Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 18.  Volúmen XXVI - 1989
 

Américo-centrismo


Propuestas para examinar la historia con criterios indoamericanos
Otto Morales Benítez
Tercer Mundo Editores, Bogotá, 1988, 114 págs.

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Uno de los dos o tres temas que han inundado desde siempre a la que el señor Caro llamó nuestra crítica ratonesca, es el que nuevamente discute, con ribetes novedosos, este libro: cuando de hallar nuestra propia identidad se trata, la pretendida querella cultural entre América y Europa. Si bien la avara nota bibliográfica no permite ahondar en tema tan apasionante, Juan Gustavo Cobo ha escrito, haciendo resaltar una evidencia inadvertida, que un hispanoamericano es mucho más cosmopolita, por definición, que un europeo. Somos mejores europeos que los europeos, afirmaba Manuel Mujica Laínez, siguiendo un pensamiento que había esbozado Jorge Luis Borges en Discusión: hay una tradición de la cultura occidental a la que tenemos más derecho que cualquier europeo, pues la nuestra es más rica.
Sin embargo, el primitivo mundo americano es un mundo casi tan lejano para nosotros como el de Gengis Kan, por el hecho simple, nos guste o no, y no se trata de justificar el saqueo cultural, del que hubo un aplastamiento del que apenas perviven restos notables en arquitectura o en artesanía de tradición milenaria, si no en los vastos complejos que aquejan a un continente siempre oprimido.
Pero tan tajante disyuntiva no pasa de ser una idea arbitraria, risible por lo elemental (honorables sandeces, diría Cobo Borda; lo que importa en el pensamiento es la letra viva). Creo tan válido el conflicto como preguntarse (¿a quién cito?) si las nubes representan comúnmente hombres o animales.

El conocimiento es la base de toda expresión. Por eso, ese pretendido indigenismo en la cultura suele ser el refugio natural de los ignorantes (indigentismo, diría Jorge Eliécer Ruiz). Vale más, acaso, como propio, ese muy nuestro enfoque grotesco de la cultura occidental, que pretende el pintor Luis Caballero en las letras y las artes como nuestra característica esencial. Pero no es mi deseo husmear corrupciones ni polemizar estérilmente. El autor de este libro no necesita presentación. Otto Morales Benítez lleva años conjugando ese casi imposible arte de hacer política y literatura a un tiempo. La tesis central de este trabajo es muy sencilla: la necesidad de "remirar" el pasado con ojos nuestros; "no continuar el estudio del pasado histórico, ni de la cultura, como un simple acontecer de dependencia, de subyugación intelectual, de suplantación del criterio" (pág. 32); plantear la misión del historiador "indoamericano" frente al mestizaje, una tendencia quizá inaugurada por Germán Arciniegas en 1937 con América, tierrafirme.

El autor insiste, como en todos sus libros, en que hay un mestizaje condicionante. "No es lo hispano lo que nos da el carácter y la fuerza como pueblo" (pág. 44). Propone entonces una visión crítica mestiza. Me pregunto, no sin malicia, ¿al fin qué, crítica o mestiza? Porque ciertas frases parecen más bien una lección de pedagogía del entusiasmo patriótico, con declaraciones tan enjundiosas y eufóricas como ésta (pág. 37): "Levantemos la visión indoamericana como medida de las cosas del universo". ¿Acaso el universo permite tal abuso retórico?
Toda visión unilateral pretende que la historia es un cuento, una opción más de la infinita literatura, posición que promete sin duda emoción estética. Pero querer que el cuento de Blancanieves no sea contado ahora por el historiador oficial de la corte, sino por el de los enanos, es otro anacronismo poco científico que no indaga por el criterio que debe primar: la verdad, sino que se queda en un resentimiento histórico que no puede aspirar a nada más que a una venganza tardía contra la madre patria o siquiera contra Henao y Arrubla. Es el enfoque parcializado, la reacción -¿ya tardía?- de la cultura oprimida.

Dos discursos académicos conforman este pequeño libro; por lo tanto, no se les puede exigir belleza literaria. Intrigado por planteamiento como el de Grossmann en Historia y problemas de la literatura latinoamericana: ¿seguirá siendo el esquema crítico europeo el único adecuado para interpretar nuestra literatura?, Otto Morales emprende un primer ensayo: "Breves alcances acerca de Tunja en la historia y las culturas nacionales". Pasea, a vuelo de pájaro, sobre los epígonos boyacenses, en los que pretende encontrar una pléyade de incipientes americanistas: Castellanos; Domínguez Camargo, quien primero habló de Nuestra América; fray Andrés de San Nicolás, a quien se llamó la "biblioteca animada", tunjano que rigió el célebre colegio de Alcalá de Henares; la novela boyacense, única en la colonia, de Pedro Solís y Valenzuela; la madre Josefa del Castillo; don Adriano Páez, a quien Víctor Hugo escribiera protestando 'amor por nuestro generoso país; don José María Torres Caycedo, santafereño de cepa boyacense, que, como bien lo demostró el historiador Antonio José Rivadeneira en su biografía, fue el primer americano que, a más de advertir el peligro del sometimiento a Estados Unidos, hablé de una América Latina. ¡Qué ironía! ¡En un continente que no tiene ninguna noción del latín!

El segundo discurso, que da nombre al libro, es una lectura crítica, para la Academia Colombiana de Historia, acerca de la obra del historiador Gabriel Camargo Pérez, lectura que, si no me equivoco, a veces se convierte en la reseña de una reseña de una reseña, cosa no muy extraña en un mundo en el que los libros casi siempre hablan de otros libros.
Partiendo de "Del barro al acero: en la Roma de los chibchas", "un devocionario boyacense", un hermoso universo de arcilla, paja y barro, Morales Benítez examina la exaltación de lo popular que hay en Camargo Pérez, así como la singular biografía del general Sergio Camargo, "el bayardo colombiano", precursor ignorado del frente nacional.

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Hacia 1504, la Cosmographi introductio, texto más o menos anónimo, bautizó atrevidamente - como ocurre con tantos descubrimientos- al continente de Colón con el de Amerigo Vespucci (o Américo Vespucio). Colombia 1947. Primer arribo español a tierra firme, pequeño libro de Camargo Pérez, ataca el tema Vespucci, ya tocado por Arciniegas y por Mauricio Obregón, reivindicaciones del florentino (¿habrá mayor reivindicación que su nombre inmortalizado por el azar?) que sí supo - cosa que Colón ignoró- que había estado en un cuarto continente: "Llegué a la parte de las Antípodas, que por mi navegación es la cuarta parte del mundo", y que así mismo propuso un nombre: Nuevo Mundo. ¿Creo descubrir en el comentario una manifiesta antipatía por el descubridor?, ¿o una indicación de la tendencia revanchista contra España, así sea en favor de otra nación europea? Porque aquí se enfatizan tesis como la de Javier Ocampo López, de que no hubo tal "descubrimiento" sino un encubrimiento", o la del mexicano Leopoldo Zea en América como auto- descubrimiento, en la que se refiere peyorativamente a "Colón y sus secuaces", o la extraña protesta de algunos embajadores en la Onu, a raíz de la preparación de los quinientos años del descubrimiento: Cómo los hispanoamericanos quieren celebrar la fecha del inicio de su dominación?".

No es, no obstante, muy extremista el criterio del autor. Para realzar los males del tradicional enfoque europeísta, recoge el magnífico estudio de Emir Rodríguez Monegal acerca de la literatura colonial, que denuncia la multitud de obras "perdidas" por decisiones oficiales de la corona, con las que fueron silenciados por siglos el padre Las Casas, el inca Garcilaso y el brasileño Vaz de Caminha, entre otros muchos, así como otras arbitrariedades importadas, como el lastre de la rigidez religiosa o de la pasión política o de una venalidad oficial de corte muy hispánico, o el evidente y vetusto desprecio a lo provinciano, que llevaron a nuestro pensamiento a ser desesperantemente ceñido a parcialidades, además de triunfalista.

Como solución ecléctica, Otto Morales propone un nuevo enfoque basado en la hoy llamada "historia de las mentalidades", a la manera de un Lucien Febvre, que no se debe confundir con la historia de las ideas y que pone todo su acento en los fenómenos colectivos como ejes fundamentales de la historia.
Para terminar, quisiera señalar someramente que, al igual que ciertos catálogos médicos de indigesto uso, este libro abunda en índices manifiestamente inútiles.

LUIS H. ARISTIZABAL