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Canto a
la vida
Prosa
Amira de la Rosa
Fundación Simón y Lola Guberek, Bogotá, 1988, 206 págs.
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Nos presenta este libro la prosa poética
de Amira de La Rosa, barranquillera nacida a comienzos del siglo, cuando, sin lugar a
dudas, el mar, al llegar a la tierra, se desvanecía en olas con otro ritmo, quizá con el
mismo que tiene su voz. La lectura nos transporta irremediablemente a otro tiempo, tiempo
mesurado. Prosa trae una buena cantidad de escritos cortos, seleccionados y
presentados por Germán Vargas para el número 27 de la Colección Literaria, que edita la
Fundación Guberek.
En la primera parte, "Naturaleza emocional", las páginas son cánticos jocundos
a la tierra, a la vida, a los cielos; están salpicados de leyendas indígenas, historias
de un lado y de otro, Colombia y España, de mitos o narraciones tomadas de los Libros
Sagrados, o simplemente son recuerdos anecdóticos y nostalgias. Amira de la Rosa pasó un
tiempo viviendo en España, en Sevilla y en Madrid, desde donde escribe este material. Lo
digo porque se siente el trópico presente pero lejano, el mar Caribe ausente pero vivo, y
es que ella ama la vida: "¿Qué se hace para no pensar en la vida hermosa, para no
sentir la poesía?". Algunos escritos son descriptivos de animales: colibríes,
mariposas, ovejas locas, luciérnagas, flamencos; o pintan las plantas, los árboles, las
flores: maizales, cocoteros, matarratones, acacias, trupillos, castaños de indias, y
luego de delinearlos, a veces minuciosamente, ¿cómo son?, ¿cómo viven?, ¿para qué
sirven?, cuenta alguna anécdota, donde en ocasiones ella entra a participar, se hace
protagonista y establece diálogos:
-¿Y esa quebradura?
-Me la hice al caer del árbol
-¡Pobre!
-No me duele.
-¿No estás triste? Tu vida se acaba.
-No. Me renuevo en todas las primaveras. (pág. 781).
También encuentra cierta satisfacción
en humanizar animales, plantas, objetos, trasponiendo los sentimientos:
Ya tiene, para mí, categoría de
persona. Es un amigo íntimo, todo paz y promesa. Entiende mis pensamientos y mi
conversación. Es mi interlocutor. Tenemos tanta confianza, que entra por las mañanas a
mi despacho, con el sol nuevo, y juega con él a los claroscuros sobre mi mesa. Hay un
momento en que yo no sé si lo que escribo son hojas o letras (pág. 491)
La preocupación de Amira de la Rosa
parece ser el deleite por contar lo que siente, lo que ve, lo que en ella vibra, el
proceso de la vida. Es, sin lugar a dudas, una observadora detallista, descubridora de lo
aparentemente simple pero en profundidad muy rico, y con ello hace su poesía; para ella,
quizá cada instante de la vida fuera poético. El lenguaje de su prosa es preciso y
variado, cada palabra ocupa el sitio que le corresponde y no otro para decir la emoción
que tiene que decir. Su vocabulario es amplio, con ese sabor de otros tiempos, de otros
ritmos, quizás de otro continente, el de la "madre Patria". Y en general sus
trazos nos remiten a otra atmósfera, cuando las ciudades, como Caracas, a la que le
canta, no tenían rascacielos y las calles estaban sembradas de árboles y pasaba uno que
otro auto. No hay quejumbres, habla de vivencias, ella es solo sentimiento, no hay
tragedias, ni amarulencia, las lucubraciones no le roban tiempo. La segunda parte toma
otro rumbo, a pesar de encontrarnos con los mismos sabores. "Girándula" es un
nombre muy bien puesto, porque se siente que contiene una temática variada, sí, pero con
el mismo acento. Aquí también nos cuenta anécdotas, donde de nuevo aparece ese gusto
por la personificación; esta vez se trata de los objetos: un barco o un estante viejo, al
que le han quitado sus libros:
Ahora advirtió que tenía
hendiduras,- sintió la punzada del vacío,- el dolor de la carcoma; la vergüenza de los
remiendos; el insulto de los clavos; el ridículo de la última pintura con que quisieron
remozarlo. Halló escueto su regazo; mordió su soledad,- tembló de frío; lo fustigó el
pudor de su desnudez anciana; y se rindió sin hacer ruido, con mansa resignación,
miedoso de ofender a la carcoma que quedaba sin hogar, [pág. 1491.
También se ocupa de los procesos, de la
descripción detallada de cómo funciona un horno de carbón, de cómo se hace un bollo de
yuca, o una olla de barro de Malambo. Describe imágenes, o estampas, habla de mitos,
recuerdos o visiones; en otras palabras, da rienda suelta a sus deseos de escribir, de
hacer poesía observando el paso de la vida. Es como si Amira de la Rosa lo supiera, lo
conociera todo, la palabra precisa, el nombre de cada elemento, de cada movimiento, de
cada acción, trátese de barcos, de toros, de organismos de la naturaleza, como si
tuviera un Larousse adentro. Y lo hace con deleite y con donosura, porque tal vez en esa
precisión ella encuentra el gran placer de escribir. Los párrafos son cortos, y también
las frases; lo hace sin ningún temor; ella no tiene dudas. Sus preocupaciones son la
belleza, la armonía; así se va dejando ir tras el ritmo de las palabras con sus
pensamientos encadenados; sus ocupaciones, una trae otra, son sus opiniones. Hay textos
bonitos, tiernos, amorosos; hay otros que producen emociones planas; a veces todo se
vuelve lo mismo - sin serio, por supuesto porque hay variedad -, pero el (la) lector(a),
que lee por el solo goce de leer, se cansa a pesar de la diversidad de tonos y colores, de
retratos, del rico lenguaje. Es que las emociones esperadas sin ser prometidas se quedan
suspendidas en la belleza y nada patalea adentro de nosotros mismos.
DORA CECILIA RAMÍREZ
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