Las
visiones sin salida del hambre y el sexo
Academia de baile
Guillermo Henríquez
Tipografía y litografía Dovel, Barranquilla, 1986, 42 págs.
Aunque todavía poco conocido en el
ámbito del teatro nacional, Guillermo Henríquez Torres se perfila, quizás, como el
autor teatral más representativo de la costa caribe en la actualidad y como uno muy
singular en Colombia. Nacido en Ciénaga en 1940, historiador y profesor de teatro en
Barranquilla y, según parece, muy ligado también a la vida cultural de Santa Marta,
prolonga, en la esfera regional, una larga tradición de autores dramáticos entre los que
es imprescindible recordar, en este siglo, a Judit Porto de González y Eduardo Lemaitre
en Cartagena, a Amira de la Rosa y Alfredo de la Espriella en Barranquilla, dentro del
amplio abanico de dramaturgos costeños cuyas noticias apenas llegan a la capital de la
república. Henríquez, claro está, como autor de la segunda mitad de este siglo, aporta
a su región y a Colombia una dramaturgia renovadora, de estilo bastante característico,
irreverente y crudo, cruel, imaginativo pero muy realista, mordazmente humorístico, a
veces complicado y recargado, difícil de llevar al escenario, a mi modo de ver, pero
definitivamente teatral, en el que es evidente la huella del "realismo mágico"
de García Márquez y el recuerdo del catalán Ramón Vinyes, quien por muchos años
residió y escribió incluso teatro en Barranquilla e influyó en forma
decisiva, como es obvio, en los escritores que se iniciaron en las letras en el decenio
del cuarenta.
Henríquez, sin embargo, era apenas un
niño cuando Vinyes planteaba su posición estética en Barranquilla, y no empieza
realmente a escribir hasta los años sesenta, en Bogotá, donde estudia sociología (Maria
Cibelina, 1961), y luego en España (El cuadrado de astromelias, 1971; Escarpín
de señora, 1972), donde estudia teatro y logra ver sus primeras obras escenificadas,
que obtienen una crítica muy favorable. Prosigue con otra serie de obras, que el autor de
las presentes lineas no conoce, como son Trece maneras de mirar un mirlo o la
fulgurante carrera de Gloria Lamour, Reunión de tiaras y La pianola. En 1982
publica, en Armenia, Las tentaciones de sor Mariana de Montes; en 1984, Hora de
cenar, en Barranquilla; y en la misma ciudad, en 1986, Detrás del abanico y Academia
de baile. De él conozco las tres primeras y las tres últimas piezas, pero hay que
decir, a propósito de las ediciones, que Henríquez no ha tenido la fortuna de obtenerlas
buenas tal vez porque ha debido financiarlas él mismo, cosa que hace a veces
muy ardua su lectura, pues hay que corregir, con imaginación y paciencia, las numerosas
erratas de imprenta, y ello es lamentable, por tratarse de un autor que merece el mayor
respeto de los editores, pues sus obras, exigentes, reclaman del lector una atención
suplementaria a la habitual.
Guillermo Henríquez se inscribe,
en el ámbito nacional, dentro del marco histórico del surgimiento del teatro
experimental colombiano y, luego, del teatro político: en su producción puede, en
efecto, detectarse la influencia de todo este movimiento que transformó nuestra historia
teatral, sin que por ello pueda decirse, en rigor, que forme parte integrante de él. Y
ello es mejor para este autor, pues en muchos aspectos se aparta con coraje de las líneas
preponderantes, cosa que sin duda explica, pero no justifica, el que no se hayan montado
obras suyas en Colombia sino, acaso, raras veces. Es, además, un autor posiblemente
difícil de entender para aquellos habituados a las modas, para tantos incapaces de juzgar
por sí mismos la calidad de un autor no consagrado y de estilo iconoclasta, como es
Henríquez en este momento; pero, para su fortuna, es un autor original, que no persigue
modelos, que funciona autónomamente, aunque es también posible que su producción se
puliera al contacto con el público, responsabilidad que ya recae sobre algún director
con coraje, cosa bien rara en nuestro medio.
Cabe pensar, que el estilo actual de
Guillermo Henríquez entonces, se deriva en gran medida de su propio talento y de algunas
influencias, como las del teatro de la crueldad, de Antonin Artaud, reconocidas por el
autor, quizás las de los esperpentos de Valle Inclán, además de que en sus piezas se
observa claramente la rápida estructura del cine Henríquez es, incidentalmente, uno de
los poquísimos autores de estos tiempos que no muestra la traza evidente de Brecht y su
teatro didáctico que llegó entre nosotros a degenerar en moralista y en
dogmático, rasgo de indudable valentía en esta época, y posición que en este
momento puede serle favorable entre los grupos teatrales que ya empiezan a reaccionar con
otros géneros.
El estilo de Guillermo Henríquez, en
efecto, parece más bien acercarse a los postulados de Vinyes, como hemos dicho, pues
contrapone constantemente el racionalismo heredado de Europa al irracionalismo telúrico y
atávico de América, todavía casi incomprensible, de ahí que lo llamemos
"mágico": el autor nos muestra continuamente este contraste, en todas sus
obras, por medio de personajes de raza mezclada, confundidos y desorientados, que
sobreviven apenas al hambre, la pobreza y su falta de identidad, frente a una raza blanca
que domina todavía pero que también desfallece, tanto física como moralmente, ante el
inevitable asalto de este mundo tropical que siempre es el de Ciénaga, desordenado y
caótico. También expresa este contraste, muy dramático, entre lo racional y lo
irracional, por medio del contrapunteo constante entre la realidad y la fantasía, entre
la vigilia y el sueño, por medio del deterioro físico de los objetos qué pueden
simbolizar un mundo antiguo e irrecuperable, de equilibrio y razón europeos, que se
desintegra poco a poco ante el irresistible empuje de la magia, de lo inexplicable, del
caos, de la fuerza irracional del sexo del mundo americano. También la propia técnica
dramática, la forma misma de las piezas de Henríquez (de allí una de sus dificultades),
manifiesta esta dicotomía profunda, pues en sus historias que no cabe llamar en
rigor argumentos no existe unidad de tiempo, ni de lugar, ni de acción, ni,
incluso, de caracterización, en el sentido convencional de los términos: se estructuran
a modo de cuadros sucesivos, sin relación aparente de causa y efecto, que dan la primera
impresión de perfectamente desligados los unos de los otros, incluso de incoherentes,
cuadros que más bien tienden a causar una impresión que a dar profundidad a un argumento
central y unitario; un estilo muy osado, sin duda, libre casi hasta el exceso, quizás
todavía susceptible de mejoras, pero todavía, indudablemente, difícil de captar para un
lector y un público eventual acostumbrado a lecturas lineales.
A pesar de que, como dejo apuntado,
desconozco toda la producción de Guillermo Henríquez, es posible compartir la opinión
del prologuista de su obra Detrás del abanico, Javier Moscarella, quien manifiesta
que cada pieza de Henríquez es, en realidad, una gota más en el gran río de su
producción dramática total, que así viene a adquirir una básica coherencia. Las obras
individuales, en efecto, toman y retoman, una y otra vez, los mismos temas, las imágenes,
los personajes, las historias y hasta la técnica, como si en cada una de ellas el autor
tratara de dar otra visión de las mismas obsesiones: el hambre, la muerte, la decadencia,
el pasado que se repite incansablemente en el presente, la euforia orgiástica manifestada
en el carnaval, los reinados de belleza, el sexo indiscriminado, ya sea heterosexual,
homosexual o unisexual, si podemos decir. Esa característica obsesiva de la producción
dramática de Henríquez parece ser cierta aun en un sentido estrictamente personal, pues
en las ediciones de sus piezas el autor nos rinde minuciosa cuenta de las numerosas
versiones que de ellas hace con el transcurso de los años: Maria Cibelina, para
tomar sólo un ejemplo, fue escrita en 1961 y vuelta a escribir en 1971, 1972, 1977 y
1978. Muchas de las piezas, además, tienen una estructura circular, no avanzan hacia un
desenlace de la acción, como en el teatro más tradicional, sino más bien, como en el
del absurdo, regresan al punto de partida.
De manera que parece evidente que para
disfrutar la lectura de Academia de baile de Guillermo Henríquez, a pesar de ser
esta obra una de las más claras y la mejor editada, sería muy conveniente estar por lo
menos enterado de su producción anterior; y ello no porque esta obra carezca de vida
propia, sino porque, al compararla al menos con una pieza anterior, podemos confirmar las
obsesiones dramáticas, y la técnica teatral que las expresa, en este autor bastante
original; además de que, realmente, no parece ser Academia de baile la pieza más
típica de él.

Más bien nos parece típica, y podemos
tomarla como ejemplo, El cuadrado de astromelias, montada por el grupo Gogo en
Barcelona y que permitió decir al crítico Xavier Fábregas en 1972:
El teatro de Guillermo Henríquez,
como antes lo hiciera la narrativa de García Márquez, funde en un solo elemento las
premisas establecidas por Vinyes.
Y es, en efecto, debido quizás a una
estructura muy simple, al compararla con las otras obras, que esta pieza parece resumir
más claramente los postulados estéticos y temáticos de Henríquez, los cuales fueron,
en Barcelona, planteados por él mismo, en el programa, como los del "realismo
mágico", tal vez para darle alguna explicación a su desbordante fantasía, sin duda
no guiada por postulado alguno. La historia de la obra, para no llamarla argumento, pues
la anécdota parece ser simplemente el pretexto del autor para dar rienda suelta a sus
inquietudes profundas, presenta la vida de dos hermanas, esencialmente, Manuela y
Guadalupe, que padecen hambre encerradas en una alcoba. Ciénaga, donde viven, decae en
una época en que el mundo se bate en la segunda guerra mundial, en que las exportaciones
colombianas de banano no se pueden realizar. Las dos hermanas son mestizas, y Guadalupe
cree descender de un hermoso príncipe tairona y de una negra esclava y prostituta. El
príncipe, según dice, las había sostenido hasta que les pierde el afecto, por causa de
los dos hijos que ha tenido Guadalupe. Manuela, a su turno, ha sido también prostituta.
El autor, para ampliar la historia, retrocede la obra hasta 1775, cuando los antepasados
de Cretona, la madre de las hermanas, son vendidos como esclavos. Cretona, que también
relata su fuga de la esclavitud en tiempos pretéritos, lanza su grito de libertad. Nos
enteramos también, por medio de los distintos cuadros que avanzan y retroceden en el
tiempo, que existe en Ciénaga un tendero rubio y blanco que admira a Guadalupe. Manuela
trata de convencerla de que tenga comercio carnal con él en el jardín, en el
"cuadrado de astromelias", para poder así ambas sobrevivir. Luego le refuta a
Guadalupe lo que parece ser sus fantasías sobre el príncipe tairona, diciendo que es la
prostitución, en realidad, lo que las ha mantenido. La raza de ellas, en realidad, su
identidad, es indefinida, incierta, ninguna de ellas sabe exactamente quiénes son: de
manera que cada una de las dos hermanas puede, al final, asumir la personalidad de la
otra, intercambiando sus papeles, sin que nada cambie, y conquistar al tendero rubio. La
pieza concluye con el siguiente parlamento, que resume bien los planteamientos temáticos
pero que quizá no constituye en realidad un desenlace sino un regreso al comienzo:
Manuela (Guadalupe) No somos,
parecemos el reflejo de lo que somos, y yo no sé lo que soy, ni tú tampoco. No haré
nada para evitar tu venganza. Estamos condenadas, hermana, a morir de hambre.
Es por ello que Javier Moscarella puede
hablar, ya respecto a otra obra, Detrás del abanico, del "teatro de los
espejos" de Guillermo Henríquez, en cuyas obras no se sabe qué es realidad y qué
es fantasía; la realidad puede transformarse en fantasía, y viceversa; su teatro es muy
realista, el autor hace gala de conocimientos históricos específicos y concretos, cita
fechas y lugares, pero al mismo tiempo es pura fantasía, pura irrealidad.
Y así podemos abordar la pieza que
constituye el objeto concreto de estas líneas, Academia de baile, recientemente
publicada en Barranquilla. En esta obra, inspirada en el novelista Alvaro Cepeda Samudio,
bien editada por fortuna, parecen plantearse dos acciones simultáneas de base: por un
lado se plantea el tema histórico de la matanza de las bananeras, que el autor también
aborda en María Cibelina, por el otro el cuento de una familia de antigua estirpe
cienaguera; es decir, por un lado la historia auténtica, por el otro una fantasía del
autor, sin duda; el hilo que puede unir estos argumentos simultáneos puede ser, no el
mensaje político, como lo hubiera hecho un dramaturgo colombiano de los años setenta,
sino el lugar, Ciénaga, y la presentación del contraste de que hemos hablado entre el
mundo de los obreros, que pretenden organizarse dentro de la desorganización, y el de la
clase dominante que se desorganiza y decae inevitablemente porque sus privilegios son
anulados, en medio de su gran nostalgia del próspero pasado. La acción se desenvuelve
durante muchos años, antes y después de la matanza de 1928. Existe, además, un hilo
conductor entre la huelga de los obreros y la historia de la familia por medio del hijo
que se aparta de ella y lucha al lado de los obreros, personaje que también establece un
vínculo con un subargumento con que la obra se inicia: el de la rubia del interior que es
vendida como prostituta para que trabaje en la "Academia de baile", o burdel de
Ciénaga. Este hijo, en efecto, tiene relaciones con la prostituta, dejándole un niño,
al que finalmente adopta la familia, cerrándose así el círculo, porque es un círculo,
en que la alta sociedad es finalmente "contaminada" por el mundo caótico de la
Ciénaga.
Apuntemos, para terminar, que es
por lo menos curioso que Henríquez titule sus obras a partir de elementos que les son
apenas anexos, que no definen su esencia, aparentemente: El cuadrado de astromelias alude
a un jardín apenas incidental en la obra; María Cibelina, a un personaje algo
mitológico, según parece, que no figura sino al final; Academia de baile, a un
prostíbulo casi puramente anecdótico respecto a la huelga de las bananeras, la que
parecería ser el acontecimiento central de la obra; Detrás del abanico, a una
farsa de disfraces; Hora de cenar, a una cena que sólo tiene lugar en la
imaginación, si no me equivoco, porque la protagonista está múerta. ¿Qué quiere decir
todo eso? Tal vez, como en La cantante calva de Ionesco pues Henríquez
recuerda mucho también el teatro del absurdo, como he dicho, el autor se niega a
dar títulos "razonables" a sus obras, para mostrarnos que ellos no pretenden
explicar su contenido, porque es esencialmente inexplicable. De nuevo, pues, la
interminable oposición racionalismo versus irracionalismo, esencia, me parece, de su
producción dramática total.
En conclusión, asomarse al teatro de
Guillermo Henríquez no puede ser más que eso: asomarse, tratar de penetrar pero quizás
no lograrlo nunca; entrar, penetrar, por lo demás, sería entrar en un mundo hasta ahora
sin salida, un mundo donde el hambre, el sexo, la violencia, son perdurables y eternos, un
mundo donde no sabemos cuál es la causa y cuál el efecto; donde pasado, presente y
futuro se unen en una sola realidad, generalmente sórdida y amarga, aunque cómica y
grotesca, de un tiempo único que puede ser el presente pero que es, en general, un tiempo
mítico lleno de nostalgia dolorosa, de visiones sin salida de hambre y de sexo.
FERNANDO GONZALEZ CAJIAO |