Verde:
No te quiero verde
Tierra de
leones.
Eduardo García Aguilar.
Editora Leega, México, 1986, 126 págs.
Aunque las
profecías no formen parte del ejercicio crítico, puede afirmarse que algunas novelas
inmaduras, verdes, contienen la promesa de una futura, posible madurez. Hay primeras obras
que hacen presagiar una carrera que será trunca en el mejor de los casos e inútil en la
mayoría de ellos. Otras, en cambio, como Tierra de leones, poseen el germen de lo
que puede llegar a ser un trabajo literario importante, válido. En todo caso conviene
dejarse de presagios, ocuparse de la obra presente y ejercer la función fundamental de la
crítica, que consiste en entablar un diálogo a varias voces: con el texto concreto, con
su autor, y con los lectores (posibles o efectivos) de ese texto.
El primero de estos
diálogos, con la obra misma, es el único explícito y el que siempre debería ser el
fundamental. Si la crítica literaria se limita a dialogar con el autor, se degrada hasta
convertirse en caricia (elogio personal) o el insulto (polémica personalizada). Si
privilegia el diálogo con los demás lectores, generalmente para instarlos a consumir o a
evitar, el ejercicio crítico degenera en simple publicidad. Sólo el diálogo con el
texto asegura un discurrir implícito con el autor de la obra analizada y con los lectores
de la misma. Trataré de abrirlo.
El título y la segunda
palabra de la primera novela publicada por Eduardo García Aguilar, contienen ya dos
alusiones literarias. Quiero decir que el nombre del libro (Tierra de leones) y el
nombre del protagonista (Leonardo Quijano) nos hacen caer de inmediato en una red de
llamadas, de pequeños guiños o parodias intertextuales. Tierra de leones es el
conocido epíteto que Rubén Darío nos dedicó en un soneto de circunstancias:
Colombia es una tierra
de leones;
el esplendor del cielo es su oriflama;
tiene un truenoperenne: el Tequendama,
y un Olimpo divino...
El apellido del
protagonista, Quijano, debe ponerse en relación, naturalmente, con uno de los nombres del
hidalgo de la Mancha. Es apreciable, divertido, que el entramado de una obra de ficción
adquiera coherencia mediante los nexos que establece con otras creaciones literarias. Este
juego con otras obras indica que hay oficio, cierta madurez en el escritor que intenta
indicar el parentesco genérico de su novela.
Pero, como decía al
principio, al lado de los toques de madurez también hay aspectos verdes en esta novela de
García Aguilar. Para seguir en el ámbito de las alusiones (literarias o de cualquier
tipo), cuando éstas se hacen es preferible que el lector por ignorante, por
distraído no las perciba, a que el escritor trate de subrayarlas, de señalarlas
repetidamente. Por temor a que no lo entiendan, el escritor inmaduro trata como tontos (y,
por lo tanto, ofende) a sus lectores. Hay que convencerse: el lector no es un tullido
mental al que hay que darle mascada y digerida la materia del libro. La costumbre de
aclarar las alusiones, en este sentido, se acerca mucho al deplorable vicio de explicar
los chistes.
Se pretende aclarar una
alusión no solamente explicándola directamente, sino también repitiéndola, haciéndola
exhaustiva, insistiendo demasiado en ella. Y una alusión aclarada se desvirtúa, deja de
ser una alusión y hace que se pierda la fuerza subterránea que pueda tener la
narración. Por lo tanto, si además de bautizar a un personaje con el nombre de Leonardo
Quijano (dato que le basta a cualquier lector atento para establecer los nexos
caracteriales insinuados) se insiste una y otra vez en la mención del nombre de pila de
don Quijote, el efecto inicial de clave, de alusión, se dispersa para convertirse en mero
artificio superficial.
Aunque García Aguilar no
cae siempre en este tipo de explicaciones excesivas (no lo hace, por ejemplo, con el
título o con algunas citas de Valencia), cuando cae lo hace en momentos particularmente
importantes de su libro. Es el caso, entre otros, de la historia de la profanación
mediante coito en el templo que cometen la ninfa y el protagonista. Hay
descripciones acertadas, motivaciones ocultas del acto, que están bien insinuadas. Pero
luego el narrador se cree en la obligación de explicar, de etiquetar este amor en la
catedral. No se contiene ni se contenta con dejar solos a los hechos para que el lector
los entienda e interprete a partir de su exquisita crudeza. No, como los lectores somos
bobos, nos tiene que decir que eso es sacrílego, irreverente, inusitado.
Lo mismo pasa con el
episodio en que Leonardo, hastiado de derrotas y fracasos, empieza a orinar en los sitios
más insólitos. Las palabras de la escueta narración bastarían a buenos entendedores.
Pero el escritor es fácil de lengua y nos explica:
[...] era como si así
se orinara en todo el mundo, orinara en los curas, en los fundistas, en los
revolucionarios, en los burócratas, en las viejas, en todos [...]
Es así como el escritor
caldense convierte en fiascos sus mejores aciertos. Hay que saber narrar, y el autor de Tierra
de leones muchas veces demuestra que sabe hacerlo. Pero tan importante como contar es
aprender a callarse, a no contar más de la cuenta. Más de la cuenta: tal vez allí está
la clave del fracaso de esta novela que pudo haber sido buena. Tiene partes excelentes que
se dañan porque al creador se le va la mano, excede en explicaciones, o en furor
esperpéntico, o en el fárrago barroco de las descripciones gratuitas. Hay un plan que
parece ir bien, pero que luego se desmorona por ambición exagerada. Hay historias
bonitas, bien amalgamadas, que pierden cohesión porque el narrador no logra contenerse y
añade más acciones, demasiadas, a las que ya no les encontramos los hilos que las unen
con el resto de la trama y parecen más bien superposiciones arbitrarias de cuentos
diferentes.
A pesar de los lunares,
esta novela deja en pie la esperanza de que el joven novelista llegue a ser un escritor de
gran calidad. Por encima de las caídas evidentes, hay muchos hallazgos verbales
igualmente patentes. Hay en el escritor, sin duda, una capacidad fabulatoria que no
debería desaprovechar. Creo que a él podría aplicársele la frase de uno de sus
personajes:
Ni el ejército más
impresionante de mariguanos, después de fumarse un morro como éste de esa yerba,
igualaría siquiera el más pálido e inocuo de mis sueños. [pág. 72].
Pero esta capacidad
fabulatoria, esta riqueza inventiva, tendrá que unirse a la lucidez creativa. Y García
Aguilar puede extraer esta lucidez de su tenaz y brillante ejercicio crítico. Hace tiempo
que sigo sus artículos en Sábado, el conocido suplemento mexicano. El García Aguilar
que allí se revela desconoce la piedad (y en eso, aquí, lo imito). Que saque de esa vena
crítica la fuerza para restarle ingenuidad a sus creaciones de ficción. Así podremos
apostarle doble a su futuro literario.
HECTOR ABAD |