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Curso del río grande de la
Magdalena de
Cartagena hasta Honda. Mauricio García, 1987
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"La
primera novela de García Márquez después del premio Nobel" *
MICHAEL PALENCIA-ROTH
Universidad de Illinois
Reproducciones: William Núñez
Mapa: Mauricio García
En los primeros días de diciembre de
1985, en Colombia, se parrandeaba, y no a causa de las ferias o la navidad. Se
pronunciaban discursos. Aparecían anuncios en los periódicos, en las revistas, en la
televisión. ¿Objeto de toda la atención? Gabriel García Márquez y su nueva novela, El
amor en los tiempos del cólera. Esta, comenzada en agosto de 1982, antes del obsequio
del premio que forzó a García Márquez a tomarse un año sabático para administrar la
fama, estaba a punto de publicarse. Y García Márquez, aunque por esos días en La
Habana, parecía estar, como su coronel Aureliano Buendía, en todas partes. Su presencia
irradiaba sobre la plaza Fernández Madrid de Cartagena, las calles de Bogotá, los
parques de Cali, los cafés de Barranquilla. "La primera novela de García Márquez
después del premio Nobel", como se pregonaba en los anuncios, obsesionaba al
público colombiano.
El amor en los tiempos del cólera tuvo
la desgracia de aparecer poco después de la muerte del maestro mexicano, Juan Rulfo, una
muerte que repercutió en las palabras pronunciadas sobre García Márquez. Se alababa,
por ejemplo, la concisión de Rulfo en comparación con la desmesura de García Márquez. Pedro
Páramo tiene las dimensiones de cuento largo; El amor en los tiempos del cólera tiene
503 páginas en la edición española (Bruguera) y 473 en la colombiana (Oveja
Negra). Rulfo dice, por ejemplo, Francisco Lemos Arboleda en El País (de Cali) a
fines de 1985 deja "para América y para la humanidad un diminuto pero enorme
tesoro", mientras que García Márquez presenta en su novela únicamente "una
cadena de pasiones sexuales repugnantes, pasionales, enfermizas". Lemos Arboleda
compara El amor en los tiempos del cólera con "la inmortal María", y
la encuentra mortal, hasta "pornográfica". García Márquez es para Lemos
Arboleda sólo "un genio de las ventas" (la novela se divulgó con el anuncio,
"el mejor regalo de navidad") y, por esto y por mucho más, un escritor inferior
a Rulfo.
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Primer mapa del río
Magdalena que se
conoce, elaborado en el Nuevo Reino
para ilustrar las elegías de don Juan de
Castellanos (tomado del Río Grande de
la Magdalena).
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Tales opiniones podríamos
citar otras eran de esperarse. Por una parte, cada novela de García Márquez
después de su ascensión a la fama, es decir, tras la publicación de Cien años de
soledad en 1967, despierta entre los críticos reacciones fuertes, muchas veces
negativas. Por otra, las opiniones positivas inmediatas o suelen ser demasiado breves o
suelen tener el aire del fanatismo, de la claque. Poco a poco, sin embargo, El otoño
del patriarca, Crónica de una muerte anunciada y ahora El amor en los tiempos del
cólera han recibido, y recibirán, una lectura adecuada. Como es también de
esperarse, dicha lectura no centrará la supuesta relación que es mínima
entre El amor y María o Pedro Páramo. Si han de hacerse
comparaciones, éstas serán con otros autores; con los grandes novelistas de los siglos
XVIII y XIX, con Defoe, Fíelding, Stendhal; con Flaubert y Tolstoi; hasta con Conrad y
Mann en el siglo XX. Pues la prosa realista, mimética, antísubjetiva de El amor dista
mucho de las experimentaciones subjetivistas de la novelística moderna, de Joyce, Woolf o
Faulkner en la tradición anglosajona; de Cortázar o Vargas Llosa, por ejemplo, en la
latinoamericana. Dista mucho, también, de otras técnicas garciamarquianas; por ejemplo,
del fluir de la conciencia que se encuentra en El otoño del patriarca.
Cada novela de García Márquez
sorprende: El otoño del patriarca por ser tan distinta de Cien años de
soledad; Crónica de una muerte anunciada por su retorno al estilo periodístico; y
ahora El amor por su carácter popular de telenovela y su maestría para invocar
esa manera tan antigua de "armar novelas". Esta novela se lee en Colombia y en
la América Latina como habían sido leídas las novelas de Charles Dickens en los países
de habla inglesa durante el siglo XIX. Uno lee para saber qué es lo que va a pasar, para
seguir el gran hilo narrativo de la pasión continua y finalmente consumada de Florentino
Ariza por Fermina Daza, del amor interrumpido por el matrimonio de más de 51 años de
Fermina y el doctor Juvenal Urbino. Uno lee por el simple placer de leer.
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Escuadra de buques en el
alto Magdalena, Girardot,
1926. |
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Otorgarle a El amor su
originalidad, su inesperado retorno a la prosa tradicional, hasta burguesa, de un
digámoslo Carrasquilla, su aparente ruptura con la obra garciamarquiana anterior,
no implica, sin embargo, el olvidarnos de los detalles de técnica, tema, y trama, los
cuales vinculan El amor con los cuentos y las novelas que la preceden. A mi modo de
ver, muchos de estos ecos conscientes del pasado son defectos en la novela, especialmente
en las primeras páginas. La repetición aquí parece ser sólo repetición, y el
resultado es inesperado: una novela de García Márquez que como indicó Antonio
Caballero en Semana (Bogotá, 9 de diciembre de 1985) empieza mal. Estas primeras
páginas parecen estar escritas desde la óptica de Cien años de Soledad, de El
otoño del patriarca, de Crónica de una muerte anunciada y hasta de La
hojarasca. Comienza El amor como había comenzado Cien años de soledad, con
el regreso a la memoria. "Era inevitable: el olor de las almendras amargas le
recordaba siempre el destino de los amores contrariados". En la novela de 1967, la
memoria frente al pelotón de fusilamiento focaliza el tema y las técnicas del texto:
resulta ser, pues, clave. Aquí la memoria introduce un episodio la muerte del
refugiado antillano Jeremiah de Saint-Amour que muy pronto desaparecerá de la
escritura y el recuerdo, tanto de los personajes principales como del narrador. Otro
detalle de Cien años: en la habitación del muerto "todo estaba preservado
del polvo por una mano diligente"; el ámbito se ve "purificado", como
había sido el cuarto de Melquíades. Sentimos aquí el idéntico calor ("el cuarto
sofocante y abigarrado") y la misma "densidad opresiva" del aire que
habíamos presenciado al comienzo de La hojarasca ". Encontrándonos,
entonces, en una situación semejante a la del principio de El otoño del patriarca: es
decir, acercándonos al lecho de muerte de un personaje, ya no principal sino más bien
secundario. Habrá, como en Crónica de una muerte anunciada, una investigación de
las causas de la muerte de un caracter; pero el proceso tiene poca relevancia para la
historia, y García Márquez pronto se olvidará de ello. Casi todas estas circunstancias
son, creo, de poca importancia para el tema del amor que ocupa la mayor parte de la
novela. ¿Por qué comenzó García Márquez de esta manera? No me lo explico. Al
principio parece haber suprimido lo cual no sucedió con Cien años de soledad ni
con El otoño del patriarca la imagen que dio origen al libro; aquella imagen que,
como ha dicho él en varias ocasiones, es tan importante que todo lo demás resulta ser
trabajo de burro. Esta imagen, le indica García Márquez a Marlise Simons, en entrevista
publicada en The New York Times Book Review (7 de abril de 1985), es la de una pareja de
ancianos huyendo en un buque; una pareja vieja y contenta bailando en la cubierta: imagen
que inspira la portada en la edición de Oveja Negra, diseñada por el hijo de García
Márquez, Gonzalo García Barcha. Afortunadamente, al cabo de algunas páginas, García
Márquez, habiendo quizá calentado la mano lo suficiente con las llamas del pasado,
encuentra la voz narrativa apropiada a su historia y termina por escribir un libro de gran
belleza, tanto de estilo como de pensamiento; una novela llena de ternura, de profundidad
humana.
"EL SECRETARIO DE LOS
ENAMORADOS"
El amor en los tiempos del cólera es
un libro de amor sobre el amor, la vejez y la muerte; un libro sin la antipatía
existencial de El otoño del patríarca, en el cual las intuiciones de la obra
anterior (en especial El coronel no tiene quién le escriba, Cien años de soledad y
El otoño del Patriarca) encuentran expresión madura y compasiva. La novela, sin
ser menos novela, llega a ser una "disertación , un ensayo sobre el amor y la vida;
tal como llega a ser La muerte de Iván Ilich de Tolstoi. Horacio, teórico del
"docere et delectare", hubiera aplaudido.
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Puente férreo sobre el
río Magdalena. 1963. (Foto Vizcaya).
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En las últimas páginas vemos a
Florentino Ariza y Fermina Daza él con casi ochenta años y ella con cuatro
menos amantes de verdad por primera vez, decididos a viajar "toda la vida"
por el río Magdalena, subiendo hasta La Dorada y bajando otra vez; y dispuestos a bailar
toda la vida en la cubierta del vapor y a hacer el amor todas las noches; el amor no
consumado unos "cincuenta y tres años, siete meses y once días" (pág. 473)
antes. "Amor vincit omnia", decían los poetas, y aquí, como posiblemente en
aquellos otros tiempos de otros cóleras, es al fin el amor que triunfa; es, podría
decirse, el protagonista principal de la novela: el amor en todas sus gamas.
Los críticos han advertido las diversas
formas del amor en la novela. Han notado el amor entre viejos, entre adolescentes, entre
hombre viejo y virgen joven, el amor con prostitutas, el amor fiel y el infiel, el amor
epistolario, el amor platónico, el amor con las negras o las mulatas, el amor como
masoquismo, el amor como total obsesión física, el amor a larga distancia y de cerca.
Leemos, también, sobre las posiciones para hacerlo, algunas extraordinarias: la postura
del misionero, la de la bicicleta de mar, la del pollo a la parrilla, la del ángel
descuartizado (pág. 208): es casi un Kama Sutra colombiano. Presenciamos, además,
las variantes principales en las relaciones amorosas; todas menos como indica
Enrique Fernández en su reseña en The Village Voice (diciembre de 1986) el amor
homosexual, aunque Florentino tiene fama de "marica tímido" (pág. 251; véanse
las alusiones en las págs. 271, 363, 385, 413, etc.). Pero lo importante, me
parece, es menos el criticar la presencia o ausencia de cierta manera de amar y más el
entender o el reconocer que García Márquez retrata el amor sin la idealización de un
Jorge Isaacs. Reconocemos que así es la pasión física en los años ochenta; así el
amor en los matrimonios a los cincuenta; así la pasión entre adolescentes; así la
locura que nos parte el alma; así, en fin, el corazón humano. García Márquez ha
escrito lo que escribió Florentino: un "Secretario de los Enamorados" (págs.
236 y sigs.).
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Mapa del río Magdalena
desde su desembocadura hasta más arriba de la ciudad de
Mariquita, dibujado por el oidor de la audiencia de Santa Fe, Luis Enríquez en 1601.
Original en el archivo de Indias. Sevilla. Tomado del libro El Río Grande de la Magdalena |
Esta intención casi
taxonómica de clasificar la pluralidad del amor, de utilizarla para "armar la
novela", se observa especialmente en los pronunciamientos aforísticos, en los
discursos, o en los adjetivos que lo describen. Por medio de sus personajes, García
Márquez presenta a veces con ironía varias concepciones del amor. "No
hay mayor gloria dice Florentino, alterando un aforismo famoso que morir por
amor" (pág. 116). Hildebranda, por ejemplo, prima de Fermina, tiene una idea
universal del amor, y piensa que cualquier cosa que le pase a uno afecta todos los amores
del mundo entero (págs. 178-179). 0 Florentino, más de una vez, opina "que nada de
lo que se haga en la cama es inmoral si contribuye a perpetuar el amor" (pág. 209).
Sara Noriega, amante de Florentino, se imagina que "todo lo que hicieran desnudos era
amor: amor del alma de la cintura para arriba y amor del cuerpo de la cintura para
abajo" (pág. 273). 0, en su segundo enamoramiento epistolar con Fermina, Florentino
sabe que está enseñándole por primera vez en la vida a "pensar en el amor como un
estado de gracia que no era un medio para nada sino un origen y un fin en sí mismo"
(pág. 400). Vemos el amor como un cataclismo (pág. 80), una enfermedad (pág. 83), un
susto y una ansiedad (pág. 85), un martirio (pág. 89), una locura (pág. 92), un
incendio (pág. 98), un dolor del corazón (pág. 107), una fiebre (pág. 134), algo
ilusorio (pág. 197), el cólera (págs. 299, 416, etc.), un renacimiento (pág. 416), un
acto tranquilo y sano (pág. 469).
La tendencia a la taxonomía en García
Márquez no destruye el hilo narrativo de la novela. Esta, como muchas historias de amor,
se construye a partir del triángulo amoroso; pero se distingue de muchas, o de todas las
historias, por el carácter extraordinario del triángulo. Durante la mayor parte del
libro el triángulo es sólo imaginado; es decir, no existe para los tres protagonistas, o
siquiera para dos de ellos, a la vez. El único para quien el triángulo será algo
siempre presente y vivo es Florentino, "feo y triste, pero todo amor" (pág.
179), como dice Hildebranda. El doctor Juvenal Urbino, por su parte, casi ni sabe de la
existencia de Florentino, y cuando Hildebranda le cuenta algo sobre las relaciones que
habían existido entre Florentino y Fermina, el doctor o no entiende o ignora las
noticias. Y Fermina se olvida, o parece olvidarse, de Florentino por unos cincuenta años.
Mientras vive el esposo, Florentino es para ella una mera sombra (págs. 280, 292, 387,
413), algo sin cuerpo, sin sustancia. Al morirse el esposo, este se convierte en espectro,
en presencia imaginaria, mientras que Florentino, por primera vez en unos cincuenta años,
cobra peso, se "incorpora" a la mente de Fermina. De una forma u otra, la
existencia de este triángulo, imaginario o real, controla la totalidad de la novela;
está presente durante todo el tiempo de la narración; es decir, desde el día de la
muerte del doctor Juvenal Urbino y la noche de la declaración de amor y fidelidad de
Florentino a Fermina, 51 años, 9 meses y 4 días después de haberse terminado su
"noviazgo"; hasta aquel momento, 53 años, 7 meses y 11 días después, en que
Florentino toma la decisión de viajar toda la vida con Fermina en el barco, bajo la
protección de la bandera del cólera. Todo el pasado de los personajes surge de la
memoria; de los recuerdos evocados por los sucesos que ocurren durante estos 2 años, 9
meses y 8 días.
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Río Magdalena entre Honda y
Carare con las
diferentes poblaciones y afluentes. Dibujo
esquemático elaborado en 1737.
Original 31 x 18 cms.
Se conserva en el Archivo Nacional.
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"LAS MATADURAS DE
LA VIDA"
El amor principal en esta novela es, como
bien se sabe, el amor en la vejez, ya cuando el acto físico se ha convertido para
muchos en memoria, en nostalgia. Aquí el amor borrado por el paso de los años y la
declinación del cuerpo semeja el cólera morbo, superado éste creemos por los
avances de la ciencia. Pero ambos, el amor gerontológico y el cólera, surgen de nuevo,
existen, obsesionan. Los filósofos y los poetas han hablado del amor y la vejez, unos en
contra, otros en pro, y algunos simplemente agónicos ante lo inevitable. Por ejemplo, en
los primeros párrafos de la República de Platón, Sócrates y sus discípulos, en
la casa de Céfalo, hombre ya viejo, le hacen a éste algunas preguntas sobre la vejez.
Una de las ventajas de la vejez, contesta Céfalo, es haberse librado de la pasión y así
haber encontrado la calma y la libertad, pues la pasión es un "maestro loco y
furioso". Esta perspectiva es la que dominará en el estoicismo pero no en García
Márquez, partidario del amor a toda edad y en toda época. García Márquez reconoce lo
que había reconocido T. S. Eliot, pero sin su negación puritanista. "Midwinter
spring is its own season", había escrito éste en su último cuarteto: la primavera
en pleno invierno es una estación por sí misma.
García Márquez reconoce, y lo ha
mencionado en entrevistas, las aportaciones de Simone de Beauvoir a la gerontología en La
vieillesse. Para ella la vejez es algo sumamente complicado, con sus trastornos del
cuerpo y del corazón, sus vanidades, sus dolores, su soledad, su existencia a la orilla
del mar, a cuyas aguas llegan, como rimaba Jorge Manrique, los ríos de todas nuestras
vidas. Cara a cara con este fin, con la vejez y la muerte, García Márquez no desespera.
Rechaza el pesimismo y la agonía de un Ronsard:
Je n ai plus que des os, un
squelette je semble
Décharné, dénervé, démusclé, dépouplé,
Que le trait de la mort sans pardon a frappé.
Je n ose voir mes bras de peur queje ne tremble.
No tengo más que huesos, parezco un
esqueleto
Sin carne, sin nervios, sin músculos, sin tuétano,
Golpeado por el sello de la muerte imperdonable.
No me atrevo a ver los brazos por miedo a
estremecerme.
(Traducción de M. Palencia-Roth).
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Desembocadura del río
Magdalena elaborado en 1824 por el
piloto-cartográfico de la fragata Fidelidad.
Original 40 x 51 cms.
Se conserva en el Archivo Nacional.
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Amor y vejez. Casi desde el
comienzo de su carrera, a García Márquez le ha preocupado el fenómeno de la vejez;
preocupación debida, intuimos, al haber vivido, de niño, con los abuelos en Aracataca.
Pensemos en el abuelo de La hojarasca, o en el viejo coronel de El coronel no
tiene quien le escriba, o en el coronel Aureliano Buendía con sus pescaditos de oro y
su pacto con la soledad (el secreto, dice él, de una buena vejez, Cien años, Buenos
Aires, Editorial Sudamericana, pág. 174), o en el viejo José Arcadio Buendía, ladrando
en latín y atado al gigantesco castaño. Acordémonos de Ursula, magnífica como viuda de
Jósé Arcadio y matriarca en Macondo, fetizándose luego en vida y trastocando de tal
manera el pasado con el presente, que ambos coexisten en el mismo instante; de la Mamá
Grande, soberana absoluta del tiempo y el espacio, y a cuyos funerales asiste el
presidente de la república. Fijémonos en aquel hombre tan viejo con unas alas enormes, o
en aquel patriarca de un poder casi inconcebible pero que al fin, emperador de todo, menos
de los desgastes de la vejez y de los procesos de la muerte, encuentra su vida reducida a
las cosas más cotidianas, como la rutina nocturna de revisar los cuartos, apagar las
luces, orinar y acostarse a dormir.
Todas estas indagaciones en la vejez
integran el trasfondo de El amor en los tiempos del cólera, pero en esta novela,
García Márquez renunciando a la visión pesimista de El otoño del patriarca, escribe
de manera compasiva, benigna, enternecedora. La vejez de los personajes principales
(Juvenal, Florentino, Fermina), o inclusive de algunos menores (el tío León XII, por
ejemplo), no es árida y trágica; ni sirve sólo como preparación para la tumba. Al
contrario, en la vejez no se deja de vivir, no se deja de amar. Pero amar a estas alturas
no es amar como a los veinte, con los ojos cerrados. Este amor maduro, aunque tenga sus
locuras particulares, sus nostalgias propias, sus pasiones distintivas, es un amor con los
ojos abiertos a "las mataduras de la vida" (pág. 390). Los personajes de
García Márquez pueden verse los brazos sin temor a estremecerse. Es decir, todos menos
uno: Jeremiah de Saint Amour, suicida por "gerontofobia" (pág. 57), el
miedo a la vejez ... Su suicidio sirve de contraste con las vidas de los demás personajes
en la novela.
A algunos críticos les ha molestado esta
otra vida en la senectud, las pasiones de cuerpos en declinación. Incurren en el error de
los hijos de Fermina Daza, asombrados ante la posibilidad de que su madre, viuda y con
más de setenta años, tuviera un amante. Los hijos opinan que "el amor tenía una
edad en que empezaba a ser indecente" (pág. 445), una "cochinada"
(pág. 440). Pero el amor, según García Márquez, puede ser "decente" a toda
edad, y las páginas dedicadas a la pasión otoñal entre Florentino y Fermina impresionan
por la sensible comprensión del erotismo y el cariño entre viejos amantes. Son páginas
inolvidables, magistrales.
El secreto de estas páginas es, me
parece, algo que sienten Fermina y Florentino (y, por lo tanto, García Márquez) en el
viaje de regreso de La Dorada: "El amor era el amor en cualquier tiempo y en
cualquier parte, pero tanto más denso cuanto más cerca de la muerte" (pág. 470).
Por una parte, este amor es aquella pasión que irrumpe en la vejez. Por otra, no es sólo
la pasión; es además el amor detrás del amor, es decir, el amor a la vida. Este
también, se densifica cuanto más cerca está de la muerte. En cierto sentido, en la
vejez, "acechado por la muerte" (pág. 416), uno siente la obligación de vivir
con más atención a todo lo que queda de vida, de vivirlo con más amor. Estos
pensamientos no representan algo nuevo en García Márquez (ni, claro está, en la
literatura), pero nunca antes en sus novelas había llegado a sondarlos con tanta
profundidad.
"LOS TIEMPOS DEL
COLERA"
Todo título en García Márquez, como en
todo buen escritor, es significativo. Puede anunciar el asunto básico (la soledad, por
ejemplo), la forma narrativa (una "crónica", digamos), el personaje principal
(Blacamán, la Mamá Grande, el coronel, el patriarca), un hecho importante y simbólico
(viendo llover en Macondo). El título de la novela aquí comentada semeja el de la novela
de 1967. Ambos identifican un tema central (el amor, la soledad) e indican una extensión
temporal, sea ésta una época (como en "los tiempos del cólera") o una medida
de tiempo (como en "cien años"). En un trabajo tan condensado cual tiene que
ser esta reseña, creo que se ha comentado lo suficiente sobre "el amor". Algo
más hay que decir, sin embargo, acerca de "los tiempos del cólera".
El título, con sus ecos de los tiempos
perdidos de Proust, alude más, y se halla mayormente integrado a la temática de la
novela, que aquel sugerido por Gustavo Alvarez Gardeazábal en su reseña "El amor en
los tiempos del manatí", aunque éste capta eso sí aquella nostalgia
que baña todo el ambiente del libro. Según tengo entendido, El amor en los tiempos
del cólera no fue el título original, sino La diosa coronada, frase del
vallenato del ciego Leandro Díaz, ahora epígrafe de la novela, título del valse
"compuesto" por Florentino para Fermina (pág. 100) y, más adelante, el signo
secreto de reconocimiento entre los dos durante sus amores a larga distancia (pág. 125).
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Plano de la ciudad de
Cartagena, Gimani, La Popa y
sus alrededores. Formado por el coronel Luis Perú
de la Croix en 1823. Original 67 x 56 cms.
Original en el Archivo Nacional.
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Algunos autores Thomas Mann
en La muerte en Venecia, o Albert Camus en La peste acuden al cólera
para establecer la atmósfera o el telón de fondo temático y simbólico de su ficción.
Pero ninguno, que yo sepa, ha utilizado el cólera como evocación algo irónica,
por supuesto de un pasado idílico: aquí la vida en una ciudad de la costa caribe
de Colombia, la cual es más Cartagena que cualquier otra, aunque incluye también rasgos
de otras ciudades costeñas como Barranquilla. El contraste entre los tiempos bucólicos
de la peste y la época contemporánea de Colombia, sin peste y sin paz, es silencioso
pero siempre presente.
El cólera irradia toda la novela, pero
no, como en Mann y en Camus, con una luz negativa. El cólera no es sólo la muerte.
Representa, como ya hemos indicado, un pasado idealizado. Es, también, el amor o la causa
del amor, la condición de amor es, inclusive (al final), el signo de la protección del
amor. Veamos algunos ejemplos. Juvenal y Fermina se conocen a causa de la sospecha del
cólera, pues él, médico, pasa por su casa para examinarla porque su padre teme
erróneamente que tenga cólera (pág. 163). Fermina no sufre del cólera y
Juvenal, famoso ya como el conquistador del cólera morbo en la provincia (pág. 64),
tiene que contentarse con conquistarla a ella. Para Florentino, Fermina no sufre del
cólera; es un cólera buscado y añorado, una peste de la cual se enferma él. Todos los
síntomas del amor que siente Florentino semejan los del cólera. Aunque su madre
Tránsito diga: "de lo único que mi hijo ha estado enfermo es del cólera"
(pág. 299), ella confunde opina el narrador en seguida el cólera con el
amor. Bien podría haber dicho Tránsito lo siguiente: "de lo único que mi hijo ha
estado enfermo es del amor", una enfermedad de la cual él ha sufrido desde aquel
día en su juventud en que se enamoró de Fermina. A los ochenta años, al tratar de
visitar a Fermina por primera vez en los pasados cincuenta, Florentino se descompone
tanto, que su chofer le comenta: "Tenga cuidado, don Floro, eso parece el
cólera" (pág. 416). "Pero era según el narrador lo de
siempre": era el amor. El cólera es, en cierto sentido, símbolo de toda pasión que
se prohíbe a cualquier edad, de todo amor que la sociedad temiéndolo como si fuera
una peste incurable controla por medio de la separación, de la cuarentena. Pero el
cólera es, para García Márquez, todavía más que el símbolo de una pasión
contagiosa. Pensemos en el padre del doctor Juvenal, por ejemplo. Este, reconociéndose
moribundo a causa del cólera asiático, descubre "cuánto y con cuánta avidez
había amado la vida" (pág. 157). Escribe para su esposa y los hijos una
carta de amor de más de veinte páginas, una carta de amor a la vida. De esta manera, el
cólera profundiza en el amor a la vida; más adelante en la novela (véase la pág. 470),
lo mismo sucederá con la vejez. La muerte, el pasado, el amor, la
enfermedad, la vejez el cólera llega, en fin, a identificarse con todos los temas y
los personajes principales de la obra.
Al terminar mi libro sobre García
Márquez (Madrid, Editorial Gredos, 1984), opté por una conclusión muy tentativa, pues,
como escribí en aquel día de 1982, "! quién sabe lo que escribirá [García
Márquez] en los años venideros! ¡Quién sabe cuántas sorpresas nos queda por descubrir
en su obra, cuántos cambios de perspectiva, de tema o de estilo; en fin, cuántas
metamorfosis más! Cada obra nueva altera nuestra perspectiva sobre las anteriores"
(pág. 265). Ahora podemos clasificar El amor en los tiempos del cólera como
una de esas sorpresas. No me la anticipaba, ni en sueños. Y ni me atrevo a adelantar su
próxima sorpresa, porque la nueva novela, sin duda, lo será.
¿Un genio de las ventas, García
Márquez? Quizás. Pero es mucho más: es un filósofo de la vida, un amante.
NOTAS:
* El amor en los tiempos
del cólera, Bogotá, Editorial Oveja Negra, 1985, 473 págs. |