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En el taller, El Biombo
Latino, prepara su versión del Quijote.
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HILOS PARA
UNA HISTORIA
Los títeres en Colombia
BEATRIZ HELENA ROBLEDO
En el barco en el cual Hernán Cortés se
dirigía por primera vez al nuevo mundo, venía un titiritero. Este lo acompañó en su
viaje de México a Honduras en 1524 1
¿Qué pensarían los indígenas de este
hombre que intentaba divertirlos o, lo más seguro, enseñarles el respeto y la obediencia
a los reyes y a la Iglesia, utilizando muñecos de trapo y madera? Es probable que hayan
encontrado la remota relación con las figuras que encarnaban a sus dioses.
Si no hubiera habido ese corte tajante y
sangriento en la historia americana, lo más seguro es que contáramos con una tradición
titiritesca fuerte, continua y unida a una expresión colectiva más real. Sin embargo,
así no fueron las cosas, y buscar los orígenes es ahondar en dos vertientes: la
influencia española y las manifestaciones colectivas más propias del ritual carnavalesco
y festivo. Por ejemplo, los muñecos del carnaval de Barranquilla, los del carnaval de
Blancos y Negros y la fiesta de año nuevo en Pasto, en la que todos hacen un muñeco
gigante, que representa alguna crítica sociopolítica de lo que ha sucedido durante el
año en el país. A estos gigantes se les quema en un fuego ritual, conjurando el año
viejo y abriendo la posibilidad y la esperanza de un año mejor. En Riosucio el gran
muñeco es el diablo, cada dos años adorado y quemado al finalizar ese ritual pagano de
un pueblo esencialmente católico, mediante el cual se exorcisan todos los demonios. En la
otra variante ya se puede hablar de nombres y apellidos. Como dice Fernando González
Cajiao, la primera vez que se tiene noticia de los títeres en nuestro país es cuando
adquieren "posición social".
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| Don Juan Casola, dueño de
una compañía de espectáculos que
visitó a Colombia en 1914, y para la que Sergio Londoño
pintó los anuncios, a cambio de lo cual, según se rumora, le
dieron 14 muñecos españoles con los que empezó su
colección. (Archivo Ciro Gómez). |
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"[Fue] en 1877, en la tercera
calle de Florián de Bogotá, donde comenzó a funcionar el llamado pesebre Espina, por su
fundador Antonio Espina. Pero este primer local de títeres colombiano, no vino a adquirir
su mayor prestigio sino cuando, en 1881, Felix Merizalde decidió colaborar con otros
colegas suyos, en lo que podríamos llamar la planta del teatrillo y en la
escogencia de un repertorio acorde con los tiempos [
]
"Se inauguró con la pieza Don
Pedro Taquillas de Tirso de Molina, aunque el repertorio consistió sobre todo en
historietas sacadas de la vida real y que revelaban el íntimo contacto de los títeres
con el teatro costumbrista de la época, quizá el género más vigoroso del momento,
donde el chispazo bogotano hallaba su mejor expresión; los argumentos de las
obrillas versaban sobre los exámenes en las escuelas, los despachos parroquiales, el
seminario, la escuela militar, las sesiones del Congreso [...]
"En 1881, el pesebre Espina pasó a
funcionar en la escuela de Santa Clara, donde después se erigió el teatro Municipal de
Bogotá, demolido en 1952 durante el gobierno de Laureano Gómez, en la carrera 8a.
con calle 9a." 2
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Teatrino de Sergio Londoño,
diseñado y pintado por él, se conserva aún con sus letreros
"La crítica es fácil pero el arte no",
"Moralidad y Recreo".
(Archivo Ciro Gómez). |
Cuenta González Cajiao, basándose
en una versión del historiador José Vicente Ortega Ricaurte, que el pesebre Espina
llegó a adquirir tal reconocimiento social, que tuvo un maestro de orquesta: José María
Ponce de León, el autor de la música de la primera ópera colombiana, La Ester de
Rafael Pombo. Una famosa cantante de ópera de la época, Emilia Benic, se metió detrás
de bambalinas para conocer el funcionamiento de los muñecos y terminó cantando,
convertida en preciosa muñeca de porcelana.
En 1881, con el cese de actividades del
pesebre Espina, se pierde la huella de la historia de los títeres hasta 1914, cuando nace
en Manizales, para el bienestar del público y de los titiriteros, el genial, astuto,
borrachín y sagaz Manuelucho Sepúlveda, "la mera astilla remediana", novio de
Cuncia, solterona contrabandista de aguardiente, quien le manifestaba su amor siempre y
cuando hubiera dinero. Con ellos aparecían, además, los curas Mafafo y Asmita,
"clérigos rurales, ingenuos y bondadosos"; la Chupamuertos y la Gripa
chumacera, espantos de Manuelucho en sus guayabos; Lucifer o Belcebú, azote de
Manuelucho; María Natilla, Juaniquillo, don Absalón, Matildita, los hermanos Tarugo y
Matroca López, todos personajes que revelan la manera de ser de un pueblo, sus costumbres
y su lenguaje.
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Cartel con el que se invita
a la
función del sagaz Manuelucho (Archivo Ciro Gómez). |
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Sin siquiera sospecharlo,
Manuelucho resulta descendiente de Polichinela y demás muñecos que surgieron a partir de
la comedia del arte italiana. Manuelucho es la síntesis de una idiosincrasia. El encarna
la manera de ser del paisa andariego y malicioso, jugador, enamorado, vagabundo y
trapacero. Quienes lo conocieron vieron en él, así como en los otros muñecos que lo
acompañaban, el reflejo de su más recóndita identidad.
Su creador fue Sergio Londoño Orozco, la
historia de cuya vida se confunde con la de sus muñecos. El resulta más paisa y más
aventurero que sus propios muñecos. A la edad de dieciséis años se va de Abejorral
(Antioquia), donde había nacido en 1880. Se marcha al Casanare, donde convive con los
indígenas y aprende a preparar diferentes pócimas, lo que le servirá después, en
Manizales, para ganarse la vida y sostener dieciséis hijos, fruto de su matrimonio con
Teresa Vásquez. Combate en la guerra de los Mil Días al lado de los conservadores, como
capitán comandante de la tercera compañía del batallón Carolina, y escapa
milagrosamente de la muerte. Patrullando por el río Magdalena, enferma de paludismo, lo
que lo obliga a trasladarse a Medellín, donde ingresa en la banda de música de la
policía. Posteriormente, en 1910, se traslada a Manizales, ciudad en la que trabaja como
pintor de brocha gorda y como realizador de los avisos que anunciaban los espectáculos
del teatro El Escorial; después, teatro Olimpia.
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Sergio Londoño. creador de
Manuelucho Sepúlveda, primer titiritero colombiano de
"guiñol" o "Guante" (Foto
Germán Neira. Archivo Grupo Granito Cafecito). |
Juan Casola, director de una
compañía española de títeres que iba a presentarse en El Escorial, oye a Sergio
Londoño cantar e imitar voces, mientras pintaba los carteles de anuncio de la temporada.
Juan Casola ha descubierto un talento escondido. Lo invita a viajar con él, a formar
parte de su compañía. Sergio Londoño se niega, arguyendo su gigantesca responsabilidad
familiar. Casola insiste, invitando a la familia entera. Sin embargo, por fortuna para la
historia del teatro de títeres colombiana, Sergio Londoño rehusa rotundamente. Ante
esto, Casola le regala quince muñecos, lo cual motivó que, al cabo del tiempo, naciera
Manuelucho Sepúlveda, figura central de todas sus historias, tormento de los maridos,
motivo de redención para los curas, consuelo de las solteronas y bocado de tentaciones
para los demonios.
Como había sido pintor primitivista en
las casas de los campesinos, en las fondas de los caminos y en las cantinas de los
pueblos, pintaba los telones de cada obra, con predominio del rojo azul. El mismo
diseñaba y cosía los vestidos y fabricaba los muñecos. Realizó presentaciones en el
mismo Teatro Escorial, después en el Olimpia y más tarde en el teatro Juan Manuel, donde
valía diez centavos la entrada, a la que se encimaba agua de panela con queso y café
tinto para los mayores.
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| Manuelucho Sepúlveda, la
mera astilla remediana. (Archivo Alekos). |
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Recorrió todos los pueblos y las
veredas del viejo Caldas, acompañado de un popular loco de Manizales, "Puchas de
Agua", quien, además de pronunciar el discurso inicial, ayudaba a transportar el
teatrino, los muñecos y la utilería necesarios.
Manuelucho dejó de hablar el día en que
Sergio Londoño murió. Por fortuna, sin embargo, él y toda su gente han sobrevivido al
paso del tiempo, gracias a Sergio Londoño hijo, quien aún conserva los muñecos,
consciente del valor de estos personajes, a los que sólo les falta un soplo divino para
ir y mezclarse con el pueblo que les dio vida.
Dentro de esta corriente
de titiriteros que trabajan con el pueblo, alimentándose de sus historias para
presentarlas en un continuo deambular, hay que mencionar a Efraín Giraldo, alias "El
Zuro", oriundo de Manizales, quien antes de titiritero fue torero, y quien recorrió
toda la zona del occidente colombiano con su teatrino a cuestas. Luego aparece en el
Tolima Hugo Alvarez, llamado el Tío Conejo, porque basaba sus obras en las tradicionales
historias de este personaje popular. Los que lo conocieron cuentan que hacía unos
muñecos sin mucha elaboración, lo que llaman títere brocha. Que trabajaba para la
acción cívico-militar y que vendía muy caras sus funciones. Sin embargo, el Tío Conejo
murió pobre y olvidado en 1984.
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| Yiba y su hermano personajes
de la obra "Castigo de los amantes" pertenece
a la recolección "Mito" de Milagros Palma. Dirigida por Julia Rodríguez en
1982. Los muñecos diseñados por Ivar Dacol. Aún se conservan en el Teatro del
Parque. (Foto Alberto Sierra). |
Seguramente muchos
titiriteros recorrieron veredas y pueblos, sin que nadie lo haya registrado. Porque los
títeres quedan más en la memoria de la gente, que en los anexos explicativos del
lenguaje escrito. Son tradición oral, se nutren, a la vez que los alimentan, de quienes
tienen la suerte de toparse con ellos.
NACE EL TEATRO DEL PARQUE
En 1936 se inaugura en Bogotá el teatro
del Parque Nacional, construido específicamente para presentar marionetas, o sea títeres
movidos por medio de hilos. Los planos originales son iguales a los del teatro de los
Jardines de Luxemburgo de París, el cual fue hecho especialmente para Maurice Dudevant,
el hijo de George Sand. El del parque es un poco más grande.
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| Gabriela Samper, directora
del Teatro del Parque (1961-1964). Aquí con muñecos
construidos por Beatriz Daza. Detrás del Teatrino posiblemente sus compañeros de obra:
Carlos Muñoz, Bernardo Romero, Ernesto Aronna Dora Cadavid y otros. 1960. (Archivo
Mady Samper). |
La historia de este teatro
refleja en buena medida lo que ha ocurrido con el movimiento titiritero en Colombia:
épocas de gloria y fortuna, para caer en un olvido total. Prolongados lapsos de silencio.
El primero en dirigir las actividades del parque es el maestro Antonio Angulo, desde su
fundación, en 1936, hasta 1951. Allí funcionó la primera escuela de títeres que hubo
en Colombia, y allí se formaron los primeros titiriteros de oficio que hubo en Bogotá:
Angel Alberto Moreno y su esposa Sofía hoy directores del teatrino Don Eloy,
José Antonio Muñoz, Ernesto Aronna, etc.
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| Teatrino Don Eloy. 1955. |
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De los muñecos del maestro Angulo
se sabe poco. En la primera y única exposición nacional e internacional de títeres que
se ha realizado en nuestro país, en 1976, fue posible ver a esos pequeños pioneros del
movimiento de los hilos:
"En una sala contigua nos
encontramos con un hermoso montaje de marionetas de un mercado típicamente colombiano,
con vendedoras campesinas que cabalgan en sus caballos, aldeanos que observan las
mercaderías, en fin, un cuadro de verdadera dimensión folclórica. Son las marionetas
que pertenecieron a Antonio Angulo uno de los patriarcas de la marioneta colombiana.
"[...] Colgadas en sus hilos y con
sus flamantes ropas, pareciera que no tuvieran más de cuarenta años de
antigüedad..." 3.
En 1959 José Antonio Muñoz, recordado
por todos como "Muñocito", asume la dirección del teatro del parque.
Durante dieciocho años estuvo
coordinando un grupo estable compuesto, entre otras personas, por Ester Sarmiento, Alvaro
Ruiz, Carlos Muñoz, Carlos de la Fuente, Cecilia Muñoz, quienes presentaban obras
diariamente a los colegios y escuelas de Bogotá, y los domingos abrían la sala a los
gamines. "Llegaban en estado tan lamentable, que les entregábamos jabón y toallas
para que se lavaran la cara, las manos y los pies, ahí en la pileta del parque" 4. Era tal la acogida, que todos los domingos bajaban hasta la
séptima a esperarlos y los subían en hombros.
La compañía, como se llamaba el grupo
en ese entonces, dedicaba parte del año a viajar, realizaba giras a todas partes del
país por cuenta del ministerio de Educación, del que dependía el teatro del Parque en
ese momento. Tanto era el apoyo que, para presentarse, por ejemplo, en las primeras ferias
de Manizales, el ministerio ponía a disposición del grupo avión y todo para poder
trasladar los muñecos, cada uno de los cuales medía 120 centímetros, las cajas con el
vestuario, el puente portátil y a las catorce personas que conformaban el grupo. Eran
más de tres mil muñecos elaborados de diferentes materiales, muchos de ellos tallados en
madera por el propio Muñocito.
Cada muñeco era un personaje de un
cuento tradicional o de la cosecha del director, montado con lujo de detalles.
Los telones los pintaban los hermanos Tarazona. El teatro disponía de suficiente amplitud
y de buena dotación para albergarlos a todos: parrilla, camerinos, armarios. Todo estaba
tan bien organizado que, en algunas ocasiones, le avisaban a Muñocito que venía
por decir algo un embajador, y en media hora había sacado de los armarios
muñecos, escenografía y libretos de la obra que iba a representar. Todo se hallaba
cronometrado. Cuando interpretaban Alí Babá y los cuarenta ladrones, eran
realmente cuarenta ladrones, y para manejarlos, los colocaba en un listón grande, movido
por dos personas, de tal manera que daba la sensación de que estuvieran caminando. Cada
ladrón tenía un oficio, para que no saliera sólo a mostrarse, sino a cumplir una
función.
Empero, esta edad de oro duró apenas los
dieciocho años que Muñocito permaneció al frente del teatro del Parque. Cuando él se
retira, un poco cansado ya, para dedicarse a la radio y a la televisión, empiezan a irse
los demás, y a poblar el escenario unos seres extraños al mundo de las marionetas.
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| El diablo, la
bruja y simbad, los tres últimos muñecos que sobreviven de la colección de"Muñocito"
(Foto Rafael Baena). |
"Bueno, ¿y este puente qué
quiere decir?", exclamó el funcionario de turno. El puente de madera de cedro, que
pertenecía al diseño original del teatro, sin el cual es imposible manejar las
marionetas, fue desbaratado y enviado a la clínica San Rafael, que estaba en
construcción, y convertido en andamios. Ahí terminó el puente del teatro de marionetas
del Parque Nacional.
Eso no bastó. Los muñecos fueron
víctimas de un atropello peor. Estos seres extraños habían llegado a bailar, cantar y
recitar, por lo que decidieron desalojar a los muñecos y pidieron al ministerio de
Educación que los recogiera. Los muñecos fueron llevados a un depósito en Paloquemao.
Allí no sólo se los comieron los ratones, sino que hubo un incendio que carbonizó a
muchos de ellos.
Cuando llega el poeta Rojas a la
extensión cultural del ministerio de Educación, se entera de la historia y hace llamar a
Muñocito y a su hija Cecilia. "Qué pasó aquí?". Ellos no saben. Desde que
los dejaron en el teatro no los han vuelto a ver. Los tres van a Paloquemao. Allí están.
"Daban ganas de gritar. Nosotros los
conocíamos muy bien, convivimos con ellos durante 18 años. ¡Mire a la Caperucita Roja!
¡Mire a la Blanca Nieves!". Muñocito reconocería otros tantos. Eran tres mil.
El poeta Rojas les dijo: "Esto hay
que reconstruirlo". "Nos llevaron los cadáveres en descomposición al teatro
Colón, en una buhardilla detrás del escenario. Los metimos en arrumes a un camión"
5.
Una vez allí, comenzaron la tarea de
restauración de los telones, las escenografías y, ante todo, los muñecos.
"Me llevó tiempo reconocerlos. Con
los libretos me fui dando cuenta de cuáles faltaban. Después comencé a recordar cómo
iban vestidos". Al cabo de año y medio, allí estaban todos de nuevo. Ni el tiempo,
ni el fuego, ni los ratones parecían haberlos tocado. Después de varios años,
regresaron al teatro del parque. Aún parecía quedar espacio para ellos. Cuando iban a
comenzar de nuevo a salir, a moverse, se retiró del cargo el poeta Rojas.
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El perrito
"Miguel" y la cabrita "Luisita "personajes del
teatro de títeres "Juan Pueblo "primer festival nacional de
arte infantil. (Archivo Jairo Aníbal Niño). |
Otra vez fueron destinados a las
profundidades y colgados en el sótano. Quien reemplazó al poeta, no quiso saber nada
más de ellos. Volvía a comenzar la misma historia. Hoy en día sobreviven tres muñecos,
dos de ellos con poderes sobrenaturales: una de las tres brujas que actuaban
indistintamente en los cuentos, y el diablo. Este, con la misma mirada maliciosa que
tenía hace treinta años, cuando desempeñaba el papel de protagonista en Del cielo al
infierno, una de las muchas obras escritas por José Antonio Muñoz, y de las cuales
sólo quedan algunas en la memoria de su hija.
En 1961 asume la dirección del Teatro
del Parque Nacional Gabriela Samper. Cuando lo recibió se encontraba abandonado, ratones
y telarañas llenaban el lugar.
En compañía de Germán Moure, Hernando
Kosher, Jorge Cano y del director teatral portorriqueño Rivera, instalan el primer taller
de teatro infantil "El burrito".
Organizan un equipo de trabajo con
escenógrafo, electricista y vestuarista incluidos, para montar la obra "Sancho Panza
en la Isla de Barataria". Son tres años haciendo teatro infantil al tiempo que
Gabriela dirige y coordina un programa de títeres en la televisión nacional. Con
"El retablillo", dirigido por María Roda, con muñecos elaborados por la
ceramista Beatriz Daza, alternan las presentaciones en televisión con visitas a
diferentes pueblos del país.
Durante tres años el teatro del parque
se convirtió en un centro cultural donde se presentaban continuamente obras del grupo de
teatro infantil, programación de títeres, conciertos infantiles con la orquesta
sinfónica, charlas sobre teatro, poesía, literatura.
DE LA POLITIZACION AL ADELANTO EN
LA TECNICA
Llegan los años sesenta. El arte se
politiza y los títeres no escapan a esta influencia. Los muñecos hablan ahora de lo que
le pasa a la gente. Los titiriteros presentan sus obras en barrios populares, en escuelas,
en veredas. Recorren las regiones más apartadas. Surge la conciencia más generalizada de
que el títere necesita salir del salón y de la fiesta infantil y moverse para
alimentarse. Quienes vivieron esa época recuerdan a Jairo Aníbal Niño, con los títeres
de Juan Pueblo en Medellín. Juan Pueblo se dedica a recorrer el país. Llega a una
asamblea en Itagüí. Son cientos y cientos de trabajadores de la industria textil. En el
orden del día hay un espacio para los muñecos de Juan Pueblo. Luego van a una huelga
siderúrgica y después a Amagá. Allí están peleando por el carbón. Los muñecos de
Juan Pueblo montan cuentos sobre el carbón. Alicia en el espejo. La gente de Amagá se
mira en el reflejo de esa historia que les están contando los muñecos. Fueron títeres
de calabaza, de estropajo, de trapo. Era tan fuerte el reflejo, que los personajes de
ficción encarnaban a los personajes de la vida real, con nombres y apellidos. Los
espectadores se sentían tan dentro, que varias veces terminaron dándole garrotazos al
muñeco que hacía de malo.
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Javier Villafañe,
argentino,
llegó a Colombia en la década del 70 y marcó el movimiento
titiritero de entonces. (Archivo Beatriz Caballero). |
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Por la gracia del mito y por la
gracia del juego, Juan Pueblo también estuvo con los alfareros creando muñecos de barro.
Y también se inventó historias de amor en las que el héroe era un pescador, y la
heroína la muchacha más bella del mundo, a orillas del río Magdalena.
Con el actor iban el juglar, el músico y
el cantor. Interpretaron la música popular, la que escuchaban cuando marchaban por el
camino. Montaron corridas de toros y peleas de boxeo.
"Una vez, en Barranquilla, el héroe
era Kid Pambelé. Combatió como muñeco todos los combates y los ganó todos, por
supuesto, por nocaut técnico. En el décimo asalto teníamos que prolongar esa pelea por
la emoción. Cuando finalmente ganó Pambelé, los niños, que estaban en un patio viendo
el espectáculo, se levantaron como movidos por un resorte y cantaron el himno
nacional". 6 Durante este tiempo, Juan Pueblo
recreó la tradición oral, presenciando ese instante en que se rompen las fronteras entre
la oralidad y la literatura escrita. Una vez, presentó un cuento de Juan Rulfo. Después,
hablando con los campesinos les dijo que ese era un cuento de un escritor mexicano muy
querido e importante. Uno de ellos le contestó:
"Puede ser muy importante y querido,
pero no es un mexicano. Es de aquí y yo lo oí a él contar esos cuentos" 7.
En otro lugar, en el campo, alguien le
dijo a Juan Pueblo que no había podido olvidarse de un cuento que había oído de
muchacho. El le preguntó cuál era. "Mire, no me acuerdo del nombre, pero yo creo
que empieza así" el hombre chupó el tabaco y dijo:
"Antes de que me enamorara de mujer
alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia".
Después, entre todos, montaron La vorágine en títeres.
Cuenta Juan Pueblo que esa función se
prolongó hasta el amanecer. Cada uno se puso a hacer su muñeco y hablaron de la selva,
del llano, de La vorágine.
[
] Fue una Vorágine sumamente
extraña. Pienso que alguna vez Rivera vio esa Vorágine, y después de verla se
sentó a escribir la que ha llegado a nuestras manos" 8
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| Recortes de prensa. |
EL MOVIMIENTO DE LOS AÑOS SESENTA
Por el año 1963, en Cali, Julia
Rodríguez crea, junto con el pintor Hernando Tejada, "Tejadita", el grupo de
títeres Cocoliche, llamado así por un personaje de El retablillo de don Cristóbal de García Lorca. Tejadita tallaba los muñecos en palo de balsa. Durante tres años
montan infinidad de obras, experimentando nuevas técnicas, introduciendo por primera vez
en Colombia el títere de varilla. Julia inicia la primera escuela de teatro de muñecos
en el Instituto Popular de Cultura de Cali. Posteriormente, en el año 67, la República
Democrática Alemana la invita a que visite los teatros de muñecos. Allí tiene la
oportunidad de participar en montajes en las ciudades de Halle y Magdeburgo y de observar
los teatros de Berlín, Leipzig y los estudios cinematográficos en Dresde. Cuando regresa
crea un nuevo grupo Cocoliche, el cual, por el aporte de nuevas técnicas, influye
esencialmente en la búsqueda de los demás grupos del país. A Julia se la considera
pionera del avance técnico que logró el trabajo con muñecos durante el decenio del 70.
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Beatriz Caballero,
titiritera, directora del Teatro del parque entre 1970-1976. |
De esta época es también
Príncipe Espinoza, quien fundó en Bucaramanga el grupo de Los Búcaros y el de Mirringa.
Posteriormente, en Bogotá, forma el grupo del Centro Colombo-Americano, el cual genera un
fuerte movimiento al organizar el primer festival de títeres que se realizó en el país,
en 1966. Fernando Moncayo, ecuatoriano, quien vivió por ese entonces en Colombia, creador
del grupo de títeres La Polilla, recuerda interioridades del festival, que evidencian las
características de la época:
"Habían planteado premios; por
ejemplo, ofrecían una beca a Checoslovaquia. Los grupos con la "onda" de la
época la rechazaron, pues decían que el encuentro no debería ser competitivo, que nada
de primeros ni segundos premios. Realizaron además un microcongreso en el que se intentó
formar una primera organización de titiriteros colombianos. [. . .] Ahí estaba el
viejito Muñoz; cuando le decían que tenía que expresar la realidad política y social
del país, el viejito lloraba y decía: Ay, mis pobres muñecos haciendo
política! " 9.
Durante este festival se hicieron
los primeros intentos de llevar los títeres al cine. "Fue una presentación de
Carlos Alvarez, con música de Jorge López, basada en coplas populares de Boyacá". 10 Según Moncayo, quien participó activamente con su grupo La
Polilla, se ventilaron tres conceptos durante este primer encuentro: Muñoz, quien lloraba
porque le decían que los títeres tenían que hacer política; Beatriz Caballero, con
tendencias puristas, y el resto de los grupos, con la tendencia a buscar un contexto
social y político.
"Casi todos los grupos están
politizados. La finalidad de divertir a los niños les parece poco. Prefieren trabajar con
maestros, con obreros y emplear el muñeco como medio de expresión de un mensaje.
Personalmente, no estoy en contra de lo que quieran decir, pero pienso que descuidan la
forma para dedicarse al mensaje y acaban con toda la magia de los títeres". 11
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Aladino y la lámpara
maravillosa. Grupo Granito Cafecito (Archivo Víctor Vesga). |
Eran los vientos de la época.
Había que esperar a los años 70, al regreso de Julia Rodríguez de Checoslovaquia y su
profunda influencia, para que el teatro puramente ideologizado encaminara su búsqueda al
desarrollo técnico y estético, al encuentro de nuevas posibilidades expresivas.
"Aún estamos un poco en el guiñol
de los siglos XVII y XVIII, cuando en otras partes del mundo, en Checoslovaquia, por
ejemplo, han llegado a adelantos increíbles, mucho más abstractos, y a combinaciones de
muñecos con actores. Aquí sólo Enrique Córdoba presentó algo parecido, pero todavía
en el campo experimental". 12 De todas maneras se dieron
casos aislados de continua experimentación, como el de Fernando Ruiz Borrás, quien
trabajó un tiempo con Jairo Aníbal Niño. Cuentan que Ruiz Borrás se encerraba en su
casa a tallar los títeres de madera y se ideó un teatrino circular que ponía a
funcionar él solo. Se había inventado un sistema mediante el cual metía la mano,
actuaba y la sacaba rápidamente, dejando al títere colgado en un gancho, para pasar a
mover otro muñeco. Así iba pasando de uno en uno, poniendo con una sola mano a actuar a
varios muñecos.
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| Personaje de "hilos
mágicos" grupo bogotano. (Archivo
Ciro Gómez). |
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Dentro del agitado clima de la
época, dos marionetistas se embarcan por el mismo camino de Angulo y Muñocito: Aronna y
Manzur. Ernesto Aronna, con ese gusto por el tinto y la conversación, dedica el tiempo
que le dejan ocho rigurosas horas de trabajo de oficina a hacer el otro zapato de la
Cenicienta, a pulir la manzana de Blanca Nieves, a ponerle los dientes al lobo de
Caperucita. Lo apasiona la técnica del tejido del movimiento. Se pone detrás del
escenario. Adapta el cuento tradicional, confecciona los trajes, hace los muñecos.
Presenta, con voz y música pregrabados, los cuentos de la tradición oral universal: los
de los hermanos Grimm, Andersen, Perrault, las Mil y una Noches, pero también a Lope de
Vega, Benavente y, por supuesto a Lorca, así como óperas y zarzuelas.
Pero todo esto es en pasado, aunque
Aronna esté vivo y siga presentando sus muñecos. Lo que pasa es que ya no lo hace en esa
casa donde, a la vez que se asistía a la función, se podía admirar, en armarios con
puertas de vidrio, lo más preciado de la tradición europea: marionetas de diferentes
países, sillones, mesas, candelabros, pocillos, jarrones; en fin, la expresión cotidiana
de los siglos XVII, XVIII y XIX en miniatura.
Ahora es diferente. Aronna personifica
una de las desgracias de los titiriteros latinoamericanos: la falta de un espacio propio.
Además, su teatro no está concebido para moverse en la calle, en el espacio público. El
teatro de marionetas requiere una estructura fija, una sala. Pasó por muchas durante más
de veinticinco años, hasta que finalmente, cansado y sin apoyo, se fue con sus muñecos
para Chía. Su trabajo, como el de casi todos los titiriteros y marionetistas, no ha sido
reconocido. Anónimo, el tiempo lo situará en su lugar. Como en el juego del espejo,
Manzur realizó el sueño de Aronna. Contemporáneos, gemelos en su estilo, a Aronna se le
va la vida en su pasión más profunda, en tanto Manzur gana éxito y reconocimiento.
Comenzó en la sala de su casa. Alguien compra la casa y le cede un espacio para el
teatro. En 1954 la biblioteca Piloto de Medellín le presta la sala para hacer un ensayo
de ópera y zarzuela.
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Jorge Pérez, actor y
director del grupo la Fanfarria en la
obra "El Comilón, don Pantagruel".
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"En esa época se conocían
poco los espectáculos de la zarzuela. Cuando venían compañías, les averiguaba sobre la
vida de la zarzuela. Como yo me había criado en España, tenía esa inquietud. ¡Fue un
bombazo! Le sacaba tiempo al ballet, que era lo que yo hacía, y nos íbamos de
pueblo en pueblo, de capital en capital, haciendo estrenos de ópera con marionetas, para
gente que nunca había oído esa palabra. Me decían: usted está loco, eso ya no se usa,
eso está mandado a recoger. Sin embargo, yo seguí hasta el año 70" 13.
En 1970 se oficializa la temporada de
ópera, patrocinada por Colcultura. El poeta Jorge Rojas estaba al timón. Organizó la
primera temporada oficial de ópera. Las marionetas de Manzur presentaron once óperas del
repertorio. Nueve años después, el Icetex le otorga una beca en investigación cultural,
y lo envía dos años a Europa a "ver, a oír, a escuchar todo lo que a marionetas se
refiera". Al regreso, con el apoyo de la empresa privada, comenzó a construir el
actual teatro de marionetas de la fundación Jaime Manzur. Setecientos cincuenta muñecos
desnudos en tela de raso, se ponen los cuatro mil trajes de todos los tiempos,
representando cuatrocientas cincuenta obras que se rotan cada año: sesenta para adultos,
doce para niños. Obras para la enseñanza de la literatura en los colegios: María, El
alférez real, La marquesa de Yolombó. Para los adultos, las óperas La flauta
mágica, Carmen, Rigoletto. Para los niños, los cuentos de hadas tradicionales.
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| A partir de desechos el
taller la Taruma hace sus muñecos. |
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Además un museo de la historia del
traje en miniatura, con ese preciosismo que caracteriza el teatro de Manzur.
Por estos mismos años y animados por
aires bien distintos Carlos Bernardo González, que tenía quince años, conoció en el
Colegio Juan Ramón a sus profesores de títeres Julia Rodríguez y Manuel Vinet, quienes
lo envenenaron para siempre con la pasión de los muñecos. Carlos Bernardo pertenecía al
grupo de Teatro Acto Latino que entonces trabajaba en Suba, era 1968 y de allí se generó
el Biombo Latino, grupo de títeres que aún funciona. Comenzaron trabajando con
personajes del pueblo a partir de los cuales se formaban historias. En 1971 el Biombo
Latino se encontraba trabajando en el taller del Parque y participó con éxito en el
primer Festival Colombiano de Títeres. Hacían obras políticas que planteaban visiones
diferentes al clásico antagonismo "el bueno y el malo", de esta época se
recuerda "Alicia en el país de la realidad".
En 1983 nombran a González director de
la Escuela de Títeres del Distrito, a raíz de lo cual se reúne de nuevo el grupo que
llevaba varios años sin trabajar. Se abre entonces, una búsqueda técnica por hacer de
los mecanismos un instrumento para el titiritero. Siguiendo este modelo el grupo prepara
en la actualidad una versión del Quijote.
¿QUE PASA HOY POR HOY?
En los años setenta se formaron muchos
de los grupos que existen actualmente. Después de toda la experimentación desde el punto
de vista técnico, algunos grupos confluyen en la búsqueda de un lenguaje propio. Ya no
se trata de quedarse en las diferentes maneras de mover el muñeco, sino que, hoy por hoy,
los grupos consolidados presentan una propuesta estética, que tiene que ver con la
exploración del lenguaje propio de los títeres.
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Cesar e Iván Alvarez. Grupo
la Libélula Dorada, arriba personajes de "Dulce encanto
de la Isla Acracia 1979 y abajo programa de televisión "El Rincón
de la fantasía, 1983.
(Archivo Libélula Dorada). |
¿Cuántos hay actualmente?
Imposible saberlo. La Unima (Unión de Marionetistas), que funciona activamente en
México, Argentina y Brasil, ha registrado en América Latina unos quinientos teatros de
títeres y marionetas, de los cuales el cincuenta por ciento son profesionales. En toda
Latinoamérica hay sólo cinco salas estables.
En Colombia apenas algunos grupos han
logrado sobrevivir. También han sido pocos los que por la seriedad y persistencia en su
trabajo han logrado imponerse.
La Libélula Dorada, en Bogotá, es uno
de los grupos que más han trabajado en la búsqueda de ese lenguaje propio de los
títeres. Han montado obras inolvidables como El dulce encanto de la isla Acracia y Los espíritus lúdicros, entre otras, en las que se cuenta una historia, con una
estructura narrativa que se acerca más a la del cuento, incluso a la cinematográfica. En
este caso ya no cabe hablar de dramaturgia, porque no se parece al teatro. Pero no es
cuento y tampoco es cine. Es el descubrimiento de las posibilidades expresivas y
estéticas del lenguaje del títere. En una edición de El dulce encanto de la isla
Acracia, La Libélula publica el texto de la obra, y por otra parte una síntesis de
la misma, en forma de tira cómica. No solamente resulta "deliciosa" de leer,
sino que surge la pregunta sobre si esa no sería la manera como deberían escribirse las
obras de títeres; la forma de ir registrando esa memoria que cada vez es mas urgente
elaborar.
En esa búsqueda de un espacio propio,
"los libélulos" han creado un manifiesto: "la ética de la estética, como
la ciencia de la felicidad y la utopía" 14, logra
recuperar una gran parte del universo lúdicro.
En Medellín, La Fanfarria comenzó en
1972 y desde entonces no ha abandonado la búsqueda y la experimentación. Cada uno de sus
trabajos conlleva una propuesta diferente. Han montado obras como El reino de las
sombras, El circo de los seis amigos, Panzuto y panzutino, Constelaciones, El gran
comilón don Pantagruel y ahora El negrito aquel.
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"Chiflón el
alquimista" obra del Biombo Latino.
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Con Constelaciones inició
una intensa lucha por conseguir una sede propia. Desde 1976 trabajaba en una casa de la
curia, situada en el barrio La Mansión, de Medellín. Cuatro años más tarde le piden la
casa, por lo que organiza una intensa temporada en la que participan diferentes grupos de
teatro y de títeres de todo el país, que efectúan representaciones con el lema:
"La Fanfarria por su sede". En 1982 se van por quince meses a Europa, donde
participan, junto con La Libélula Dorada, en el festival de Charleville, en Francia;
organizan una temporada en París y se presentan en la televisión francesa y en la
alemana. En el 84 realizan una gira por Centroamérica. Actualmente es uno de lós grupos
que conforman "la vanguardia" del trabajo con muñecos en Colombia.
Hilos Mágicos, de Bogotá, es un grupo
de marionetas de hilo, creado en 1974 cuando participó en programas de televisión para
el canal 11; al cabo de lo cual consolidó su primer montaje de la obra Las
convulsiones de Luis Vargas Tejada. Desde entonces, Hilos Mágicos trabaja además de
las marionetas de hilo, títeres de guante, de varilla, sombras, etc. y otros.
En Cali, La Tarumba y Barquito de Papel.
Ta-rum-ba, estrépito, algarabía. Es ta rumba. Así se llamaba el grupo que tuvo García
Lorca. Surge de una inquietud de algunos actores del Tec (Teatro-Escuela de Cali) en 1979.
El primer paso: traer La Fanfarria para un trabajo conjunto, para una asesoría. El primer
montaje: El hipopótamo tragón, basado en una historia de Julia Rodríguez.
Encuentran un camino a partir de una equivocación: para hacer los telones del teatrino
compraron una tela que resultó muy transparente. "No había tiempo ni dinero para
hacer ningún cambio. El contorno de las siluetas de los titiriteros al fondo manejando
los títeres resultó agradable". 15
Descubrieron, por mágico error, que el
teatrino no era indispensable, como en los orígenes, cuando las polleras de los
titiriteros populares rusos hacían las veces de escenario.
En 1980, después de un receso, comienza
una segunda etapa, con una línea de trabajo muy definida: se fue nutriendo de la
tradición oral del litoral pacífico, con elementos del folclor.
Retomaron el juego en su espacio más
esencial: el rito de la participación. En 1983 resurgen nuevamente. Montan El sapito
sapón, en donde la intención principal es recuperar los objetos de la vida cotidiana
y los materiales de desecho. En un extraño movimiento de aparición y desaparición,
actualmente se han vuelto a reunir para un nuevo montaje.
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La pulga gótica. (grupo de
títeres creado en 1968 y dirigido por
Príncipe Espinosa. |
Barquito de Papel, en Cali, es un
grupo reciente, pero que ha logrado ganarse un espacio en sólo dos años de trabajo. Lo
integran cuatro paisas con formación de actores. Han montado obras del tío Conejo en
diferentes versiones.
"Partimos de un límite: buscar
elementos muy cotidianos y muy paisas, como la totuma, el estropajo, la soga, la estopa.
Con éstos hacemos animales. Por ejemplo, una cucaracha con material de guadua, el perro
con estopa y cabuya, la zorra con su trompa de estropajo y una corbata que le sale de
lengua. O sea, rescatamos elementos que la gente tiene en el cuarto de San Alejo, y al
verlos en una representación se produce el efecto de extrañamiento de que habla
Brecht". 16
En sus obras, el actor está presente
junto con el muñeco. Es el que lleva el ritmo, los rasgos externos y la expresión
corporal. Trabajan la fusión titiritero, actor, muñeco, público. No usan teatrino. Todo
está alrededor de un tapete. El público puede ver algo así como dos espectáculos: la
representación que se realiza dentro del tapete y lo que se hace detrás, que no es
detrás, sino en presencia del público.
En este acercamiento al universo de los
muñecos, hay que mencionar a Enrique Vargas, quien desde hace algunos años coordina el
taller de títeres de la Universidad Nacional. Con uno de los grupos del taller, Retablo
Tiempo Vivo, montó Las aventuras de Faustino Rimales, obra que dio a conocer en el
primer Festival de Teatro de Manizales, en 1984. Faustino Rimales pasará a la historia
por el mismo camino que Manuelucho. Personaje de la mitología popular, que encarna al
paisa andariego y vividor, que termina vendiendo su alma al diablo a cambio de la fortuna
y de los placeres del mundo. Es una obra picaresca, llena de humor muy nuestro, poblada de
coplas y canciones populares, lo que denota un trabajo de campo de recuperación de la
tradición oral.
Se ha presentado en muchas partes, pero
quizá donde encontró el escenario más apropiado fue en Manizales, durante el festival
de teatro, en el café Sorrento, donde el público podía apostarle al diablo con una copa
de aguardiente en la mano.
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| Actual montaje
del Centro Piloto de educación artística infantil de Colcultura :"Simón el
mago" adaptación y dirección Rosario Montaña. |
De Enrique Vargas y de
otros se dice que hacen títeres para adultos. Originariamente esta división no existía.
El muñeco era un transeúnte que se presentaba en todas partes. Después se usó como
instrumento pedagógico. Los títeres quedaron maltrechos. Repitieron millones de veces
las vocales, los números, las tablas de multiplicar, las canciones más sonadas. Algunos
siguen repitiéndolos, pero además están los que participan en el juego, gratuitamente.
Como los niños, ninguno de los dos opone distancia. Se da una relación real. El muñeco
no es una encarnación, es él en palo y trapo, viviendo una realidad que se sitúa en la
dimensión del juego. La más primaria necesidad simbólica de imaginar.
En esa búsqueda de la esencia del
muñeco en sí, se han ido creando grupos y desapareciendo otros. Para los titiriteros
sigue siendo difícil sobrevivir, pero los muñecos están ahí. En una sombra
desplazándose por la pared, en una mano vestida de dragón. Están esperando a que se les
otorgue vida, pues ellos son, finalmente, los que van a contar su historia.
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| Jaime Manzur y
el taller donde construyó los 700 muñecos que visten los 4000 trajes de la colección
que desde 1958 reúne la compañía. (Foto Alberto Sierra). |
NOTAS:
1 Marjorie
Batchelder y Virginia Lee Commer, Puppets and plays, Londres, Faber and Faber, 1959.
2 Fernando
González Cajiao, Noticia sobre los títeres y las marionetas en Colombia, Encuentro
Colombo-Francés de Títeres, 21-26 de septiembre de 1985, Bogotá, Javier Hoyos
Angulo Impresores, 1985.
3 Salustiano
Martínez, "Títeres en Bogotá", en revista Gaceta, núm. 7, Colcultura,
Bogotá, 1976
4 Cecilia
Muñoz, Entrevista Bogotá, marzo de 1987.
5 Idem
6 Jairo
Aníbal Niño, Entrevista, Bogotá, febrero de 1987.
7 Idem
8 Idem
9 Fernando
Moncayo, Entrevista, San Juan de los Pastos, noviembre de 1986.
10 Idem.
11 Beatriz
Caballero y Gloria Valencia Diago, "Beatriz Caballero es hada madrina de 1971",
en Lecturas Dominicales, El Tiempo, Bogotá, 1971.
12 Idem.
13 Jaime
Manzur, Entrevista, Bogotá, febrero de 1987.
14 Gerardo
Andrade, "El juego de la fantasía", en revista Zona, Bogotá, 30 de abril de
1986
15 Gabriel
Uribe, Entrevista, Cali, noviembre de 1986.
16 Integrante
de Barquito Papel, San Juan de los Pastos noviembre de 1986. |