Fiesta en corraleja


El mundo de las corralejas
Juan Santana Vega
Caja de Previsión Social de Córdoba, Montería, 1986, 128 págs.


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 El libro de Juan Santana Vega acerca de las famosas fiestas de toros del Sinú representa un valioso esfuerzo en cumplimiento de la tarea apenas iniciada de asomarse, con una mirada comprensiva, a esa importante manifestación de la cultura popular de la costa caribe colombiana.

Explorando un terreno incierto, en el cual, a poco andar, se tropieza ya con la leyenda, el autor intenta descubrir no sólo el origen inmediato, sino también el remoto de estas singulares corridas de toros. En procura de aclarar este último, reproduce en su libro la conocida tesis que habla de la génesis mediterránea de la llamada fiesta brava y se complace en recordarnos las legendarias historias del Minotauro de Creta y aquella de Urso, el gigante gladiador libio, quien, para rescatar indemne a su mujer, hubo de dar muerte al toro asesino a cuyo lomo ella había sido atada en el circo romano.

Más adelante, Santana adhiere a quienes toman partido por la filiación ibérica de las primeras lidias de toros enfurecidos con propósitos de pública diversión, y no vacila en señalar a España como "la cuna de la tauromaquia". De allí, la fiesta habríase trasladado a América en tiempos coloniales, hecho del cual brinda testimonio la figura de don Luis de Velazco, virrey de la Nueva España, "quien para celebrar una gran victoria militar [. . . ] alanceó un toro en la plaza de ciudad de México".

El punto culminante de lo que pretende ser algo así como una sinopsis histórica de las corralejas es, precisamente, su nacimiento en tierras de la costa norte colombiana. Curiosamente, los datos en que se apoya la investigación de Santana. sitúan todos la eclosión de estas fiestas en fecha posterior a la independencia de la Nueva Granada, en el tercero o cuarto decenio del siglo precedente. Las distintas versiones aludidas coinciden en señalar la celebración del cumpleaños de algún acaudalado estanciero de Sucre como la ocasión propicia para el nacimiento de este singular tipo de corridas. A fuer de ello, el monteriano parece hallarse de acuerdo con quienes sostienen, apoyados en la detallada referencia que de los antecedentes toreros del altiplano registran las célebres crónicas de Cordovez Moure, que las corralejas tienen su antepasado más inmediato en las fiestas de toros de Santafé de Bogotá.

Lo demás —que constituye la parte más voluminosa del cuerpo del libro—es una descripción, elaborada con algún detalle, de los pormenores de la fiesta en Corraleja. Allí se da razón de la manera como se construye la corraleja o plaza de toros; de las variaciones que, a través del tiempo, ha sufrido el ganado utilizado para la lidia, desde los viejos toros cimarrones, pasando por el tardo cebú, hasta llegar a los actuales ejemplares de media casta (fruto del cruzamiento de ganado criollo con astados de pura casta española); allí también se trata de los manteros o toreros criollos de a pie, de los garrocheros o picadores; se conversa acerca del fandango y de los toros y toreros más famosos. Y, en verdad, todo este relato puede llegar a revestir gran significación para quienes, en adelante, deseen emprender una investigación más ambiciosa de las corralejas del Sinú. Por lo pronto, es preciso apuntar que el trabajo de Santana es ameno y se halla enriquecido por buen número de anécdotas de corte periodístico.

Si algo resta por comentar del libro de Juan Santana Vega es lo referente al enfoque, al punto de vista desde el cual se ha conformado este interesante documento sobre la más popular de las fiestas del Sinú. El autor, sin lugar a dudas, escribe desde fuera, desde una óptica exterior a la fiesta y al peculiar modo de ser de las gentes de aquella zona del país. Que se trata de un hombre oriundo de la región, ¿quién lo duda? Pero, no es menos cierto que el ángulo desde el cual se analiza el espectáculo se corresponde a cabalidad con una visión totalmente civilizada en sentido europeo y muy, muy contemporánea.

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De allí que lo que podría ser, sin más, un ameno relato, aparece enturbiado por la presencia de una mirada trivialmente racionalista, que no se para en pelos para censurar esto o aquello, y siempre para hacerlo desde el mismo punto de mira bachilleresco, aderezado con las más conmovedoras y democráticas declamaciones humanitarias.

Habrá que agradecer a Santana, sin embargo, el hecho de que, desde la misma Introducción, nos confiese con ingenua sinceridad su enfoque condenatorio de la fiesta de su pueblo, por salvaje, sanguinaria y anacrónica. Nos quedaremos, en cambio, sin saber nada acerca de los sentimientos que animan a todos aquellos hombres y mujeres de carne y hueso que participan con la más honda emoción de esta fiesta, verdadera "liturgia de los toros", como la llamó Lorca, capaz de albergar en sí misma una de las tradiciones eternas de la raza humana, cual es la de los sacrificios sangrientos.

Pues, por encima o por debajo de la utilización que se haya pretendido hacer de las corridas de toros del Sinú para fines políticos, económicos o publicitarios, la esencia de este espectáculo donde oficia la muerte permanece intacta, como parecen atestiguarlo los quejumbrosos reclamos del autor, los cuales —dicho sea de paso— suscribiría quizá gustosamente cualquiera de las asociaciones defensoras de animales. La verdad es que quien asista a esta fiesta con propósitos de divertirse, como quien va al cine o al café -concert, tendrá que salir, necesariamente, defraudado, pues topará con un ambiente sobrecogedor, atravesado, por así decirlo, de una intensa agonía, y porque, en fin de cuentas, la muerte nunca suele ser divertida.

Quedémonos, pues, con las a veces amenas descripciones de estos tradicionales festejos, en los cuales refulge con brillo metálico nuestro origen español y católico, cuyo principal acto litúrgico, la misa, no es otra cosa que la representación simbólica del sacrificio sangriento de una víctima inocente, no ya animal, ni siquiera humana, sino —permítasenos decirlo— divinamente humana. "La sociedad costeña, por el lado de las corralejas -- dice Santana— está viviendo en una época anterior al año 1567"; y en este sentido limitado, tal vez sea verdad, en tanto esta tradición hunde sus raíces en aquellos tiempos "oscuros" de la Contrarreforma, que produjeron a seres tan extraordinarios e "irracionales" como san Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús o don Jorge Manrique, caracteres todos ellos dignos de severos reproches, si se los atisba desde la óptica miope de la época del automóvil, la tele y el computador.

Ya desde otra orilla, resulta más bien lamentable que las hermosas tradiciones de los pueblos de nuestra costa caribe —y, por extensión, las de toda Colombia—, en las cuales se plasman, unidos de manera armónica, los dispares temperamentos de las razas y culturas que componen el espectro de nuestra nación, se hallen hoy en vías de extinción, en la misma medida en que ganan terreno las discotecas, la salsa, el deporte, el cine, la literatura cosmopolita y el rock. Con estas poderosas manifestaciones de la industria de la cultura o de la cultura de la industria se viene reemplazando y acabará por suplantarse de manera absoluta la corraleja y el fandango, elemento fundamental de ciertas conmemoraciones católicas (los Santos Reyes, el Dulce Nombre de Jesús, la Candelaria, la Concepción, el Sábado de Gloria, etc.). Al inocultable sabor pagano que también abrigan, sin duda posible, estas celebraciones, debido, acaso, a la particular calidad del mestizaje del pueblo que las ha hecho nacer, darán, entonces, pronta explicación los académicos echando mano del término sincretismo, a estas fechas uno de los más socorridos.

Lo más probable, en todo caso, es que, como lo prevé el texto en consideración, "estos espectáculos bárbaros y crueles" que "no tienen razón de ser o no encajan en el marco de un mundo moderno que dama la implantación de nuevos cánones sociales y morales", quedarán muy pronto borrados para siempre, precisamente, porque adolecen del mayor de los pecados actuales, cual es el de "no encajar en el marco del mundo moderno", uno de cuyos numerosísimos adalides es, sin asomo de escepticismo, nuestro periodista Santana Vega. Empero, todos aquellos hombres y mujeres que, por millares, aún se agolpan en las corralejas de los pueblos de Córdoba y de Sucre, junto con algunos de sus sinceros amigos, no podrán dejar de constatar aquella pérdida irremediable sino con indecible melancolía.

GERMAN PINTO