Con
trino
Toche bemol
Joaquín Piñeros Corpas.
Editorial Plus Ultra, Buenos Aires, 1985, 50 págs
No tuve infancia.
La perdí leyendo los libros que no tocaba en el momento en que no debía. Quizá por ello
la voy recuperando ahora a través de libros como el de Joaquín Piñeros Corpas, editado
en Buenos Aires por la Editorial Plus Ultra, como número 1 de su serie Leer e
Interpretar, ilustrado con acuarelas de María Elena Ronderos de Ungar. Se llama Toche
bemol y es la historia de un pájaro colombiano que aprendió a cantar bambucos.
Curioso destino el de los
libros, casi tan curioso como el de los hombres. Conocí a Joaquín Piñeros Corpas en
Bogotá como un señor serio y grave, que siempre usaba corbatín y chaleco, y que
parecía dirigir entidades tan intimidantes como fantasmales. ¿Qué otra cosa si no
podría ser el Colegio Máximo de las Academias, donde una tarde me recibió, en
atmósfera venerable de manuscritos e infolios de nuestros próceres históricos e incluso
de nuestros próceres literarios, aun más venerables? Vi así al Piñeros Corpas difusor
cultural. Ahora, varios años después de su muerte (28 de mayo de 1915 -31 de agosto de
1982) me he encontrado con el escritor.
Como buen conservador,
Piñeros Corpas creía en la tradición. Una tradición que en nuestros países, jóvenes
y precarios, parece siempre incipiente: basta pensar que sólo ahora se van a cumplir
quinientos años del descubrimiento de América. Quizás por ello Piñeros Corpas se fue
mucho más atrás, y en una obra como Fomagata (Bogotá, Banco de la República,
1979) trato de reconstruir la vida de los indios en las postrimerías del reino muisca,
apoyándose en los cronistas: aquellos fray Pedro Simón, Lucas Fernández de Piedrahita y
Juan Rodríguez Freyle que le dan respaldo documental e imaginativo para fabular una
historia al alcance de todos, y de los niños principalmente.
Podemos reconstruir así
su itinerario espiritual, que lo llevó a realizar El libro del nuevo Reino. Visión de
Colombia (Bogotá, Editorial Voluntad, 1966), un breviario bilingüe de introducción
al país, como su Breviario colombiano de la naturaleza (Bogotá, Instituto Caro y
Cuervo, 1967), donde poemas colombianos, ilustraciones de Margarita Lozano y fábulas de
Piñeros Corpas se integran para continuar buscando las raíces de nuestra nacionalidad.
El trasfondo campesino idealizado en moraleja ejemplarizante. Hecho curioso: estas
búsquedas no se apoyaron sólo en la letra impresa. Apelaban siempre a los dibujos, sea
en blanco y negro o en color, o a la música, una de sus obsesiones.
¿Qué música oyó
Bolívar? ¿Qué aires acompañaron sus batallas o secundaron sus bailes? La pregunta era
buena, y Piñeros Corpas la respondió fonográficamente, como debía ser.
Si la cultura no es todo,
no tiene ningún sentido. Ella va de la naturaleza a las ciudades, y de la comida al
vestido. A esa obra de recuperación global dedicó Piñeros Corpas su entusiasmo. Pero
preservar monumentos y tradiciones sin conferirles la calidez viva de las nuevas miradas
no tiene mucho sentido. Por ello decidió popularizarlos por medio de fábulas, leyendas,
cuentos escénicos o novelas de ambiente provinciano. Algo de maestro había en él, de
abuelo que cuenta para sus nietos narraciones legendarias. Buena parte de su producción
literaria está marcada por tal propósito didáctico. Y por el otro el de la
recuperación de las raíces ancestrales. Uno de los capítulos de Fomagata se
titula precisamente "Necesidad de patrio arraigo". Tal lo que iba a hacer con su
aire de pedagogo regañón y muy católico.
Si refiriéndonos ahora a
Toche bemol, y en forma por demás arbitraria, redujéramos sus diversas parábolas
a la más pedestre e insignificante, veríamos cómo ésta no sería otra que la muy
recomendable de exhortar a los niños para que no maten pájaros, disparándoles con
caucheras. Pero no. Toche bemol es algo más. Es la concreción, en la esfera
literaria, de un propósito que caracterizó a los hombres de su generación, y más de
cerca a sus compañeros de promoción literaria, encabezados por el también fallecido
Eduardo Carranza. ¿Qué buscaban ellos?
Quizá, como José
Joaquín Casas, volver al terruño para desde allí exaltar la patria. Cantarla,
enamorarse de ella, creerla aun más espiritual y bella de lo que era, envolviéndola en
trinos y metáforas. Era, como se ve, una empresa ilusionada. Una empresa que la realidad
parecía contradecir, paso a paso: emigración campesina a las ciudades, violencia
constante en los campos. Detrás de ella, sin embargo, continuaba fluyendo el río azul de
Carranza y las rosas y el trigo de Jorge Rojas. Sí, ellos le cantaban a Colombia bajo la
forma de muchacha siempre joven. No sé si todo ello sea muy real, pero sí sé que era
muy sincero: creían en un país utópico que se estaba volatilizando delante de sus
propios ojos. Curioso, entonces, el destino de los libros, que ahora continúan aquí
hablándonos, en la Argentina, con el lenguaje de Piedra y Cielo.
Porque el libro,
destinado a los niños de las escuelas argentinas, trae consigo "el canto del toche y
el perfume de las chirimoyas", que son las insignias del valle de Tenza. Pero no
sólo ellos: también exporta, más allá de las fronteras patrias, el sombrero de jipa y
el pañuelo raboegallo, adornados los primeros con ramitos de mortiño o quereme. También
de cómo todo gavilán tiene su cirirí, ese pájaro atrevido que causa mortificación
incluso a las aves de más poderoso pico.
El libro, realizado con
gran rigor didáctico, en su vocabulario explicativo, a cargo de Ione de Sierra, pone a
viajar no sólo al mencionado Toche sino a muchos otros, de todo tipo y condición. Pero
no solo pájaros: también flores, frutas, paisajes y peripecias, que se nos van dando a
través del inconfundible estilo "piedracielista" de Piñeros, como cuando
afirma "la pomarrosa parece la equivocación del rosal que en vez de rosa dio
fruto". O como cuando, describiendo oficios de las flores, sugiere que el de "la
cananga quizás sea fabricar marco de aroma a la ventana".
Han pasado veinte años
desde que Joaquín Píñeros Corpas escribió este relato, y no estoy muy equivocado al
decir que ahora ha cobrado, tristemente, una significación mayor que antes. Si el rótulo
no sonara tan horrible, podríamos decir que es uno de los primeros libros ecológicos
realizados en Colombia. En él está toda la bulliciosa algarabía de nuestra naturaleza,
sus colores cálidos y sus perfumes que nos han marcado, sin necesidad, por cierto, de
limitarnos a uno solo: al célebre olor de la guayaba. Los aromas campesinos de Piñeros
tienen que ver con las altiplanicies de Boyacá y Cundinamarca, y no son menos gratos. La
mora, el mango, la curuba y el maracuyá, y tantas otras frutas que se vuelven agua en la
boca, de sólo mencionarlas.
Por ello, lo
significativo del libro no es la trascendencia universal de su fábula sino el marco local
que la engloba, dándole valor y sentido propio. Es tan banal decirlo, pero no sobra
recordarlo: lo universal brota del cabal reconocimiento de lo local. El pasado recobrado
es la única manera de triunfar sobre la muerte. "Tu canto es otro toche que se te
escapa por el pico y se posa en una rama de la vida, medio tono abajo de tu
corazón": con estas palabras, tan líricas, el toche maestro elogia a su discípulo,
al concluir su aprendizaje de canto. Humano y religioso, moralista y poético, alegórico
y alegre: el libro concentra un vasto cosmos.
Con sus innegables
valores pedagógicos, realzados por esta cuidadosa edición, con su copioso vocabulario
explicado, y la bondad de las ilustraciones que lo acompañan, el Toche Bemol prosigue su
vida, entre lectores argentinos, en primer lugar. Nosotros, los que no tuvimos infancia
campesina, por desgracia, podemos recuperarla, colándonos en estas páginas, entre
yarumos y quiches, mohanes y azulejos, para disfrutar así, en versión para niños, de un
auténtico breviario de la naturaleza colombiana. El cuento es incesante: "Había una
vez, hace mucho tiempo, en tierras del valle de Tenza, en Colombia, un Toche Bemol".
Por ello, con razón se ha reeditado en Buenos Aires.
J. G. COBO BORDA. |