La
institución educativa en Colombia: hablan los actores
Los maestros colombianos
Rodrigo Parra Sandoval
Plaza y Janés, Bogota, 1986, 314 págs.
La escuela inconclusa
Rodrigo Parra Sandoval
Plaza y Janés, Bogotá, 1986, 187 págs.
Los paradigmas intelectuales están
en crisis. Aquellas grandes orientaciones teóricas y epistemológicas de las ciencias
sociales (marxismo, funcionalismo, estructuralismo) que, en su momento, podían
considerarse a sí mismas como explicaciones sistemáticas y autosuficientes de la
naturaleza y dinámicas de las sociedades humanas se ven progresivamente confrontadas por
una praxis histórica siempre inédita y proteica, la cual parece escaparse siempre a las
renovadas tentativas de una formalización omnicomprensiva. Por otra parte, surgen nuevos
intereses de los diversos actores sociales y, correlativamente, nuevos problemas y campos
de interés para la sociedad que suponen también nuevas perspectivas, hipótesis y
desarrollos de la actividad científica.
Del mismo modo, se preferirá un
acercamiento más atento y analítico de estructuras sociales intermedias, frente
al tradicional estudio de los grandes procesos históricos y de la dimensión
macroestructural de las sociedades, y se postulará también una pluralidad de
estrategias metodológicas, las cuales no serán concebidas como opciones antagónicas
e irreductibles, sino que la pertinencia de su utilización se postulará en relación con
los objetivos del científico social y con las características y exigencias mismas del
objeto de la investigación.
Y es dentro de estas tendencias nuevas
que se diseñan en el panorama de las ciencias sociales en muchos centros
internacionales del desarrollo científico, así como en la América
Latina y en Colombia en particular,
donde se inscriben, en nuestro concepto, los dos libros lanzados al mismo tiempo por la
Editorial Plaza y Janés, que aquí se comentan. Corresponden ellos a la última etapa de
la ya fecunda actividad investigativa del sociólogo y novelista colombiano Rodrigo Parra
Sandoval, vinculada especialmente a lo que podría denominarse, en un sentido amplio del
término, la sociología de la educación, pero colindando, en una perspectiva que
desdeña el extremado especialísmo alcanzado por la sociología en aquellas sociedades
donde se vincula a una fragmentación extrema de las funciones profesionales y
académicas, con la sociología de las profesiones y con la sociología urbana y,
particularmente, en lo que concierne a la "escuela inconclusa", y, con la sociología
rural.
Podría señalarse en las obras
mencionadas, como hecho sobresaliente, la recusación de un esquema teórico excluyente y,
con ello, la utilización de criterios, marcos de referencia y conceptos propios de
diversas orientaciones intelectuales, así como sobre todo, una pluralidad de
aproximaciones metodológicas, último aspecto que es, quizá, el fenómeno más innovador
en estas dos obras investigativas. En especial, habría que señalar cómo el autor sabe
combinar el análisis de las grandes tendencias de evolución de la sociedad colombiana
(transición de una sociedad agraria a una sociedad capitalista, nuevos procesos de
división del trabajo, surgimiento de un desarrollo desigual que implica una redefinición
de la estructura y las relaciones regionales, emergencia de nuevos contextos sociales,
avance del proceso de urbanización y consecuente secularización de la sociedad
colombiana, aparición de nuevos grupos y clases sociales), con el estudio de nuevas
dimensiones, menos analizadas, de los procesos socioeducativos, en especial, grupos e
instituciones en el ámbito microsocial. Ellos pueden expresar, de modo más vivo y
multilateral, nuevos espacios y perspectivas que manifiestan los variables y múltiples
efectos de la sociedad sobre los individuos, implicando un mayor acento en la cotidianidad,
transcendida y recreada como objeto válido de las ciencias sociales, así como el
interés por la percepción, en profundidad, de las vivencias y la concreta
interacción de los actores sociales, concebidos de modo simultáneo como portadores de
roles institucionalizados y como sujetos que expresan, en su dimensión existencial,
actitudes y comportamientos que no son ciertamente reductibles a sus estructura normativas
de roles. Esta actitud investigativa exigirá, en particular, integrar la tradición y las
técnicas del método etnográfico al análisis tradicionalmente sociológico de
los diversos grupos, contextos e instituciones, en donde adquiere, ciertamente, sentido y
proyección esta dimensión más analítica e interiorista de los hechos y fenómenos de
la educación.
El primer capítulo de Los maestros
colombianos, titulado "Bases sociales para la formación de los maestros
colombianos", con la colaboración de María Elvira Carvajal, expresa claramente la
posibilidad y riqueza de la combinación de una perspectiva macro y microsocial, al mismo
tiempo que los rendimientos intelectuales de la utilización imaginativa de las
estadísticas y del método tradicional de la encuesta, complementado con un acercamiento
de índole más etnográfica y, de este modo, cualitativa. Los autores buscan aquí
comprender al actor principal (muchas veces soslayado), de los procesos educativos: el maestro,
en una perspectiva que aporta a un capítulo escasamente desarrollado de la
sociología en nuestro país, el de la sociología de las profesiones, buscando, a su vez,
indagar por la relación existente entre la educación conferida a los maestros en las
escuelas normalistas y su adecuación a los diversos contextos socioeconómicos existentes
en el país: economías campesinas, economías de agricultura industrial, economías
cafeteras, contexto urbano industrial, contexto urbano marginal. Se enfatiza aquí, como
una idea central que recorrerá los dos libros comentados, el hecho de la inadecuación
existente entre un currículo único existente para las diversas escuelas urbanas y
rurales en el país, que cumpliría las funciones de homogenización e integración
nacionales, y la necesaria adaptación a las necesidades y exigencias cambiantes de
los diversos contextos sociales, en donde se sitúan las instituciones educativas
colombianas. De hecho, como se señalará a lo largo de estos dos textos, los currículos
educativos parten de las necesidades y requerimientos de los contextos modernos urbano
industriales, haciendo hincapié en las actitudes, conocimientos y destrezas necesarios
para desarrollarse laboral, social y psicológicamente, en estos contextos societarios.
En el segundo capítulo del libro
comentado, "La profesión del maestro y el desarrollo nacional", los autores
realizan "un primer sondeo sobre algunos aspectos de la profesión del maestro como
se presenta en Colombia a partir de preguntas básicas sobre la naturaleza del currículo
de primaria y la capacitación del docente y su relación con el proceso de desarrollo que
experimenta la sociedad nacional" (Pág. 82).
Es en el análisis de la imagen social
del maestro, en relación con su práctica en los diferentes ámbitos sociales, donde
se encuentra la parte más sugestiva e innovadora de este capítulo. Es así como se pone
énfasis en la contradicción entre la imagen "sagrada" de la profesión del
docente, que hace hincapié en su papel vocacional, ético y altruista, y la imagen
"secularizada" (para usar dos conceptos popularizados por Howard Becker), que
"tendería a ubicar la imagen del educador como una actividad profesional con
obligaciones definidas y contenidas en la función misma" (Pág. 122), lo cual se
expresaría como la ruptura entre la imagen, los conocimientos y la práctica
social del docente colombiano. Estas contradicciones, vistas en un plano social y
psicológico, se manifestarían en la propia percepción de los maestros, quienes
mayoritariamente, incluso en los contextos urbanos, tienden a concebir su imagen de manera
"sagrada", lo cual se contrapone a la secularización inherente a su propia
experiencia en sus lugares de estudio (predominantemente urbanos) y a su mismo proceso de
socialización educativa, que expresaría valores contrarios al carácter sagrado de la
profesión. A su vez, el maestro, dada la desvalorización económica y social de
su actividad en los últimos decenios, tiende a procurarse ingresos complementarios a
los de su labor docente, cuando no busca una ocupación diferente, lo que refuerza la
crisis de la imagen legitimadora y valorizadora, social y psicológicamente, que tiene de
su profesión.
En el capítulo final de este denso
y sugerente libro, realizado en colaboración con Leonor Zubieta y Olga Lucía González
"Maestros de maestros", se vuelve sobre el problema nodal de la
formación de los docentes, pero en este caso en una perspectiva más decididamente
etnográfica, "en un intento por reubicar su centro de atención desde las
estructuras sociales y la búsqueda de las leyes que regulan la dinámica social hacia la
necesidad de responder a las preguntas: ¿Cómo vive la sociedad en el individuo?; esta
estructura de significados: ¿qué tipo de conductas y de interacción origina?"
(Pág. 171).
Los autores vinculan imaginativamente el
énfasis institucionalista, implícito en el estructural-funcionalismo, con la
concepción dramatúrgica de Erwin Goffman, popularizada en los últimos decenios
en los Estados Unidos, para concebir una Escuela Normal situada en el municipio de Ocobo
(Cundinamarca), como un híbrido entre comunidad vivencial e institución
formal, sacando a flote no solamente los roles institucionalmente regulados de los
diversos autores, sino también aquellos elementos expresivos, reprimidos en
ciertos contextos formales. Se reconstituye, así, el funcionamiento cotidiano de la
institución, las diversas formas de interacción de sus actores, la diferencia entre la
normatividad interna y el funcionamiento real, la organización social de la escuela, la
cultura institucional y, finalmente, la propia visión de los actores envueltos en este
proceso.
Se percibe de este rico y multilateral
análisis una clara discontinuidad entre los elementos de la teoría pedagógica y
la práctica efectiva, lo que se expresa en la reproducción de una actividad educativa en
donde la asimilación de la disciplina puede reducirse a los aspectos más formales de la
personalidad y de la vida, y el aprendizaje se basa en la sumisión y en el poder derivado
del rol dominante del maestro, lo que lleva a la incapacidad de interesar al alumno de una
manera espontánea, de acuerdo con sus intereses y motivaciones, reforzando una práctica
educacional basada únicamente en premios y castigos. Ello supone la carencia del diálogo
maestro-alumno, con lo que se establece una relación vertical fundamentada en la
postulación de verdades establecidas, impidiendo con ello una educación creativa y
autoactiva.
En el segundo texto del autor, La
escuela inconclusa, se abordan de modo más específico los problemas de la educación
rural en el país. De nuevo aparece el cuestionamiento epistemológico del papel
omnisciente del investigador social. En este verdadero "descentramiento" del
cometido del investigador, al dar voz y autoridad a los maestros mismos y a los
estudiantes, acaso contribuya no sólo la crisis de una concepción objetivista,
autoritaria e institucionalista del quehacer científico, sino también
(recuérdese que el autor alterna sus labores de sociólogo con las de narrador de
ficción), la propia dilución en la literatura moderna del narrador externo y omnisciente,
para dar lugar a verdaderas obras "polifónicas", en donde aparece una
multiplicidad de perspectivas, reconstituidas a través de los pensamientos y las voces de
todos los actores que son partícipes del universo de la novela. En uno y otro caso
(¿problema común para una sociología de la ciencia y de la literatura?), registramos
una concepción perspectivística, que supone el involucramiento del lector como reconstructor
de la obra científica o literaria, invitado, en el caso del libro que comentamos, a
realizar su propia interpretación de los sucesos relatados por los actores, lo cual no
sustituye, con todo, superando los azares de un empirismo populista, el papel activo y
selectivo del investigador social.
Lo que más cabría hacer resaltar en
este texto es la postulación de la discontinuidad establecida entre el proceso de socialización
primario (familiar) del niño campesino, que remite a esquemas normativos,
cognoscitivos y afectivos, conscientes o inconscientes, vinculados a un universo
socio-cultural específico y el proceso de socialización secundario (urbano),
el cual, como se ha anotado, remite a valores y concepciones propios de la sociedad
urbano-industrial.
De este modo, la funcionalidad de la
escuela campesina residiría en su papel integrador con la sociedad urbana y la comunidad
nacional, al habilitar al campesino para sus relaciones de mercado, para el vínculo más
exitoso con los agentes de la burocracia, y, sobre todo, agregaríamos nosotros, al
prepararlo para que pueda emigrar a centros urbanos, y para ocupar allí posiciones
subordinadas en la estructura social, las cuales suponen destrezas, actitudes y roles muy
diferentes de los exigidos en las sociedades campesinas.
"La educación rural en las
zonas cafeteras colombianas", último capítulo de este libro, sería, en palabras
del sociólogo Gonzalo Cataño, "el primer esfuerzo en el país por observar bajo una
perspectiva sociológica las relaciones entre la educación y la estructura social de las
áreas cafeteras". (Revista Colombiana de Educación, número 2, Bogotá, 1978, Pág.
106). En este sugerente estudio, Rodrigo Parra analiza en extensión algunas de las
tendencias cuantitativas y de las características de la educación formal y no formal en
el contexto social cafetero. El autor demostrará una clara correlación entre la
existencia predominante en las zonas cafeteras hasta mediados del presente siglo,
aproximadamente, de una propiedad rural media de tipo familiar y la circunstancia
relevante de que, desde comienzos del siglo, los departamentos más cafeteros del país
(Caldas, Antioquia y Valle), tienen la población rural más alfabetizada, al mismo tiempo
que registran las tasas de escolaridad primaria más significativas. Para explicar este
interesante fenómeno, el autor planteará que "la relación entre estructura
económica y educativa ha experimentado la intermediación de la instancia política de la
Federación [de cafeteros] y de la instancia cultural de la familia cafetera". (Pág.
101).
En efecto, la clase media rural será por
largo tiempo "la clientela política que da poder a la Federación" (Pág. 132),
en tanto que la familia cafetera aparece no sólo como demandadora de mayor nivel
educativo para sus miembros, como contraprestación de su eventual consenso ideológico y
político, sino también como receptora de la ayuda técnica de la Federación, lo cual
supone la alfabetización y ciertas destrezas y conocimientos básicos dirigidos al jefe
de familia, a su mujer y sus hijos, ya que una característica, varias veces señalada, de
la unidad familiar cafetera es la participación de todos los miembros de ésta en labores
de administración o productivas.
Podría anotarse, para finalizar, que,
ciertamente, Parra y su equipo de colaboradores señalan nuevos rumbos en la
investigación educativa en el país, centrando su interés en el maestro y observando sus
características intelectuales y sociosicológicas desde una fecunda perspectiva que
combina el análisis institucional y la inserción del individuo en los grupos de los que
forma parte, propio de estilos sociológicos de raigambre clásica con un
análisis "microscópico", el cual busca, mediante otras técnicas de
indagación, captar elementos de la subjetividad de los actores investigados, así como el
tejido vivo de su interacción cotidiana. Valdría la pena indicar, a este respecto, que
no siempre se registra en el texto una reflexión teórica y epistemológica en la que el
autor dé cuenta de cómo estos análisis, micro y macrosociológicos, pueden fecundarse
mutuamente, en la medida en que no deja de ser problemático, partiendo de la perspectiva
etnográfica, el necesario establecimiento de regularidades, generalizaciones y conceptos
de orden más universal que permitan, a su vez, señalar tendencias socioculturales
y elementos comunes a grupos, regiones, clases o contextos sociales.
Por lo demás, la innegable habilidad del
autor para vincular ambos tipos de análisis en una perspectiva complementaria no
debe disculpar a otros investigadores para replantearse los problemas no resueltos
todavía, lo que supone la integración coherente y convincente de estilos y métodos
sociológicos que, acaso, reivindican diferentes concepciones del quehacer científico.
Este problema ha de ser tenido en cuenta para quienes, partiendo de los resultados de un
trabajo investigativo largo y concienzudo, quieran obviar las dificultades, los riesgos y
las exigencias de esta promisoria, pero no por ello menos difícil y compleja, vía de
indagación sociológica.
JAIME EDUARDO JARAMILLO J. |