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Imagen popular de la Virgen
de Chiquinquirá
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El prodigio de
Chiquinquirá
RAFAEL MAURICIO MENDEZ BERNAL
Fotos: Mario Rivera Vélez
Reproducciones: William Núñez
Mapa: Martha Raquel Herrera
Los artesanos chibchas tejieron una manta
de algodón ruda y sencilla y más ancha que larga. Los indios acostumbraban estampar
allí sus afortunados diseños geométricos, pero esta vez las tierras mixturadas con el
zumo de hojas y de flores se emplearon en dar forma y volumen a una virgen cristiana en el
centro de dos hombres santos. Pocos años más tarde, esta simple manta se convertiría en
la imagen más socorrida y reverenciada en todo el orbe cristiano.
María llegó muy temprano a las tierras
de América. Las promesas de los desesperados hombres que Ojeda dejara resguardando las
fracturadas fronteras de la población de San Sebastián de Urabá, atacada por los
indios, las plagas y el hambre, se cumplieron. Esa nueva y anhelada ciudad, segura y
hospitalaria, se llamaría Santa María la Antigua del Darién, y quizá en España su
santuario fuera visitado y adorado por un agradecido emisario, en justo pago a los favores
recibidos. Y a este primer triunfo se siguieron otros. Los ojos aterrados de los indios y
los acerados de los españoles la vieron en muchas de sus formas, ascendiendo a los
altares ya desnudos de divinidades aborígenes, victoriosa en la feliz culminación de un
andar frenético sobre mares y selvas que ella siempre había protegido.
La devoción del Santo
Rosario fue el remedio que santo Domingo de Guzmán pidió y obtuvo de la Virgen para que
lo librara de la pesadumbre herética de los albingenses en 1206. Desde entonces y
confirmado su poder por un culto creciente y por la ratificación de pontífices y
prelados, el rosario se convirtió en "el maravilloso instrumento de la destrucción
del pecado, el medio para recobrar la gracia y dar gloria a Dios" (Gregorio VI). Y
este instrumento perfecto que trajo María al nuevo continente se convirtió en el
"medio más eficaz para convertir almas" 1, para que
"aquellos ciegos en su idolatría, engañados del demonio, sin conocimiento de la
verdad y faltos de la luz de la fe" 2, depusieran su
resistencia y reconocieran la claridad. "María es día y el día da noticia de sí a
otro día" 3.
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Imagen de Chiquinquirá
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Los españoles trajeron consigo a
las Indias, junto al deseo frenético de poderío, la lengua latina y los resplandores de
su técnica, un adusto panteón, poderoso y preciso que ellos mismos se vieron forzados a
adorar en el sitio de sus antiguos dioses ecuestres y astrales, que hablan de los primeros
tiempos mediterráneos de su nacionalidad. Un solo dios, absoluto, omnímodo, omnipotente,
que siendo tres es uno y que redime la culpa inveterada de los hombres con la sangre de su
hijo, sangre propia que, luego de tres siglos de haber sido derramada, se yergue en los
"imponentes faustos del concilio de Nicea (325), primera gran manifestación
de la alianza entre el imperio romano y la Iglesia cristiana" 4.
Dios poderoso y único que habla y reclama a los hombres, que premia y castiga, que no
soporta otros altares a su lado. El hombre cuyo trasiego con el mundo externo natural y
con su propio interior ha sido suficientemente largo y exitoso, dejó atrás a los
innúmeros seres sobrenaturales que animan cada cosa inmanejable y vital para su
desarrollo. El control sobre los elementos que hacen posible la vida puede ser ejercido
por su propia mano. No es necesario ya acudir a medios distintos para ejercer influencias,
se es exitoso en la ausencia de espíritus y genios, la etapa mágica ha pasado. Pero hay
otros dioses que subsisten, otras ansiedades intemporales que continúan atenazando el
espíritu abandonado a la tibia certeza de la positividad, la razón y el método. Este
dios no es la realidad no humana incontrolable que podría incluso dejar de existir. Su
rigurosa centralidad exige del hombre que lo adora atención y fidelidad, ejercicio
universal, imperio. Y sin embargo la realidad temporal del hombre del siglo XV, como la
presente, no era tan lejana de la arbitrariedad que nutre el extenso panteón del hombre
primitivo, como para que estos mismos hombres no tuvieran necesidad de oficiar actos
tendientes a organizar el orden cósmico tan específicamente amenazado. Frente a la
exigida idealidad de una "voluntad interior" 5 pura,
independiente por completo de unas "representaciones externas" 6
y tendientes a la concitación de un prodigio, nos hallamos en el borde de la idolatría
tan arduamente perseguida por los profetas bíblicos y por los modernos pontífices
cristianos. Las incontables aflicciones externas no habrían de contar para nada en la
actitud del cristiano legítimo y en estricto rigor no deberían ser notadas. Pero el
hombre concreto no soporta este peso excesivo y nos encontraríamos a contramano con la
parábola del gran inquisidor de Dostoievski. Hay una solución: luego de ásperas
discusiones que aún gravitan, la doctrina acepta el abigarrado cuerpo de personajes
santos, que sin ser Dios pueden ser adorados y que interceden y solucionan, auxilian y dan
pábulo a la inmensa fragilidad humana que la recta divinidad no puede contemplar. La
Virgen, madre de Dios, a la cabeza.
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Mapa del cantón de
Chiquinquirá elaborado en 1825 por
Justo Pastor Lozada. Original en 50 x 72 cms. que se
conserva en el Archivo Nacional.
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Muchos héroes civilizadores han
visitado las famélicas comunidades de los hombres otorgando sabiduría y poder: El titán
Prometeo, que entrega latécnica y el fuego; Bochíca, que libera de la muerte y enseña
las bases de la cultura; Jesús, que redime la culpa original e indica la manera verdadera
de vivir. Y sin embargo no todos exigieron una moral casi imposible. El dios universal
cristiano así lo hizo, pero la inmadurez de su creatura, prolijamente proscrita, le
llevó de nuevo a la apariencia y lo obligó al milagro.
El pueblo muisca, desde la diversidad de
sus mitologías y la cercanía al animismo, se halla por la época de la conquista
perfectamente imbuido en el universo del milagro. Chiminigagua, Bachué, Bochica,
Chibchacum, Labaque, Sue, Chía, etc., conformaron, junto con muchos otros, el entramado
de un complejo religioso que contaba con sus propias explicaciones originales, garantías
de estabilidad de la realidad existente y acciones simbólicas eficaces para alterar el
curso de los acontecimientos. Sin que la acción ritual se acompañara de consecuencias
ajenas a ella misma, su realización y repetición en una "secuencia regular" se
justifica al crear una realidad ordenada, adecuada y operativa. De esta forma, cuando los
cristianos españoles, armados con el rosario de la Virgen, demostraron la realidad de su
fe a los indios mediante un prodigio, acercaron la facción más "pagana" de su
credo a la fuente religiosa aborigen que de mejor y más efectiva manera podía
apropiársela sin traumatismos fundamentales.
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Facsímil de la tela
original tomado del libro Verdadera
histórica relación del origen, manifestación y
prodigiosa renovación por sí misma y milagros de la
imagen de la sacratísima Virgen María madre de Dios
Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá.
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Nuestra Señora del Rosario
de Chiquinquirá.
Anónimo. Oleo sobre madera. Colección Museo
Juan del Corral. Santa Fe de Antioquia. (Esta es una
expresión muy popular e ingenua. Es curioso ver
las plantaciones de maíz como parte del fondo)
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Estado actual de la tela
original de nuestra Señora
de Chiquinquirá.
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El padre fray Pedro del Tovar, en
su Verdadera histórica relación del origen, manifestación prodigiosa renovación por
sí misma y milagro de la imagen de la Sacratísima Virgen María, Madre de Dios, Nuestra
Señora del Rosario de Chiquinquirá, nos relata la historia pormenorizadamente.
Aceptando divergencias menores con otros cronistas, el padre Tovar nos narra cómo el
conquistador Antonio de Santa Ana, que tenía a su cargo las encomiendas de Suta y
Chiquinquirá, asistido por el hermano Andrés Jadraque, obedece a su deseo de tener una
imagen de la virgen a la cual adorar en una rústica capilla en el pueblo de Suta. Andrés
Jadraque viaja a Tunja y se entrevista con Antonio de Narváez, maestro platero que
conocía de pintura, a él encomienda la obra y juntos planean su realización. Como la
manta indígena es ancha y para no desarmonizar de ninguna manera, deciden colocar en el
lienzo las imágenes de san Andrés apóstol y san Antonio de Padua, éste último en
razón de ser el santo de Antonio de Santa Ana, quien pagó el lienzo, y san Andrés en
honor propio, por haber sido él, Andrés Jadraque, quien lo contrató y quien había
buscado los colores. Así las cosas, se ultimó el negocio y el hermano Andrés regresó a
Suta con su cometido realizado, contando con el regocijo y aprobación de Santa Ana. Así
pues, nació este lienzo con la trilogía de personas venerables: la Virgen del Rosario
presidiéndolo, San Antonio a la derecha y San Andrés a la izquierda posición
ésta que no dejó de despertar ciertas antipatías, para coadyudar a la justa
adoración de Dios, a la salvación espiritual de los indígenas y a la protección y
ayuda de la Santa Virgen, que exterminaría los males y que con las oraciones, que se le
elevarían como tantas rosas con las cuales se le forman una corona a la Reina de los
cielos, nos protegería de las inclemencias y sería nuestra intermediaria y abogada
frente al Padre. La imagen estuvo varios años en la capilla de Suta, expuesta a toda
clase de penurias y maltratos, hasta que las imágenes se borraron por completo y la
manta, de origen tan rústico y poco resistente, se rasgó cuando menos en seis partes. El
padre Juan Alemán de Leggissamo, no consintiendo en ofrecer misa precedida de imagen tan
deteriorada, pidió y obtuvo un reemplazo, la de un Cristo en la Cruz, que supliera
dignamente la ya tan desmejorada Virgen del Rosario. Entregó, pues, el cuadro de vuelta a
don Antonio de Santa Anta, de quien a su vez lo envió al caserío de Chiquinquirá, donde
tenía influencia de encomienda y posesión de tierras y ganado.
La voz Chiquinquirá significa, en
el idioma muisca, lugar de la niebla, dadas la crudeza del clima y la
frecuente y espesísima neblina que la cubría. Se dice que los mismos indígenas lo
rechazaban como sitio de habitación, irritados por el frío continuo y extremado. Este
caserío se asignó en 1572 a la influencia de Villa de Leyva, población influyente y
próspera. En 1585 llegó la imagen de la Virgen del Rosario a Chiquinquirá y se
le asignó una muy burda construcción, que se calificaba de capilla, aunque muy raras
veces, si no nunca, oficiaba como tal. Por carecer de puerta, dicha estancia servía de
refugio a los animales y los indios no tardaron en aprovechar el desfigurado lienzo como
tamiz en donde secar el trigo al sol. Así las cosas, María Ramos, nacida en Guadalcanal,
casada con Pedro de Santa Ana, hermano de aquel Antonio que ordenara la construcción de
la imagen, llamada por éste, que gozaba de próspera situación en Tunja, se llegó a las
Indias asistida de Francisco de Rivera Santa Ana, su sobrino. Su marido, quien recién
llegado de España se congració de su presencia, no tardó en mostrar creciente desapego
y fastidio hacia ella. María Ramos, dolorida y penosa, dijo entonces de los deseos de ir
a visitar a Catalina García de Yrlos, esposa de Antonio de Santa Ana, quien a la sazón
había fallecido, lo cual fue bien visto y favorecido por Pedro de Santa Ana. Marchó,
pues, María Ramos a Chiquinquirá, población a la que se había retirado Catalina
García en su viudez. Esta María Ramos era fervorosa y deseaba hallar paz a su
desasosiego, solicitó a Catalina García le enseñase un lugar en donde orar a su placer,
y ésta le señaló la capilla donde el lienzo de la Virgen se hallaba desbaratado y
sucio. Llamó entonces a Ana Domínguez, servidora de la casa, para que le asistiera en su
propósito, y juntas limpiaron y colocaron el lienzo sobre un bastidor de guadua, que
colgaron a la pared con un sólido cordón de fique. Constantemente, María Ramos, fiel
devota de María del Rosario, pedía de la manera más piadosa que se le manifestara la
imagen escondida, hasta que el día viernes 26 de diciembre del año 1589, entre
las ocho y nueve de la mañana, luego que María Ramos repitiera su súplica con mayor
fervor que nunca, volviéndose a salir se encontró en la puerta con una india llamada
Isabel y su pequeño hijo Miguel, de cuatro o cinco años, quien le señaló cómo la
imagen descendía del puesto en donde había estado firmemente asegurada y cómo despedía
una luminosidad enceguecedora, que parecería estarse quemando la capilla. A los gritos de
asombro acudió Juana de Santa Ana, y las tres mujeres vieron cómo lo que tomaron por
incendio era la luz despedida por el cuadro, que entonces se posaba sobre el lugar ocupado
por María Ramos en sus oraciones. Llegaron a esta altura Catalina García de Yrlos y Ana
Domínguez, entre todas devolvieron el cuadro a su sitio y corrieron a dar la voz de
milagro a quienes tuvieran a la vista. La renovación del lienzo fue testimoniada por
todos aquellos que habían tratado con él, y las comisiones enviadas por el arzobispo
Zapata de Cárdenas, los padres Juan de Figueredo, de Suta; Gerónimo de Sandoval, de
Villa de Leyva, y los funcionarios Diego López de Castiblanco y Andrés Rodríguez
ratificaron, el 10 de enero de 1587 y el 12 de septiembre del mismo año, la autenticidad
del milagro. Las pruebas se fueron sumando una a otra hasta no quedar vestigio de duda
posible, y se dio comienzo al culto milagroso de la Virgen del Rosario de Chiquinquirá.
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Nuestra señora del Rosario
de
Chiquinquirá. Anónimo S. XVIII.
Oleo sobre madera. Enjoyada.
0.64 x 0.40 mts.
Iglesia de Yanaconas. Popayán.
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Nuestra señora del Rosario
de
Chiquinquirá. Anónimo. S.XVII. Oleo
sobre tela. 1.23 x 1.37 mts. Iglesia de
Nuestra Señora de las Aguas - Bogotá.
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El padre Tovar hace un
detalladísimo relato de todas las ocasiones en que tuvo noticia de la acción prodigiosa
de la Virgen, que, excediendo el orden común de la naturaleza en general beneficio de los
mortales, no sólo corporal cuanto espiritualmente, devolvió la vista a los ciegos,
libró a sus fieles del cautiverio, devolvió sanidad a los tullidos, gafos e impedidos,
libró de peligrosas caídas y despeñaderos, salvó de las aguas, curó las heridas,
socorrió en partos peligrosos, mordeduras ponzoñosas, flujos sangrosos mortales, llagas
pestilentes, incendios, naufragios y enfermedades de los animales. Caso tras caso, nos
trae relación de los portentos; entre los cuales la transformación del clima de
Chiquinquirá, la cura de dos pestes de la ciudad de Tunja y una en la ciudad de Santafé
de Bogotá, así como de aquellos sucedidos en poblaciones tales como Quito, Lima,
México, Maracaibo y otras en España e Italia. Las imágenes, las promesas, las
romerías, el agua y la tierra que brotan de su santuario, el aceite de su lámpara
contienen este maravilloso poder curativo de los males implica la contingencia humana. Son
innumerables las imágenes que se reproducen, a pesar de la dificultad que esto conlleva a
los artistas, y que se adoran en otros tantos santuarios fuera y dentro del país. Los
indios muiscas la convirtieron en el mayor motivo de su adoración y reverencia, lo que en
boca de los misioneros y sacerdotes fue la mayor y más evidente prueba del triunfo de la
verdad sobre la falsía y la ignorancia. El papa Juan Pablo II, en su reciente visita a
Colombia, renovó el culto.
Las ceremonias al Sol en Sogamoso, con
sus grandes procesiones y sus sacrificios humanos rituales, la legendaria ofrenda a la
diosa Bachué en Guatavita, las romerías a las lagunas sagradas de Iguaque, los rituales
consuetudinarios que sustentaban y vitalizaban el mundo muisca han dejado de existir. De
la misma manera, su modelo de autoridad, su versión de la naturaleza, del orden social y
del cosmos, su noción de realidad. ¿Podremos, entonces, afirmar que la cultura extraña
y su sentido de sacralidad se han impuesto definitivamente? Las formas externas,
observables y constatables así lo declaran. Los sacerdotes católicos que entraron en el
Nuevo Reino de Granada enarbolaron cruces, derribaron ídolos, levantaron altares y
ofrecieron sacrificios. Arriba nos referimos al agudo problema que tanto ha cuestionado al
mundo cristiano, hasta el punto que en él podemos hallar una de las fuentes motivadoras
más socorridas por Lutero, la escisión entre la actitud interior y las conductas
externas. La profunda preocupación por la idolatría, su cercanía sensible al paganismo,
al animismo, a la magia. Quizá ese margen que nos separa de la pura idealidad y nos
arroja a una ritualidad constante que pretende controlar la intemperancia de los tiempos,
pueda darnos luces al respecto. El hombre moral, universal, crítico, que pueda merecer a
aquel Dios uno y total, poderoso y absoluto, se hace diario en la quebradiza piedad de los
hombres, criaturas indignas que acuden a las figuras intermediarias en busca de la defensa
y comunicación con el Padre que su fragilidad les ha negado. Y es la actitud
"gentil" de aquel que acude a rituales y regularidades simbólicas la que se
impone a ojos vistas en nuestro pueblo. Así, se conjura el desorden y se adquiere certeza
y redención a la inexplicable arbitrariedad de los días. La procesión de toda una
comunidad a un sitio sagrado, repetida infaliblemente cada cierto período, reinvierte el
tiempo, restaura el pasado, ordena la experiencia, asegura la regularidad cósmica, sin
importar que el credo que se expresa ya ha asegurado esa regularidad y considera la
redundancia como un descreimiento, casi como una blasfemia. Supervive la íntima
convicción espiritual que llevaba ofrendas a Guatavita, sin esperanzas y con profunda
certeza. La Virgen del Rosario, que en Chiquinquirá presidía el forzoso cambio de
relaciones hombre-dios en América del Sur, no se reconoce en la Virgen de Chiquinquirá,
que generaciones han moldeado a la imagen de sus propias acciones, anhelos, carencias y
esperanzas. La poderosa capacidad transformadora de la vida, sin mirar circunstancias ni
arbitrariedades, forma todas las sustancias con su propia impronta inflexible y vibrante.
No existe material que le resista. Ni siquiera dios.
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Imágenes de la
devoción a la Virgen de Chiquinquirá
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NOTAS:
1 Fray Pedro
del Tovar y Buendía, Verdadera histórica relación del origen, manifestación y
prodigiosa renovación por sí misma y milagros de la imagen de la Sacratísima Virgen
María, Madre de Dios, Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, ed. facsimilar,
Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1985.
2 Ibíd.
3 Ibíd.
4 Etienne
Trocmé, "El cristianismo desde los orígenes hasta el Concilio de Nicea", en Formación
de las religiones universales y de salvación en el mundo mediterráneo y en el Oriente
Próximo. México, Siglo XXI, 1979
5 Mary
Douglas, Pureza y peligro. Un análisis de los conceptos de contaminación y tabú, Madrid,
Siglo XXI de España, 1973.
6 Ibíd.
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| Sitios de adoración en el
territorio Muisca |
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