La imagen nazi


La propaganda totalitaria del III Reich
María Victoria Mejía Arango
Universidad de Antioquia, 1986, pág. 157.


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El tema del libro lo dice a cabalidad su título: se trata de los sistemas y formas de propaganda utilizados por el nazismo desde 1933 hasta su caída. El objetivo es estudiar la propaganda nazi apoyándose en la hipótesis de Jacques Ellul: "la propaganda, para que sea efectiva, debe ser total", pero sin quedarse en el pasado, ya que la autora quiere simultáneamente provocar una "reflexión sobre el uso de distintas estrategias, valores, técnicas y medios que se utilizan actualmente para llegar al individuo, al grupo y la masa con ideas políticas, cívicas o religiosas, pregonadas por quienes buscan engrosar la lista de adeptos a su causa y lograr, así, un mayor poder político".

El desenvolvimiento de la obra es tan directo como el mismo enunciado de los objetivos. En el prólogo propone la hipótesis de Ellul y, a continuación, en ocho capítulos muy breves, describe el uso de todos los medios, de los sistemas de difusión y formación, de los valores, técnicas psicológicas e instrumentos de motivación con que Hitler y Goebbels llegaron a todos los segmentos de la opinión. Todo para demostrar lo que se pretendía: que la propaganda nazi fue total. En el último capítulo saca las conclusiones, tanto para el caso histórico como para técnicas actuales.

Lo primero que impresiona en el libro de María Victoria Mejía es la cantidad de información recopilada sobre el tema, desde panfletos y volantes hasta cine, pasando por discursos, prensa, radio, carteles, todo queda consignado. Ese es, sin duda, el gran aporte. Las dudas, sin embargo, comienzan en ese mismo campo: ¿era necesario escribir un libro para comprobar que el nazismo utilizó todos los medios y técnicas de persuasión a su alcance? La ventaja que ofrece sobre otros escritos es que aquí queda todo muy bien organizado y en forma muy sintética.

Las dudas crecen a medida que se avanza en la lectura. Es evidente que la autora no quiere o no juzga necesario meterse en debates teóricos; simplemente acepta el postulado de que la propaganda es efectiva cuando es total y cuando se realiza en circunstancias sociales favorables. Esas circunstancias son, en la época de Hitler, el ansia alemana de recuperar el poderío perdido después de la primera guerra, el afán de borrar las humillaciones recibidas desde 1919, la fuerza que estaban adquiriendo las tesis antisemitas y anticomunistas y la depresión económica de los años treinta, factores que explican por qué Alemania "esperaba con ansiedad a alguien, un segundo mesías que la rescatara de la postración política y económica en que se hallaba sumida" (pág. 12).

Sucede que hoy en día esa teoría se juzga demasiado simple, por concebir que la relación entre los mensajes de los medios y los receptores actúa según la fórmula conductista de causa y efecto. Un debate en este sentido se echa de menos en el libro, y ese vacío es . lo que le permite sobrevalorar el alcance de los medios y de las técnicas de oratoria hasta llevarla a aceptar sin discusión el concepto de Reimann: "el nacionalsocialismo llegó a ser grande gracias a sus oradores principales" (pág. 50), de lo cual se podría colegir que todo se reduce al dominio de unas técnicas: "Goebbels ponía en sus discursos, tristeza, emoción, énfasis, humor, ironía, sarcasmo, histeria, amenaza, según lo exigieran las circunstancias" (pág. 49). Al simplificar tanto las cosas, se le escapan datos que podían cuestionarle el postulado inicial. En la página 73 cuenta que, cuando se estimuló a los soldados para que compusieran canciones a la patria, crearon la famosa Lilii Marlene, que "contó con el rechazo de Goebbels y con la prohibición del régimen", pese a lo cual se constituyó en una especie de himno sentimental y en un símbolo de los combatientes. Era casi elemental pensar que en ese tipo de hechos afloraba algo, una actividad de los soldados que se salía del control no sólo del poder del régimen sino de la propaganda nacionalista. Pero pensarlo implicaba tener que revisar el principio teórico sobre el cual se estaba montando la demostración.

La ambigüedad va minando el texto del libro. En la página 102 narra que la propaganda dejó de funcionar cuando comenzaron las derrotas alemanas. Para explicar esta resistencia al bombardeo persuasivo, la autora afirma que la palabra tiene que ir acompañada de la acción; si ésta falla, la primera también se derrumba. Pero páginas más adelante, en la 111, vuelve a la noción de eficacia: "a través de los mitos los nazis sustituyeron la realidad y la ajustaron a sus intereses".

Y así llegamos, por este camino zigzagueante, al capítulo de las conclusiones, que se inicia con una pregunta: "De que la propaganda política del III Reich fue totalizadora no queda la menor duda... ¿pero fue verdaderamente efectiva?". La respuesta parece tan obvia, que no se necesitaban escribir 154 páginas para encontrarla: los fracasos de la propaganda fueron los mismos fracasos político-militares.., la propaganda no pudo vencer las fuerzas externas que causaron la caída del III Reich. Al final del libro lo único que queda claro es que Hitler utilizó todos los medios de comunicación, todas las formas y técnicas de propaganda pero nos quedamos sin saber cómo funcionó la relación propaganda-sociedad más allá de la explicación mecánica que nos pinta a un Hitler y a un Goebbels malos y maquiavélicos que logran hipnotizar a un pueblo pasivo y manejable. Porque cuando se piensa en esta clase de fenómenos como relación entre causa y efecto se termina por polarizar así las fuerzas: el fuerte y el débil, el verdugo y la víctima, hasta que llega el vengador —los aliados—, que abre los ojos de las víctimas al derrotar al malo. Por fuera de este esquema queda todo lo que es aceptación activa de la sociedad y todas las formas de resistencia que se dieron en los años del nazismo.

MARTHA BOSSIO