Historia agraria


Ensayos de historia agraria colombiana
Jesús A. Bejarano A.
Fondo Editorial Cerec, Bogotá, 1987, 204 págs.


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Tres ensayos, los dos primeros ya publicados por la Universidad Nacional, respectivamente en el Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura (1983) y en la revista Cuadernos de Economía (1980), y un tercero hasta ahora inédito, intentan, al decir del autor, abrir un tema inexplorado: el desarrollo técnico de la agricultura colombiana en el largo período anterior a 1950. "Es casi nada —afirma— lo que sabemos sobre las haciendas no cafeteras, sobre la ganadería, sobre los cultivos diferentes al café, sobre las técnicas, sobre la fuerza de trabajo, sobre las políticas agrarias y aun sobre las dimensiones regionales y locales de la misma Violencia".

Desde fines de los años setenta, la historia en Colombia tomó un rumbo distinto del tradicional. La nueva concepción ha dado por llamarse, con los años, la "nueva historia", y se basa en una concepción materialista aunque profundamente crítica de las antiguas instituciones, por medio de instrumentos como la lucha de clases, que sin duda había sido hasta entonces totalmente olvidado.

Fundamentalmente es un híbrido entre la historia económica y la historia social. Esta "nueva historia" se plantea la necesidad de jerarquizar los hechos alrededor de un proceso central, "a partir preferentemente de los procesos económicos y sociales" (pág. 84).

El ensayo inicial, de título bastante extenso, "Campesinado, luchas agrarias e historia social: Notas para un balance historiográfico", investiga en primer lugar la formación del campesinado en Colombia.

Para la historia social, los anales del tercer mundo han sido en buena parte el resumen de las revoluciones campesinas, omitidas por los historiadores "tradicionales", abandonados por entero a una simple historia institucional y militar. Los problemas agrarios eran contemplados a partir de las instituciones coloniales, o bien eran subsumidos en el campo estrictamente legal. Nada se decía de hacendados, trabajadores libres o pequeños propietarios, y mucho menos se aludía a las formas posibles de mestización.

El autor intenta desmitificar la presunta "feudalidad" colonial, tomada de moldes extraños, para realzar la importancia del mestizaje y del vecindario sobre la formación del campesinado, dejando a un lado el trabajo asalariado y explorando las circunstancias aun enigmáticas por las cuales se produjo la servilización de la fuerza de trabajo y en especial de los indios, y concluye que no parece conveniente la generalización de un solo modelo para resolver la cuestión. El siglo XIX es particularmente oscuro, quizá, como lo señala Melo, porque su historia ha sido ante todo una historia política. Los campesinos de entonces parecen no existir.

La fuerza de trabajo habríase fijado alrededor de las zonas de exportación en las formas de arrendatarios, aparceros y agregados, sujeciones de naturaleza semiservil, resultantes de la escasez de mano de obra. Los aspectos claves del análisis parecen ser las diversas regiones y los diferentes períodos; por ejemplo, en el occidente cafetero con su característico trabajo familiar independiente por el sistema de "contratos", especie de aparcería sin trabajo forzoso, o en el oriente con su proceso de diferenciación social sin conexiones con la economía.

Para Bejarano, sí se quiere explicar la gran mayoría de los procesos conducentes a la creación del campesinado y hasta la misma Violencia, se ha de indagar acerca de las diferenciaciones sociales y económicas que fueron surgiendo en el interior de las haciendas.

El malestar rural que se inicia en los años veinte es por el momento materia de incipientes hipótesis y de explicaciones causales bastante débiles, que se han centrado, para justificar la rebeldía campesina, en una imaginada situación oprobiosa dentro de las haciendas. Si bien el campesino no tiene "temperamento revolucionario intrínseco" (Landsberg), el hecho es que a partir de entonces empezó a sentirse el malestar. La respuesta, para Bejarano, debe buscarse en el interior de las haciendas. Estas habríase expandido a partir de la fragmentación de viejos latifundios de origen colonial o a partir de las tierras baldías. La abundancia de éstas descartaría la lucha por la tierra como eje fundamental de los conflictos. Se ha sugerido, a pesar de no existir ningún estudio sistemático, que hacia los años veinte se agotó la frontera agrícola. También es preciso explicar cómo la acción política se introdujo en el campesinado. Se sabe que hacia esa época se dio la impugnación jurídica de la hacienda (región del Sumapaz), y en 1928 se expidió el decreto sobre baldíos que dio lugar a la formación de ligas de colonos. Simultáneamente, el naciente partido comunista comenzaba a organizar siembras clandestinas, invasiones de tierras, ligas campesinas y sindicatos agrarios. Las transformaciones agrarias durante la república liberal, con su política de parcelaciones, son un punto todavía muy oscuro. Recientemente se han revalorado los efectos de la ley 200, que habría conducido a una revancha terrateniente", que sería el núcleo de la explicación de la Violencia, tras masivas expulsiones de campesinos de las haciendas. En todo caso, las causas generalmente aceptadas de la Violencia no pueden ser válidas para todas las regiones del país donde ésta se desató (Fajardo).

Se esfuerza Bejarano en compilar la extensa bibliografía existente acerca de la Violencia para señalar, como objeto del ensayo, las "tendencias básicas de la investigación reciente" y para formular las que a su juicio deben ser las preguntas centrales del problema.

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Muchos son los modelos teóricos propuestos para caracterizar esa "guerra civil anárquica y desorientada [ . . . ] de un grado extremo de ferocidad y apasionamiento"(Hobsbawm): Expresión de la lucha de clases (Sánchez); tensión revolucionaria (Hobsbawm); instrumento de represión (Fals); subversión comunista (Ramsey); respuesta conflictiva de la sociedad feudal (Weinert); desordenada demanda de cambio (Pollock); reacción de grupos retrógrados (Posada); reacción violenta contra la monogamia y el matrimonio católico (Dix). Aplicando su modelo previo, el autor insiste en que la Violencia es una suma de procesos bien regionalizados y bien disímiles en el tiempo. Por lo demás, acepta todas las explicaciones, siempre dentro de un marco de "movilización agraria del campesinado".

El segundo ensayo, "Los estudios sobre la historia del café en Colombia", muestra cómo el café ha sido estudiado hasta ahora exclusivamente desde la perspectiva de sus efectos como impulsor del desarrollo económico. Se trata, pues, de superar una serie de ideas tradicionales: la significación del café en el comercio exterior; la pretendida "democratización" de la propiedad a raíz de la colonización antioqueña, la "equitativa" distribución del ingreso y el predominio del minifundio en el occidente, con la creación de una burguesía con empujes empresariales, entre otras, siguiendo las pautas sentadas, entre otros, por Nieto Arteta, las cuales serían pura "ideología liberal" (Palacios). Se trata de reconstruir el proceso cafetero desde el interior, con base en recientes estudios.

Nuestra historia cafetera se caracteriza por una tardía política exportadora, desalentada por previos ensayos (tabaco, quina, añil) y por un aislamiento tecnológico disociado del progreso latinoamericano a partir de 1870, llamado del "desarrollo hacia afuera", no propiamente aplicable a nuestro país, al decir del autor. La política agraria habría estado centrada, ayer y hoy, más que en él monocultivo, en la combinación de negocios, típica de nuestra idiosincrasia. Sería así mismo un mito la formación de los dos partidos con fundamento en intereses por la tierra, de manera que los terratenientes habrían dado origen al partido conservador y los comerciantes al liberal. La hegemonía política es "un grupo homogéneo que con asombrosa flexibilidad va mutando sus posiciones doctrinarias [ . . .] para hacerlas corresponder con el curso de los hechos económicos".

Deben estudiarse, pues, las formas típicas de explotación del trabajo cafetero, a saber: haciendas de arrendatarios-jornaleros, haciendas de aparceros-tabloneros y haciendas de simples aparceros. Tres características comunes ha encontrado Bejarano en los diferentes tipos de hacienda: 1. Se diferencian más por regiones que a través del tiempo; 2. Sus relaciones de trabajo son precapitalistas, opresivas y semiserviles; 3. Su poblamiento es disperso, lo que conduce a una independencia de los arrendatarios, impedidos, sin embargo, para entrar en el mercado monetario. La sociedad campesina se habría ido "autoabasteciendo" sin fondos líquidos, deteniendo el capital y creando un "capitalismo de intermediarios", hecho "esencial en la historia del país y, hasta ahora desapercibido".

Aunque la base de la colonización antioqueña haya sido el minifundio, lo cierto sería que comerciantes y grandes hacendados habrían manejado el café hasta los años veinte.

El tercer ensayo, que ocupa gran parte del libro, "La historia de las ciencias agropecuarias hasta 1950" traza de nuevo, en dos fases, la incipiente historia agraria, nacida en la segunda mitad del siglo XVIII. Es de notar que ella se halla firmemente marcada por dos hitos: las llamadas "revoluciones agrícolas". La primera de ellas, que precede a la revolución industrial, poco o nada debe a la ciencia y a los inventos mecánicos; por el contrario, la segunda, que se desata a mediados del siglo XIX como consecuencia de la revolución industrial, es en sí misma la aplicación de la ciencia y de la técnica a la agricultura. Máquinas segadoras y recolectoras aparecerán después de 1820; los estudios de Liebbig, Boussingault y Pasteur marcarán etapas de suma importancia; finalmente, tanto la parasitología como la fisiología completarán el papel definitivo de la "segunda revolución".

Teniendo en cuenta tales factores, se arranca con la historia agraria colombiana, por cierto ampliamente desconocida, para fijar un hecho altamente disociativo: ningún elemento de la segunda revolución se incorporó al país.

Con el benemérito aunque frustrado proyecto de la Expedición Botánica se puede arrancar. Aparte de algunos trabajos de Caldas, el momento más importante es la misión de Boussingault (1823), la cual, a pesar de sus esfuerzos, no dejará huella apreciable.

Una serie de intentos aislados de divulgación será la constante casi hasta nuestros días, a partir de la fundación del Cultivador Cundinamarqués, de don Rufino Cuervo (h. 1832), y de los esfuerzos de adalid de don Lorenzo María Lleras. En 1839 el presidente Márquez había ya anotado nuestra errada vocación: "Tenemos abundancia de letrados y de médicos que se aumentan de día en día, pero carecemos de suficiente número de hombres instruidos en las ciencias exactas y artes mecánicas, en la química, mineralogía, botánica y agricultura, sin las cuales no podrán desenvolverse del todo los gérmenes de la prosperidad". Eran las primeras preocupaciones por hacernos a una técnica.

Una segunda etapa se desenvuelve dentro de la economía de exportación, junto con los estériles esfuerzos por asimilar la "segunda revolución". En 1878 el expresidente Camacho Roldán trazaba un cuadro patético de nuestro atraso tecnológico. Desde años antes la Comisión Coreográfica realizaba "verdaderos diagnósticos" de las regiones. Además se creaba la Universidad Nacional (1867), incluyendo en ella una escuela de ciencias naturales. En 1856 había nacido la Academia Nacional de Ciencias. Safford ha señalado cómo por esa época se despertó un inusitado interés por la agronomía. Durante el gobierno de Julián Trujillo nacería el Departamento de Agricultura Nacional y hacia 1880 se iniciarían las hoy muy populares ferias o exposiciones agropecuarias. Pero entonces empieza a abrirse camino una ardua polémica educativa entre la enseñanza científica y la formación práctica, que se mantendrá hasta los años treinta.

¿Por qué, a pesar de tanto empuje, el fracaso? Limitaciones inherentes al subdesarrollo son explicación suficiente: precarios recursos estatales, vicisitudes políticas, bajos niveles educativos, etc.

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Entre 1870 y 1900 hay que constatar el persistente fracaso de la educación agrícola. El Instituto Nacional de Agricultura, fundado por don Juan de Dios Carrasquilla, comprobaría que la ciencia estaba por debajo del espíritu práctico, y se vería obligado a cerrar sus puertas no sólo a causa de la guerra civil en 1885, sino de la escasez de profesores, de puestos, de máquinas agrícolas y de material de ensayo.

Con el siglo XX la situación hace crisis. Uribe Uribe constataba con humor cómo "hace parte de nuestra reputación la de inteligentes versificadores". En 1913 sólo 1.015 estudiantes recibían educación universitaria profesional. Curiosamente, el mayor impulso surgiría de reformas institucionales, mediante leyes y decretos. Valga mencionar las más influyentes: institución del "día del árbol" (Decreto 491 de 1904); obligación de la enseñanza agrícola (Ley 25 de 1913); creación del Instituto Nacional de Agronomía (Ley 3 de 1914 y Decreto 123 de 1915); primera ley de fomento de la agricultura (Ley 74 de 1926) que ordenó, entre otras cosas, que los departamentos contribuyesen con el 50% a la satisfacción de las necesidades de las granjas experimentales.

Pero aún el país estaba lejos de comprometerse en acciones organizadas. La falta de demanda social de ciencia agraria en un país de estructura semifeudal y tradicionalista convocaba todos los intentos al fracaso. Los padres de familia seguían considerando "oficio plebeyo" el cultivo de la tierra.

La Misión Belga de 1915 establecería la primera escuela de agronomía en Bogotá, a pesar de las dificultades, mientras que el general Justo Berrío fundaba la que sería la base de la actual facultad de ciencias agropecuarias de la Universidad Nacional.

Pero habrá que esperar hasta fines de los años cuarenta para que se inicie la gran enseñanza de la agronomía en Colombia.

Hacia 1923 y 1924 se logró situar institucionalmente cada esfera agrícola. Su enseñanza se atribuyó al ministerio de Instrucción Pública, mientras que todo lo relativo a la investigación se adscribió al ministerio de Industrias y Agricultura.

Poca duda cabe de que con la famosa ley 200 se inició la era de las directrices agrícolas. Deben destacarse, por otra parte, la creación, en 1927, de la Federación Nacional de Cafeteros, así como el papel desempeñado por las granjas experimentales, que no ha sido debidamente valorado, en especial la de Palmira, propulsora de los cultivos de algodón y caña, sin olvidar mencionar las granjas infantiles, entre las que merece realzarse, con gran mérito, la del padre Luna.

A partir de 1940, cuando el país contaba con tres facultades de agronomía, vendría una verdadera explosión educativa agraria, que culminaría alrededor de 1960, junto con la creación de estaciones experimentales de exploración climatológica y la creación del Instituto Colombiano Agropecuario (Ica), empeñado en mejorar numerosas plantas alimenticias.

Es de anotar, ya para terminar, que la influencia estadounidense sería notable sólo a partir de los años cincuenta, canalizada sobre todo a través de la fundación Rockefeller.

La pregunta final que propone el ensayo sería: ¿qué resultados prácticos ha traído consigo la actividad investigativa? La respuesta para Bejarano estaría centrada significativamente en una época, el segundo cuarto del siglo XX, y en un espacio estrictamente regional.

En resumen, se trata de una obra de gran síntesis, acompañada por copiosa bibliografía. Pero es preciso poner en guardia contra las concepciones de corte materialista que vienen prevaleciendo dentro de la historiografía colombiana —sin pretender negar sus aportes—, no por su contenido político, sino por no considerar más que causas económicas y sociales para explicar todos los acontecimientos, olvidando factores de suma importancia en la vida de un país, entre los cuales no hay por qué desestimar los políticos, los religiosos, los institucionales o los jurídicos. A este respecto, la "nueva historia" puede ser tan viciada como la historia tradicional. Sin embargo, como toda concepción contrapuesta a la generalmente aceptada, tiene la virtud de dar en el blanco cuando de poner en tela de juicio a la otra se trata, lo cual no puede ser menos que provechoso como contribución a una visión científica. No obstante, esta visión suele caer en peticiones de principio no bien corroboradas por la experiencia. Se dan por hechos ciertos factores "inmutables" del análisis materialista, como el de la lucha de clases. Un caso típico, en la obra de Bejarano, se centra en la interpretación de la Violencia. Como hipótesis aristotélica incontrovertible se asienta que ésta fue básicamente un fenómeno de movilización campesina. A partir de entonces se buscan los "porqués", haciendo de la experiencia, como diría Francis Bacon, esclava violentada del sistema.

LUIS H. ARISTIZABAL