irremediablemente, Crítica habría de autonombrarse tarde
o temprano "un quincenario sin compromisos"). La derrota y el triunfo de
Laureano Gómez serían el trago más amargo para la publicación de Zalamea. Titulares
como "Los pies en polvorosa de Laureano" (¿el pueblo como amenaza de muerte?),
"Homenaje al caudillo, agravio a Colombia", a propósito de un homenaje a
Laureano, "El presidente Jano" y otros por el estilo corrompen de odio sus
páginas, precediendo excelentes textos para almas menos comprometidas con la bajeza. El
18 de octubre de 1950, ya censurada, Critica publica en su editorial (uno de los pocos
redactados en esos tiempos) lo siguiente: "Mientras en Colombia fue libre la palabra,
ésta nos sirvió para luchar franca y lealmente contra lo que nos parecía indeseable
para la patria y contrario al destino del hombre. De esa etapa nos queda un orgullo:
jamás mancillamos la dignidad de la palabra con nada que fuera soez o injurioso; jamás
quebrantamos el imperio de la verdad con nada que fuera inverídico o calumnioso. Nuestros
ataques pudieron ser iracundos; pudieron ser implacables; pero fueron siempre decorosos en
la expresión y rigurosos en la verdad"
4
. A pesar de lo cual, la palabra había admitido continuar
encadenada y amordazada. ¿Esto era cierto? ¿Sin el afán político, Crítica no tenía
derecho de ser publicación "cultural"? ¿Por qué, entonces, seguir publicando?
Por otra parte, el final de Crítica, no bajo un gobierno conservador, sino entre las mil
manos clausuradoras de Laureano Gómez, era previsible. Que a Ospina Pérez se lo
calificara de tonto era soportable, pero que a Laureano se lo tachara de criminal y tras
la tacha se sellara el sobre con textos de escritores eminentes, acaso '"inocentes
", era algo impensable como hecho público.
Caricatura, listas de asesinados
liberales, proselitismo editorial y una columna llamada "La quincena
parlamentaria" constituyeron la catapulta del combate político. Podían no llevarse
más de tres páginas del quincenario, pero dejan hoy en día desazonado al lector para lo
que sigue en las páginas restantes. En la columna "La quincena parlamentaria"
se exaltaba la labor igualmente denunciante y desenmascaradora de los congresistas
liberales (Plinio Mendoza Neira, Mario Ruiz Camacho, Carlos Lleras Restrepo, Abelardo
Forero Benavides). Cómo conciliar esa catapulta con el loable interés por la política
internacional y la historia contemporánea, es algo que el lector de hoy no puede resolver
- como tampoco lo resolvería el buen lector de entonces, si lo había en aquella nación
de turbamultas, más fervorosa que la nuestra -. El tono internacionalista de Crítica no
parecía avenirse con las lamentables condiciones locales. También ha sido pecado del
liberalismo ese aprender de los libros, de las ideas o de las experiencias ajenas, el modo
universal de comportarse para garantizar el progreso. Nicolás Gómez Dávila lo expresa
así: "El incorregible error político del hombre de buena voluntad es presuponer
cándidamente que en todo momento cabe hacer lo que toca. Aquí, donde lo necesario suele
ser lo imposibles. No era menor la candidez en el gobierno nacionalista de Laureano
Gómez, pero es muy difícil no pasar por cándido para ser político en nuestra época y
más - desde la óptica de un reaccionarismo ahistórico como el de Gómez Dávila. Pero
la cultura no puede ser cándida, precisamente porque es libre.
|
|
|
Núm. 19, agosto 2 de
1949. Núm. 22, septiembre 15 de 1949. Núm. 23, octubre 1o. de 1949 (A.S.R.)
|
|
Primero desaparecieron las listas
-"Calendario trágico", era su título -, luego "La quincena
parlamentaria", posteriormente las caricaturas y, con la censura, los propios
editoriales, silencio que fue el único gesto de oposición y de persistencia ante la
intromisión que fue apenas una correspondencia a otra intromisión, por parte del
quincenario. El 4 de mayo de 1950 comenzó la censura a ser publicada mediante una franja
con letras grandes en la primera página: "Esta edición aparece bajo censura".
La censura pudo mostrar, al mismo tiempo que la debilidad de una publicación de ese tipo
en nuestro país, la importancia de la tarea "cultural" de Critica. Se vuelve un
quincenario casi exclusivamente difusor de "textos de cultura" (arte, letras y
pensamiento), pese al gesto del silencio editorial y a los indicios de la escoba de
redacción. Pero el viraje no complace nunca a Zalamea, y con ello se evidencia su
verdadera intención de hacer de Crítica una publicación política, es decir, una
publicación nacional.
En cuanto a hablar de la generación de
Crítica, hay que decir que ella es inexistente, por dos motivos básicos: la falta de
coherencia en un afán cultural (me obstino en esa división viciosa de la comunicación
social: arte, pensamiento y literatura) y la carencia de personalidades dedicadas
exclusivamente al quincenario, con la excepción de Zalameas Jorge, Eduardo y Alberto.
Pero aun el caso de Jorge y Eduardo Zalamea es el de la presencia de dos escritores con
rumbo definido, que nunca pretendieron darle a Crítica la dirección de sus propias
búsquedas espirituales o artísticas. Alvaro Mutis publica sus primeros poemas, o sus
primeras versiones, en Crítica, pero Mutis puede ser asociado hoy más fácilmente con
publicaciones como Cántico, Mito o Eco. León de Greiff pertenece a una generación
anterior, esa que fue llamada Los Nuevos, y a la que pertenecía Jorge Zalamea, pero esa
generación no tenía nada que decir a través de Crítica; el interés por Los Nuevos se
limitaría a un par de artículos y a la columna, luego clausurado por su firmante, del
"loco Legrís". Los Nuevos fueron nuevos hasta la aparición del piedracielismo,
a finales de los treinta, y después se desperdigan por diversos campos y diversas
simpatías. Ni Luis Vidales, ni Rafael Maya, ni Octavio Amórtegui, ni Alberto Lleras ni
Germán Arciniegas fueron colaboradores permanentes- y muchos forjadores- de Crítica. Nos
quedan de esa "generación" (de generación de generaciones, como dice algún
actor mexicano) algunas contribuciones esporádicas del reaccionario y lúcido Hernando
Téllez y las misteriosas baladronadas del alucinado León de Greiff. Otras generaciones
poéticas o literarias se dieron cita, sin ánimo de generación, en Crítica: los del
círculo de Cántico y cuadernícolas, Mutis, Jaime Ibáñez, Natanael Díaz o Rogelio
Echavarría, poeta recién amanecido para la época, como Carlos Castro Saavedra, Oscar
Hernández, Fernando Arbeláez y Carlos Jiménez. La generación que sí tuvo ánimo de
tal, y esto no significa más que unos cuantos nombres que coinciden en elaborar una
versión del presente cultural de un país, y que gravitó en torno al núcleo de Mito
(Gaitán Durán, Cote Lamus, Valencia Goelkel, Gutiérrez Girardot) no pasó por Crítica,
aunque eran tan jóvenes como los últimos mencionados.
|
|
|
Núm. 26,
noviembre de 1949 (A.S.R.)
|
|
Por lo demás, la enseñanza de los de
Mito fue que, a pesar de la toma inicial de partido político -conservador Cote, liberal
Gaitán jamás se dejaron exasperar por el horror trivial (y tribal) de la menuda
situación nacional, y supieron guardar esa debida distancia que hace al verdadero
crítico, y que no es indiferencia sino independencia. Su respuesta, su humanismo, fue la
labor literaria, que hoy apreciamos en aquella revista. Sin embargo, este mismo azar de
publicación de escritores y artistas jóvenes nos muestra un criterio literario y
artístico bien formado, seguro de sí en lo que está promoviendo, hecho más destacable
si pensamos en que la promoción es de jóvenes (e inciertos) talentos; Pound ha dicho que
"el valor de crítico no se conoce por sus argumentaciones, sino por la calidad de lo
que escoge"
6
,
y en ese sentido Crítica demostró ser crítica, y no un devocionario poético abierto a
todas las colaboraciones de grillos jóvenes y con arrestos destructores que llegaran a la
redacción. El 18 de enero de 1951, Crítica presenta así un cuento de un joven escritor
que aún no publicaba su primera novela: "De Gabriel García Márquez, el autor de La
noche de los alcaravanes, que publicamos en esta página, apenas sí sabemos que tiene
23 años, que vive en Barranquilla y que, con Alfonso Fuenmayor, trabaja en la revista
Crónica. Pero hay en este cuento suyo - en esta imagen de sueño- un tono, una atmósfera
una profundidad espacial, que parecen indicar la mano segura y la mirada penetrante de un
escritor auténtico. Para Crítica, que ha querido ser - desgraciadamente sin éxito- una
puerta abierta para todos los escritores colombianos y, en especial, para los que ahora se
inician en las letras, es muy grato presentar a Gabriel García Márquez, cuya obra,
creemos nosotros, deberá seguirse con atención"
7
. En el mismo número, para nuestro pasmo, presentaban a
otro cachorro imberbe: "Grande acierto tuvo Leo Matiz al inaugurar su Galería de
Arte con la exposición del joven artista antioqueño Fernando Botero. A los diecinueve
años, este artista logra retener poderosamente la atención del público que sabe desde
ahora que será preciso tener muy en cuenta este nombre en el desarrollo futuro de
nuestras artes plásticas"
8
.
La diferencia entre una publicación de
espíritu y una de colaboraciones está en que esta última no puede arrogarse el derecho
de encarnar ningún ideal, ninguna bandera, distintos de la simple difusión de lo que
publica. La otra publicación, la que es un solo Texto, no sólo difunde lo que publica,
sino que señala también sus sentido, su importancia y el lector a quien va dirigido. Es
decir, integra cada texto a un mundo; en la publicación de colaboraciones, la
colaboración es lo que necesita mundo, lo falto de éste, lo que expresa simplemente una
opinión personal. Por ser publicación de colaboraciones, Crítica no hace época, no
hace generación (sic), mas sin embargo hace historia, porque pocas publicaciones
culturales en el país han reunido en sus páginas el alto material que publicó Crítica,
en principio como texto adicional y después de la censura como texto exclusivo, aunque
inconexo, por la falta de una guía editorial que hiciera de Crítica un "quincenario
de arte y cultura". Alguien notaba ya, en el segundo aniversario de Crítica, y
durante la censura, algunos aspectos claves de su existencia: "1. El único
periódico que se puede leer íntegramente con la seguridad de que no tropezamos con el
insulto, la envidia y la malevolencia, tan comunes en toda nuestra prensa. 2. Es urgente
que sus páginas, hasta donde sea posible, expongan y planteen los problemas nacionales:
cultura y política científica en estrecha vinculación. 3. Un mayor tiraje y una mayor
distribución, pues hay ciudades adonde apenas llegan dos o tres números; ejemplo: Cali..."
9
.
El segundo punto les estaba recordando un frente ya perdido para ellos, pero
simultáneamente dejaba entrever la nueva presencia del quincenario, como magazín
difusor. Al mismo tiempo que se libraban involuntariamente de la salía y el combate
retórico, en apariencia se mantenían en batalla, pero su ánimo cultural estaba
debilitado. También les pedían sus lectores, en aquella ocasión, un mayor cuidado de la
limpieza tipográfica. De cualquier modo, resulta deprimente que el lector de su época
delatara su propia condición, comparándolo (al quincenario) con "nuestra
prensa": si bien Zalamea intentó ubicarse en "nuestra prensa", el
"quincenario cultural" y la censura no permitían tal cosa.
|
|
|
Núm 33 marzo 1º de
1950
Núm 34 marzo 15 de 1950
|
|
Dentro del sano y escindido
cosmopolitismo, el periódico de Zalamea exaltó entre sus personajes internacionales, a
Emmanuel Mounier, a André Gide, a Ernst Wiechert y a Chiang Kai Chek, como muestra,
exaltación que por ella misma es un decir, dando así un paso importante contra el
anquilosamiento de la inteligencia colombiana. Más destacable aún es su labor en materia
de traducciones, base imprescindible del proceso anteriormente mencionado (y que llevaría
a su mejor y mayor expresión la generación de Mito). Crítica o sus colaboradores
tradujeron ensayos de Artaud (sobre los tarahumaras), de Norman Mailer (sobre Woodrow
Wilson), de Nicolás Berdiaeff (sobre el Estado), de Karl Jaspers (sobre la
"culpabilidad alemana", tras la guerra), de Paul Valéry (sobre Descartes), de
Papini (sobre la crítica), en el momento en que éstos construían parte del rostro
"cultural" del siglo XX. Esto aparte de tres muy importantes artículos -
importantes para la cohesión del quincenario, especialmente después de la censura,
cuando realmente le urge una cohesión -, traducidos para Crítica y aparecidos por
entregas: "La supresión de los partidos", de Simone Weil, "La autoridad y
el individuo", de Bertrand Russell y "Carta del papa Celestino VI al pueblo que
se dice cristiano", por Giovanni Papini. También es importante el trabajo de
traducciones de poetas y escritores universales o contemporáneos, escogidos con criterio:
La peste, de Albert Camus, cuando era obra de teatro y el francés un menudo
existencialista de la última cochada; algún texto de William Faulkner, a propósito de
su premio Nobel; la versión de Pájaros de Saint-John Perse, también premio Nobel
años más tarde, que hiciera el propio Jorge Zalamea y que es insuperable; el Prometeo
de Goethe, traducido por Eduardo Zalamea; poema de Rilke, por Otto de Greiff, poesía
japonesa en versiones -¿quizá del francés?- de Luis Vidales, o La comandante, de
Ernst Wichert. Así mismo, y sigo insistiendo en el clima cosmopolita creado -
revolucionario en un país pacato e hispánico-, encontramos colaboradores extranjeros de
la talla de Arthur Miller, Servan-Schreiber, Roger Caillois, Truman Capote, Salomón de la
Selva o Guillermo de Torre, jóvenes de la época. El 19 de septiembre de 1950 se logró
un número maravilloso, apartado de los espinosos asuntos nacionales y llevado a los
espinosos pero trascendentes asuntos de la decadente Europa. Así presentaba Crítica su
número monográfico: "Este número ha sido realizado por Alberto Zalamea. La
dirección de Crítica agradece a sus colegas L'Observateur y Le Monde de París, a la
Agencia Francesa de Información, a los señores Paul Rivet, Claude Bourdet, Jean-Paul
Sartre, Mervyn Jones, Mario Cesari, Dany Benusiglio, Francisco Fejto, J. Gordon, Charles
Delasniére, Jacques Armel, J. Servan-Schreiber y René Maurier, por la valiosa ayuda,
artículos e informaciones que quisieron prestarle para la realización de este número
consagrado exclusivamente al continente europeo. (La dirección señala, igualmente, que
la responsabilidad de los artículos publicados es estrictamente personal y recae sólo
sobre el autor)"10. También el quincenario
publicó en diversos números noticia de lo que se hacía en ese momento en literatura, en
Francia, Inglaterra, Alemania o Estados Unidos. La red de contactos de Crítica o de Jorge
Zalamea era excelente: tan frívola como fundamental puede ser la "gaceta de
actualidad mundial literaria" en un ambiente muy dado al enclaustramiento y la
retórica sin tradición y, por tanto, sin presente. En ese sentido, es también
importante ese "noticiario" que incluye, además, a las artes, música,
plástica, teatro y, algo insólito pero reconfortante, la moda, que ocupa, al principio,
toda la última página de Crítica (¿era "gancho" para frívolos o rescate de
la moda como indicador social y, acaso, cultural?).
|
|
|
|
|
Núm. 64, julio 5 de 1951
|
En el ámbito literario, muchos son los
nombres (con sus respectivos hombres; porque suele suceder, en las revistas de
colaboración, que el nombre es usado y el texto hurtado de cualquier parte) que dieron
sombra a Crítica. Tanto extranjeros como nacionales, aunque, como hemos dicho, sin
"compromisos" con Crítica, escritores cada uno en lo suyo. De los colombianos,
los más publicados - algunos, colaboradores- fueron León de Greiff, quien tenía su
columna y también publicó poemas; Alvaro Mutis, quien publicó unas primeras versiones
de poemas, como Angela Gambitzi y Los elementos del desastre bajo otro título;
Carlos Castro Saavedra, otro poeta joven que protestaba contra la violencia en tono
idílico y de cándida afirmación de la libertad personal; el propio Jorge Zalamea, con
traducciones, cuentos y ensayos; Eduardo Zalamea, de quien se ensalzaba ya una de las más
grandes novelas escritas en Colombia, Cuatro años a bordo de mí mismo; Hernando
Téllez, con sus agudos artículos; Jaime Tello, poeta infortunado y traductor; Fernando
Arbeláez, joven poeta, el segundo nombre importante de la juventud lírica de la época,
al lado de Castro Saavedra (un poeta como Mutis tenía que poseer menor eco en aquel
ambiente); Luis Vidales, el nunca olvidado compadre de Los Nuevos; Gerard o Valencia,
piedracielista fugado por un momento (aunque Crítica nunca representó la tentación de
un movimiento); Ciro Mendía, Marta Traba, García Márquez, Juan Lozano y Lozano y hasta
algún artículo del precoz Gonzalo Arango; todos ellos, insisto, sin ningún compromiso
con el quincenario.
|
|
|
|
|
|
|
León de Greiff aparece en
esta propaganda que publicaba Crítica
|
|
Un cuento de Gabriel García
Márquez especial para Critica, núm 54 , enero 18 de 1951
|
|
Núm. 31, febrero 1o. de
1950
|
|
En una antología de
Crítica incluiríamos excelentes escritos que hoy son prestigio de bibliotecas selectas: La
hora veinticinco, de Gheorghiu; La tumba de Palinuro, de Cyril Connolly; El
laberinto de la soledad, de Octavio Paz; La piel (aquella vez excelentemente traducido
como El pellejo), de Curzio Mala - parte, o Crónica de los pobres amantes, de
Vasco Pratolini. Publicaciones que hablan de la verdadera crítica de Critica. Si el
quincenario no hubiese tenido otro propósito que el de mostrar, con todas sus
aplicaciones sociales y políticas, sus juicios humanos en el campo de la cultura, no
dudaríamos en colocarlo entre las revistas literarias que forjan una tradición para los
que estamos llamados a hacer uso de ella.
*Las comillas o la
ausencia de ellas para la palabra "cultura" y sus derivadas, atiende a mis
escrúpulos respecto a ese concepto. En este
artículo es más una posibilidad que
una realidad. Cultura no es, por supuesto, ni en el terreno de las publicaciones,
"arte, pensamiento y letras". Me he prestado, sin embargo, al abuso sistemático
y popular de la
expresión. (regreso)
1 Alejandro Katz, 'De la
lectura compartida", en Gaceta del Fondo de Cultura Económica, diciembre de 1986,
págs. 21-22. (regreso1)
2 Tomás Vargas Osorio, Obras,
Bucaramanga, Imprenta Departamental 1944, t. 1, pág. 300. (regreso2)
3 José Martí,
Antología, Barcelona, Salvat. 1972, pág.60 (regreso3)
4 Crítica, 18 de octubre
de 1950. (regreso4)
5.
Nicolás Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito,
Bogotá, Colcultura, 1977, vol. 11, pág. 122
6 Ezra Pound, Antología,
Madrid, Visor, 1979, pág. 201. (regreso6)
7 Crítica, 18 de enero
de 1951. (regreso7)
8 Ibid.(regreso8)
9 Crítica, 18 de octubre
de 1950. (regreso9)
10. Crítica, 19 de
septiembre de 1950 (regreso10)
|