Poetas
y murciélagos
Poesía (1969 - 1985)
Eduardo Gómez
Tercer Mundo, Bogotá, 1985, 104 Págs.

En una previsible antología de
murciélagos que encabezara Le vampire de Baudelaire, ocuparían lugar destacado
los poemas que le dedican Eduardo Gómez y José Emilio Pacheco. El poema de Pacheco, Indagación
en torno al murciélago, es tal vez más conocido. Se encuentra en el libro No me
preguntes cómo pasa el tiempo y aparece acompañado de otras composiciones que el
poeta mexicano dedica a los cangrejos, los monos, los peces, los mosquitos, los elefantes,
los cerdos y otros animales no menos sabios ni inquietantes. En medio de este zoológico
poético, el murciélago es el animal que más llama la atención, quizás porque su cueva
evoca la caverna platónica, quizás porque algo hay en él, en su afligida existencia de
animal incomprendido por los humanos, que recuerda al tragicómico albatros
baudelaíreano. Cuando Pacheco nos dice que el murciélago "Cegatón, odia al sol. Y
la melancolía es el rasgo que define su espíritu", casi nos parece que se pone de
su parte y que además lo erige en emblema del quehacer poético.
El poema de Eduardo Gómez, El
personaje, no desprecia esa posible hermandad de murciélago y poeta, pero establece
el parentesco guiado menos por la ironía que por la cólera: "Entre los animales que
muerden se destaca el murciélago / erizado de gasas negras, / apuñalando a ciegas / la
carne de las ratas"(Págs. 16-17). El poema forma parte de su primer libro, Restauración
de la palabra (1969), y pertenece a la época en que Gómez concibe la poesía como la
urgente expresión de un deseo de liberación y en consecuencia, imagina al poeta como una
criatura iracunda y optimista al mismo tiempo. Por lo menos esto es lo que puede
concluirse del poema que da título al libro y cuyos versos finales dictaminan que
"Solamente la palabra que ponga en peligro el poder de los tiranos y los dioses / es
digna de ser pronunciada o escrita" (Pág. 38). Estas líneas fueron muy citadas en
su momento y se ocuparon de ellas críticos como Andrés Holguín, Jaime Mejía Duque y
Eduardo Camacho Guizado. Todos ellos se proponen caracterizar los rasgos de la denuncia
poética de Gómez y señalan la atmósfera urbana y nocturna de sus composiciones y el
énfasis que el poeta pone en ellas. De urbe y de noche y de frases rotundas está hecho
un mundo poético que el murciélago puede presidir cabalmente.
El segundo libro de Gómez, El
continente de los muertos (1975), comienza con un largo epígrafe de Baudelaire
(fragmentos del poema Caín y Abel) y termina con un poema lleno de esperanza que
se titula Nuestro amigo el Mesías. Así pues, los poemas iniciales se deciden por
lo más oscuro, por Caín, con el propósito de desenmascarar la moral convencional. El
libro se abre con los siguientes versos: "Diariamente alabo tu crueldad Señor / me
empeño en ver la futura salud celestial de la enfermedad / y predico resignación y goce
en la quemadura de la fiebre" (Pág. 42). Los últimos poemas, por el contrario,
enuncian la esperanza de una justicia social, pero no lo hacen de un modo feliz o
jubiloso. Su optimismo es un optimismo colérico y su esperanza la necesidad de una
iracunda compensación:
Las gentes pobres deambulan como
perros se ahogan pesadamente en el fondo de los ríos que rugen en los sótanos de
fábricas inmensas y en sus ojos severos hay un fuego escondido y en sus músculos crece
un demonio dormido.
[pags. 56]
Tanto en su rechazo a la sociedad
presente como en su anuncio de un porvenir más justo, el vigor de la voz poética impide
cualquier disensión. El poeta enuncia y denuncia las injusticias del mundo rotundamente y
sus declaraciones parecen indudables o indiscutibles, pero el énfasis que pone en ellas
es sospechoso. Su patetismo es el peor enemigo de su autoridad. El comentario de Camacho
Guizado al primer libro de Gómez sigue siendo válido para el segundo y aun para los que
vinieron después. En sus obras, Gómez "se enfrenta al mundo románticamente, o si
se quiere existencialmente con todo lo que hay en ello de individualismo
excluyente, de soledad, de aislamiento" 1. En efecto, si
en un comienzo el yo poético había querido imponer al mundo cierto rigor, una coherencia
determinada, al final acaba por sucumbir, por defender casi exclusivamente la fragilidad
de su propia coherencia delante del mundo: "unitario y erguido ante la dispersión
central de los océanos, concentrado y sibilino cuando en el denso tejido medular de la
selva, /mantengo un precario equilibrio con la ciudad antropófaga" (Pág. 52).
La consecuencia de esta postura es muy
importante en el plano estilístico, y no tanto porque en sus versos se pueda percibir la
influencia de Pablo Neruda (las influencias que un poeta recibe no lo
desacreditan
.no siempre, por lo menos), como porque al entender el yo como una
criatura singular en medio del vértigo del mundo, excluye la posibilidad de fijar un
detalle, una tarde, una emoción particular. No hay en esta poesía un objeto solo, sino
multitudes de ellos, evocados en masa, globalmente y de modo vago y general. Es como si se
renunciara a cantar una noche única e irrepetible para referirse más bien a innumerables
noches y en esa generalización rozara una noche arquetípica o universal. A fuerza de
reiterar la pluralidad de los seres esta poesía quiere ser cósmica, pero a fuerza de ser
cósmica termina por descorporeizar el mundo. Comprensivamente, Mejía Duque anota que el
criterio de Gómez "con la imagen es más distanciador que sensual, y por eso no es
extraño que a nuestros lectores les cause una impresión de lejanía y hasta de
frigidez" 2.
Las imágenes de Gómez no nos
devolverán la sensualidad de un instante perdido y quizás tampoco les podemos exigir una
minuciosidad que no corresponde a la visión de mundo en que se originan, pero en cambio
sí les podemos pedir una mayor distancia, que lleven su propia actitud poética hasta sus
últimas consecuencias. Si el criterio de Gómez con a imagen es la distancia, lo mejor de
su obra corresponde a aquellas composiciones en que la expresión de un mundo vertiginoso
ha cedido su lugar a una imagen fantástica de brujas y murciélagos mucho más alejada de
la realidad concreta. En El continente de los muertos estas imágenes fantásticas
se producen cuando el poeta enlaza la percepción de la muerte al tema del deseo, pero no
para proponer al lector un carpe diem, un "aprovecha el tiempo" que
corresponde más a la tradición clásica. En la poesía de Gómez, por el contrario, la
muerte y el deseo se confunden oscuramente; se desea el cuerpo que va a morir porque su
condición mortal enseña más intensamente su materia orgánica y es esto orgánico,
glandular efervescente, lo que más se desea: el deseo se abraza a la glándula amenazada
y le ofrece la única trascendencia posible, la de otro cuerpo. La ceremonia de brujas
declara la subversión del deseo, su fermentación en medio de la muerte:
Bajo la luna viven criaturas
invisibles en los viejos cementerios hay huellas de pezuñas, detrás de las iglesias
abrumadas de siglos se aparean las brujas con las bestias peludas.
La luna es el planeta de los agonizantes:
las suaves solteronas y los sepultureros las viejas prostitutas y los niños azules vuelan
hacia su luz como grandes libélulas y en las diáfanas noches ensombrecen los cielos como
enjambres venidos de remota Walpurgis.
[Págs. 45-46]
En 1980 Eduardo Gómez publica su tercer
libro, Movimientos sinfónicos, que representa un punto especial dentro de su
evolución literaria. En primer lugar, el libro testimonia el momento en que el poeta
adquiere conciencia de su poesía como "obra poética", es decir, como
totalidad, como mundo poético y no como simple colección de poemas. De esta manera, en
la composición que da título al libro hace un examen de lo que ha sido su poesía hasta
entonces y la disculpa o la justífica: "El comienzo del vuelo es siempre torpe / y
la tierra nos pesa por abajo y hacia abajo. / / Hablo del vuelo de la mirada penetrante,
reflexiva, / de la marcha del elegido entre elegidos a la orilla del océano" (Pág.
81). La estirpe romántica de estos versos, la alta posición que ocupa el poeta sobre el
mundo, muestra la persistencia de Gómez en una actitud poética que le fue criticada en
los primeros libros y de la cual no ha podido deshacerse todavía.
En segundo lugar, el paisaje urbano
es mucho más importante en movimientos sinfónicos que en los libros anteriores;
pero es de nuevo lo oscuro, el tema de la muerte, lo que determina el modo en que el poeta
lo percibe. La muerte se extiende por la ciudad y ya no es una muerte sola, ya no es la
muerte del otro a quien deseo, es también mi muerte, la muerte de todos, la convicción
de que todos en la ciudad estamos condenados, de que tanto la ciudad como la muerte nos
pertenecen a todos y a todos nos sumen en el anonimato y el olvido. "La paz
dice es otro sueño lo mismo que el reposo, la muerte trabaja las ciudades por
debajo / en la humedad de los sótanos y las alcantarillas" (Pág. 70).
Pero, ¿cómo conciliar ambas posturas?,
¿cómo explicar la contradicción de un poeta que, muy al modo romántico, se considera
un elegido entre elegidos al mismo tiempo que reconoce su condición anónima en las
ciudades? El viajero innumerable (1985) reitera esa problemática sin resolverla
completamente. En el primer poema el poeta se presenta como un hombre de ciudad pero
además como un ser vario, múltiple, que lo mismo puede encontrarse en un hotelucho o en
un cementerio, en un parque o en un palacio ruinoso. Igualmente, su ascendencia cultural
es numerosa y los lugares que visita le evocan a Mefistófeles, a Bolívar, a Goethe, a
Beethoven y, de nuevo, a Baudelaire, que "conversa con los vampiros y, los brujos /
en laberintos donde la luna sueña con sombras azules" (Pág. 87). Más que nunca el
poeta se sabe al borde de la dispersión, identifica su yo singular con el desorden de los
seres y las cosas innumerables, y a la vuelta de los años lo sorprende El personaje, un
aletazo de murciélago que en otro tiempo lo movió a decir su cólera frente a la
injusticia del mundo o la paradójica conjunción de la muerte y el deseo o la visión
oscura de una ciudad sentida como fatal residencia en la tierra, y que ahora le señalan
pudorosamente el lugar de una disolución no menos romántica, las últimas trazas de
quien se desvanece en la palabras. "En el bullicio de las calles dice
desesperanzadamente tu voz es una ausencia / entre fantasmas y brujos se esfuma tu
presencia" (Pág. 92).
EDUARDO JARAMILLO Z.
NOTAS:
1 Eduardo Camacho Guizado, "Restauración de la
palabra", en Magazín Dominical, El Espectador, 13 de julio de 1969, Págs. 13-14.
2 Jaime Mejía Duque, Literatura y realidad, Medellín,
Oveja Negra, 1969, Pág. 188. |