Al
revés el derecho
Tierra de leones
Eduardo García Aguilar.
Editorial Leega, México, 1986, 126 págs.
Con la más
disimulada desfachatez, Eduardo García Aguilar llega y lo pone todo al revés. Lo que es
decir, al derecho, ya que en nuestro país todo está patas arriba. Tierra de leones
es su primera novela, en la cual trabajó por varios años hasta llegar a darle ese tono
desinteresado, que hace acompañar de una auténtica frase modernista, convirtiendo así
la narrativa en una sátira temible. Nos da el escritor el debido grotesco de una sociedad
infestada de alimañas hambrientas de poder y válgame de renombre. Quijano,
hijo pródigo de la ciudad más linda de los Andes (el autor es de Manizales), vuelve a su
pueblo después de años de peregrinación por Europa y América, para encontrar toda esa
grandiosidad artificial de los años del café (como la de Manaos en la época del caucho)
en ruinas. Jura reconstruir "la gloria" de su ciudad y se queda el tiempo
necesario para terminar, como era de esperarse, loco de remate. Con este argumento, el
joven autor narra la historia de una ciudad que, perdidos sus principios, viaja a la
deriva, acompañada por una naturaleza feraz y unos personajes tan diminutos como inmensas
son las montañas en que descansa peligrosamente la urbe. Personajes éstos feroces, y
cómicos, si no fueran tan verdaderos y tan abundantes por toda la historia y geografía
de occidente. En el momento en que el protagonista entra a formar parte de la
administración municipal, nos encontramos con la estrambótica oratoria del gobernador,
"de pura estirpe grecolatina", según el alto dignatario; la inclemencia de la
viuda influyente, cuya idea principal es mantener a la población ignorante, católica y
pobre; la monjita que cría niñas huérfanas para después emplearlas de sirvientas en
las casas ricas o aventárselas a viejos desdentados que pagan con pedazos de tierra o a
los adolescentes onanistas que se gestan en el seno de las buenas familias; los
revolucionarios que, carcomidos por el cliché, la mediocridad y las ansias de
reconocimiento, destruyen todo como ni siquiera el más estancado de los cerebros
oficiales podría efectuarlo. Ya por aquí el título del libro se ha vuelto jirones. Pero
me parece que la superioridad de esta novela reside en el hecho de que su autor, desde
ningún punto de vista, busca deslumbrar turistas, como lo hicieron no pocos de sus
antecesores inmediatos en este difícil trabajo de la literatura. Por el contrario, aunque
escrito en un lenguaje bello y rico, de tradición colombiana y que inclusive rinde
homenaje a Rubén Darío y al modernismo en general, con su sarcasmo incisivo, el libro es
un ataque lapidario a la oficina de turismo, que siempre nos anda pintando como si nuestra
América fuera un lugar de diversión, un inmenso balneario para ir a pasar vacaciones
bajo un sol brillante, a gozar de unas semanas rodeado de bailarinas semidesnudas,
servirles a los visitantes de los países "civilizados" sin oponerse a que hagan
el basurero que siempre dejan al regresar tostados a sus oficinas computadorizadas y
hediondas en sus avanzadísimas ciudades polucionadas. La palabra torvo es una
constante en el libro no es éste un mundo feliz, exótico, paradisíaco.
Haciendo equiibrio en lo alto de los Andes, la ciudad alberga unos personajes muy
similares a los mismos aburridos de la vida que, si en la ciudad más bella de los Andes
finales beben su desgracia, en el interior de Estados Unidos, estarían viendo ridiculeces
televisadas para matar su tedio. Aquí no hay aborígenes ni buen salvaje: la ciudad y sus
gentes sufren de los mismos males aburrimiento, egoísmo, odio que sufren los
habitantes de los países desarrollados. Y no hay nostalgia en querer atravesársele a
todo este desastre que ha surgido en la ciudad compañera de volcanes y cumbres nevadas.
No hay aquí eso de "todo tiempo pasado fue mejor". Lavándose las manos y
dejando que la situación sea tomada por un temblor de tierra, el autor nos muestra con
humor despiadado la destrucción de la catedral, símbolo de una mística esclavitud
pasada, de la que aún quedan vestigios por todas partes.
El personaje principal,
después de muchos encontronazos con la realidad que lo apabulla, como les pasa a muchos
ingenuos, se libra sardónicamente entrando en la locura. Nunca antes había visto tanta
ternura como al final de esta novela por parte de su autor hacia aquellos que la sociedad
califica de locos. Hay una comprensión y una inteligencia en el trato de este personaje
que ha decidido abandonarlo todo sabiamente después de su lección bien aprendida; es
esto una paliza más a esa sociedad reseca de ideales que se nos presenta en la novela.
Sólo esa persona evasiva que fue amante del personaje, y que ahora, como todos aquellos
que no se amoldan a tradicionales papeles, ha tenido que llegar a la prostitución, puede
elucidar y decirle a Quijano: "No estás loco, antes lo estabas pero ya no".
Tras la paliza que la sociedad brinda al Quijano soñador, tras una época de acusadora y
bella "demencia" en la que publica su hojita El Diablo, tras rulfiana
conversación con sus padres muertos y él mismo de niño, llega la calma, regresa el amor
y el Quijano pletórico de experiencia, con su ninfa de otros tiempos, abandona ese mundo
civilizado y por ende bestial, que al fin y al cabo termina saliéndose con la sucia y
pequeña suya. Trastocando todos los valores establecidos, con voces, unas bellas, otras
terribles, que he querido no citar para así dejar al lector la sorpresa del deleite,
Eduardo García Aguilar nos brinda su primera novela sin ninguna concesión ni gratuidad.
Ese no buscar el impacto comercial, ese rehusar mentir y amoldarse al cliché que de
nosotros los latinoamericanos han creado las mentes perezosas en los países avanzados es
lo que hace de Tierra de leones un capítulo aparte en la literatura. Es este un
libro que con toda la fuerza de la narrativa moderna nos muestra la grave situación en
los altos Andes, nos describe la belleza prisionera de la región, y que reta a quien se
atreva a estultamente pisotear su ya deplorable estado.
SILVIO MARTINEZ PALAU |