Jóvenes
a la obra
3 poetas bogotanos inéditos
G. Mallarino F., .J. C. Bayona y., .J. Villa Solano
TRITEX
Bogotá, 1986, s/ n
TEXTOS 1
M. Jursich, Claudia Díaz, R. E. Serrano, J. E. Robledo
Fundación Fumio lto/ P. U. Javeriana Bogotá, 1987, 105 Págs.
"Golpe de dados"
Vol. XV, Núm. LXXXV
Bogotá, enero-febrero 1987, 20 Págs.
¿Cómo leer los poemas de un joven
que anhela ser escritor? El inconveniente radica en no contar con un contexto (una obra
como referencia) o al menos con la bola de cristal de una gitana. ¿Una lectura benévola
o sarcástica? ¿Someterlos al fuego de las palabras y que sobrevivan los mejor dotados?
La prudencia crítica, aunque recomendable, es una manera de lavarse las manos. También
debemos orientar, emitir juicios.
La metáfora del reclutador de fútbol
puede ser en parte ilustrativa. Su trabajo consiste en asistir a cuanto
partido de Liga Amateur o de divisiones inferiores encuentre porque se aproxima,
supongamos, un Sudamericano Juvenil. Por sus ojos pasan decenas de partidos y centenares
de jugadores. El problema es cómo acertar en la elección del volante que piensa que
servirá a la Selección y además se convertirá después en revelación profesional.
Todos los volantes que ha visto patean con las dos, la tocan de taquito, hacen sombreros y
túneles y goles de media cancha. El problema es encontrar al volante,
"imaginarlo" por adelantado.
Con el lector crítico de poesía ocurre
algo similar. Pero antes dos salvedades: (1) la literatura no tiene como meta
ningún tipo de campeonato ni concurso, y (2) la validez poética no se mide según
la cantidad de triunfos "profesionales" (no por libros publicados ni por número
de lectores ni de reseñas un poeta será mejor que otro). La radical diferencia consiste
en que el lector tiene que evaluar a cada uno de los aspirantes con cautela pero sin
condescendencia. En poesía difícilmente se puede apostar con la mano en la parrilla y
tal vez apostar sea un verbo un tanto mercantilista que no debería emplear. Pero
tampoco hay que tenerle miedo. Recordemos, por ejemplo, que a los 20 años Vicente
Huidobro era un joven que escribía mala poesía. Y después se destapó. ¿Gracias a
qué? Eso es lo imposible de medir para el crítico, en quien surge la disyuntiva. ¿Leer
teniendo en mente la intención de encontrar al poeta? ¿Leer con pinzas y algodón
a cada promesa porque nunca se sabe cuándo ni por qué causas brincará el genio como
una ardilla con diamantes en lugar de bellotas? Hasta el día de hoy se le arruga el humor
a Luis Alberto Sánchez cuando alguien le recuerda lo que escribió sobre un ya no tan
joven poeta llamado César Vallejo. Y ni qué decir de Clemente Palma, hijo de don
Ricardo, que le mandó unas líneas a Vallejo diciéndole que era una "vergüenza
para la comunidad trujillana". Bueno, los ejemplos bastan y sobran.
Me encuentro frente a muestras de diez
poetas y un cuentista (el pichón del grupo: 19 años). Decido, pues, buscar un término
medio para mi lectura procurando dar a los césares lo que no sabemos todavía si les
corresponderá. Cordialidad, sí, pero su pizca de amargo de angostura.
En 3 poetas bogotanos inéditos hay
una producción bastante homogénea, en la que cada prólogo aspira a dar un toque de
sabor porque se juzga desde una postura que tiene mucho de norma. Así como existe el
Instituto Caro y Cuervo, también hace sentir su presencia una invisible Institución que
parece compartir las nociones que del Arte Poética puede tener el Diccionario de la Real
Academia. Gonzalo Mallarino Flórez (1958) posee dominio del verso aunque aún
comparte el problema del poeta joven (ya no tan joven, por cierto, si hemos de creer en lo
que Ezra Pound decía sobre la treintena) a la caza de un espacio inconfundible. La
naturaleza cobra vida animada por un aliento más literario que vital: "El pino
levanta / sus verdes alturas / en medio del campo fatigado..." (MOMENTO
DE LA SABANA). De otro lado existe un sentimiento amoroso que bordea el sentimentalismo: "No
me perdono nada / después de ti; / te estás llevando mi paz... "(SILENCIO).
Entre ambos temas hay una pausa que los vuelve casi independientes. El caso del poema
MARIA puede ayudar a comprender, desde mi punto de vista, la situación. Para Hernando
Caro Mendoza el poema no es "del todo satisfactorio, tal vez por falta de
distanciamiento artístico". No discutiré su juicio, pero creo que en ese poema el
autor tiene en sus manos la posibilidad de anudar ambas percepciones: el mundo natural y
el personal. No es un gran poema, indudablemente. Pero ahí anida la sorpresa, un elemento
nada desdeñable poéticamente hablando. Riesgo, aventura con el lenguaje.
Los poemas de amor (Nueve Bocetos) de J.
C. Bayona Vargas (1959) tienen lo que se dice "factura decorosa". Sus temas son
el tiempo y el olvido. Pero el lado interesante de su poesía es el que se autopregunta
por la función de escribir: "No volveremos jamás el barro que antes fuimos
/tampoco al vaticinio del tiempo o la memoria sirve / que no se engaña a nadie /
la poesía únicamente es el oficio de estar solo "(OFICIO POETICO). Del mismo
modo que con Mallarino Flórez, aquí el prologuista opina que el poema NADA COMO LA NOCHE
es "prosaico y poco convincente". Y de inmediato califica el primer verso de
"inquietante": "La gente empieza a buscarse por las mañanas..." Al
parecer lo que le exige el prologuista a ambos poetas tiene que ver con la
"factura" del poema: el decoro, la "impecabilidad" sintáctica y
semántica. Curiosamente también, el poema de Bayona Vargas es un intento por explorar
tímidamente, no lo dudo una cotídianidad en el verso y por lo tanto
una posibilidad de búsqueda. Es como decir que las tortas sólo pueden ser de chocolate.
Jaime Villa Solano (1960) es el hábil
artesano que está en una etapa de ansiosa búsqueda. Por un lado, la cosa hispánica con
su cantaletita inconfundible (GEOGRAFICAS y QUE TIENEN LAS DAMAS); por otro, cierta
ironía de vena anglosajona (". . . la poesía de amor es lírica de burdel, /
James Joyce respondería" HERMANOS). De aquí brotan el humor y ese
gusto por el juego de palabras: "A fuerza de querer ser lúdicos / nos
volvimos lódicos" (DISTICOS). El problema irrumpe cuando el corazón toma la
palabra. Entonces vemos que la destreza verbal (con los infaltables haikús, por ejemplo)
había estado al servicio de su malabarismo y punto. Ahí muestra dónde le aprieta el
zapato. Villa Solano tiene una serie de poemas (del 44 al 48 en la edición) que se nutren
de un sentimentalismo que niega de plano toda la burla y el efecto simpático de un poema
como GLOSANDO A VILLON. Este sentimiento, llevado a una reflexión filosófica, da como
resultado un poema que suena a Rilke, con sus buenos versos además: ". . . el
pecho o el lento trabajo de la uña / no se interrogan y uno siente su mudez" (NO
SUPO DEL SOL LA HOJA PEQUEÑA...)
Sospecho que Villa Solano tiene ante sí
el reto de todo buen aprendiz: sacarle el máximo de provecho a un maestro y seguir
su propio rumbo. Por el momento debe decidir a qué lenguaje rendirle culto.
Textos 1 lleva unas palabras
preliminares de Mariano Troncoso. De alguna manera el prólogo ayuda a situar a los cuatro
jóvenes como escritores del Taller de la Javeriana. Esto explica el que varios poemas (y
los tres cuentos) tengan ese sello tan característico del Taller: la perfección
artificial.
Finisterre, de Mario Jursich
(1964), está constituido por ejercicios típicos de un Taller: escritura pensada como
tal, con algunos ejemplos muy buenos (cf. AUGURIO, p. 24). Y sus poemas en prosa
demuestran que el autor tiene oído. Pero las fuentes no están articuladas todavía. Hay
ecos de Jorge Guillén. Pero también hay un énfasis nada recomendable: ..... oficiante
/ que mueve los vasos /como si ordenara un ajedrez de oscuro sino"(p. 27).
Claudia Díaz (1963) ha demarcado su
poética a través de la descripción del acto de escribir. En este sentido nos muestra
una talentosa experiencia, porque gran parte de sus poemas son posibles respuestas a una
pregunta desconocida. Indagación: "no pensar en el sitio ahora solitario / no
pensar a quién ahora esta palabra / a quién ahora responder" (Pág. 38).
Hay una imagen bellísima que habla por sí sola: "ordenar las letras / como
el niño que escarba entre la arena / mirando deleitado su castillo" (Pág.
48). Por aquí está la puerta, indudablemente. Y Claudia Díaz lo sabe. El único peligro
de interrogar al lenguaje sin contar con una obra que sostenga como un andamio cada una de
las incursiones, es que de manera fácil se puede caer en el sin sentido. Es lo que pasa
con los jóvenes fascinados con los poemas finales de Paul Celan: les cuesta comprender
que detrás de esos gestos lingüísticos había cajones de borradores. Para llegar al
silencio (y al suicidio) había que escribir mucho. De ningún modo sugiero que este sea
el caso de la poesía de C. Diaz, pero creo que en conjunto Las manos en los ojos, donde
vista y tacto son formas de escribir, denota cierta propensión al respecto. Lo intuye
Díaz también: "mirar de nuevo adelante / pisar el nombre de un día ya
lejano" (Pág. 54).
Rymel E. Serrano (1958) se debate entre
la experimentación "a lo Horacio Morell" (alter ego de Eduardo Chirinos, salvo
que exista en Colombia otro Morell) y una temática muy literaria en el mal sentido, con
combinaciones de las que debería huir ipso facto: "pozos negros" "negros
pañuelos" "llanto a oscuras": Es interesante, en cambio, la sensación
de encierro y el partido poético que podría sacar de ella en el futuro: "Me
recluyo en la alcoba: / juego a holgazanear" (Pág. 76). Esto es algo que
trabaja con éxito el segundo libro de Chirinos: Crónicas de un ocioso 1983.
La concentración puede ser uno de los fuertes de Serrano, siempre y cuando se libre de
cierto aroma vallejiano que siempre en los seguidores se vuelve colonia barata.
Los tres cuentos de J. F. Robledo (1968)
tienen la calidad sintáctica que admiraría cualquier académico de la lengua. En cambio
su relación con la literatura es casi esclavista, y no porque Borges se note mucho. Es
que todavía el narrador concibe el quehacer literario en términos sumamente idealistas.
Es un principiante con una gran cualidad: no escribe mal. Pero cuidado
se nota que ha vivido mucho menos de lo que ha leído. Claro, y acá los vivazos de
siempre preguntarían: ¿acaso Borges no decía que las grandes aventuras de su vida
ocurrieron en su Biblioteca? Pero esto es como decir que para llegar a ser Pelé los
niños deben ser pobres y jugar a la pelota descalzos en la calle.
Finalmente, en la revista "Golpe de
dados" vienen cuatro poetas nacidos en los sesentas. Así son presentados por Darío
Jaramillo: ..... aquellos que están más cerca de descubrir nuevas formas de alucinación
y por lo mismo aquéllos que tienen más derecho a inventar sus propias
equivocaciones". No puedo dejar de pensar en los recuerdos de juventud de Alvaro
Mutis acerca de la distribución de las mesas en un Café bogotano. Allí se disponían o
se ubicaban diferentes grupos de poetas consagrados y alrededor la avalancha de los
aspirantes. Había que esperar el turno y tarde o temprano un nuevo grupo se acomodaría
en algún lugar. O tal vez un joven recibiría la llamada de un poeta mayor o una palmada
en el hombro (o, mejor, en su manuscrito). Pero en el caso de estos jóvenes, la
aspiración a ocupar un lugar de preferencia es proporcional a la dedicación y el empeño
que pongan en cada escritura. Tal vez la analogía conveniente sea la de los espacios
consagrados a la hora de la salida del colegio. Los del último año de secundaria
elegían la esquina, es decir, la puerta de la bodega, cerca de los cigarrillos. Y de ahí
para abajo, hasta tercero de secundaria, digamos, cada promoción tenía un lugar
inviolable, el "templo" después de las clases. Y por cierto que hay diferencias
entre un muchacho de Tercero y uno de Quinto; a esa edad, un par de años pesan como
sandías. Pero el tiempo es el aderezo para tales diferencias que, en el fondo, son
pasajeramente biológicas. En materia poética la edad cuenta muy poco. Pero otro cantar
es la formación, donde sí se mezclan aspectos de toda índole, desde los
personales hasta los literarios. Así, pues, la lucha de cada uno de estos poetas será la
de clarificar sus materiales de trabajo. Terminemos.
En este número de "Golpe de
dados" sólo podemos leer cuatro o cinco poemas por persona. Por ello el juicio es
más que arbitrario.
Ramón Cote (1963), pese a su juventud,
expone en sus poemas una soltura impresionante. Soltura que es ritmo, imagen, dominio
verbal. Hablando de imágenes, hay una que definiría su acto: "recaudador de
árboles". Efectivamente, la acción de registrar es el elemento que comanda esta
escritura: "No los dejes partir sin recordarles / la relación entre los
mapas / y la mendicidad de la mirada, entre el viaje y sus visiones. . .
"(Pág.4). Recolectar dentro del lenguaje. Lo que se busca, entonces, anida en el
placer de la combinación. Cote "la manya", como diríamos en Lima. Ya juega
solito en el Estadio.
H. I. Rodríguez (1963) concluye sus
poemas con un toque vanguardista buscado exprofeso: "Como estrella que ha caído
del cielo rueda su nombre en mi lengua / y enamorado espero las postales de mañana
"(Pág. 9). La intención es terminar el poema con un remate seco, al modo de los
gags de los comediantes norteamericanos. La mención no es gratuita porque
el lenguaje exteriorista proviene de la enseñanza de Pound: "Desde el cielo raso /
la bombilla de cien watios de la General Electric /inventa mis tenis con los nuevos
cordones amarillos" (Pag. 10). Y el primer poema, titulado REPROCHES, es puro
Cobo Borda (el gordo debe estar feliz con sus epígonos). Rodríguez necesita templar el
instrumento y punto.
Carlos Framb (1965) no se decide
aún a desprenderse de un lenguaje "literario" con profusión de imágenes de
distintas fuentes. Como expresa uno de sus textos en prosa, todavía su búsqueda se da en
un "elevado" nivel: "Un Cosmos, en fin, en el cual yo mismo soy
manifestación de una magia que ha precisado la exacta edad del universo hasta este
instante, en lograr la configuración irrepetible de mi rostro": Hay que bajar a
tierra, compadre.
Juan C. Sierra (1965) apuesta por
la condensación siguiendo tal vez una línea grata a la obra de J. M. Arango. No son
necesarias muchas palabras, cuando es suficiente la imagen que concentra una circunstancia
(los Signos para Arango, por ejemplo). Y en alguna imagen soplan vientos
lezamianos: "Corre la espina dorsal de un roedor / que prefirió la soledad
a la flecha" (Pág. 16).
Recapitulación final o broche. Leo a
estos jóvenes y siento a veces el denso amoniaco de la tradición o del fantasma de una
Retórica desde la cual se definen tácitamente. Hasta las salidas individuales muestran
ese respeto por los pasos a seguir en un trayecto que culmina en la aceptación por el
medio. Es el sistema expresivo que para bien o para mal va delineando el lugar
que han de ocupar los escritores. En algunos momentos de mi lectura me parecía estar
oyendo esa canción de Celia Cruz que dice: "A-sí can-ta-bá pa-pá / por los años
del cua-renta..." ¿Dónde hallar las excepciones?
Frente a países como el
Perú donde se producen obras pero donde no existe una Institución Literaria
(definásmola: red editorial / premios / revistas de poesía / secciones en los diarios /
apoyo estatal / apoyo privado / becas), el contexto colombiano semeja el paraíso. Y en
cierto sentido lo es. Pero se trata de una ventaja de doble filo. En México, por ejemplo,
donde publicar poesía o participar en concursos literarios no son cosas que sucedan a la
muerte de un obispo, hallamos un fenómeno similar al colombiano. En ambos países existe una
gran clase media poética en la que cientos de escritores escriben correcta, pulcra,
decorosamente, pero sin despegar nunca, sin lanzarse a la aventura ultraverbal de un Paz,
un Mutis. Digamos que la comodidad en términos literarios estaría asegurada
y no hay problemas de angustia (recuerde el lector que hablamos metafóricamente, por
favor). He ahí uno de los peligros. Y quizás por eso la obra de Jaime Jaramillo Escobar
parezca escandalosamente provocativa. Habría que hacer una lectura con otros
ojos del Nadaísmo y sus pretensiones truncadas. En fin, me limito a la
somera descripción de un fenómeno de la imaginación que tiene raíces amplias,
políticas. A la hora de los loros, en verdad, todo poeta está solo frente a la mortaja
que es la hoja en blanco. Y solo también para resucitar en un dos por tres con una
palabra. Esa misma.
EDGAR OHARA |