Sobre
el graffiti
Una ciudad imaginada.
Graffiti, expresión urbana.
Armando Silva Téllez
Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 1986, 157 págs.
Una ciudad. Bogotá o cualquiera
otra ciudad imaginada. Un espacio con múltiples sitios a veces ocultos, a veces
paredes blancas, pero donde los hombres, desde lo más íntimo de sus deseos
individuales o desde la proyección de sus anhelos colectivos, con un rápido trazo o con
dedicación de muchos días; haciendo y respondiendo desde la intimidad de lo prohibido y
del anonimato para dejar los signos que expresan la vida del hombre urbano quien quizá
sólo en estos sitios podrá consignar lo que siente y piensa, en un arranque que libera
una expresión, la mayoría de las veces coartada por otros. Nosotros, ciudadanos de
cualquier ciudad, algunas veces o quizá muchas, y aun por coincidencia, nos hemos
encontrado con estos trazos provenientes de un emisor casi siempre desconocido, y, en
parte por curiosidad o por costumbre, hemos leído estos graffiti. Tornar
consciente este lenguaje urbano, procesarlo, sistematizarlo, analizarlo y explicarlo es lo
que hace Armando Silva en el libro que comentamos. En el prólogo, escrito por Guillo
Dorffles, de la Universidad de Milán, hay una aproximación al graffiti, que
Dorffles comenta como creatividad popular y sin nombre, en un país como el nuestro, lleno
de imaginación e impulsos míticos. Según él, el libro en cuestión se vale de la
semiótica visual como premisa para sistematizar el universo del graffiti. Este
implica la reconquista de la calle, como escenario a disposición de todos sus habitantes,
en el telón de fondo de sus muros, paredes y recovecos. Y es el mismo Silva, en la
presentación, quien nos hace ver cómo a veces, por su aparente intrascendencia, el ojo
del lector descuidado resta importancia al graffiti como acontecimiento integral.
Pero un fenómeno de expresión urbana y del sociolecto de la universidad, que desde 1968
en Francia cubrió sus muros con las consignas expresivas de ciudadanos marginados de los
medios de expresión oficial, no puede seguir siendo desconocido. Aunque no existan
teorías de base para el análisis del graffiti, Silva realiza un minucioso estudio
semiótico del mismo, fundamentado en una amplia investigación recogida en tarjetas y
algunas veces en fotografías.
Nos referiremos a algunos aspectos claves
de cada una de las partes que componen este libro. En la primera, el autor nos habla de
cuatro opciones de participación en la producción del graffiti: un ejecutante, un
ejecutante potencial, un destinatario activo, un receptor obligado y, como quinta
participación, un posible lector excluido que podría también ser un potencial lector.
Es así como, consciente o inconscientemente, los ojos de un ciudadano, en cualquier
momento, pueden verse involucrados en la lectura de estos mensajes. Etimológicamente, el
término graffiti proviene del vocablo italiano grafite, equivalente a la
palabra española grafito, que designa un carbono natural utilizado para la
fabricación de minas de lápiz. Actualmente, el término se asocia a mensajes escritos en
las paredes o en otros objetos por el estilo. Cabe señalar el aporte metodológico que
hace Silva, en cuanto al encuentro de un método para el análisis del graffiti, basado
en lo que él llama valencias, imperativos y pertinencia. Al respecto, debe considerarse
el graffiti como una estructura dialectal cuyos resultados se infieren de los
límites locales de cierta comunidad. Dentro de este marco, las valencias propuestas por
Silva, y que determinan la cualificación del fenómeno del graffiti, son:
marginalidad, anonimato, espontaneidad, escenidad, velocidad, precariedad y fugacidad.
Para Silva un graffiti lo es más, en el sentido estricto de la palabra, cuanto
más hondamente se puedan registrar sus valencias; pero ellas no son independientes, sino
que provienen de un correspondiente número de imperativos. Estos últimos son (en
relación con el orden respectivo de las valencias) comunicacional, ideológico,
psicológico, estético, económico, físico y social. La relación valencia-imperativo
condiciona la comunicación del graffiti a una experiencia coyuntural. Una
característica esencial del graffiti es su constitución como práctica
contrainformativa, aunque vale destacar cómo últimamente estos mensajes se han
definido aún más hacia una visión iconográfica y poética del fenómeno mismo. Hay,
pues, en el graffiti actual cierta naturaleza artística y la superación del
mensaje referencial lingüístico por un resultado más de corte semiótico. Al acentuarse
la tendencia estética se hace esencial la forma, y la función comunicadora se presenta
como un mapa que puede interpretarse de acuerdo con las guías textuales y contextuales
del mensaje en cuestión. En lo que se refiere a los motivos psicológicos y sociales del graffiti,
Silva pregunta al lector el por qué existen ciertos sitios privilegiados para la
emisión de estos mensajes, como es el caso de los baños en donde se encuentra una
"mensajería delirante". El baño o sanitario, sitio tradicionalmente prohibido
y evacuativo, puede ser perfectamente una coartada en donde un individuo oprimido en sus
más profundos deseos le expresa al mundo su inconformidad. De esta manera, el baño y el
muro son los dos espacios simbólicos en donde más se escribe el graffiti. En
cuanto a la relación arte-graffiti, es muy interesante la visión que Silva
presenta en este aparte, al considerar al arte y al graffiti como expresiones del
hombre contra los mecanismos de represión. Hacer graffiti es responder a un deseo,
y quien transgrede la censura satisface su pulsión.
En suma, todo graffiti busca, en
el sentido de impulso, desencadenarse de todo poder central, sea éste político,
económico, lingüístico. En el aparte destinado a la cultura-comunicación, Silva
destaca el lugar privilegiado que dentro de las ciencias sociales está ocupando hoy el graffiti.
La relación que plantea el autor entre la instancia individual del inconsciente que
reaparece en la conciencia colectiva le va a permitir afirmar cómo la semiótica trabaja
en la zona de producción e interacción social, con lo cual el graffiti trasciende
el campo de lo estrictamente individual. Por otra parte, el considerar la cultura como un
supremo aparato codificador y descodificador ayuda a construir una nueva dimensión
semiótica que trasciende el solo interés lingüístico. En este sentido, la semiótica
hace referencia al dialecto generado por condiciones sociolectales, el cual es particular
y concreto, y que es esencial en la constitución del graffiti, así como también
lo es la "lengua privada" de cada sujeto, lo cual puede llamarse idiolecto. Es
esencial para el conjunto de las ciencias sociales, en lo que se refiere a la lengua y
comunicación, establecer de qué manera cada comunidad cultural que se define por sus
límites dialectales construye sus propios símbolos. En definitiva, el graffiti es
un fenómeno en el cual se utiliza la jerga como expresión sociolectal, a la vez que
manifiesta las pulsiones del sujeto a través de su idiolecto semiótico. El orden
estético es el que da forma sensible a la cultura y, en este sentido, se emparienta con
la poesía. Poesía e idiolecto pasan primero por filtros locales, y no al contrario. En
el aparte destinado al graffiti en Bogotá, Silva hace algunas valiosas
observaciones acerca del chiste y el humor colombiano. Junto a ellas sitúa al graffiti
que se inclina más hacia una visión crítica contra el sistema sociopolítico
imperante. El primer graffiti en América Latina proviene del año 1541 y está
consignado en la Crónica de Bernal Díaz del Castillo. En él, como en los
actuales, es característico en el graffiti latinoamericano dar a conocer al pueblo
ignorante lo que nos ocultan los gobernantes por medio de avisos públicos. Montado por
naturaleza sobre la prohibición, tiene una circulación más restringida que otros medios
de expresión y, hasta cierto punto, un ideal en particular. La mayoría de las
manifestaciones del graffiti son producidas por las organizaciones políticas, por
lo general de izquierda. Ponen de manifiesto las utopías y anhelos nacionales de un
amplio sector de la población, pero también hay múltiples sitios para el graffiti: sanitarios,
buses, árboles de los parques, pupitres, cafés, bailaderos, sitios de rehabilitación
mental y prisiones, además de los siempre básicos: muros y paredes. Así pues, el graffiti
es una inscripción desprovista de toda trascendentalidad, y el graffiti privado
está lleno de emoción y de manifestaciones pulsionales. La muestra escritural y
fotográfica que presenta Silva se configura en una de estas dos direcciones. Es clave que
el mensaje pueda ser repetido en nuevas inscripciones y que adquiera con el tiempo
caracteres emblemáticos. Definitivamente, la utilización del graffiti corresponde
más a sectores universitarios, feministas y artísticos, así como también a sectores de
obreros y empleados de bajo nivel cultural y económico, quienes encuentran en él una
vía de expresión de sus necesidades inmediatas. Silva se refiere también a lo que llama
representaciones asociadas" que no son propiamente graffiti, tales como las
que se encuentran en los árboles de los parques, en los libros y en objetos como postes o
cabinas telefónicas, así como también en el mismo cuerpo humano. Se destaca, como dato
curioso, el que las lápidas del cementerio central serían una representación del graffiti
propiamente dicho. También existe la técnica del contracartel graffiti, como
es el caso de la fotografía número 43, la cual decía: "Vamos junto a Pepsi
ya" y que fue recompuesta por el grupo Sin Permiso, quedando así: "Vamos junto
al pueblo ya". Actualmente, en Bogotá el graffiti está evolucionando hacia
un lenguaje plástico. Aun las organizaciones políticas panfletarias hoy están remozadas
con la producción de nuevas técnicas icono plásticas. De esta manera, el graffiti en
Bogotá ahora también crea y propone. En estas manifestaciones hay una lógica simbólica
en la que están presentes los objetos, manifestando relaciones personales, pensamientos y
pulsiones de sus ejecutores. A continuación presentamos al lector algunos textos de graffiti,
entre los ampliamente expuestos por Silva, como producto de una colección de fichas y
fotografías que se recogieron entre 1978 y 1982 con la colaboración de alumnos suyos de
la Universidad Nacional. La muestra se distribuyó en núcleos programáticos o familias
semánticas. Los núcleos son: Políticos de partido: "La sociedad no se lava,
se destruye o se construye" (ELN). Políticos sin partido: "El comunismo
vende hombres"/ respuesta: "y el capitalismo los compra". De política
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